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		<title>CRISEI</title>
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		<description>LA BITÁCORA DE RAFAEL MARIN

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		<dc:publisher>rafamarin</dc:publisher>
  		<dc:creator>rafamarin</dc:creator>
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	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/61391">
		<title>DECEPCIÓN</title>
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		<description>&lt;br /&gt;
 La melancolía de salir a la calle esperando encontrar que todo es nuevo cuando todo es como siempre. </description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/61381">
		<title>LA DUODÉCIMA NOCHE</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/61381</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://www.todoelmundo.org/Archivos/Imagenes/Reyes%20Magos.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Yo los vi. Cuando era muy pequeño, quizá el mismo año que me trajeron una guitarra eléctrica y roja que, mucho tiempo después, supe que había sido adquirida a última hora, aquella misma noche. Los vi y los oí, en el salón de mi casa, junto a las copas de anís que les habíamos dejado y los zapatos gorila que los esperaban con sus bocas hambrientas, pero no venían en camello, sino a caballo (siempre me pudo la impaciencia). &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como yo, muchos niños (y niñas, vale, por una vez hagamos la distinción genérica que el idioma no necesita) los verán y los escucharán esta noche, mientras luchan contra el sueño y el nerviosismo: qué difícil es, el cinco de enero, pegar ojo. Ahí es nada: tres reyes magos de oriente sirviendo puerta a puerta, como el del telepizza, casa por casa. Anda que no son sabios: justo lo que uno quería, o incluso aquello que no quería pero que ahora le encanta.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Si la Navidad tiene un sentido quizá sea ese: el juego de la ilusión de esta noche y de mañana. No nos hace ser mejores, ni el cambio de año consigue que de verdad mejoremos y cumplamos todo ese montón de propósitos de enmienda. Pero en la barahúnda que convertimos las calles y los comercios estos días de carrera a lo loco, consumista y absurda, creemos resarcirnos del pecado de aparentar y abarcarlo todo en la mirada de los niños, en la ilusión del amanecer entre trastos y envoltorios de colores y fotos hechas todavía en pijama y con los pelos revueltos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No entienden los niños que esa ilusión es nuestra forma de absolver que no les dedicamos el tiempo necesario, que convertimos esos juguetes y esos cachivaches electrónicos en nuestro sustituto, que confundimos, pobres de nosotros, nuestro cariño con nuestro poder adquisitivo. Tampoco importa. Los críos no ven las costuras de los disfraces, ni huelen la naftalina de esas pieles apolilladas, ni notan la gomilla que se clava por detrás de la barba postiza, y tampoco caen en que el betún de Baltasar despinta. No identifican todavía que los gigantes y cabezudos  y los dinosaurios de goma de la cabalgata son los mismos que luego verán en carnaval, ni entienden que gente hecha y derecha se mate por pillar un caramelo que jamás se van a comer, porque se destrozan la mayoría al estamparse contra el suelo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Vivimos la Navidad de jopeo en  jopeo y la rematamos con esta noche. A partir de mañana, cuando los sonidos se calmen, entraremos en la larga recta de un año que parece, más que ningún otro, amenazante y prometedor, donde seguiremos siendo niños malos porque a fin de cuentas sabemos que los reyes magos nos perdonan casi todo y nos traen los juguetes que nos merecemos, y hasta los que no nos merecimos nunca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De las muchas mentiras de la vida, la Noche de Reyes es la más hermosa, la única que tendría que ser verdad, la que no tendríamos que haber descubierto nunca. Ojalá que los mayores todavía pudiéramos ver a esos reyes a caballo en el salón de nuestras casas. Ojalá les escribiéramos cartas diciendo que nos hemos portado bien todo el año, y que tuviéramos la ilusión de que se nos recompense por querer ser buenas personas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;i&gt;Publicado en La Voz de Cádiz el 5-01-2009&lt;/i&gt;&lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/61362">
		<title>CARLOS &amp; JIM</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/61362</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://scoop.diamondgalleries.com/public/news_images/4/50602_111720_6.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
De piedra, niño, lo que yo te diga. No veas. La caraba. Lo nunca visto. Lo inexplicable. Me manda el amigo Juan Luis este enlace al blog de &lt;a href=&quot;http://blog.adlo.es/2008/12/swipe_que_me_estas_matando_xiii.html&quot;&gt;Adlo&lt;/a&gt; donde, a pesar de los inexplicables y malintencionados comentarios de los frustrados y envidiosos de siempre (&quot;¿Qué he hecho yo que mi enemistad procuras&quot;? y todo eso), una cosa salta a la vista, tan extraña en sí misma, tan descolocadora, que todavía no doy crédito a lo que ven mis ojos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y la cosa es tan sencilla como que Jim Starlin, nuestro admirado Starlin, el autor que amábamos ya cuando hacía Warlock, cuando hacía Capitán Marvel, a quien pusimos en un pedestal por la novela gráfica de la muerte del kree, que nos enseñó que se podían hacer tebeos de superhéroes y de ciencia ficción con un tono más adulto y más libre y que partió la pana con &lt;a href=&quot;http://www.bibliopolis.org/umbrales/umbr0047.htm&quot;&gt;Dreadstar&lt;/a&gt;, un autor de los pies a la cabeza, hecho y derecho, un veterano, un maestro, va y fusila como quien no quiere la cosa algunas de las soluciones gráficas que Carlos Pacheco, aquí nuestro primo y amigo, ha incorporado al chico de rojo y azul venido de Kripton. Es decir, a Superman.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La cara que se nos ha quedado a nosotros debe de ser nada comparada con la cara que sé que se le ha quedado a Carlos. Porque una cosa inevitable es que los recién llegados te imiten (&quot;Bienaventurados mis imitadores porque de ellos serán mis defectos&quot;, y todo eso) y otra cosa que uno de los grandes se dedique a pillarte escenas y a firmarlas luego.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
En fin, valor. Resistencia. Paciencia y hasta pelín de orgullo y recochineo. Recordemos las palabras inmortales del hoy olvidado y divertido Quintín Cabrera: &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La mula que yo montaba&lt;br /&gt;
la ensilla mi compañero.&lt;br /&gt;
El gusto que a mí me queda&lt;br /&gt;
es haberla montao primero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/61358">
		<title>EL UNDÉCIMO DOCTOR </title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/61358</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://i.thisislondon.co.uk/i/pix/2008/05/41a_06_matt_243x334.jpg&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Matt Smith acaba de ser anunciado como el undécimo Doctor tras la marcha de David Tennant. El Doctor más joven hasta ahora. </description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/61329">
		<title>EMPEZAMOS FUERTE</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/61329</link>
		<description>&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
 &quot;Frank Miller es el Ed Wood del siglo XXI&quot;.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
               -&lt;i&gt;leído en &lt;a href=&quot;http://www.tublogdecine.es/criticas/the-spirit-2008/&quot;&gt;Tu blog de cine&lt;/a&gt;&lt;/i&gt;.</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/61321">
		<title>UNA PIEDRA EN EL CAMINO</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/61321</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://farm3.static.flickr.com/2325/2181731620_dab2a18abf.jpg?v=0&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Como quien no quiere la cosa, mientras ustedes andaban leyendo esta historia del sepulcro de piedra, yo me peleaba con otra piedra, la que me ha estado fastidiando el riñón desde el día 22 por la noche hasta anteayer a mediatarde. Siete días, que se dice pronto.  Quienes ya han pasado por esto (yo ya he picado tres veces y les aseguro que no se lo deseo ni a mi peor enemigo) ya saben lo que es, así que mejor no abundar en lo mismo: duele, duele mucho, y los calmantes no sólo no te ayudan, sino que acaban por dejarte colocado cuando por fin tienes la suerte de dejar la piedra en el camino. Ya les hablaré otro día de los protocolos de urgencias, donde como en todo colectivo humano hay gente maravillosa y gente a las que dan ganas de golpear con un palo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
La Navidad pasada la pasé jodido también: una gastroenteritis producida quién sabe si por unos spaghetti alle vongole que almorcé el día veintitrés, con lo que ya llevo dos años seguidos en mala racha despidiendo el año.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Y yo no soy supersticioso. Me niego a pasar por el aro. No como las uvas, no brindo con champán, no veo que haya nada maravilloso que observar porque de pronto estemos en enero y no en diciembre, ni porque nos vayamos a equivocar todos al encabezar las cartas y los exámenes lo menos hasta el mes de marzo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No soy supersticioso. Me cargan todas las pamplinas que rodean este día y que tiene tan entusiasmados a todos los presentadores de televisión.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Pero ya van dos seguidas, tú. Y la conclusión a la que uno llega no es que no me guste la Navidad, sino que soy yo quien no le gusta a la Navidad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
No soy supersticioso, pero ya tengo puesta la camisa roja. Comeré las uvas, brindaré con champán, y si no echo la alianza de oro en la copa como es de rigor es porque, cachis, no la encuentro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
Feliz año a todos y que sigamos compartiendo. </description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/61313">
		<title>1800. ÉSTE ES MI CUERPO (EPÍLOGO)</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/61313</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://personales.ya.com/mateobovet/Pantocrator-%20Carrion.jpg&quot;style=&quot;float:none;&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	El hueco entre las montañas se había convertido en un bosque de cruces y de guirnaldas con los colores amarillo y blanco de la bandera vaticana. Había dejado de escucharse el tableteo de las ametralladoras yueisis y el zumbido cortante de los lásers terrestres, y el sol rojo que amanecía lentamente, como con timidez, iluminaba una escena de exhaltación religiosa como nunca se había visto antes en este planeta oculto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Tendido sobre una camilla de campaña, con las heridas vendadas y custodiado por dos soldados de uniforme pertenecientes a la dotación del cóptero que lo habían rescatado de la patrulla yueisi, Arthur Greenberg contemplaba el final de la Cruzada, de la guerra. O tal vez no. Si Marcus Johanssen había tenido razón en sus recelos, ahora que estaba colmada la excusa de la violencia comenzaría la auténtica, la irrefenable conquista. Enmascarada de conversiones y palabras de salvación, pero con el propósito final de dominar el planeta y sus recursos hasta que la Línea Coseriu abriera el camino a otros tesoros, a otros mundos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Ya había asistido al final de otra guerra, y el regusto amargo y la triste incertidumbre por el futuro eran iguales a esto que ahora, entre rezos y salmos, se repetían en las Montañas del Rostro de Cristo. La alegría y el alivio por la culminación de la contienda sólo tenían paralelismo en el desasosiego y la desesperanza de los perdedores. Supuso que ese era también ahora, asumida su posición, arrinconado su oficio de observador imparcial, el bando al que pertenecía, el bando de una cordura que había volado hecha trizas como los sesos del pobre Marcus Johanssen.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Reconoció a Raffaello Barsini entre el contingente de cruzados que había iniciado, de inmediato, el traslado de los restos a las naves que se cernían como águilas en plena órbita. Habían supuesto que el cardenal regresó a la Tierra. Nunca llegaron a imaginar que el pequeño cura italiano se hubiera ocultado aquí, velando con afán de cancerbero la tumba del Dios caprichoso y vengador que la Iglesia acababa de instalar para el futuro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Lejos, más allá de su campo de visión, el Papa Pablo IX concluía la misa y repartía bendiciones entre pechos henchidos y rostros satisfechos.  Algunos generales habían acudido a comulgar, con las medallas relucientes sobre las cruces del peto y los ojos iluminados con un brillo enfervorizado que daba miedo. Greenberg había visto esa mirada durante la Jihad, y entonces creyó que el afán destructor de los hombres se había saciado allí. Ahora estaba seguro de que la Novena Cruzada no iba a ser más que el primer paso en una continua cascada de sangre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	El silencio se volvió sobrecogedor cuando el Sepulcro salió de la cueva, cargado por dos docenas de obispos ataviados con armaduras y anillas antigravedad. Todo el mundo se puso de rodillas, en un roce de metales y hábitos blancos y negros. Greenberg contempló a la luz del día el sarcófago de piedra, los rasgos afilados que habían causado una guerra más, como habían hecho quizás en el pasado terrestre infinidad de veces. Sacudió la cabeza con tristeza. No, nunca iban a aprender. Sólo pondrían la traba en el gatillo cuando encontraran en el espacio una civilización más fuerte, cuando las grandes corporaciones que aspiraban a la unidad se dieran de golpe con alguien capaz de hacerles frente y domeñarlos. Pero eso podía estar muy lejos, muy distante, a mil años luz, perdido en algún rincón del espacio a someter, a dominar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Los rezos y los cánticos arreciaron. El olor a incienso se volvió mareante. La lanzadera Espíritu Santo revoloteó sobre las cabezas de todos los presentes y comenzó, muy despacio, la maniobra de atracción del Sepulcro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Greenberg entornó los ojos, extrañado de que nadie sintiera curiosidad por abrir el catafalco, por explorar su contenido o certificar la identidad de quien había dentro. Y entonces recordó que para todos los presentes Cristo había resucitado al tercer día después de muerto, y que todo cuanto quedaba en este lugar, si acaso, era apenas un leve recuerdo de Su paso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/61293">
		<title>1799. ÉSTE ES MI CUERPO-9</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/61293</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://www.panzerdragoon.net/parallels/images/moebius_arzach_large_02.jpg&quot;style=&quot;float:none;&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--¿Santidad?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Jerónimo Sierra, el nuevo Papa Pablo IX, interrumpió su oración e indicó a monseñor Castellani que estaba preparado. 	&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--El bombardeo está surtiendo efecto, según me comunican los generales del Alto Mando --informó Castellani--. Los yueisis retroceden en desbandada. ¿De verdad queréis formar parte de la segunda oleada de cópteros?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	El Papa asintió. Extendió los brazos y el secretario ajustó el peto y el espaldar de la armadura de combate.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--En esta hora santa, he de ponerme al frente de la misión de Dios. Si no recuperamos hoy el Sepulcro, no lo haremos nunca. Y prefiero perder toda nuestra dotación de cópteros a un millar de hombres más.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Castellani asintió, preocupado por el duro cambio que había visto repetirse en los ojos de los dos Papas a los que había servido. Tanto Vittara como Sierra habían sido hombres de paz, de tolerancia, y la Cruzada y la responsabilidad de llevarla a cabo había operado en ellos una extraña y dolorosa mutación que el cardenal italiano no sabía si achacar a la presencia inmediata de Dios o a la del diablo. Sierra se había propuesto terminar con la guerra con un golpe de efecto, ya que a estas alturas no podía detenerla, como si toda ella no hubiera sido más que una gigantesca partida de cartas, y con ese envite estaba dispuesto a poner en peligro su propia vida con tal de recuperar para la Cristiandad la tumba y asegurar su dominio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Castellani advertía que el nuevo Papa, quien remontaba su nombre al predecesor de Alejandro X como forma de indicar que quería considerarse su heredero espiritual, era consciente desde su nueva posición que la cristiandad ya no necesitaba guías espirituales que los condujeran por los senderos inexplorados de este mundo de ateos. El cuerpo de Cristo creía haber sido capaz de superar la piedra noble donde debía basarse, obviando la figura del heredero de Pedro, convencido de que su fe ciega y el desprecio a quienes no creyeran como ellos bastaban para asegurar la vida eterna y la conquista del cielo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	No por primera vez en los últimos meses, Ludovico Castellani sintió un arrebato de infinita piedad por el hombre que, frente a todo aquello, pretendía de nuevo el vano sueño de enmendar el timón de una Cristiandad que cada vez hacía más cruel la aspiración de trocarse en Sacro Imperio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	*    *    *&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	El disparo hizo saltar un borbotón de polvo junto a la cabeza de Marcus Johanssen. Los oídos le zumbaron como si la explosión hubiera reventado alguna parte indispensable de su cráneo, y apenas tuvo reflejos para tirarse al suelo y esquivar la granizada de nuevos proyectiles que rociaron el lugar por donde estaban pasando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Dos metros por delante de él, Arthur Greenberg se dobló como si acabara de recibir un pase de rugby molesto y se desplomó contra el sendero de grava y piedra. Incluso en la oscuridad, Johanssen logró ver la mancha oscura que tiznaba su ropa blanca, el muslo derecho destrozado por el impacto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Se arrastró como pudo contra su compañero, maldiciendo en español la coincidencia de haberse dado de bruces con una patrulla yueisi que corría al encuentro de los cópteros invasores. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--¿Artie, estás bien?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	La afirmación de Greenberg no sonó demasiado convincente. Los disparos seguían tronando sobre sus cabezas, envolviéndolos en un aluvión de piedra y polvo, pero ocultos tras un repecho por el momento los dos terrestres podían sentirse a salvo. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Greenberg había sido alcanzado dos veces. En el estómago y en la pierna derecha. La primera bala era apenas un roce, más espectacular que doloroso. La segunda había astillado el fémur.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--Me temo que no vas a poder moverte.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Greenberg apretó los dientes y forzó una sonrisa ensangrentada.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--Y si tú no te largas de aquí inmediatamente, habremos atravesado ese desierto en vano. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Los disparos de los yueisis habían cesado. Sobre la grava del camino se escucharon sus pasos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--Coge la batería --susurró Greenberg--. Sigue adelante. Y no te olvides de salir corriendo en cuanto pongas el detonador en marcha.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Johanssen vaciló. A menos de tres metros, oyó al capitán del grupo yueisi amartillar su pistola. En las alturas, muy remoto, zumbó un cóptero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Tras un rápido apretón de manos, Marcus Johanssen recogió la pequeña batería solar que le ofreció su amigo. Echó a correr hacia arriba, ignorando los disparos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Se perdió de vista en un recodo en la montaña y sólo pudo escuchar, desde allá en lo alto, el rojo destello de las ametralladoras láser del cóptero terrestre que regaban la posición donde Arthur Greenberg y sus cazadores yueisis habían sido sorprendidos esperando.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	*    *    *&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Las luces del contrataque teñían de un granate más vivo la piedra oscurecida de la gruta. No había nadie montando guardia, quizás porque los yueisis habían corrido todos a repeler la muerte desde el aire con la que los manchaban los terrestres. Johanssen esperó oculto los minutos suficientes hasta asegurarse de que no le habían seguido, de que estaba solo. Entonces, embozado como una sombra, cruzó corriendo la planicie y se introdujo en la boca de la cueva.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	El frío golpe de aire lo retrotrajo a aquel atardecer en que descubrieron el sepulcro, cuando ninguno sospechaba las consecuencias que iba a tener una expedición que habían considerado poco interesante. No llevaba esta vez ninguna linterna por la que guiarse, pero después de haber subido el antepecho de la montaña fiándose de sus instintos, no le importó demasiado avanzar palmo a palmo por aquella oquedad inundada de negro. El rojo barniz de la destrucción que pintaba el aire de Oasis de una paleta multicolor bastaba para indicarle tenuemente qué camino seguir.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	La bomba palpitaba contra su pecho. O tal vez era su corazón acelerado. Apoyó la mano en la pared y la notó gélida, marcada por líneas que antes no había advertido, grabados primitivos que lamentó no poder ver o estudiar con detalle.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Siguió avanzando. La primera vez que entró en esta cueva le había parecido, o eso recordaba, que el sarcófago estaba cerca. Ahora, recorrer el pasillo hasta el atrio le resultó enormemente largo, infinito. Por un momento, temió que la información obtenida del satélite espía fuera incorrecta y los yueisis hubieran trasladado los restos a otro lugar más seguro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Pero no. Estaba allí. Acostumbrados sus ojos a la oscuridad, divisó el contorno de la tumba, los rasgos extrañamente familiares del hombre que todos habían querido identificar con Jesucristo. Se acercó. A menos de dos pasos del sepulcro, se agachó y contempló con atención aquel parecido sorprendente, casi mágico.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	No pudo evitar extender una mano, tocar la cabeza de piedra, seguir el contorno de la nariz y los labios. Sabía que iba a cometer la pronafación definitiva y pese a ello se sentía inundado de un grave conocimiento de su situación. Tenía que ser una falsificación. No podía ser otra cosa. O una simple coincidencia. Dios no podía haber querido pretender la locura que los hombres, Sus seguidores, habían desatado al otro lado de esta caverna. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	No era experto en geología. Ignoraba qué material podía haber fraguado aquella piedra, por lo que no estaba en disposición de certificar un origen terrestre o yueisi. Sintió un escalofrío. Los ecos de las explosiones lejanas hacían temblar levemente el suelo y el techo. Sonrió torvamente. Dentro de poco la sacudida de su bomba iba a hacer que las paredes se desplomaran con una urgencia que nadie había esperado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Y tenía, por todos los medios, que salir de aquí. Ignorante del destino final de Arthur Greenberg, era indispensable que sobreviviera a la explosión que planeaba, para poder explicar al mundo que había sido él, y no un complot yueisi o un error en el bombardeo que se desarrollaba entre las montañas, lo que había destruido la sepultura desencadenante de toda la tragedia. Lo último que quería era que los cruzados acusaran a los yueisis de haber hecho volar la tumba como un último acto de resistencia contra la invasión terrestre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Acercó la mano al detonador de la bomba. Recordó los pasos que Greenberg le había indicado, el cierre a la derecha, el cable sobre el percutor. El artefacto estallaría con potencia suficiente para volar un edificio. Del sepulcro no quedaría ni rastro.&lt;br /&gt;
	Contempló de nuevo los rasgos silenciosos de aquel desconocido yueisi a quien los hombres se habían empeñado en venerar como santo. Cerrados sus ojos, las membranas nictitantes de sus congéneres no podían apreciarse en la talla. Bien era cierto que podía haber pasado por un ser humano exacto.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	No podía ser Dios. Era imposible. Y aunque lo fuera, el encuentro de aquella tumba no justificaba una Cruzada Galáctica. Tendrían que haber inventado otra excusa para sus planes de expansión. ¿Qué iban a hacer cuando encontraran otra Línea Coseriu y otros planetas donde los hombres pudieran alojarse sin tener que esperar los siglos precisos que demandaba una terraformación? ¿Iniciar otra vez el proceso? ¿Descubrir una nueva tumba de Cristo? ¿Someter a otras razas por el deseo de convertirse en mártires?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	No podía ser Dios. Habría sido hermoso que lo fuera, quizá. Sin duda sería agradable comprobar que las dudas de tantos siglos tenían una respuesta clara, que existía un premio después de este valle de lágrimas, que en efecto había una lógica y un designio en el absurdo de la vida. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Estaba desvariando, lo sabía, absorbido por la mágica presencia de aquel sepulcro. Si de verdad era la tumba de Cristo, sin duda que detendría con su mano de fuego lo que iba a hacer. Johanssen miró los ojos muertos, casi esperando que se abrieran y una voz de ultratumba pronunciara el milagro de detener lo que entonces sería un sacrilegio.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Pero no pasaba nada. La talla seguía inmóvil, perpetua en su descanso, silenciosa y doliente. En el exterior los temblores y explosiones parecían alejarse. Estaban solos el sepulcro y él. Y la bomba que pondría un aldabonazo de cordura a la excusa imperialista de los seres humanos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Si de verdad hubiera sido Dios, todo habría sido distinto. Habría obrado un milagro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Acercó la mano a la bomba.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	No llegó a escuchar la detonación que como una carcajada metálica acompañó al disparo que desparramó su cerebro sobre el catafalco.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	*    *    *&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Renqueando, sucio, enflaquecido, monseñor Raffaello Barsini se echó la escopeta al hombro y recorrió los metros que lo separaban de la tumba de Dios. Consumido por una profunda tristeza, apartó con el pie el cadáver del hombre al que había abatido de un certero disparo. Reconoció a Marcus Johanssen, pero no le dio más importancia que si se hubiera tratado de un yueisi que viniera, en un acto suicida, a impedir que la Cristiandad recuperase la prueba definitiva del poder de Dios.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Llevaba tanto tiempo viviendo a oscuras en las profundidades de la cueva, dedicado al ayuno y a la oración, que apenas se tenía en pie. Se había convertido en el guardián definitivo del sepulcro, en el humilde Pedro de este enclave santo donde sin duda había una puerta al cielo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Limpió de sangre la figura dormida del Creador y se arrodilló en silencio, enfebrecido y reumático, cegado por la misma oscuridad que le había protegido en las sombras, y rezó, rezó por Marcus Johanssen y por sí mismo, y por la humanidad que había tenido que surcar el espacio y asentarse en un mundo extraño para purgar sus pecados.&lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/61286">
		<title>1798. ÉSTE ES MI CUERPO-8</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/61286</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/8/81/Emblem_of_the_Papacy_SE.svg/180px-Emblem_of_the_Papacy_SE.svg.png&quot;&gt;&lt;br /&gt;
	La Iglesia había sobrevivido al nuevo milenio adaptándose al cambio, negociando con sus fieles unas contrapartidas terrenas que, cien o doscientos años atrás, ella misma había acusado de herejía, de imposible. No dejaba de ser un contrasentido que, ahora que había querido adoptar una doctrina más orientada hacia sus raíces, fueran los propios creyentes quienes hubieran asumido un fundamentalismo religioso al que no se podía dejar de seguir los pasos, so pena de perderlos por completo. Como un movimiento de péndulo que oscila entre sus dos velocidades máximas, el destino de la propia Iglesia parecía ir siempre a remolque de los tiempos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Ahora el cambio se veía obligado a adquirir una nueva forma. La muerte de Alejandro X había detenido las operaciones bélicas en un instante crucial. La Cristiandad precisaba con urgencia de un nuevo vicario de Cristo en la Tierra, justo en el momento en que el Sepulcro parecía a su alcance e incluso algunos santones rumoreaban que con su conquista la humanidad sería testigo de una Segunda Venida. Los ejércitos esperaban, prestos los fusiles, cargados los cañones, mientras los generales se desesperaban, algo ajenos al tufo de inciensiarios y al trasiego de misales cuando la cuestión de su eficacia profesional se ponía en entredicho por aquella incómoda pausa. Todo el planeta Tierra tenía vueltos los ojos hacia el cielo, hacia el misterio de la Línea Coseriu, hacia la flota de guerra que gravitaba en torno al planeta como el juguete móvil que tiembla sobre la cuna de un niño.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Los cardenales meditaban, rezaban, discutían, suplicaban la rápida intervención del Espíritu Santo. Dos votaciones de urgencia, y en ambas se transmitió la imagen virtual de una fumatta nera. No había acuerdo. Si difícil había sido encontrar al sustituto de Pablo VIII, la situación de guerra sin precedentes en la historia no facilitaba el reemplazo de Alejandro X, a quien muchos empezaban ya a llamar el Papa Mártir. Jamás había sido más crucial encontrar a un adecuado Príncipe de la Iglesia.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Las naves seguían orbitando el mundo de Oasis, como si el tiempo se hubiera detenido para todos. Sus nombres cargados de resonancias bíblicas se repetían a diario en los teletipos y redes del mundo: Génesis, Números, Nehemías, Deuteronomio, Éxodo, Apocalipsis, amplificando el efecto distorsionador que tenía el atravesar el túnel entre planetas. Los generales y los poderes del mundo metían prisa, como si la impaciencia por rematar al enemigo pudiera más que la meditación en esta hora decisiva donde Dios sin duda ponía a prueba una vez más la voluntad obediente de los hombres.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Hasta que por fin, en conexión con la nave transmisora que guardaba como un celador la Línea Coseriu, la Tierra volvió de nuevo la mirada a las alturas y esta vez sí, después de tantas semanas de desasosiego, pudieron leer el mensaje inequívoco de la fumatta bianca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	*    *    *&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Había un cuerpo de ejército yueisi protegiendo las montañas. Tenían al menos la seguridad de que el sepulcro seguía en su sitio, porque el satélite espía emplazado  por la armada terrestre no había indicado ningún movimiento extraño en aquel lugar, y tanto Greenberg como Johanssen sabían que la resolución de aquella máquina podría muy bien mostrar sin ninguna duda los centímetros de barba que habían ganado en estas semanas de peregrinar por el desierto, tal era la precisión de sus cámaras. Johanssen había aventurado la posibilidad de que entre los yueisis no sólo no se estilara cambiar a los muertos de sitio, sino que además fuera un tabú dentro de su cultura, aunque a Greenberg no le satisfizo demasiado la explicación, habida cuenta de que no creían en religiones ni vidas después de la vida. En cualquier caso, el sepulcro seguía en su sitio, protegido por un contigente armado que les iba a costar trabajo esquivar.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Pero los dos terrestres extraviados tenían tan clara su misión destructora como los cardenales que se aprestaban, a bordo de la Génesis, a consagrar a un nuevo Papa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	*    *    *&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Obispo de Roma, Vicario de Jesucristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Supremo Pontífice de la Iglesia Católica Reunificada, Patriarca de Oriente y Occidente, Primado de Italia, Arzobispo y Metropolitano de la Provincia de Roma, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, Guardián de la Doctrina y Sacerdote Supremo de la Fe.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Eran sus títulos. Pablo IX sería su nombre a partir de ahora. Su primera misión, y así lo anunció con voz firme, sería rescatar el Santo Sepulcro a la mayor brevedad, acabar con la Cruzada de un solo y rápido tajo, poner fin al reguero de mártires.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Jerónimo Sierra aceptó la tiara y bendijo por primera vez urbi et orbes como Papa de la Cristiandad.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Desde la lejana Tierra pudieron verse claramente las lágrimas que le resbalaban por la cara. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Pocos supieron interpretarlas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	*    *    *&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--Bien, aquí estamos --susurró Marcus Johanssen--. ¿Estás seguro de que sabrías encontrar el camino?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--Estoy seguro. No hay más que seguir la flecha. Donde más soldados yueisis haya, ahí es --se burló Arthur Greenberg--. De todas formas, he visto tantas veces el video del lugar que desde aquí podría llegar con los ojos cerrados. ¿Tú no?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Johanssen se secó el sudor de la frente. Resopló. Desde el pequeño promontorio, los valles y recovecos creados por el trazado de las montañas parecían todos igualmente áridos y repetidos.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--Supongo que sí. No estoy muy seguro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--¿Segundos pensamientos? ¿Crees que ahora que habemus Papam las cosas pueden ser diferentes?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--No digas tonterías, Artie. Vale que ese Sierra no sea un fanático como están demostrando con creces los otros alzacuellos, pero de ahí a  pensar que pueda detener esta Cruzada va un abismo. Tendrá línea directa, pero no es Dios. Y por mucho que quieran creer quienes le siguen, no es él quien dirige las operaciones de guerra. Hay profesionales de sobra para eso, veteranos de la Jihad y todos esos otros soldaditos de diseño que no pudieron hacerlo por su juventud y esperaban como maná del cielo una oportunidad como ésta de demostrar lo hombres que son y lo mucho que valen. Eso sí, todos con su partida de bautismo y su profesión de fe bajo el brazo. O lo hacemos nosotros, o no lo hace nadie.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--Bien --asintió Greenberg--. Nuestro plan es sencillo. Ya hemos acabado con la parte fácil. Hemos sobrevivido al desierto, a los bombardeos, a la sed y al hambre. Y al sabor de ese maldito lagarto. Ahora hay que rebasar esas líneas de defensa, entrar en la cueva, y hacer pedazos el sarcófago.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--Pedazos no. Artie, la historia de la cristiandad está llena de reliquias. No debe quedar piedra sobre piedra. ¿Qué te gustaría, coger un pico y una pala y empezar a buscar petróleo? Además, no tenemos ese tipo de herramientas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--Pues hacernos con los explosivos yueisis nos puede costar la misma vida. Estamos forzando nuestra suerte. Además, no estoy seguro de saber cómo funcionan sus granadas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Johanssen se ajustó el cinturón. En las últimas semanas había perdido tanto peso que las ropas le quedaban grandes.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--Hay que buscar un sistema que sea rápido para destruir el sepulcro. Tienes razón, no podemos exponernos más a los yueisis de lo que lo hemos venido haciendo. Suerte que nuestro vehículo es nativo y por eso no hemos llamado demasiado la atención...&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--¡El coche! ¡Eso es! --exclamó Greenberg. Se puso en pie de un salto y corrió hacia el vehículo, agachándose para evitar ser localizado. Abrió el compartimento del motor.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--¿Alguna idea brillante?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--La única. Tendremos que contentarnos con lo que hay a mano, Marcus. La batería solar. Esto de aquí. Es distinta al modelo terrestre, algo más primitiva, pero no demasiado. Sabré hacerlo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Con cuidado, ante el silencio de Johanssen, el reportero extrajo la caja que daba vida al vehículo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--Eso es. Manipulando los polos, introduciendo un pequeño condensador que cortocircuite ese nódulo... Marcus, ya tenemos nuestro explosivo.&lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
	--¿Dónde has aprendido a hacer esas cosas? --Johanssen sacudió como un león la cabeza rubia--. Eres una fuente inagotable de sorpresas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--En el Líbano --contestó el reportero, concentrado en la tarea--. Durante la Jihad. Estuve varios meses conviviendo con un comando integrista especializado en este tipo de acciones de sabotaje. ¿O crees que los premios Pulitzer los regalan?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--¿Y la potencia destructora de este chisme?&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--La batería está a plena potencia. Yo diría que una vez hagamos explotar este aparatito, no quedarán reliquias que vender en los conventos de la Tierra.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	*    *    *&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Habían decidido esperar al anochecer para intentar el último movimiento de su partida. Agazapados en la oscuridad, reptando como los lagartos a quienes llevaban semanas observando para poder capturarlos, Greenberg y Johanssen se pusieron en marcha casi al mismo tiempo que la escuadra terrestre recibía las órdenes de despegar y bombardear las posiciones yueisis. Pablo IX tenía prisa por cumplir su palabra. Quería acabar con la guerra en menos de treinta y seis horas. Los cópteros que saltaron al aire como libélulas de sangre iban a encargarse de que la infalibilidad del nuevo Papa empezara a convertirse en motivo de leyendas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	*    *    *&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Si las explosiones causadas por los cópteros terrestres no hubieran iluminado con sus haces rojos las montañas, ni Greenberg ni Johanssen habrían podido franquear el perímetro externo del campamento yueisi. Para su fortuna, y también para su peligro, el bombardeo provocó un frenesí entre las tropas defensoras que les hizo concentrarse allá donde hicieran falta, en el intento de repeler las hábiles máquinas voladoras de los invasores.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Aprovechando el alboroto, los dos terrestres consiguieron dejar atrás el campamento y empezaron a subir el mismo sendero que, meses atrás, les había llevado al hallazgo de aquella tumba. La batalla quedó ardiendo a sus espaldas.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Advirtieron su error cuando fueron localizados por una patrulla. Y descubrieron pagando con sangre que vivir en un mundo sin estrellas había desarrollado en los yueisis una excelente visión nocturna.&lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
</description>
	</item>

	<item rdf:about="http://crisei.blogalia.com//historias/61278">
		<title>1797. ÉSTE ES MI CUERPO-7</title>
		<link>http://crisei.blogalia.com//historias/61278</link>
		<description>&lt;img src=&quot;http://www.fondosgratis.com.mx/archivos/temp/4266/400_1213933158_miguel-angel-desierto.jpg&quot;style=&quot;float:none;&quot;&gt;&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	El sol se le clavaba en la armadura como una lanza granate. Tenía un brazo herido, quizá roto, adormecido por los sistemas analgésicos del exoesqueleto. Avanzaba a trompicones y dudaba de la realidad de cuanto tenía delante. Isaías Markowitz se llevó la mano enguantada al casco de plastiacero y apenas consiguió arañar el visor. El acondicionador de aire de su traje, el sino de su existencia, había dejado de funcionar hacía un par de horas, poco después de que abriera los ojos y descubriera que la larga batalla había terminado y se había quedado solo.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Sorbió un poco de agua reciclada. Dio dos pasos al frente y contempló el vuelo de un pájaro negro, un buitre de Oasis o el equivalente a un gallinazo en esta tierra inhóspita. Bicho asqueroso. De buena gana lo habría abatido desde su posición, pero era posible que alguna columna de yueisis estuviera rondando todavía por las inmediaciones y viera al ave caer derribada, revelando su existencia.&lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
	El ejército invasor se había internado en el desierto hacía seis días, empujando hacia atrás al contingente yueisi que trataba, con más valor que acierto, de frenar su avance hacia las Montañas del Rostro de Cristo. Así las habían bautizado los exploradores, y así iban a pasar a la historia. La encarnizada batalla que había tenido lugar durante un día y medio se convertiría en uno de esos saldos indescifrables donde cada uno de los bandos se anotaría la victoria. Markowitz escupió. No sabía quién había dicho aquello que una batalla ganada era igual a una perdida. Napoleón quizás. O Nelson. Uno de aquellos ingleses remilgados. No, Wellington. El que había tenido que esperar hecho un glorioso fiambre no sé cuántos años antes de que le terminaran la tumba. Igualito que él ahora. Si estiraba la pata en esta región desolada, pasaría mucho tiempo antes de que pudieran abrir un agujero y poner sus huesos a salvo del hambre del buitre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Sacó una nemopíldora de su mochila. Hizo ademán de metérsela en la boca, pero se le escurrió entre los dedos y acabó cayendo al polvo. Se agachó a recogerla. La pisó sin querer. Una pasta blancuzca, el resto de la cápsula, se le quedó pegada en las yemas del guante.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Soltó una imprecación. Cayó de rodillas, exhausto. Hundió la cabeza en la arena, como un avestruz, y maldijo de nuevo el sistema electrónico de su exoesqueleto, que le impedía lanzar una señal de socorro que enviara algún cóptero a su rescate.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Captó un roce ante él. Alzó la cabeza, aferrado al fusil láser.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Vio las dos piernas larguísimas, separadas para mantener el equilibrio sobre la duna cárdena. El hábito destrozado, el crucifijo bamboleándose entre los pechos duros como una roca. La monja fedayin le tendió la mano y él se puso en pie como pudo, anonadado. Por un momento, no supo si en efecto había tragado la nemopíldora o no.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Porque era ella. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Superviviente de su destacamento, igual que él. Perdida en un mundo extraño, con los hábitos destrozados y la frente surcada por una línea de sangre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Bethania do Nascimento.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	*    *    *&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	&lt;br /&gt;
	Era una locura. Ambos lo sabían. Rebasar las líneas yueisis, subir a hurtadillas el sendero entre las montañas, localizar la cueva, y profanarla. Greenberg ni siquiera quiso hacer el cálculo de cuántas formas diferentes podrían morir antes de que su acción pudiera cumplirse, pero sabía que la cruzada se detendría en seco cuando las naves terrestres descubrieran que se habían quedado sin premio. Eso, claro, siempre que la teoría de Johanssen de que aquello no era más que una excusa estuviera equivocada. Tiempo tendrían de averiguarlo. O quizás no.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Las noticias sobre la batalla en el desierto eran confusas. La pobre cobertura yueisi no les informaba bien del resultado, y las comunicaciones de los cruzados estaban tan cargadas de verborrea triunfalista que hacía tiempo que habían decidido ignorar la mitad de su contenido.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Greenberg sonrió torvamente al imaginar la cara de aquellos sonrientes bustos parlantes cuando anunciaran que el sepulcro causante de toda su gloria y su miseria había sido destruido por un par de terrestres con menos sentimiento religioso que pragmático.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	*     *     *&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Parecía que los yueisis habían concentrado todas sus fuerzas en el intento de descargar un solo golpe. Al menos, después de la batalla en el desierto, las patrullas de cruzados habían dejado de localizar nidos de ametralladoras y campos minados que impidieran el avance de sus carros de combate. Teglat-Acaz, el país invadido, casi se encontraba solo contra la enorme fuerza terrrestre. No todas las naciones de Oasis habían acudido en su socorro, quizás conscientes de la capacidad destructora que les había caído encima. O tal vez, como habría explicado Marcus Johanssen, porque pocas son las criaturas vivas que acuden en auxilio de otra camada que pueda tarde o temprano amenazar su territorio. &lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	El avance por el desierto se había convertido, al mes yueisi de comenzar la guerra, en una guerra relámpago que habría hecho las delicias de Guderian. Si el polvo y las tormentas de arena no derribaran los cópteros con más habilidad que los yueisis, el Sepulcro habría sido recuperado hacía más de una semana. La moral seguía alta, pero los casos de comportamiento indigno hacia los vencidos empezaban a abundar, tan comunes a la guerra como la carne al hueso.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Alejandro X terminó la misa de campaña y dio gracias a Dios porque el resultado de la batalla en las arenas, aunque doloroso, había sido satisfactorio para la cristiandad que lideraba, más de nombre que de facto. Sus generales y cardenales le anunciaban que dentro de pocos días avistarían las Montañas del Rostro de Cristo, donde el Santo Sepulcro los aguardaba. El Papa, enfundado en su armadura-sotana, negro peto brillante del más pulido plastimetal, aún no había acabado de saborear la ironía de haberse convertido, como sus antecesores del Renacimiento, en un Papa guerrero.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Poco tiempo iba a tener para acostumbrarse a aquella agridulce sensación de ser, en efecto, el brazo ejecutor de Cristo. Apenas acababa de pronunciar la bendición final cuando la crux immissa de su pecho se resquebrajó con un crujido sordo, manchando la capa blanca de sangre y hierro.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	El Papa se vino al suelo como si la armadura estuviera vacía. Un estruendo de disparos y voces, de relinchos y gritos nublaron su capacidad de entendimiento. No sintió dolor, ni siquiera angustia. Se miró el pecho abierto. La armadura humeaba por el impacto de una trazadora. Un comando yueisi había centrado sus esfuerzos en eliminar al macho alfa de los depredadores que los acosaban. Con éxito más que demostrado.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Unas manos auxiliaron a Alejandro X, intentaron detener la hemorragia que le vaciaba la vida velozmente. Todos sabían que era un esfuerzo vano. La herida se reproducía en la espalda, donde un volcán de metal cortaba los dedos del hombre que intentaba ayudar a su Papa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Alejandro X boqueó, y los labios se le pintaron de sangre roja y restos de la hostia que acababa de consagrar. Empezó a ver el rostro de Jerónimo Sierra en blanco y negro, distorsionado. No conseguía oír las palabras de ánimo de su confesor, del hombre santo que había apartado del camino de la meditación y la verdad para convertirlo en monje guerrero al servicio de su causa.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	--Moisés --susurró el Papa Vittara.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Volvió la vista hacia donde imaginaba las Montañas del Rostro de Cristo, el centro de toda aquella locura. La tierra de promisión en la que él tampoco podría entrar nunca.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
 	Jerónimo Sierra asintió, comprendiendo la ironía. Un estertor entre sus brazos y el Papa quedó convertido en el recuerdo de una epopeya, la reliquia de otra época.&lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
	Al bendecir el cadáver, el cardenal Sierra advirtió que de sus dedos chorreaba un oscuro reguero de sangre.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	*    *    *&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	Hacían el amor furiosamente sobre la arena caliente, abandonados a la suerte de sus cuerpos, vengándose del mundo inhóspito donde habían pretendido ingenuamente purgar los pecados de un pasado que los perseguía cosido a sus talones como una sombra. La pecadora Bethania y su descarado seguidor, el hombre que todavía no daba crédito a su buena fortuna. Era como si todos los sueños de Isaías Markowitz se hubieran convertido en realidad. Como si experimentara una sobredosis de nemoestimulantes. Pero era la verdad. La paloma siempre sería una paloma. Convertida en monja fedayin o no, Bethania do Nascimiento seguía siendo la diosa de sus sueños, un ser de sangre caliente dispuesta a abandonarse a la lujuria ahora que no parecía haber otra salida a la situación en la que ambos de encontraban.&lt;br /&gt;
&lt;br /&gt;
	 Cuando la patrulla yueisi los sorprendió, Isaías Markowitz estaba tan concentrado en el paroxismo del placer que confundió su segundo orgasmo con la muerte.&lt;br /&gt;
 &lt;br /&gt;
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	</item>


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