Vengo ahora mismo de llevar a Daniel a su clase de inglés. Por el camino, mientras ando con la cabeza en las nubes (literalmente, para ver si llueve o no), un hombre mayor (un anciano, si ustedes quieren), se detiene y con ternura casi infinita, a cámara lenta, recoge del suelo un bolígrafo que se le ha caído a alguien.

No es un bolígrafo caro, sino del montón. Y no está exactamente en el suelo, sino en el alféizar de una ventana que da a un aparcamiento. Ustedes y yo, casi cualquiera, habríamos pensado que el bolígrafo ya no sirve, que no pinta, que se ha reventado: por el lugar donde se encuentra, porque no vale más de dos euros, porque lleva lloviendo tres días y lo más probable es que no merezca la pena ni mirarlo.

Pero el hombre mayor (el anciano, si ustedes quieren), con parsimonia exquisita lo ha recogido, lo ha mirado de arriba a abajo, y aunque lo he adelantado y no he llegado a saber qué ha hecho por fin, estoy seguro de que ha acabado por guardárselo en el bolsillo.

Será que hoy tengo el día zen, pero creo que hay una enseñanza moral en ese gesto. Cuántos hombres y mujeres mayores (cuántos ancianos, si ustedes quieren), son capaces de detenerse un segundo para reciclar eso que quizá no sirve para nada, para darle otra oportunidad de uso a aquello que los demás ya no usamos. Y en medio de la prisa, y los agobios, y los sobresaltos, se entretienen en recoger ese trasto que quizá ni siquiera es inútil y observalo y mirarlo como si fuera la primera flor de una primavera por venir.

Será que hoy tengo el día zen, probablemente.

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