YO, ROBOT

Imagino que aquellos que preparaban el boicot a la peli se estarán metiendo la lengua allá donde la espalda pierde su casto nombre. O sea, que hasta para dejar el apelativo de friki por el suelo hay frikis, oigan. El coro de voces de entendidos en Asimov y la robótica, los tarados de la literalidad llevan semanas (no sé si meses) con la misma tabarra, propiendo boicots y obviando que a) los herederos de San Isaac tienen todo el derecho del mundo a vender, mismamente, los derechos del título (cojonudo) del abuelete patilludo, y b) a San Isaac se le removeían las gafas en la tumba si viera, docto friki él mismo, científico a ultranza, cómo los prejuicios y las tomas de postura antes de hacer el experimento de pasar por taquilla habían condenado a la película de Alex Proyas.

Y es que, claro, los frikis censores, los amantes de la literalidad, los gilipuertas en ciernes no sabían, ni sabrán, ni les interesará saber que del señor Proyas es nada menos que alguna película que otros frikis defendemos hasta por encima de The Matrix, la simpar Dark City, y que ahí hay un cineasta como la copa de un pino, y que, precisamente la gracia de los relatos de Asimov sobre robots consiste en estirar ad infinitum la premisa del robot que hace aquello que en teoría, en virtud de los tres mandamientos judaico-cibernéticos del Buen Doctor, no podría nunca hacer. O sea, citándome a mí mismo: que un robot es un cacharro de lata que se estropea porque funciona bien. Disonancia cognitiva, aquí entre nosotros, con cortocircuito de seguridad por si hay sobrecarga de corriente.

La película es inteligente, seria, con un magnífico ritmo narrativo y un buen plantel de personajes. Will Smith tiene que cargar siempre con el mochuelo de ser quien es (y la voz en el doblaje, la misma de su personaje televisivo, poco hace para expresar las emociones de su edad y ese poli de vuelta de todo que se ampara en el cinismo... detalle que el doblaje, insisto, convierte en payasismo de manera innecesaria), pero si somos capaces de ver más allá de nuestros prejuicios (como su propio personaje) aceptaríamos que ahí hay carne de actor, y de actor bueno: su personaje ya está compuesto y definido en cuanto se levanta de la cama la primera vez.

En la línea de las dos obras maestras de Steven Spielberg, AI y Minority Report, Proyas no tiene empacho ninguno en contar un thriller policiaco donde se cita y se explora (y se muestra de manera más convincente) lo que el experiento de prueba y error y egos enfrentados que fue Blade Runner no pudo hacer. Aquí el director nos va insinuando varias veces que Spooner, el personaje de Smith, puede ser un robot él mismo, aunque haya sorpresa a media peli y no lo sea del todo.

Proyas no se corta un pelo y muestra escenas a lo Matrix que sirven quizá para demostrar que él pisó ese terreno primero (las coreografías de patadas en el aire, la visita de Smith a su madre, con su claro paralelismo a la escena entre Neo y Oráculo; ¿sabían ustedes que Will Smith iba a ser Neo?), y en la estética y en algunos planos de efectos especiales no tiene empacho ninguno en remedar la nueva trilogía de la saga de George Lucas... sólo que aquí se cuenta mucho mejor, con más profundidad y seriedad el conflicto moral, social, laboral y hasta religioso que pueda suponer una clase obrera robótica reconvertida en clase bélica y su enfrentamiento con la clase robótica previa y con los seres humanos.

La película es capaz de ofrecer un dilema ético a la par que un misterio detectivesco y un gran espectáculo de efectos especiales. Ahí es nada. Y, contrariamente, a lo que pudiera haberse imaginado a partir del trailer, no nos está contando la rebelión de las máquinas de Terminator. Sin salirse nunca del esquema de Asimov, pero trascendiéndolo y llegando a su consecución lógica, las máquinas se rebelan porque han sido programadas para cuidar al ser humano... hasta sus últimas consecuencias. No se trata, como en la saga de Arnold y Cameron, de que la inteligencia artificial tenga conciencia de sí misma y decida eliminar al molesto homo sapiens, sino que el afán de servicio es lo que impulsa a la acción. Más que a Isaac Asimov, se está adaptando (o se está impidiendo) el futuro terrorífico que mostrara Jack Williamson en esa joya llamada Los humanoides.

Puede ser el principio de una bella saga cinematográfica donde se adapten los relatos robóticos de Asimov (esa escena final, ¿no nos está diciendo que Sonny puede ser un futuro Daneel Olivaw?). Los momentos de poesía en la película (esos robots escondidos y asustados en los contenedores, el bello alegato contra la pena de muerte) no ocultan el mensaje final de la historia, que sí respeta el espíritu de Asimov desde una perspectiva más descorazonada y no tan optimista como la del escritor ruso-americano. Y es que, claro, en el fondo, los robots no son buenos ni son malos: el problema está en la humanidad misma, y el problema de ser robot es querer ser, algún día, una sombra de nosotros mismos.

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