2009-07-02

CONAN EL BÁRBARO

Trasvasar a la historieta las aventuras de Conan el bárbaro era un proyecto largamente acariciado por un gigante del medio, Gil Kane, pero sólo el conservadurismo innato de las majors editoriales y los deseos de ir sobre seguro explican lo tímido de su lanzamiento y que se encomendase a un artista primerizo con abundantes lagunas formativas como era (entonces) Barry Smith, que no tenía el caché del maestro. Nadie podía imaginar que se iba a hacer historia y a crear un popular subgénero que a punto estuvo de relegar a segundo plano a los superhéroes, o al menos a abrir una potente vía alternativa durante un par de décadas.

Escritos originalmente en los años treinta por el texano Robert Erwin Howard, los relatos y novelas de tan singular personaje (un antihéroe en el más amplio sentido del término, pero oportunamente auxiliado por un "código del honor" que lo convierte ipso facto en desfacedor de entuertos prehistórico y caballero andante con poca ropa y mucha labia) habían gozado de cierta popularidad en su momento (incluso se habló de llevar sus hazañas al cine protagonizadas por Victor Mature) y de un oportuno revival en los años sesenta, cuando se recuperaron, reescribieron y continuaron por albaceas literarios sus andanzas, sin duda auxiliadas por las impactantes portadas realizadas por un monstruo como Frank Frazetta.

Conan, no obstante, parecía haber nacido para el cómic, y es en este medio donde alcanza su máxima popularidad y desarrolla a placer las premisas que explican su éxito: mundo postcataclísmico en los albores de nuestra historia, sin leyes ni moral, donde la magia y los monstruos herederos de Lovecraft campan por sus respetos y la vida de un hombre, en lema mil veces repetido, vale tanto como el filo de su espada. En una época en que los grandes directores del cine del oeste habían desaparecido o estaban próximos a hacerlo y el western mismo se había agotado tras las mil revisitaciones televisivas que acabarían, en el recuadrito de las 625 líneas, por agostar cualquier mítica que pudiera tener el género de vaqueros, Conan y sus muchos herederos venían a suponer el relevo ideal, pues el bárbaro cimmerio es a un tiempo cowboy solitario e indio salvaje, apátrida amoral y recio johnwayne de melancólicos silencios, vikingo y romano, huno, pirata, guerrillero, jinete de las mil y una noches o cosaco. El batiburrillo histórico-subcultural de las aventuras del personaje, insisto, no podían dar más que para relatos de segunda fila, sin duda divertidos pero de escasa calidad literaria y tópicos repetidos hasta la saciedad, lo que desde El Quijote la cultura oficial ha dado en creer muerto y enterrado: libros de caballerías. En el cómic, sin embargo, funcionaba.

La historia de Conan tenía, entre papeles desordenados e incorporaciones apócrifas, una muy clara trayectoria vital: de bárbaro a rey después de haber pasado por todos los estamentos sociales que fueran necesarios y donde pudiera colocarse una historia. Teniendo en cuenta estos parámetros, el guionista Roy Thomas prepara una serie de argumentos donde, de vez en cuando, se permite adaptar a la historieta las propias andanzas del Conan literario (o de otros héroes y antihéroes creados para otras épocas históricas por Robert Howard). Los titubeos iniciales de la serie, bimestral en un principio, parecen dejar claro cuál debe ser el camino tras el éxito de la sobresaliente adaptación del poético relato "La torre del elefante": no apartarse de la sombra de Howard.

En un proceso evolutivo que sólo tiene quizás como precedente el de Alex Raymond en los años treinta, Barry Smith pasa de ser un voluntarioso y poco dotado imitador de Jack Kirby a convertirse en un sensible poeta prerrafaelita donde asoman los ecos épicos y naturalistas de Hal Foster. El confuso story-telling de las primeras historias (y es sintomático que la dificultad de leer y entender plenamente las primeras aventuras del bárbaro sean parejas al aprendizaje de Smith, lo que demuestra en manos de quién estaban realmente los argumentos) va dando paso a un estilizado trayecto por el amor y la muerte que desemboca en viñetas de arquitecturas mágicas y joyas repujadas en ornamentos y escenarios mientras Conan guía sus pasos a lo que puede ser, en el cómic, el equivalente epopéyico de lo que fue para la literatura la guerra de Troya: la toma de Shadizar.

Pero Smith abandonó la serie un par de veces y ésta no se resintió, sino al contrario. Un primer interludio trajo por fin al personaje a Gil Kane, en un par de números que fueron durante mucho tiempo los mejor vendidos de la colección; y por fin, tras su marcha más o menos definitiva, la llegada del gran John Buscema quien, con un estilo mucho más clásico y academicista y un story-telling que no busca piruetas en hueco, marca ya para la posteridad la imagen del bárbaro. Buscema se siente a sus anchas en un personaje y unas historias que remiten en ocasiones a los grandes maestros del cómic de prensa de los años treinta, Foster y Raymond, y aunque la arquitectura de las ciudades de magia y fantasía se resiente más que ninguna otra cosa, su manera de abordar el personaje y la Edad Hyboria donde éste se desenvuelve clarifican mucho la dureza poética de las historias.

Desde su llegada al título, la popularidad de Conan es tan grande que, además del comic-book en color de veintipocas páginas, pronto se preparan historias más largas donde se adaptan relatos o novelas de Howard (o se trasvasan las de otros autores). Es la serie Savage Sword of Conan, donde en blanco y negro y con mayor espacio narrativo, John Buscema da lo mejor de sí mismo. Entintado por un buen puñado de colaboradores, con los que no siempre dijo estar de acuerdo, la imagen de estas historias largas del personaje queda inevitablemente unida a las tintas de Tony de Zuñiga, Alfredo Alcalá, Ernie Chan o Rudy Nebres. Si en el comic-book a color hay historias sobresalientes (la mencionada "La torre del elefante" o joyas como "La canción de Red Sonja" o la larga saga con Bêlit, la reina pirata de la Costa Negra), la edición en blanco y negro no se queda a la zaga, con la adaptación de novelas como Sombras en Zamboula (por Neal Adams), Sombras de hierro en la luna (Buscema y Alcalá), La morada de los condenados (Buscema y Montano), Nacerá una bruja (Buscema y la tribu) o la larga y excelente adaptación, en varios números, de La hora del dragón. Sin olvidar la obra maestra que supone el regreso de Barry Smith al personaje: la adaptación de Clavos Rojos.

La editorial tenía prisa por explotar el filón del personaje y quizá por eso no esperó a que esas historias se contaran en el momento en que tendrían que haber sido contadas, cuando los vagabundeos del personaje lo llevaran a los escenarios donde habían sido desarrolladas literariamente. Haberlo hecho, además, habría invalidado la inclusión en los resquicios que fueran quedando de nuevas historias. Tampoco se volvieron a contar esas historias cuando la peripecia de Conan pudo alcanzarlas: se preparó, si acaso, una tercera serie en color, King Conan (luego rebautizada Conan the King), y se ilustraron también algunos álbumes y se realizó una tira diaria para los periódicos.

Escribir y dibujar tebeos como una cadena de montaje desemboca ineviatablemente en la moraleja de los carros de fuego del poema. Conan se convirtió en una franquicia (ya lo era desde sus inicios), y los elementos mágicos, épicos y líricos que hicieron populares sus aventuras terminaron por ir repitiéndose hasta el infinito, sin apartarse jamás de unos parámetros que fueron originales en su momento y acabaron por convertirse en repetitivos tópicos. La marcha de Roy Thomas y John Buscema de los títulos del personaje fue la penúltima puntilla en su baja de popularidad.

En el interín vinieron multitud de novelas nuevamente apócrifas, las dos películas de todos conocidas, una insufrible serie de dibujos animados y una ridícula adaptación televisiva con personajes humanos y calaveras de goma, un impasse donde los derechos del bárbaro saltan de continente en continente sin que nadie supiera muy bien dónde iría a parar todo el juego y quién realizaría nuevas entregas (al final, Dark Horse se ha llevado el cimerio al agua). Puede que sea ya demasiado tarde para recuperar al personaje, quien tuvo su buena ración de obras maestras y su rincón de gloria en los olimpos del cómic y los mercados de la cosa. Lo cual ya es mucho más de lo que sin duda imaginaron Gil Kane, Roy Thomas y Barry Smith cuando empezaron, con pies de plomo y sin la plena confianza de la editorial, a explorar los límites del comic-book y el estilo Marvel retrocediendo en el tiempo a la Edad Hyboria.



2009-07-02

UURGH AARGH



La política es ese instinto que los profesionales del ramo se empeñan (o no) en maquillar de razón.

2009-07-01

EN SUS MANOS

2009-06-29

LA ÚLTIMA ESTRELLA


Antes de que lo conociéramos como persona de carne y hueso, fue, para mi generación, que fue la suya, un personaje de dibujos animados, un niño de pelo de seta y nariz chata que cantaba en la tele, por las tardes, aquello de “One, two, three” apoyado por otros cuatro niños muy parecidos a él, aunque en escalas, corporales y musicales, diferentes. Michael Jackson, la estrella infantil del nervioso grupo del pop negro, los Jackson Five. Luego creció, pero al contrario que a Joselito, no le cambió la voz, sino el alma (el soul), e inició una carrera en solitario donde se inventó tanto a sí mismo que revisar ahora no ya su admirable discografía, sino los vaivenes de su aspecto físico, hacen que nos parezca estar ante un efecto especial de morphing, como él mismo ensayó en aquel videoclip que hizo historia del medio y los ochenta, “Thriller”.

Nos acojonó mucho con aquel cortometraje de miedo donde Vicent Price ponía una voz surgida de sus adaptaciones de Edgar Alan Poe y un grupo de zombies se movía a un ritmo frenético, tan imitado luego, tan inimitable. El disco más vendido de la historia del pop, que se dice pronto, y que causó, como la belleza de Florencia a Stendhal, el nombre a un síndrome: el síndrome de Thriller, o la imposibilidad del ser humano de éxito, tan joven, de superar la gloria de su propia obra.

Entra ahora en la leyenda, Michael Jackson, tras una vida breve salpicada de extravagancias y de escándalos. Se le quemó el pelo y la cara rodando con Francis Ford Coppola una película en 3-D, Captain Eo, y desde entonces su gusto por el disfraz y la transformación, del que el mismo Thriller era epítome con su paso de teen a hombre lobo a zombie a hombre pantera, ya no fue sólo un capricho, sino una necesidad impulsiva. Se cambió la cara y la tez y por un momento pareció tener la belleza de los personajes de los cómics que tanto le gustaban, pero la degradación de su físico, y quizá de su psique, fue imparable. Los tabloides lo acosaron, él dio pie a rumores con su compra del esqueleto del Hombre Elefante, su mono mascota, su disneylandia particular. Le llamaron el rey del pop y, como cumpliendo una norma dinástica, hasta se llegó a casar con la hija de Elvis, un matrimonio que no duró, porque Michael Jackson siguió llevando adelante quizá hasta el jueves por la noche el juego de ser Peter Pan. Como el propio Elvis, quizás, ha muerto, en una mansión solitaria que se comían las deudas, a la espera de relanzar una carrera que ahora, lejos ya los juicios y las acusaciones no demostradas, tendrá que ser juzgada por lo que fue.

Michael Jackson, la última estrella del pop, de los medios de comunicación de nuestro tiempo. Bello, fugaz, degradado, genio. A su voz de chocolate y miel, a sus movimientos de primer mutante del futuro, le acompañó siempre un sentimiento de soledad y de impotencia. Hizo canción denuncia revistiéndola de ritmo, abogó por la paz mundial, quiso acabar con el hambre en África, denunció la violencia y cantó con sentimiento a la muerte por cáncer de un chiquillo. Fue mucho más que un monstruo de feria, el último mito, un niño perdido que, por fin, quizá tenga ya su hueco en la última estrella del cielo, a la derecha.

Publicado en La Voz de Cádiz el 29-06-2009

2009-06-29

COMO OBAMA


Primer día de curso, hará unos veinte años. Ya había aprendido que es el día en que el profesor se la juega, cuando hay que entrar con la Marcha Imperial de sonido de fondo, no vaya a ser que a los alumnos les de por tocar por su cuenta el aleluya de los ewoks.

Después de un par de años en exclusiva con los cursos superiores, aquel año me encargaron dos clases de primero de BUP (que traducido resulta tercero de la ESO), y por lo pronto me sorprendió lo pequeñitos e infantiles que eran los alumnos. Daba lo mismo, yo a lo mío: bla bla bla, este año tenéis que hacer esto y esto y lo otro, y la evaluación será así y asá y de aquella manera, y ya tenéis edad para comprender que esto no va a ser un paseo militar y la nota es lo importante y pitos y flautas y aquí vais a tener que sudar la camiseta. Como el sargento de hierro, pero sin tanto taco.

Y entonces, mientras yo sigo charla que charla, una mosca me empieza a rondar; el inconveniente de iniciar las clases en septiembre, en pleno veranillo del membrillo, veranillo de San Miguel o verano indio. La mosca, imbécil como todas las moscas, no se percata de que está molestando. Vuelve a la carga, me zumba cerca. Durante un momento me siento como el conde Ja-Ja de los tebeos del Capitán Trueno.

No intento espantarla, pero me sigue rondando, zumba que te zumba. Y entonces veo que todo el estudiado discurso acojonante se me va a ir a hacer puñetas, porque los alumnos sonríen ante la incomodidad que siento.

Lanzo la mano al aire, sin mover otro músculo, y por pura potra la mosca queda dentro de mi palma. A la primera. Sin palillos chinos ni nada. Sigo hablando como si tal cosa, me levanto, abro la ventana, echo a la mosca, todavía viva, al patio, cierro la ventana, me siento y continúo mi discurso. Las sonrisas de los chavales se han convertido de pronto en una o repetida de sorpresa.

A partir del día siguiente, ya pude dejar la Marcha Imperial de fondo y dedicarme, sí, al aleluya ewok.




Me lo comenta el amigo Andoni y voy corriendo a página de Classic Comic Press a comprobarlo. El año que viene empezarán la publicación de Big Ben Bolt, la magnífica tira boxística de John Cullen Murphy y Elliot Caplin.

A por ella.

2009-06-27

BLACKMARK



De un tiempo a esta parte, lexicalizado el término "cómic" (cuya inadecuación ya quedó patente allá por 1929 con la aparición de Tarzán y Buck Rogers), se nos llena la boca hablando de "novela gráfica" para definir lo que vulgarmente hemos conocido siempre como tebeo. Quizás sea necesario ese cambio de nomenclatura para forzar, por fin, un cambio de mentalidad hacia el medio, tanto para el mercado de fuera como para los creadores de dentro.

Ya en 1971, Gil Kane (un autor a quien nunca se llegó a reconocer con toda justicia su influencia capital en la "Edad de Plata" de los cómics, en tanto que a él se debe el resurgir de Green Lantern y todo lo que éste arrastró consigo, el apoyo confeso a la fantasía heroica y Conan el bárbaro o su visión estilizada y casi definitiva de Spider-Man) comprendió que el medio de la historieta podía dar mucho de sí, y que los límites podían y debían ser rotos para dar rienda suelta a todo el caudal creativo que llevaba dentro. Más que Will Eisner, a quien los americanos atribuyen la creación de esas "novelas gráficas" que nosotros en Europa sabemos que no son más que "álbumes", fue Gil Kane quien fraguó la narración gráfica más allá de las pocas páginas del comic-book tradicional o las series de prensa, creando ya en 1968 el título de novela negra "His name is Savage" y, en 1971, los libros (libros, sí) que compondrían la historia de fantasía heroica Blackmark.

Editados en formato bolsillo por Bantam Books (y luego reeditados en revistas como la francesa Phénix y, en los USA en The Savage Sword of Conan; en España en Relatos Salvajes), los libros de Blackmark suponen un curiosísimo híbrido entre novela e historieta: el formato lo aleja de las composiciones de página habituales en el medio, se trata de un tebeo en blanco y negro y, lo más destacado, se juega a sustituir los textos de apoyo en cartucho por bloques de narración fuera de la viñeta. Es, en cierto modo, una novela ilustrada... pero no puede entenderse leyendo solo los textos, ni solo las viñetas, pues éstas utilizan los recursos narrativos propios del cómic (los bocadillos y líneas cinéticas, aunque no onomatopeyas), pero se alcanza la plenitud épica y poética conjugando el montaje gráfico (excelente y cinematográficamente ágil) con los textos que escribiera, sin créditos, ese otro gran autor clave como fue Archie Goodwin.

La historia de Blackmark es, producto de la hibridación, novedosa y clásica al mismo tiempo: hay ecos del Nuevo Testamento y el nacimiento de Cristo, influencias de Conan y la novelística pulp de Edgar Rice Burroughs, cruces con la estética de Flash Gordon y El cantar de los Nibelungos, con Espartaco y con el ciclo artúrico. La historia, como no podía ser de otra forma, deriva la fantasía heroica hacia la ciencia-ficción, demostrando quizás que ambos géneros están condenados a entenderse y que hay todavía mucho territorio inexplorado que no tiene por qué seguir las manidas huellas de Conan y su escuela.

En un mundo postapocalíptico de guerreros medievales y monturas mutantes y barcos de guerra deliciosamente atractivos, donde la magia se confunde con la ciencia y los demonios campan por sus respetos, el nacimiento cuasi-virginal de un niño (en tanto que es fruto de una implantación genética en una madre joven casada con un anciano duro y bonachón a un tiempo), marcado como su progenitora por una especie de cruz negra en el muslo, iniciará una aventura donde el poder y la responsabilidad y el conocimiento como redención se darán baza mientras el sueño del renacimiento espera y el oscurantismo es dueño de Nueva Tierra.

Blackmark es un héroe trágico, casi shakespeariano en la peripecia vital que lo lleva de ser testigo de la violación y el asesinato de su madre (en un tebeo realizado en 1971, no lo olvidemos), a ser capturado y vendido como esclavo, gladiador, antes bandido, y por fin libertador in extremis de una sociedad de caballeros feudales que no está preparada para el cambio. En su búsqueda de la libertad y la sabiduría, y en su lucha con las tensiones internas que el enfrentamiento definitivo con los monstruososos habitantes de la fortaleza de Psi-Keep, Blackmark conocerá el dolor de la falta de conocimiento (en tanto es incapaz de abarcar la tecnología que ha quedado en sus manos para su uso), la traición de una esposa que se siente abandonada ante la responsabilidad de gobernante del héroe y, por fin, el duelo a muerte con su Mordred particular, de donde quizá salga el libre destino del mundo al precio de la pérdida personal de Blackmark.

Fue una historieta apasionante e innovadora que, pese a las buenas críticas cosechadas, no pudo ser llevada a su desenlace hasta que, en 2002, se recopiló en un tomo por Fantagraphics Books donde se recogen los dos libros que componen la saga. Es bueno y necesario experimentar. Pero cuando son los maestros quienes experimentan puede tenerse por seguro que se tratará de una obra grande.



Eran los años que han muerto hoy mismo, los ochenta, chupas de cuero y corbatas de napa, zapatos sin calcetines y blaziers de color crema a juego, o en contraste, con camisas de color rosa palo.

En Crawley, Inglaterra, allá por Wessex, yo acompañé un par de años a los chavales que querían aprender inglés, y cada tarde me aburría en un pueblo que no tenía mucha más vida que el pueblo que habíamos dejado en España, pero esa es otra. Cada noche, para regresar a la casa donde yo vivía con dos ancianos silenciosos y una perra huraña (The Dingle, se llamaba la calle), tenía que caminar solito durante un par de kilómetros.

En Inglaterra la gente, a partir de las cinco de la tarde, lo sabrán ustedes, desaparece. En verano, y en aquel pueblo, quizá por la visita de los españolitos de academia, había algo de vidilla en la insulsa bolera, por lo que nos retirábamos allá a las diez. El pueblito era tan aburrido que muchas tardes yo me quedaba en la casa, cuando los dos ancianos silenciosos se iban al pub a jugar a los dardos, viendo Miami Vice y los primeros episodios de Luz de luna.

A las diez de la noche, obviamente, no había un alma en el pueblo, y mucho menos por aquellas calles repetidas de casitas bajas y oscuras. The Dingle era una calle en redondo, un bucle (el primer día me perdí y me costó Dios y ayuda encontrar el número 50, porque volvía una y otra vez al principio del redondel). Antes de llegar a él, tenía que pasar por un cementerio.

Un cementerio inglés. O sea, como las películas. Un prado verde, entre árboles melancólicos, donde asomaban del suelo las lápidas y las cruces de las tumbas. La acera, en esa zona, se llenaba de baches y de losas levantadas, por lo que pronto aprendí a cambiar de acera y apretar un poco el paso cuando pasaba por aquel sitio. Era demasiado parecido al cementerio de Thriller, el video-cortometraje de Michael Jackson que tanto me había acojonado en casa aquel fin de año en que me quedé solo, sin ganas de ir de fiesta absurda.

Una noche, y juro que es cierto, cuando pasaba por aquel cementerio, la luna llena en el cielo, alguien, en alguna casa cercana y oscura, tenía puesta música a todo volumen.

Estaba sonando nada menos que Thriller.

Esa noche no apreté el paso. Creo que volé, directamente.



Lo imagino caminando así, tiqui tiqui tiqui tin, como Pedro Picapiedra las noches de farra de los Búfalos Mojados, justo antes de lanzar el boliche de piedra o volver a casa para que no lo dejara entrar Wilma.

Mi amigo M, de quien ustedes ya han oído hablar, y cuyo nombre completo no doy aquí por si acaso este mensaje que no se autodestruirá en sesenta segundos llega a ojos y oídos no aconsejables. Un caso. Y aunque ya despeina calvas y ronda el medio siglo que aquí el que firma ha superado sin llegar a progresar adecuadamente (¡duele, rayos!), tiene sus particulares idiosincrasias que hacen que, cuando te las cuenta con ese candor adolescente que nunca ha perdido (ni perderá ya, al paso que va), uno se quede mirándolo a cuadritos, parpadeando con ojos king-size como Tony Curtis disfrazado de Cary Grant cuando trataba de seducir en la playa en blanco y negro a Marilyn Monroe.

Colecciona algún que otro tebeo, mi amigo M, y aunque dibuja de manera más que aceptable y hasta colaboró en algún fanzine en sus buenos tiempos, lo suyo son las maquetas. Ya de niño se hizo con cartulina blanca una maqueta del Apolo XI que se desmontaba y todo, pero lo de ahora es que, de verdad, ya pasa de castaño oscuro. Confiesa que sabe que tiene más maquetas en su sancta sanctorum que tiempo de vida para montarlas, cosa que yo me creo a pie juntillas porque, ay, tengo en el mío más libros, dividíes y tebeos de los que tendré tiempo de repasar nunca.

Para colmo, ha descubierto e-bay y se está gastando un perraje en adquirir las figuritas más peregrinas: que si este muñequito articulado de Bruce Lee, que si un casco de stormtrooper de peuvecé, que si un sucedáneo de Madelman con el traje de astronauta de 2001 hecho a mano y en edición limitada... No voy a contarles que casi le da un soponcio cuando el Bruce Lee de las narices resultó un timo que por suerte no llegó a pagar, ni que el astronauta de casco cabezón casi se le perdió por el camino entre Japón y su casa, tras haber pagado una burrada que equivale, ay, a mi sueldo de un par de meses. Cada cual es libre de gastarse sus dineros en sus gustos.

Lo malo es que su mujer no lo sabe, o decide prudentemente mirar para otro lado. Porque mi amigo M, como un alcohólico cualquiera, como un jugador profesional de blackjack, tiene un sistema. Y el sistema es tan sencillo y tan maquiavélico como pedir los muñequitos, props, maquetas y demás chorradas con una tarjeta de crédito a una dirección de confianza, no a la suya. La dirección de confianza, claro, es la de la casa de sus padres, en otra ciudad, donde su madre recibe el alijo, llama al niño cincuentón por teléfono y en clave ("¡Ha llegado el águila!") avisa de que puede ir a recogerlo y de paso le hace una visita, que somos unos descastaos los niños que fuimos niños en los años sesenta. Y allá que va mi amigo M a recoger su juguetito, cuando sale una hora antes del trabajo.

Luego viene la segunda parte de la hazaña. Al igual que de niños colábamos la pornografía revisteril por dentro de la camisa, o de la cazadora (e incluso enrollada en la pierna y sujeta con el calcetín, oigan ustedes que no tenían que procurarse esas cosas, porque el porno los persigue quieran o no quieran), mi amigo M, con su flamante astronauta, su nuevo Bruce Lee o su maqueta del Alien despedazado por el Predator, deja el alijo en el maletero del coche.

Y por la noche, cuando su mujer y los niños duermen, con sigilo, procurando que los perros del chalecito tampoco den el cante, tiqui tiqui tiqui tin, como Pedro Picapiedra, baja las escaleras, abre la puerta, se llega al coche, y a oscuras rescata los muñecos o las maquetas y descalzo, sin encender una luz y echando de menos no haberse puesto las gafas, sube cual fardo de contrabando la compra a su cuarto.

La mujer, me insiste, sube poco allá arriba (nuestras mujeres están bien advertidas de que hay cosas que ni se tocan), y cuando lo hace y mira la enorme colección de Terminators, Doctores Whos, Bruces Lees, Kwai Chang Caines, Conans, Kulls, aviones, tanques, cápsulas del tiempo y lo que ustedes puedan echarse a la imaginación, porque tonta no es, siempre detecta que hay algo nuevo. Y lo dice:

--¿Ese es nuevo?

Y mi amigo M, dedicado a pintar una pata de un Mon Calamari o a recortar un bigote de Cthulhu, siempre contesta:

--¿Ese? ¡Qué va! ¡No lleva ahí tiempo!

La colección sigue creciendo, claro. Sin remedio. No sé si algún día será motivo de divorcio, pero en el fondo tiene toda la pinta de ser una especie de frikiadulterio.



Fue la idea más interesante y más audaz que tuvo Marvel Comics en los años setenta, una época en que la "casa de las ideas" tal vez fuera tan caótica y cicatera como ahora, pero donde al menos rebosaba talento y ganas de explorar para el mundo del comic otras direcciones donde el llamado "comic de autor" asomaba la patita a la vuelta de la esquina, y donde los sempiternos superhéroes de la editorial quedaban relegados a un segundo plano ante el ímpetu de personajes (Dracula, Zombie, Shang-Chi) que abrían nuevos caminos a la narrativa.

El terror como moda estaba ya dando su canto de cisne y, posiblemente imaginando que la ciencia-ficción daría a partir de ahora un fuerte paso al frente (como así fue, sólo que dos años más tarde), el editor Roy Thomas promocionó la publicación de un magazine en blanco y negro, Unknown Worlds of Science Fiction, al estilo de Savage Sword of Conan o Savage Tales, con una temática algo más adulta y literaria que los tradicionales comic-books en cuatricromía. Era un riesgo, en cualquier caso, puesto que paradójicamente, a pesar de que impregne conceptos como Fantastic Four o Superman, la ciencia-ficción per se no parece tener gancho alguno en el mercado norteamericano del comic-book. Los temas fantacientíficos se escudan y ahogan dentro de las andanzas de los superhéroes, pero no logran sostener ningún título en el mercado.

Mundos Desconocidos, como fue la serie publicada en España por Ediciones Vértice (en una chabacana edición, pura vergüenza), recogía en parte el espíritu de los viejos comics de ciencia-ficción de EC Comics, que desaparecieron por las imposiciones censoras de la caza de brujas macartista que, a su vez, desembocaron en la creación del castrante y estúpido Comics Code. Pero daba un nuevo salto adelante al ofrecer historias cortas originales de excelente factura temática y gráfica ("Juguete Bélico" de George Perez y Rico Rival; "Dios mío", de Dave Cockrum; o "Una ojeada desde el exterior", de Neal Adams, cuya última página no fue publicada en español y, por tanto, impidió que se comprendiera la conclusión de la historia, donde el joven protagonista revela que la carta que ha recibido es una orden de reclutamiento para ir a Vietnam), y alternarlas con jugosas entrevistas con autores como Ray Bradbury, Frank Kelly Freas o Alfred Bester y artículos sobre los premios Hugo o la histórica revista Analog, sin hacer ascos a las teorías de Von Däniken tan de moda aquellos años, para acabar de redondear la propuesta con la adaptación al comic de relatos y novelas de ciencia-ficción, con lo cual el listón de las historias quedaba efectivamente muy alto, al no tener que recurrir por fuerza al manido truco de la sorpresa final tan típico de las historias cortas del tema y al poner al alcance de los lectores un material riquísimo, muy superior temáticamente a lo que se había venido haciendo hasta entonces... y desde entonces.

Usando el concepto del "cristal lento" de Bob Shaw como introductor a las historias que se reflejan en tan curioso precursor de lo que hoy consideraríamos un simple video (y que en la narración sería el equivalente al Tío Creepy de los tebeos de miedo o al televisivo Rod Serling de Twilight Zone), los lectores tuvieron la oportunidad de leer las excelentes adaptaciones al comic de obras maestras como El día de los trífidos ("trífides" en la traducción) de John Wyndham, La aldea encantada de Van Vogt, Adán y ninguna Eva de Alfred Bester (además de publicar una página de muestra de la adaptación australiana al comic de Las estrellas mi destino que todavía nos hace la boca agua), Una visión de Venus de Otis Adelbert Kline, o la larga y genial versión que el filipino Alex Niño hizo de Arrepiénte Arlequín, dijo el señor Tik-Tok de Harlan Ellison. La época de publicación de este material en España conllevó la no publicación de la adaptación del relato de Michael Moorcock He aquí el hombre, cuya especulación sobre el origen de Jesucristo como viajero temporal a la búsqueda de sí mismo, sacrificio en la cruz incluído, habría acarreado más de un problema a la editorial, pero que sería recuperada en un número de Nueva Dimensión.

Era una revista de entendidos y para entendidos, y pudo haber sido para el público norteamericano del comic (y al español) lo que la añorada y ya mencionada Nueva Dimensión fue para nosotros: un camino a mundos nuevos. Sin embargo, la audaz propuesta acabó en fracaso y la revista apenas duró seis o siete números en el mercado.

Dos años más tarde, Star Wars ponía la ciencia-ficción de moda, y curiosamente sería Roy Thomas el encargado de guionizar la adaptación al comic de la película. Al socaire de su éxito, Jim Warren lanzaría 1984 y la convertiría en un éxito, aunque la madurez de sus historias y la calidad de sus tebeos no pudieran compararse, ni de lejos, con la solidez narrativa de las adaptaciones de estos Mundos Desconocidos, un título que quizá habría que tratar de reeditar algún día, de manera decente, en un solo volumen antológico.


2009-06-23

COMO PAPEL MOJADO



Al hilo de lo que estamos recordando más abajo, no olvidemos cómo fueron, para la industria del comic-book y para Marvel en particular (un poco menos para DC) los años setenta; o sea, un tiempo en que los primeros espadas del resurgir superheroico cincuentero y sesentero se marcharon a otras lides o a otras empresas, y donde una primera generación de jóvenes cachorros se hizo con las riendas de los personajes que habían eclosionado en su infancia tardía, y que fue capaz de acercar sus propias historias, sus propias influencias y sus propios personajes.

Inventaron superhéroes nuevos que a veces tardaron lo suyo en poder codearse con los ya establecidos, y tampoco pudieron evitar la polémica al tratar desde sus nuevos puntos de vista a unos personajes que, ya lo sabemos hoy, viven en una imposible puesta al día continuada, dando pasos adelante para dar luego pasos atrás: ley de vida.

Se acercaron, ya digo, a lo que les formaba y deformaba, al socaire de las modas como en el fondo sobrevivían los comic-books ya desde antes de la implantación del Comics Code (o sea, cómics de guerra cuando había guerra, cómics de crímenes cuando hubo interés por lo social, cómics del oeste hasta que desapareció de las pantallas el western, cómics románticos porque no había que descuidar al público femenino, etcétera). Y se acercaron al terror moderno que en el cine explotaba la Hammer, y al kung fu y las artes marciales, y a la ciencia ficción que había configurado sus lecturas (sin sospechar que sería la ciencia ficción la que iba a salvar, desde 1977, el bache de esa misma década en cuanto X-Men se acercó a las galaxias), sin olvidar la moda pulp en el revival de los años treinta que quizá achaquemos al cine con The Great Gasby y quizá se deba tan solo a la necesidad de renovar unos copyrights para que no se perdieran los personajes...

Fueron los tiempos de Master of Kung Fu, de Conan, Kull y los bárbaros, de Mundos Desconocidos de la Ciencia Ficción y de Doc Savage, Gullivar Jones y John Carter de Marte en Marvel. De Tarzán, primero en DC y luego en Marvel tras su paso por Gold Key; de La Sombra.

Un montón de buenos tebeos, algunos de ellos más que sobresalientes, que contaron con buenos equipos creativos y que, sin embargo, por problemas de derechos, están ya fuera del alcance de cualquier posibilidad de recuperarlos. Es, a efectos editoriales, como si no hubieran existido nunca: jamás Shang Chi podrá volver a recuperarse para una nueva generación de lectores (y, si lo hace, no será como hijo de Fu Manchu, sino de "Saint Germain", como hemos visto). Nadie podrá jugar al puntapie a la lata o con el juguete bélico, ni huirá de los trífides ni se asomará al cristal lento. Nunca veremos ya a Doc Savage (que aquí, por cierto, se subtituló "Bronce" por otros problemas con otros derechos) en aquel bello e imposible crossover con Spider-Man, ni la risa de La Sombra aterrará los corazones de los malvados. Sólo los bárbaros, parece, pueden recuperarse porque han pasado a otras editoriales, y al menos Dark Horse sí que ha recuperado (para decepción propia, le pese a quien le pese, chicos) el Tarzán de Joe Kubert para DC que entonces nos pareció una maravilla y hoy parece un producto algo apresurado donde el gran Joe no se curró ni un fondo.

Aquella generación que sabía que los tebeos eran parte de la cultura pop ha sido borrada de la continuidad editorial, de la capacidad de acceso de los lectores de ahora y entonces. Sólo nos quedan, en ocasiones, como papeles amarillentos que algunos atesoramos como oro en paño. Para el resto del mundo, editoriales incluidas, esos tebeos apenas son ya papel mojado, reliquias de un pasado que no tendrá futuro.


Un ejemplo característico de que no hay que juzgar a un libro (ni a un tebeo) por su portada. Después de tantas décadas ofreciendo aventuritas insulsas de Superman donde todo queda siempre al final atado y bien atado, propiciando la sensación de que el tiempo no pasa dentro de su saga, al socaire de la moda de Star Wars, y quizá preludiando la inminente presentación del personaje en la pantalla grande con el físico de Christopher Reeve, un par de autores ya veteranos como Dennis O´Neill y el gran Neal Adams (autores de la celebérrima saga de Green Lantern/Green Arrow emulando a los personajes de Easy Rider) se descuelgan con una historia gigantesca, exagerada, quizá un poco sin pies ni cabeza, una space-ópera gloriosa donde Superman habría de enfrentarse nada menos que a Muhammad Alí, el gran campeón del mundo de los pesos pesados boxísticos, en un combate para decidir cuál de los dos era el encargado de salvar a la tierra de unos alienígenas invasores, los scrubos, pues la segunda fase de la historia lo implicaría en un nuevo combate con el gigantesco (y a su modo también heroico) luchador extraterrestre Hun´ya.

La historia es directa y sencilla, pero está perfectamente planificada en sus golpes de efecto: el primer combate entre Superman y Cassius Clay, el tiempo narrativo que se dedica a cada uno de los dos personajes (pues sin duda el boxeador exigiría bajo contrato su buena "cuota de viñetas"), el inteligente uso de los poderes de Superman y, más todavía, la manera de anularlos, la aparición de Jimmy Olsen como periodista entregado y no como sidekick molesto, y hasta el doble clímax final, donde el combate de boxeo intergaláctico alterna con el épico enfrentamiento de Superman con las flotas alienígenas que pretenden destruir la Tierra.

Sacando partido de las debilidades del superhéroe (en tanto los combates se celebran en planetas con sol rojo, lo cual anula su superioridad), extrayéndolo de su monótono contexto urbano, y sin miedo de caer en el ridículo que pudiera imaginarse, la historia confía plenamente en el espectacular grafismo de Neal Adams, que entonces se encontraba en uno de sus mejores momentos como artista: si impresionantes son las escenas galácticas, con profusión de extraterrestres pintorescos que suponen la sublimación absoluta de la escena de la cantina de La guerra de las galaxias, no se queda a la zaga la descripción de las calles de Metrópolis (en una doble splash-page inicial que ha quedado como modelo para la historia, imitada y homenajeada mil veces), ni la perfecta caracterización de los rasgos de un personaje real como es Muhammad Alí, quien no se distingue de los demás personajes ficticios ni llega a parecer, como en otras adaptaciones de actores al comic, un pastiche cabezón.

El gran formato en que fue editado este tebeo (similar al histórico crossover Superman/Spider-Man) permitía además saborear esa sensación de historia especial y bigger than life, en los tiempos lejanos en que aún no existían los formatos prestigio ni los papeles satinados. Mención especial merece la doble portada (en la edición mexicana de Novaro que llegó a nosotros reducida a la mitad), donde entre el público que asiste al combate de los "guerreros de las galaxias" pueden identificarse más de un centenar de personajes reales y ficticios, desde el presidente Jimmy Carter y su esposa a Sonny Bono, Mary Tyler Moore, Stan Lee o los Beatles, junto con Batman, el propio Clark Kent (?) o Lex Luthor.

El comic estaba basado en una novela previa de Dennis O´Neill, también inédita en nuestros lares. A la vista de lo que luego vino, tanto dentro de los comics como en el cine (¡y bien que habría lucido esta historia en la gran pantalla!), podría decirse que nos encontramos ante la mejor historia de Superman de todos los tiempos: a fin de cuentas, sus dos protagonistas eran, en palabras de Muhammad Alí, "los más grandes".

2009-06-21

BASSE COUTURE


El verano es esa estación del año donde la moda masculina se envillana, y la femenina se emputece.

2009-06-19

LOS MICRONAUTAS


Erase una vez unos muñequitos articulados de la compañía Mego, y una editorial americana que no hacía ascos a presentar biografías de papas católicos venidos del frío, potenciar otras hagiografías de enmascarados grupos de rock histérico, adaptar al papel y en veintidós páginas clásicos larguísimos de la literatura universal o explotar hasta el paroxismo las andanzas de sus característicos héroes de ropa interior larga. Nos referimos a Marvel Comics, claro está. A las adaptaciones al comic de películas como 2001, sagas como El planeta de los simios, o series de televisión como La fuga de Logan se había sumado, desde hacía un par de años, la explotación de la serie iniciada con La guerra de las galaxias. Era un buen momento para la ciencia-ficción en los cómics, y ya la misma saga galáctica de George Lucas se exploraba en otros medios como parte de la campaña de merchandising que ahora es marca característica de la casa. Un ejemplo que no podía evitarse.

Había que hacer una serie de tebeos de ciencia-ficción donde los protagonistas fueran los (por otra parte muy atractivos) muñecos articulados y semi-transformables de Mego. Ya se había hecho o se haría muy pronto con la serie ROM, Space Knight (que aprovecharía otro de los iconos culturales de la subcultura pop, las invasiones de alienígenas multiformes). La vuelta de tuerca, la idea genial fue asumir que esos muñecos convertidos en protagonistas de un tebeo iban a tener, exactamente, las dimensiones que los muñecos tendrían para los humanos si sus destinos se cruzaran, como así fue. Los valientes y rebeldes micronautas, una vez escapados por fuerza de su mundo subatómico, llegarían al planeta Tierra y no medirían más de un palmo de altura: serían igual que juguetes, nada menos. Y ese planeta Tierra en el que un gato o un coche se convertirían en monstruos o máquinas implacables sería, para remate, nada menos que la Tierra Marvel. La fusión entre personajes creados ex-profeso para los comics y los ya existentes en los mercados se produce sin fisuras, igual que encajan a la perfección los muchos y diminutos micronautas con la mismísima continuidad del universo Marvel, de donde parte y al que engrandece, llegando allá donde los encorsetados superhombres no podían y proporcionando nuevas exploraciones aventureras a sus confines.

Hay ecos de Star Wars, sin duda, en personajes como el capitán Arcturus Rann, alias Planeador, y la exiliada princesa Marionette, en el forzudo Acroyear y el robótico Microton, y, sobre todo, en el malvado Barón Karza, trasunto de Darth Vader y capaz de alterar las proporciones y formas de su cuerpo dado su poder de dictador... y las propias características de los muñecos, cuyos miembros eran intercambiables. La lucha contra la dictadura en su Mundo de Origen y esa "Fuerza Enigma" que guía los pasos de los héroes es también sintomática de una moda pseudo-filosófica que todavía perdura. Personajes como el duro y protestón Bug remiten inmediatamente a la Patrulla X y a Lobezno (con quienes los Micronautas compartirían miniserie en el futuro), mientras que iconos culturales como Gulliver o la televisiva Tierra de gigantes asoman en todo momento por las páginas de la serie, llena de sentido de la maravilla y de peripecias y originalidad. Nunca fueron mejores los guiones del malogrado Bill Mantlo, que se mueve aquí como pez en el agua mezclando personajes que son "suyos" con los que sin duda fueron referentes de su infancia lectora, y jamás un autor dibujante como Mike Golden supo dotar de mejor ritmo y viveza (y sentido de alienidad) a sus viñetas.

Los Micronautas fue un título que tuvo un poco de todo, la coctelera desmadrada de un montón de influencias que consiguió, pese a las restrictivas premisas iniciales, ser un producto innovador y fresco incluso después de que sus autores originales marcharan a otras empresas. Fue un tebeo coyuntural y de consumo (otro más) que logró trascender las limitaciones de su propio planteamiento comercial y abrirse un hueco en el olimpo de las cosas hechas con emoción y cariño.




Recién recibido. Mayor formato, mejor presentación, algo más caro. Permite ver mejor las viñetas de las tiras diarias y no quedarse ciego con las dominicales, que siguen siendo en blanco y negro, aunque no importa mucho (Chester Gould manchaba, lo que indica que pensaba en blanco y negro, como todos los dibujantes de su tiempo). Más un montón de fotos inéditas (asusta un poco ver a ese apacible ancianito --Gould siempre fue anciano-- con un fusil de caza, oigan) y la asesoría de la hija del artista. Sigue Max Allan Collins desgranando misterios, y el extraño e inclasificable estilo del dibujante ya no es tan tosco como al principio.

Entramos en la década de los cuarenta, y en los tiempos de los enemigos desaforados y descacharrantes. Es bueno que, visto lo que venden hoy los tebeos en los USA (nos pongamos como nos pongamos, no se comen un gurruño), alguien se dedique a recuperar, y recuperar tan bien, para el futuro, las obras maestras que si hoy son ignoradas por el noventa por ciento de quienes se dicen aficionados o profesionales de esto, ni imaginarme quiero cómo estará el patio dentro de diez años.

Cómo Gould es capaz de mantener el pulso narrativo día a día, confiando en los poquitos recursos artísticos que tenía el hombre (no, no es que dibujara nunca lo que entendemos por "bien") es una de las gozadas de este título y, especialmente, de esta edición.

2009-06-18

ATARI FORCE


Algún día tendremos que reconocer la importancia del guionista Gerry Conway en el panorama del tebeo norteamericano. A la sombra de Stan Lee y de Roy Thomas, sus dos maestros, Conway fue, sin duda, el primer guionista capaz de trasladar a sus cómics una movilidad y un ambiente moderno y juvenil, a salvo de las parrafadas pseudolíricas de sus mentores y barajando las escenas y los tempos narrativos con un concepto del ritmo que sólo son capaces de pergeñar los grandes maestros. Mientras que a Lee lo pierde la grandilocuencia y su propia edad biológica al escribir sus tebeos (un cincuentón que trabaja para adolescentes es cosa de mérito) y a Roy Thomas lo empantana su deseo de unirlo todo en un magma cósmico que provoca que muchas de sus narraciones, sin un buen storyteller, resulten confusas, Gerry Conway (por quien este cronista confiesa, por si no se nota ya, una admiración palpable) siempre supo ofrecer tebeos apasionantes y directos con una arquitectura modélica. Suya (y de Ross Andru) es la versión definitiva de nuestro otro yo, Peter Parker, quien en sus manos dejó de ser un personaje escapado de otras décadas para abrazar la causa moderna y real a su entorno (el peinado, las ropas, la misma pose) de la que había carecido en otras manos.

A Gerry Conway (y a Roy Thomas, cierto, pero este tebeo es de Conway) se debe la creación de una historieta de ciencia-ficción de hechura sobresaliente que por esos caprichos del mercado y del destino, ay, no tuvo ni tiene el reconocimiento que se merece. En 1982, la compañía Atari y DC Comics lanzan una serie de mini-comic-books donde se "tebeízan" (o sea, se novelizan en plan historietístico) los videojuegos de la compañía, en una época en que los cómics servían para popularizar las sagas de otros medios y no al revés. Tras algunas apariciones individuales en otras revistas de la compañía editorial y otras promociones, en 1984 se procede al desembarco serio en el mundo del tebeo y se presenta esta serie Atari Force, retomando algunos de esos conceptos ya iniciados en los mini-comics y en los videos y lanzando un producto que está mucho más allá de lo que podría esperarse, dados los tiras y aflojas contractuales que se suponen en una empresa de tales caracerísticas. Ya lo estaba haciendo Marvel con Los Micronautas, otro tebeo excelente a partir de unas premisas cuanto menos chocantes.

Atari Force es un tebeo diferente, podríamos decir inclasificable si no fuera tan fácil encontrar sus influencias. Es diferente en tanto se elude, una vez más, el tema superheroico y las restricciones narrativas que éste impone; diferente en tanto su estructura no cerrada de episodio en episodio fuerzan a una concepción distinta de la lectura. Algo parecido, en aquella época, se había hecho en la misma DC Comics con la maxi-serie Camelot 3000: superar las fronteras del medio explorando otras dimensiones narrativas.

Y ésa es la gran premisa de Atari Force, un grupo de exploradores-científicos-justicieros galácticos heredero precisamente del grupo presentado en los mini-comics originales. La galaxia es grande, y cada personaje se encuentra en un extremo de ella, y sus destinos no se cruzan y entrecruzan por casualidad en el primer número, sino que se estiran y desvían a lo largo de más de una decena. En ese sentido, el gran logro de la serie (y su principal inconveniente) es la aparente falta de unidad narrativa de cada comic-book, puesto que las líneas argumentales separadas parecen no cuadrar en las veintitantas páginas de narración.

Hay ecos, claro está, de Star Wars: hijos y padres que se aborrecen porque no se comprenden, la sombra de un Destructor Negro que remite a Darth Vader, la conciencia de que hay sagas enteras anteriores a la que se nos narra. Hay también ecos de la Patrulla-X, el tebeo impactante de la época, al que se trasciende, y no es difícil encontrar que un personaje como Dart pueda ser la contrapartida liberada de Tormenta, o que el cobarde y repulsivo Pakrat se acerce a los arrebatos antisociales de Lobezno cuando la furia homicida se sobreponga a su temor a verse acorralado. Hay ecos de Errol Flynn disfrazado de simpático pirata galáctico con ribetes torvos (Blackjak), y del inevitable Doc Savage (el doctor Martin Champion), padre de superhombres por venir y padre del superhombre que es el joven Tempest. Hay naves espaciales que se adelantan a la estética del cine, y sociedades y razas extraterrestres (Babe el huevita, Morphea la canopiana hermafrodita) que pocas veces se habían visto en un tebeo norteamericano. Hay un sentido de la acción (y hasta de las relaciones sexuales entre Dart y Blackjak) que resultaban inauditas en su tiempo y su ambiente.

Y hay, sobre todo, una puesta en escena a cargo de José Luis García López (el mejor dibujante del mundo más infravalorado del mundo) y Ricardo Villagrán (y también, reconozcámoslo, del dinámico Ross Andru) que convierte este tebeo en una pequeña gran obra maestra de la historieta.

Publicada por Zinco en 13 números, la edición española cortó de cuajo en su final (una destrucción galáctica) un desarrollo posterior de la serie, algo que no era cierto, puesto que Atari Force continuaría sus andanzas en otros siete números de la mano de otros autores. Para los lectores españoles, por tanto, el Gotterdamerung es la conclusión de una saga que, insisto, continuó más allá, una medida inconcebible y escandalosa que no tiene justificación alguna, ni siquiera aunque se tratase del último número guionizado por Gerry Conway.

Por desgracia, la clasura de la serie madre siete números más tarde y los previsibles galimatías contractuales entre editorial y casa de videojuegos hacen que una reedición en condiciones de esta serie, o una continuación hipotética, bien sea aquí o en Estados Unidos, resulte inviable.

Mientras duró, fue una serie entretenida con momentos apasionantes. Y al menos uno de sus personajes femeninos, Dart, luego tan imitada en el sello Image, queda como una de las heroinas aguerridas más bellas que se recuerdan en la historia del tebeo reciente.

2009-06-16

UN RATITO MENOS



Parece que ya lo tenemos aquí. El tren de alta velocidad, el AVE descafeinado, sin calorías, sin azúcar y bajo en colesterol. El AVE sucedáneo. Tanto tiempo esperando, como la Penélope de la canción, y lo que nos ahorra es un ratito entre la capital de España y la ciudad más antigua de Occidente y bla bla bla, o sea, nosotros. Cuarenta minutillos menos, qué barbaridad. Pero el mismo montón de paradas intermedias.

Hagan ustedes la cuenta de la cantidad de provincias que atraviesan los trenes, se llamen como se llamen ahora los Altarias que siguen siendo los Talgos en el vocabulario popular, desde que salen del centro del mapa y llegan a la periferia. Y hagan ustedes la cuenta de la cantidad de paradas que esos trenes de largo recorrido hacen en todo el trayecto, y les sorprenderá, como me sorprende a mí, que el caballo de hierro que decían los indios pase por provincias enteras sin mancharlas ni romperlas, dejando atrás o a lo lejos estaciones que se convierten en un borrón tras las ventanillas. Pero, ah, deja el tren Sevilla, entra en la provincia de Cádiz (que debe ser la única provincia de España que tiene identidades especiales y reivindicaciones interindependentistas propias), y de pronto se convierte en un tren de cercanías, un tren botijo modernizado que va parando cada dos por tres, ralentizando el viaje para los que quieren llegar a término.

Un despropósito, qué quieren que les diga. Bien está que paren los trenes de alto recorrido en Jerez, pero que luego vayan haciendo un tour de tren de la bruja por todas las poblaciones de la Bahía es una tontería como la copa de un pino. Son las paradas, y las pausas entre las paradas (los alta velocidad parece que tienen preferencia de paso en todas partes... menos en nuestra provincia), las que retardan tantísimo el viaje. No es de recibo que entre Jerez y Cádiz, y viceversa, se tarde casi tanto como de Jerez a Córdoba.

El tren está destinado a ser el vehículo del futuro, sobre todo porque nos ahorra las esperas interminables y las vejaciones de seguridad a las que nos someten en los aeropuertos, por muy inocentes que seamos de todo y nada. Los cientos de pueblos, ciudades, pedanías, aldeas y demás focos de población urbana que existen en torno a otras ciudades importantes del mundo no son obligatoriamente objeto de parada de los trenes de largo recorrido: para eso están los trenes de cercanías.

Y eso es lo que tendríamos que tener nosotros, más allá de la velocidad y los anchos de vía y el insoportable ratito de espera obligatoria tras salir de Santa Justa: trenes lanzadera que salieran ipso facto de Cádiz y Jerez y conectaran a los viajeros con esas otras ciudades, sin interrumpir la marcha acelerada del nuevo Altaria. Siguiendo el símil con los aviones: el aeropuerto está en un sitio, y los que tenemos que ir a él no exigimos que nos vaya recogiendo parada por parada (aunque sí nos gustaría que el taxi y el parking no costaran más que el susodicho viaje en avión, por otra parte).

Bienvenido sea ese ratito que nos vamos a ahorrar. Ahora lo que haría falta es que la frecuencia entre Cádiz y Madrid se ampliara a más de dos trenes al día.


Publicado en La Voz de Cádiz el 15-06-2009



Carlos lo cuenta con muchísima más gracia de lo que en realidad fue, y en la ficción de sus palabras queda un relato mucho más interesante de lo que sucedió en realidad, pero me comprometí a contarlo de todas formas y aquí lo empiezo.

Hace la friolera (y la palabra elegida no es al azar, como no lo son casi nunca) de dieciséis añitos, un par de talluditos aspirantes a historietistas empezaron a hacer las Europas, o sea, las Inglaterras, y allá por el mes de febrero hicieron la visita de rigor a las oficinas que Marvel UK, dirigida por Paul Neary, tenia junto al Támesis, una casa antigua entre casas modernas donde nos recibía nada menos que un dalek y en un barrio donde, llegada la noche, desaparecían los yuppies que ni siquiera imaginaban una crisis económica y, para ocupar su lugar, salían arrastrándose de las bocas de metro los mendigos e indigentes que sí sabían de qué iba la cosa. Daba un poco de miedo dejar atrás el mundo de la mansión de los Vengadores y encontrarte de pronto varado entre una masa de morlocks.

Nos alojábamos no en Londres, sino en Cambridge, en la casa que para tales menesteres tenía nuestro contacto con la editorial, un chico alto, delgado, moreno y algo neurótico de cuyo nombre no quiero acordarme y que vivía como un marajá entre montones apilados de ropa negra como ala de cuervo (imitación de la de Paul Neary, que no se complicaba la vida con otro color) y que no se molestaba en lavar: compraba camisetas negras nuevas y santas pascuas.

Nuestro contacto estaba enamorado y, como todos cuando estamos enamorados, se comportaba como un completo imbécil. Y, al contrario que la mayoría de la gente cuando comete semejante dislate, no se lamía las heridas en solitario, sino que nos arrastró a la búsqueda del oscuro objeto de deseo de sus noches blancas. O sea, una chica española (poco agraciada, por cierto) que pasaba de él como de la mierda y con la que apenas cruzó dos palabras.

Lo malo es que para que nuestro contacto no cruzara dos palabras nosotros tuvimos que cruzar dos veces la bella ciudad de Cambridge de punta a punta. Y hacía frío. Era febrero y los dos españolitos del sur no íbamos vestidos para la ocasión. O sí, realmente: enguatados de abrigos, guantes, bufandas, gabardinas y ropa interior térmica, al aire libre se estaba más o menos cómodo, pero era entrar en un establecimiento (recorrimos dos o tres pubs buscando a la chica no demasiado agraciada que pasaba de nuestro anfitrión como de la mierda) y empezar a sudar la gota gorda, a deshojarnos de capas y más capas de ropa inútil, a sentirse uno no en Inglaterra, sino en el país de las saunas. Finlandia, mismamente.

Lo malo era salir a la calle después, sudorosos y hechos polvo porque después de pegarnos la maratón y comprobar que nuestro hombre se portaba ante la bella como un lelo, allá que todo parecía cosa de meter el turbo y poner tierra de por medio, como si no hubiera pasado nada, que en efecto no había pasado.

Doce de la noche, un frío de verte estalactitas en las lágrimas, un frío que arreciaba, que se te colaba por dentro y te convertía el rastro de sudor en tiritas de congelador por la espalda. Y nuestro hombre (y yo ando rápido, conste) dispuesto a conquistar él solo al ejército enemigo en la batalla de Balaclava. Cada vez más frío, cada vez más rápido. Y el nota que no paraba.

Empecé a hiperventilar. No me llegaba el aire. Así que me paré, me apoyé en una cadena de la fachada de una iglesia o en algún sitio por el estilo, y dije agitando la mano esa frase que Carlos altera con tanta gracia, aunque estoy seguro de que no la dije tal como él la cuenta:

--Sigue. Sigue tú. Dejadme aquí. Sálvate.

Y se pararon, claro. Y recuperé el resuello y continuamos nuestro camino hasta llegar a la casa aislada donde nuestro contacto vivía sin contacto humano.

Lo que no sabíamos es que aquel frío glaciar era el anticipio de aquello que íbamos a descubrir al día siguiente: todo Cambridge cubierto por una hermosa manta de nieve. La primera vez, por cierto, que yo veía nevar en directo (y lo curioso es que, llegados a San Roque al día siguiente, 28 de febrero, también había nevado aquí abajo, algo que no ha sucedido prácticamente nunca).

Carlos, por cierto, se vengó de la caminata estrellando, como un Calvin cualquiera, una bola de nieve con efecto contra la cabeza de nuestro anfitrión. Yo me pillé un constipado de aúpa, y tuve que guardar cama dos o tres días. Si que hacía frío en Cambridge. Desde entonces, siempre deseo que sea Oxford quien gane la regata.

2009-06-14

SUPERLÓPEZ


El titánico hombre de acero venido de Kripton tuvo, desde sus orígenes, la fortuna o la desgracia de crear una pléyade de imitadores de medio pelo y la dicha o el sambenito de dar cobijo bajo su capa a una no menos interesante caterva de versiones satíricas. Quizá la mejor de todas ellas, por la inmediatez de su existencia y por la categoría del producto, sea este Superlópez, quizá la parodia que más y mejor ha sabido llevar a las últimas consecuencias los contrasentidos y vicisitudes del Supermán original para, de paso, asentar sobre sí mismo un universo creativo deliciosamente caótico y propio.

Y es que el Superduperman con que Wally Wood parodiaba a Clark Kent y su alter ego era un arma de un solo tiro, con incursiones más o menos afortunadas en el sexo o su conciencia de americanito extremadamente diestro y bueno, pero este oficinista con bigote y mala pata ha demostrado que puede crearse más allá de la simple parodia o la burla de otros personajes establecidos.

De los chistes mudos con que el personaje inició su andadura en 1973, y tras permanecer en estado letárgico durante algunos años, Superlópez resurge, y de qué manera, cuando las historias inevitables de una sola página dan el salto a aventuras más largas donde puede desarrollarse por un lado al personaje como patosa contrarréplica del original norteamericano y por otro como entrañable vecino de este país tan inconfundiblemente nuestro. Los impecables guiones que Francisco Pérez Navarro presta al personaje y la inclusión del ya histórico Supergrupo (o cómo mezclar sin estridencias la parodia del universo DC con el universo Marvel) convierten de pronto a Superlópez en un tebeo a seguir con atención, dada la jugosa sátira que se hace de los combates, destrucciones, continuarás y contrasentidos de los personajes de uniformes de colorines, y además en un entorno donde es obligado detenerse en los detalles de calles, marquesinas, autobuses y periódicos, porque son los nuestros.


Superlópez, con su peinado a navaja y su bigote precursor de futuros presidentes de gobierno, su uniforme arrugado y sus continuas meteduras de gamba se reconduce a sí mismo cuando, ya en solitario, Jan aparta la serie de la sátira del superhéroe al uso (un terreno que sin duda conocía Pérez Navarro como la palma de mano y que entonces era todavía terreno fértil, antes de que los propios superhéroes "serios" se convirtieran en parodia de sí mismos) y lo reconduce hacia la ciencia-ficción, sin olvidar nunca el desarrollo de los personajes secundarios y cierto rigor en las tramas, a veces no tan conseguidamente humorísticas como antaño. Desde el Señor de los Chupetes a los Cabecicubos, pasando por simpáticos homenajes a Julio Verne, invasiones extraterrestres de todo tipo o las películas de moda, Superlópez ha aguantado el tirón editorial, las infidelidades de los lectores y la evolución (o lo que sea) que ha experimentado España desde aquellos lejanos chistes mudos hasta hoy día. Como su autor y sus lectores, el propio Superlópez ha ganado en prestancia (hoy unas elegantes canas adornan sus sienes), y las aventuras que en principio fueron simples y luego desatadamente fantásticas reflejan, a veces con cierta amargura no oculta, la actual situación social o la inseguridad auténtica de las calles. Las estufas de butano de hace veintitantos años hoy son pantallas de ordenador, pero la intención sigue siendo la misma.

A destacar el magnífico trazo del dibujo de Jan, el detallismo de sus viñetas y el divertido lenguaje gestual de sus personajes, que respiran en todo momento una personalidad propia. En ciertos aspectos, Superlópez ha llegado a ser más interesante que su modelo, y a la postre el parecido ha llegado a perjudicarlo, más allá de celosos problemas de copyright, cerrando la puerta a lo que, sin la premisa inicial hoy ya superada, podría y debería ser un tebeo popular más allá de nuestras fronteras, un tebeo de aventuras, humor, ciencia-ficción, reflejo social y fantasía desbordada hecho con la seriedad y los toques de genialidad justos para ser el último peldaño de la historieta española, ésa que parece que ahora ya no tiene quién le escriba...





El campo de Marte es solo el teatro del honor: los asesinatos prueban bajeza y cobardía, cubren de infamia y atraen represalias crueles y justas.

-Bando de Francisco Solano, marqués del Socorro y de la Solana, Capitán General de Andalucía, en Cádiz, el 28 de mayo de 1808, un día antes de su muerte.





Yo, señor, estuve presente en aquellos tiempos de gloria y fui también partícipe de los momentos de ignominia. Cuando nuestro siglo era joven y la sombra de Bonaparte clavaba su pico de águila en las banderas de toda Europa y la libertad era una espada al rojo que sólo quemaba a quienes no se atrevían a empuñarla. Carlos Pignatelli, maestro de esgrima, a vuestro servicio.

Duele tanto el recuerdo como dolió la vivencia, como duele el momento, la soledad y la lluvia. Cuanto quisimos ser, pudimos serlo, y es lástima que no fuéramos capaces de ver las realidades más allá de los sueños. El canto de la Revolución se había convertido en himno de un Imperio, y las ideas de gloria y cambio que todos habíamos visto florecer más allá de nuestras fronteras, al norte, se trocaron de pronto en violencia y miedo. Afrancesados, nos llamaron. Y, sin embargo, nos dolía la patria y queríamos un mundo mejor y nuevo. Lástima de tantas vidas segadas para acabar dando un gigantesco paso atrás en el baile de la historia.

Nos estalló la copa entre las manos. Quien dijo ser aliado, traicionó la palabra. Quien creíamos justo y preocupado, traicionó también, no por primera vez, a sus súbditos y a la patria. Allí nos quedamos, como niños que pierden en el cielo la cometa y añoran el vuelo libre de sus pétalos de hilo. Ah, señor, es dura la agonía de saber que en efecto el mar tiene murallas.

El fuego ardió en Madrid, y corrió por España como reguero de pólvora. Muerte al invasor maldito, viva nuestro rey Fernando VII, cautivo en alguna mazmorra en la Francia lejana. Tanto, tanto ímpetu perdido, tanto valor sacrificado, tanto orgullo y tanta valentía convertidos también en sangre, miedo, horrores de pedernal y navaja, mugidos roncos entre un soplo de banderas que al final no representaron a nadie.

El odio es más contagioso que la alegría en una boda, que el miedo en un hospital, que el juego de la seducción en la fiebre de la adolescencia. ¿Qué era lo que amábamos? España. ¿Cuál era el objetivo de nuestro desprecio? Francia. Todo el que tuviera un cuchillo, una tijera, una azada, una guadaña, una espada o una pistola, una aguja o una piedra se dedicó a clavar, cortar, segar, estoquear, disparar a bocajarro, pinchar o aplastar a cuanto uniforme y cuanta levita recordara al invasor. En toda España, ya digo.

Menos en Cádiz, ay. Menos en Cádiz todavía.

Hay que comprender primero cuántos pequeños dientes mueven los engranajes de la gran maquinaria que es la historia. Los hombres no somos más que marionetas que otros mueven a su antojo, y quizá ni siquiera esa fuerza enigmática es capaz de controlar cuantos elementos trata de manejar. Porque la historia no empezó en Madrid, ni empezó en mayo, como tampoco empezó en Cádiz, ni en La Granja, ni en la Corte. Incapaz me veo, lo reconozco, de remontarme a explicaciones y causas sin mencionar de manera prolija a Dantón y Robespierre, el 18 Brumario, la lucha por los mares, la guerra de las colonias.

Baste decir que el primer gran momento del siglo fue en Trafalgar, donde ya se perdió España: los amigos de los reyes no siempre son los amigos de los pueblos. Perdimos aquel único día de octubre la oficialidad más gallarda, los buques de guerra que nos habrían defendido para el mañana; quizá, quién sabe, la protección a los convoyes que vinieran después de América. Y nuestro aliado francés (porque entonces, ah, quién podría imaginar que teníamos a la serpiente escondida dentro de la manopla) perdió también el futuro y la baza de plantarle la cara por mar al enemigo inglés, que se convirtió a partir de entonces en la isla que dominaba por igual las tierras y las aguas del mundo.

También Cádiz es una isla. Y, desde Trafalgar, una isla asediada. España toda se alzaba en armas contra el francés, pero Cádiz, ah, señor, tenía al enemigo dentro de casa. Cercada por la flota inglesa, la bahía era el refugio de la flota española y la flota francesa. Barco con barco, abarloados los unos junto a los otros, un tumulto de cordajes y banderas. Una chispa que ardiera podría hacer saltar las santabárbaras. Y esa chispa se calentaba en tierra.

¿Cómo explicar la paradoja de lo vivido aquellos días, de lo sentido entonces y ahora, de lo temido? Nuestros compatriotas mataban y morían, enfrentados a los mismos colores que veíamos ondear junto a nuestras banderas. Si a España entera había dejado de importarle aquella esperanza de un nuevo tiempo ilustrado, si ahora lo imperioso era resolver qué éramos, qué habíamos sido, antes de decidir qué seríamos para el futuro, la prudencia en la guerra es, a la postre, la que vence las batallas. Quien carga a lo loco encuentra el botón del sable enemigo en el pecho. Antes de lanzarse al ataque hay que ser consciente de que en ningún momento se puede bajar la guardia.

Esto lo comprendía el general don Francisco Solano Ortiz de Rosas, marqués del Socorro y de la Solana, mi buen amigo, mi pupilo, mi mentor, nuestro Maestro. No sólo era un excelente espadachín: su formación militar lo había hecho destacar en el pasado, tanto en su América natal como en Portugal y España, igual que lo habría hecho destacar junto a otras figuras notables en la guerra que estaba por venir: junto a Wellington, pongo por caso. O Castaños, que hubo de ocupar su puesto por los acontecimientos que aquí narro y grabó para la historia un hombre que tendría que haber sido el de nuestro capitán general.

Porque, señor, las noticias al principio fueron contradictorias. Desde el lejano rincón que es Cádiz, iban pasando las semanas y no se sabía con certeza si en la España se vivía una rebelión, una revolución, una guerra o simplemente, como decía al principio nuestra prensa, una algarada como tantas otras ha habido. Con una salvedad: aunque el odio acumulado hacia el francés podía traducirse en violencia en tierra, ¿cómo volcarlo cuando tienes al francés en tu misma bahía, sin posibilidad de alcanzarlo y derrotarlo como no sea pagando el precio de perder tu flota y que sus cañonazos destruyan toda la ciudad con la facilidad con que un gigante espanta a una mosca?

A Cádiz volvió Solano, desde Portugal, donde había luchado con el francés, y aunque Napoleón no lo tenía en alta estima, porque temía su valor y su desprecio. Y en Cádiz pronto sopesó la situación, calibró la potencia de los cañones, el estado de los polvorines, la presteza de las milicias. Y llegó a la conclusión que cualquier hombre de armas habría alcanzado. Un ataque a ciegas a la escuadra del almirante Rosily, como se venía exigiendo, sólo habría causado desastre. Existía además la posibilidad de que los ingleses, que bloqueaban la bahía y cuyos barcos podían verse desde las torres miradores de la ciudad, intentaran otro ataque y, entonces, Cádiz se hundiera por partida doble. Solano decidió esperar. Su apego a la ilustración francesa ya había chocado con la perversión de los ideales que había causado Bonaparte. Sabía que ahora tenía que dar la cara por su patria, pero no hasta el sacrificio: ni el propio, ni sobre todo el del pueblo.

¿Cómo hacer entender esto a quien no entiende ni de honores ni de armas? De Sevilla llegaron exigiendo la revuelta, y Solano se mantuvo en sus trece, sin querer ceder ante ninguna autoridad militar lo que no podía ceder porque él era la autoridad militar más alta no sólo en Cádiz, sino en Andalucía entera. La guerra no es un vino barato que se bebe de un solo trago en cualquier taberna: es un caldo que se saborea lento, o de lo contrario quema.

Mientras Solano esperaba el momento para mover sus piezas, la escuadra francesa hizo lo propio. Los siete barcos se desplegaron ante la ciudad, intuyendo una declaración de guerra que se retrasaba. Nuestros barcos los siguieron, trabando una vez más la situación. El primer cañonazo, el primer tiro de fusil acabaría con una polvareda de truenos que sólo podría expresarse en números de muerte. Lo mismo que existe una rendición sin condiciones, Solano esperaba las condiciones para, entre caballeros, declarar la guerra y dejar la guerra a quienes la guerra hacen. Intentó ponerse en contacto con el almirantazgo inglés, para negociar un cambio de alianzas que, lo intuía por su formación, tarde o temprano habría de producirse, en el momento en que España tuviera una cabeza organizada a falta de Borbones o príncipes de la Paz que hablaran en su nombre.



El pueblo esperaba inquieto, y la inquietud pronto dio paso a la impaciencia. Desde Sevilla llegaron elementos perturbadores que exigieron de nuevo la guerra al general, y, si no la guerra, la entrega de armas. Cádiz se agitaba como las aguas del mar ante una tormenta.

Qué fácil es para el necio desear una acción imprudente, qué difícil es para el sabio hacer comprender que hay pasos que sólo pueden terminar mordiendo tierra. Solano reunió a sus generales, y les explicó la situación. No les pidió consejo ni apoyo: simplemente, les contó lo que pasaba y lo que esperaba hacer. Sólo dos días, dijo. Dos días para que el inglés responda y el francés acate que tiene que salir de nuestras aguas.

Con el objetivo de calmar los ánimos, se promulgó un bando que informaba a la ciudad y donde se pedía el alistamiento de voluntarios. Demasiado prolijo, en mi opinión: los argumentos de Solano tendrían que haber sido más directos, más dirigidos al corazón, puesto que la turba no tiene nunca cabeza.

Esa tarde, en la Capitanía General, celebraba Solano una recepción. Su ayudante de campo, don José de San Martín, español de América igual que nuestro Maestro y que tanto se parecía a él, recién nombrado miembro de los Caballeros Racionales, montaba guardia con los cuarenta o cincuenta soldados de su escolta. Inflamado por quién sabe qué elementos, quizá incluso por enemigos de otra logia, el populacho se concentró ante la Plaza del Pozo de las Nieves y exigió a Solano un ataque inmediato contra aquellos buques que nos observaban con los ojos de cientos de cañones.

En vano Solano fue capaz de hacerse entender. La turba ya no quería la guerra, quería que se la armara y decidir hacer la batalla por su cuenta. Como buen caballero, Solano no cedió. El oficio del guerrero no es poner a otros por delante del camino del acero, sino detener el acero él mismo. Lástima que los propios soldados a sus órdenes cedieran ante los acosos de la chusma.

Alguien trajo un cañón robado del Arsenal y lo disparó contra la casa. De pronto la fiesta se dispersó, los cristales se rompieron, la vajilla saltó hecha añicos y las mujeres lloraron de miedo y de angustia. San Martín trató de enfrentarse con sus hombres a aquella masa oscura, pero eran tantos que la masacre sólo habría producido más ira y más muertos, por lo que apenas se atrevieron a disparar al aire. Aprovechando el tumulto, me encargó Solano que pusiera a su esposa a salvo, pues con él correría grave peligro. Obedecí la orden de mi amigo. Poco sabía yo que la próxima vez que volviéramos a encontrarnos sólo nos uniría el suspiro de la muerte.

La ciudad era una debacle. Las masas exaltadas rompían y saqueaban, se repartían armas y con la misma despreocupación se deshacían de ellas, asaltaban todo aquello que les sonara francés o afrancesado, desde el consulado a las posadas. Y mientras tanto Solano no tuvo más remedio que huir del caos y escapar de la trampa de las calles saltando de azotea en azotea.

Ah, vergüenza de esta gran nación que se revuelve sin darse cuenta contra quien sería capaz de hacerla más grande. Ah, ignominia de ver cómo el varón más dotado para defender al pueblo ha de huir de su mismo pueblo, como un bandolero cualquiera, acosado igual que un ladrón de caballos. En mala hora equivocó la turba las intenciones de su capitán general, en mala hora fue presa crédula de apasionamientos que nada bueno iban a traernos a ninguno. Como un malhechor, como un asesino, Solano pasó de una azotea a otra, sintiendo a sus espaldas el sonido de la furia que le daba caza.

Se vio obligado a dejar atrás el cinto y la espada; un hombre de su corpulencia no debió tenerlo fácil para cruzar las fronteras blancas de un patinillo hasta el otro, y cualquier cosa que pudiera retrasar su huida estaba de sobra.

Esa misma espada la encontró el más soliviantado de sus seguidores, el mismo hombre que le había afeado la decisión entre la multitud, quien peor había arengado a la masa contra la prudencia del capitán general. Un tal Pedro Pablo Olaechea, antiguo novicio cartujano. Ágil como una ardilla, debió darle caza, afearle de nuevo el gesto, quién sabe si apuntarlo con alguna de las pistolas de las que se había apoderado en aquella revuelta absurda.

Lo que siguió no tuvo más testigos que los dos hombres enfrentados bajo el cielo y el viento. Baste imaginar los insultos del rufián, el honor vilipendiado del marqués, el forcejeo que termina, y eso sí lo sabemos, cuando Solano se deshace de su enemigo lanzándolo desde las alturas a un patio interior, donde luego lo halló la turba, agonizante o ya muerto.

Sigue mi capitán la escapada, salta de nuevo otras dos casas, ve una puerta entreabierta, conocida. Baja, cierra, corre, calla. Llama a la vivienda y una mujer le abre, haciendo un gesto de silencio. La señora viuda de Strange, doña María Tucker, irlandesa, elegante, controlada. Sin mediar palabra entre ambos, porque las antorchas corren ya por las calles y hay edificios ardiendo y el eco de los disparos no se apaga, la dama conduce a nuestro maestro a un tabique oculto entre los libros y alacenas de su casa. Allí Solano se esconde, a la espera de que los soldados que le son fieles recuperen el control de la ciudad.

A la puerta llaman. Abre la viuda. La turba entra en la vivienda como Pedro por su casa, vuelca, empuja, quiebra, rompe. Pero no encuentran a Solano, felizmente oculto tras las paredes secretas.

Y entonces, ah, paradoja, la casualidad se convierte de nuevo en causa. Entra en la casa un gaznápiro de ojos de odio, y se reconoce albañil en esta casa, en otro tiempo. Recuerda la existencia de un escondite entre las paredes. La viuda, valiente, lo niega. Vuelven los ánimos a caldearse. Un cuchillo en el cuello, un corte cruel en el brazo, y la irlandesa no cede en su negativa: está sola en casa con su servicio.

No llega a correr más sangre. Oyendo el peligro que su benefactora corre, Solano abre el tabique y se entrega.



Yo, señor, mientras tanto, corría por las calles, después de haber dejado a la marquesa a salvo, lejos del tumulto. En vano busqué dónde podía hallarse nuestro Maestro. Ardían las casas, el estrépito era incontrolable. Si algún soldado se había enfrentado a la muchedumbre, lo había hecho sin fuerzas, disparando al aire, o quizá dándose media vuelta y entregándoles las armas.

Cerca de la Capitanía General encontré a un hombre que corría y gritaba, blandiendo su sable y pidiendo a gritos que lo mataran. “Soy Solano, aquí me tenéis, ¡matadme!”. Pero no era Solano, y en seguida me di cuenta, a pesar del parecido entre ambos, a pesar del mismo soniquete cantarín de sus palabras. No era Solano, sino su edecán, don José de San Martín.

Lo detuve, a punto estuvo de alzar contra mí su espada, mas me reconoció como hermano masón e ilustrado. Le corrían las lágrimas y el sudor por la cara. Hombre de honor también, se sentía responsable de no haber podido contener el ataque de la turba. ¿Pero qué pueden unos fusiles y unos sables contra los cañones que la muchedumbre había robado? ¿Qué militar es capaz de volver sus propios cañones contra su pueblo?

A la luz de los incendios discutimos. San Martín insistía en inmolarse. Para mi suerte, llegó entonces el capitán don Juan de la Cruz Murgeón, quien se encargó con más tino que yo de que su compañero militar desistiera. Envuelto en los embozos de la historia, qué poco podía yo imaginar que esos dos hombres habrían de hacer historia.

Corrí de nuevo, sorteando muebles y destrozos, entre ecos de disparos y risotadas, y todo el rato con la impresión de que mayores carcajadas habían de estar disfrutando desde sus buques los componentes de la escuadra francesa.

La turba, a la altura de la calle de la Aduana, parecía tener un destino fijo. Corrí, disimulado en ella. Entre los gritos e insultos ya intuí que Solano había sido capturado. Toda mi esperanza era que una descarga de los fusileros de la Puerta del Mar consiguiera liberarlo, pero nadie parecía dispuesto a mover un solo dedo a favor del hombre que mejor sabría defendernos.

Llegué a la Plaza de San Juan de Dios y la sangre se me heló en las venas, igual que los dedos se me embotan ahora sosteniendo la pluma. Pues lo que vi no era espectáculo digno de Cádiz, sino de Jerusalén, sólo que el camino del Gólgota no lo interpretaba ahora nuestro Salvador, sino Solano.

La muchedumbre lo empujaba, lo zahería, descargaba contra él lapos y piedras, lo acusaba de afrancesado, de cobarde y de traidor. Solano tenía el uniforme roto y manchado, el blanco calzón cubierto de tierra y tizne, pero su cabeza seguía alta y, aunque no discutía con la plebe, tan consciente de los errores ajenos como del propio destino, había resuelto, como el valiente que era, no mostrar temor y afrontar con gallardía lo que fuera a depararle el destino.

Esto enfureció aún más a la muchedumbre. Tan impaciente por eliminar a su defensor como por estrellarse contra el muro de los cañones franceses, hubo quien no tuvo espera y ni siquiera permitió que, a rastras y entre golpes, maniatado a la espalda, condujeran a Solano al cadalso. De entre la multitud salió un muchacho y clavó en la ingle del capitán un cuchillo villano.

Solano trastabilló y cayó al suelo. La multitud arreció su lluvia de insultos. Envalentonado, un segundo cobarde volvió a apuñalar a mi amigo. Como un toro en una lidia, Solano arrodillado chorreaba sangre. Pero nadie tuvo piedad, y continuaron empujándolo hacia la horca, el destino al que, sin juicio y por capricho, lo había condenado la sinrazón de aquellos hombres.

Ni siquiera las heridas de muerte habían provocado piedad en aquella masa sedienta de castigo. Me abrí paso hasta las primeras filas. Vi cómo Solano era un despojo a quien solo esperaba ya escarnio. Nadie debería morir así, y menos que nadie él, tan gallardo, tan caballero, tan noble. Noté la quemazón de la empuñadura de mi espada y la alcé al cielo.

Crucé de dos zancadas la distancia que me separaba de mi amigo. Nadie osó detenerme. Torturado por el dolor, Solano no tuvo tiempo de ver cómo me acercaba.

“¡Muerte al traidor!”, grité, y mi espada sin botón, que tantas veces había intentado abrirse hueco en aquel pecho, lo atravesó ahora de parte a parte. Solano entonces se volvió a mirarme, y fue entonces cuando me reconoció. Nuestros ojos se clavaron un instante en los del otro. Traté de enviarle un mensaje mudo, traté de explicarle que de aquella manera la repugnante multitud no tendría el gusto de ensañarse con él, que no merecía semejante vejación. Quiero creer que Solano entendió, quiero creer que aquel último parpadeo ante mi cara fue el equivalente a una sonrisa, a una bendición. Entonces se desmoronó mi amigo, como una torre humana que se vine al suelo, y el silencio de la plaza duró el tiempo que tarda un reloj en pararse.

Ni aun así cejaron. Entre estertores, Solano fue alzado en volandas y arrastrado de nuevo hacia una horca donde sólo iban a poder colgar ya su cuerpo muerto. Ya apenas pude ver cómo por la hoja de mi espada, muy despacio, resbalaba hasta mi puño un reguerillo de sangre.

Un león, un solo hombre, se enfrentó a aquella barbarie. Como dicen que Jesús Nuestro Señor se encaró a los mercaderes del templo, uno de sus apóstoles, el magistral don Antonio Cabrera. Con el valor que yo no tuve, con la palabra que yo no tengo, aquel hombre de paz se enfrentó a los perros de la guerra, Marte vencido por la elocuencia de Atenea, y la ira y la justicia de sus palabras hizo a la turba retirarse. La fuerza del cobarde se debilita ante la resolución de los valientes.

El cadáver de Solano quedó tendido, empapado en su propia sangre, abandonado por quienes habían hecho de él un mártir inútil en una causa que ninguno de los allí presentes habría sido capaz de llevar a buen puerto. Sin perder comba, usando aquella palabra dulce que era también un trueno desde el púlpito, ordenó el magistral a dos de los congregados que recogieran los restos del capitán general, y con la celeridad que da la prudencia cuando es aliada del miedo, corrieron todos hacia la catedral nueva. Los seguí, dispuesto ahora, demasiado tarde, a defender con mi espada asesina el último honor de mi Maestro.

Nos atrincheramos dentro de la catedral, todavía al raso, como al raso sigue, y durante toda la noche estuvimos solos dos hombres vivos y un muerto: Solano, Cabrera, yo mismo. Entre rezo y rezo me escuchó el magistral en confesión. Sé que la absolución divina y mi sincero arrepentimiento deben de haberme redimido de mi pecado, pero no me sentí entonces, como no me siento ahora, más repuesto por lo que el destino me obligó a hacer.

Varias veces, durante aquella noche infinita, volvió a congregarse la chusma ante la iglesia, exigiendo el cuerpo de Solano para terminar de vituperarlo y descargar en él su fiebre vengadora. Y siempre, conmigo detrás, oculto en las sombras, se enfrentó a ellos el magistral, y les recriminó con palabras sensatas y con citas de fe, tan diferente en su actitud a aquellos otros frailes del convento de Capuchinos que, lo supimos luego, habían pasado la tarde y la noche repartiendo armas al populacho.

Antes del alba me escabullí de la catedral y de una cuadra cercana conseguí tomar un carro y un asno. Cargamos el cuerpo de Solano y, al amparo de ese silencio que sólo al amanecer se encuentra, salimos por las Puertas de Tierra y nos dirigimos a toda prisa hacia el cementerio. Parecía que el sol quisiera encontrarnos la pista.

Enterramos a Solano en un nicho sin nombre, recubierto de cal para acelerar la natural descomposición humana y hacerlo irreconocible: no nos cabía duda ninguna de que la muchedumbre, si lo encontraba, no cejaría hasta profanar sus restos. Dejé mi espada dentro de la tumba, porque tenerla cerca me recordaría siempre mi acción de Judas.

No anduvimos errados, y una nueva paradoja sirvió para cerrar esta triste historia. Porque, en efecto, la multitud buscó a Solano, pero no pudo encontrarlo nunca, y sólo pudieron contentarse unos pocos en deshonrar su memoria cuando no fueron capaces de seguir deshonrando su cuerpo.

Una de esas piruetas del destino, que entonces y siempre juega con los deseos y añoranzas de los hombres, cerró el círculo cuando esa misma tarde los exaltados celebraron el funeral de aquel mismo Pedro Pablo Olaechea que había arengado a la multitud contra Solano y que se había convertido, en su imprudencia, en la única víctima que en su propia defensa había causado Solano entre quienes lo querían rendido y muerto. Se le enterró con honores militares que no debía, tildado de héroe y de mártir. La paradoja, señor, que nadie supo entonces, más que el mayoral Cabrera y yo mismo, es que vino a ser enterrado al lado de un nicho anónimo donde nadie sospechaba que estaba enterrado Solano, a quien todos buscaban todavía. Enemigos del momento, traidor auténtico y traidor falso, patriotas quizá ambos de patrias distintas en una patria misma, quién sabe qué diálogos mantendrán, aburridos en el éter oscuro de la muerte, Olaechea y Solano, Solano y Olaechea, por los siglos de los siglos.

Esa fue, señor, mi intervención en aquella noche aciaga, no la primera que esta tierra ha visto, ni la última. Pero, por el papel que me otorgó el destino, es para mí la más dolorosa. No hay hombre más maldito que el que mata a su amigo. Y desde entonces no pasa una hora en que no me pregunte si Solano me entendió, si supo que mi gesto era por su honra, que la única forma de defenderlo de aquella muerte indigna era darle otra muerte repentina y dolorosa, y vaciar todo mi honor en la punta de mi espada. Todavía quiero saber si antes de desplomarse muerto Solano me comprendió, y me absolvió, y aquel rictus que deformó su noble rostro de patriota fue el amago de una sonrisa de asentimiento que jamás llegó a sus labios.

Al mando de la ciudad quedó entonces el general Morla. Sus pasos contra el francés fueron exactamente los que Solano había planeado.


Si hay un tebeo que haya ejemplificado como ningún otro la fascinación por la tradición de la niebla londinense y lo tenebroso, por la cultura pulp de un Scotland Yard gótico donde se cruzan ecos del cine de la Universal y el recuerdo de Gaston Leroux, ese tebeo es nuestro y se llama El inspector Dan de la Patrulla Volante, un título rara avis en el panorama de la historieta española de postguerra, un experimento casi contrapuesto a los otros personajes humorísticos que lo rodeaban y que sin embargo ganó una inusitada y merecida fama durante décadas.

Publicado en Pulgarcito a razón de una o dos páginas cada semana, el héroe dibujado con sorprendente maestría por Eugenio Giner supone el triunfo del ambiente sobre la historia. Cierto que hoy podemos leer sus aventuras con cierta condescencia absurda, considerando que sus muchísimos hallazgos narrativos han quedado desfasados por el correr de los tiempos, que sus planteamientos "terroríficos" demuestran una ingenuidad casi poética, pero no podemos olvidar en ningún momento las circunstancias en que el título se desarrolla, ni la portentosa puesta en escena que preludia en veinte años la brutal carga atmosférica de otros títulos capitales de la historieta como Mort Cinder.

El inspector Dan, heredero de Sherlock Holmes en su mismo teatro de operaciones, secundado por una colaboradora en las labores de investigación que de buenas a primeras pasaría a ser también su novia eterna (la bella Stella) y objeto a rescatar a la vez que rescatadora in extremis del héroe, a las órdenes de un grueso precursor del M jamesbondiano (el coronel Higgins) y, más adelante, obstaculizado por el ridículo comparsa tan característico del tebeo español (el inspector Simmons, alias "El Águila Tuerta de Scotland Yard") es el suma y sigue de la estética en blanco y negro del cine de terror de los años treinta, el koiné perfecto entre el horror y lo policíaco, un pastiche antes de que se supiera lo que son los pastiches. Sus historias son apresuradas, cargadas de manchas de negro y de viñetas múltiples que poco sabían entonces de concepciones de página, pero llenas de un encanto naïf que demuestra que mucho de lo terrorífico en los medios proviene de su relación con la ingenuidad de los atavismos infantiles, con todo lo que está más allá de la sensación de seguridad y comprensión que parece asegurar una bombilla encendida.

Los húmedos callejones y sótanos donde Dan y Stella son atropellados, aporreados, secuestrados, torturados y rescatados alternan con pasillos de museos o laboratorios secretos donde los inevitables sabios locos o magos de ultratumba realizan sus experimentos impíos. Todos los recursos del género del terror están sabiamente utilizados en las historias, desde el susto al descorrer una cortina a la tensión de saberse observado por un monstruo, desde el escenario neblinoso donde rondan los espectros a las callejas donde la sombra de Jack el Destripador lega en otros herederos el sadismo de sus crímenes.

Es una serie mitómana antes de que se descubriera el significado del término, una mezcolanza de influencias y de apetencias literarias y cinematográficas donde, entre mujeres asesinadas en callejones perdidos e inevitables estrangulamientos (la forma favorita y sempiterna de los asesinos de este tebeo parece ser esa, quizá un reflejo de los tiempos en que la pena de muerte y el garrote vil pesaban en la conciencia de los españolitos supervivientes a fusilamientos y encarcelamientos) pueden identificarse claramente a los mitos del terror como La Momia y a actores como Lon Chaney asomando sus mil caras espantosas. Hombres lobo y seres de pesadilla surgidos de las entrañas de Salisbury Castle, vampiros cinematográficos y reales, museos de cera y cementerios de asesinos, hasta un peculiar enfrentamiento con Fu Manchu en una época en la que quizá no existían los infringimientos de copyright jalonan las andanzas más características del personaje en su época de gloria, antes de que la guerra fría y la sobreexplotación característica lo encauzaran, en manos de un tropel de autores de calidades diversas, hacia investigaciones detectivescas más de andar por casa.

Entre los abigarrados textos y las mínimas viñetas llenas de juegos de luces y sombras que Giner desarrolla a su gusto y forma (puesto que en el campo de la historieta apenas existían precedentes), alguna otra perla inaudita en su contexto: el juego paralelo de montaje entre realidad y ficción, entre silencio cinematográfico y sonido escrito en las viñetas de la aventura “La muerte estrella de cine”, los primerísimos planos de ojos enloquecidos y manos que se alzan como garras para hacer mella en los cuellos que esperan atrayentes como la luz a las polillas.

2009-06-10

1953. SALVAVIDAS


Hace unos diez o doce años, cuando mis hijos eran más pequeños, ir a la playa se convirtió en un sinvivir, por aquello, claro, de que eran pequeños, y había que estar ojo avizor no se perdieran entre la gente, o se dieran una voltereta triple en el charquito, o todas esas cosas que pasan cuando los padres estamos más atentos mirando el tanga de la vecina de sombrilla que de nuestras obligaciones.

En la playa de Cádiz (en la playa Victoria, quiero decir) el reponer y alisar arena crea un charquito que parece un canal. Cuando sube la marea se embravece y puede llegarle a una persona de estatura más o menos normal incluso hasta el pecho: es una playa que hace escalones y produce cierta sensación de ilusión óptica ver que vas dando saltitos con las olas a la altura de los cataplines y veinte metros por delante hay un turista polaco al que le llega por los talones. Uno no se acostumbra a esas cosas porque ya he dicho en algún lugar de esta bitácora que la playa es distinta cada día.

Como otros veranos me pasé aquel verano haciendo de Mitch Buchanan: incluso tenía (tengo) un par de bañadores rojos. Allí, en la falsa orillita, vigilando las volteretas triples de mis hijos, controlando el asedio de las olas, el ataque sigiloso de los pica-pica (en otro lugar, medusas).. y todo eso sin dejar de mirar a la chica del tanga amarillo o blanco que hace como que no sabe que al salir del agua se le transparenta el totus tuus.

Puestos a vigilar niños, lo mismo da vigilar a los tuyos que vigilarlos a todos, y así me pasé ese verano (y algún otro) controlando a los dos míos y controlando a los que venían corriendo, llorando esmorecíos, porque se habían perdido; o sacando del agua a aquellos que daban volteretas cuádruples mientras sus padres bebían Cruzcampo. Recuerdo que incluso una vez, ya más adentro del charquito, se me acercó un chaval con los labios azules y muy educadamente me dijo: "¿Puede usted ayudarme, que creo que me estoy ahogando?". Le tendí el bugi que llevaba, lo remolqué a la orilla, y lo entregué al cuidado de un hermano algo caleti que le había perdido la pista.

Pero nada, absolutamente nada puede compararse al trabajo que me dio aquel verano la francesita rubia. Una monada. De anuncio de Coppertone. Acompañada de una madre veinteañera, si es que llegaba a tener veinte años, que lo dudo, y una abuela de muy buen ver todavía que no llegaría a los cuarenta (el término milf, por cierto, tendría que traducirse al cristiano por pureta). Las dos venían a la playa, se tumbaban de frente o boca abajo, se embadurnaban de loción, se quitaban la parte de arriba de los tangas y se quedaban sobadas. No digo que se ponían morenas porque no, todo lo que conseguían era un curioso color rojizo, como de cangrejo moro o de coñeta (que no sé si saben ustedes que son dos tipos de cangrejos de mi costa).

Con la madre adolescente en brazos de Morfeo y la abuela de muy buen ver recordando maratones en la riviere gauche, la niñita rubia, unos dos años, tenía toda la playa para hacer barbaridades. O sea, para ahogarse en el charco donde jugaban mis hijos y medio barrio de la Laguna.

Un caso, la criatura. Debí de sacarla del agua unas veinte veces en dos semanas: siempre volvía al remojón, siempre perdía pie, siempre la sacaba y le decía (sabiendo que no iba a entenderme) que tuviera cuidado. La entregaba a la madre adolescente y a la abuela de muy buen ver, que ni siquiera se coscaban del peligro que corría una y otra vez la cría, y vuelta a empezar. El ángel de la guarda de la niña, supuse, había decidido tomarse unos días de vacaciones.

Una tarde sacaba yo el coche del aparcamiento. Ibamos al Puerto, imagino, o a San Fernando a hacer la compra. No sé por qué, en lugar de rodear la glorieta y desembocar en la Avenida, por puro azar, giré a la derecha el volante y decidí salir por el Paseo Marítimo (esto me hace sospechar que sí, que iba a San Fernando, al Pryca que ya empezaba a llamarse Carrefour).

Uno de mis hijos hizo algún comentario, o no estaba bien amarrado al autoplay. El caso es que lo miraba por el retrovisor, controlando, y desatendiendo unos segundos (pero unos segundos nada más) la conducción (iba a veinte si acaso), cuando de entre dos coches, en el Paseo, despistada y como si la vida entera fuera un parque de juegos, se me planta ante el coche, cruzando sola la acera, la niñita francesa rubia.

Nos quedamos petrificados. Un segundo más y la habría arrollado. Me paré, bajé del coche, la cogí de la mano y la devolví a la acera, donde la madre adolescente y la abuela de muy buen ver, todavía entangadas, tomaban un refresco o se limpiaban de arena los pies con una toalla.

Naturalmente, ni se dieron cuenta ni me dieron las gracias. Regresé al coche y comprendí, en ese momento, que no era que el ángel de la guarda de la niña estuviese de vacaciones: es que el ángel de la guarda de la niña era yo mismo, aunque no estuviera en nómina.

2009-06-10

1952. SALIERI

Ya empieza a oler un poco que gente que dibuja digamos regular o mal o no sabe hacer la o con un canuto insista una y otra vez que los tebeos tienen que estar mal dibujados para que valgan.

No, miren ustedes, los tebeos tienen que estar bien contados para que sean buenos tebeos. Hay dibujantes del montón que hacen tebeos mediocres y dibujantes del montón que hacen tebeos cojonudos. Y al revés también.

Pero ser un figura del dibujo no es condición sine qua non para no ser también un figura del tebeo. A la historia no hay más que remitirse... conociéndola.

De verdad, que se os nota un mazo, hombre.



Más allá de la aventura, las historias de The Phantom (conocido entre nosotros como El Hombre Enmascarado) suponen una reflexión continuada y excelente (¡y divertida!) sobre la capacidad de percepción y los mecanismos del miedo. Héroe selvático con su prurito de hombre civilizado envuelto un improbable disfraz que preludia al superhombre, desfacedor de entuertos por imperativo tradicional y familiar, pacificador in extremis de junglas en armas y acorralador a tiempo completo de bandas de hampones, aviadoras piratas o invasores amarillos, El Hombre Enmascarado es, por encima de todo, el perpetrador de un engaño del que él mismo será, tarde o temprano, la víctima definitiva: abusando de la credulidad de sus enemigos y explotando hasta lo indecible sus habilidades cuasi sobrehumanas, The Phantom, fiel encarnador de su nombre y de sus epítetos, recaba sobre sí una inmortalidad falsa que le empuja a poner cada día en juego su propia mortalidad verdadera.

Creado en febrero de 1936 por el histórico Lee Falk (1911-1999), The Phantom es la aventura en estado puro, el exotismo de entreguerras llevado a sus cotas más altas de evasión y entretenimiento. Presentado titubeante y brillantemente como un espectro enmascarado dispuesto a salvar a la liberada y aguerrida Diana Palmer, futura novia casi-eterna y madre de sus herederos pasado el tiempo, el tren sin frenos de su primera historia ("Los piratas Singh") nos dejará atrás la presentación de lo que parecía ser un enmascarado al uso, tipo Pimpinela Escarlata o El Zorro (en tanto que una revisión a las primeras semanas de la tira parece indicar que uno de los pretendientes de Diana Palmer, el indolente Jimmy Wells, es en realidad la doble personalidad oculta de El Fantasma), para lanzarnos de lleno en una historia de leyenda sin marcha atrás donde nuestro protagonista borrará para siempre cualquier intento de normalidad humana y adquirirá los caracteres de un mito reencarnado.

Debe ser una de las tiras más repetidas en la historia de los cómics: cómo un barco de piratas Singh abordó y hundió un mercante inglés y cómo el único superviviente juraría sobre la calavera de su padre acabar para siempre con la piratería y la injusticia... trasladando el juramento a sus descendientes. Un ajustado disfraz de color violeta (rojo en las ediciones italianas y las más primitivas ediciones españolas) y un minúsculo antifaz cubren su rostro y perpetúan la ilusión de que el justiciero de la jungla es siempre el mismo hombre y no un disfraz transmitido de padres a hijos, el duende que camina, el espíritu que anda, el que no puede morir y marca con una calavera a los malvados como signo externo de su podredumbre interna.

A lo largo de las décadas y según la interpretación de sus sucesivos dibujantes (el gran Ray Moore con su nervioso claroscuro, el efectivo y magnífico narrador Wilson McCoy, el realista y espectacular Seymour Barry), siempre bajo la batuta de Falk en unos guiones a los que dedicó más de sesenta años de su larga vida, El Hombre Enmascarado sería aventurero exótico enfrentado a peligros de serial, hombre de andar por la jungla dedicado a resolver pequeños conflictos entre tribus que pronto podrían dar al traste con la pax enmascaratta tan duramente forjada por veinte generaciones de antepasados, o aliado y protector de la descolonización ya en los años sesenta. A pesar de las repeticiones inevitables que una serie tan longeva parece arrastrar cuando se leen de corrido sus historias, Falk nunca se queda quieto en su leyenda, y en todo momento la importancia del Fantasma y su entorno se acrecienta: así, habremos visto su creación de la Patrulla de la Jungla, trasunto antes de su tiempo de los Cuerpos de Paz de las Naciones Unidas; los enfrentamientos con bandas de delincuentes organizados a través de la historia, como los propios Singh o los Buitres; la parafernalia inevitable de calaveras y ritos pigmeos que se repite casualmente incluso en los desiertos de Norteamérica; la exploración cada vez más virada al fantástico de un país, Bengalla, que ha pasado de ser un enclave mítico mitad indio mitad africano a convertirse en una isla de ensueño donde incluso existe una playa de arenas de oro, o la nunca suficientemente explorada historia pasada de los antepasados del Hombre Enmascarado, ésos que fueron él antes que él y murieron para resucitar en la máscara de su hijo como él deberá morir un día.

La sabiduría narrativa de guionista y dibujantes ejemplifica a la perfección, durante muchas décadas, cuanto de bueno y bello puede narrarse a razón de tres o cuatro viñetas diarias. Adelantado a su tiempo en el disfraz, no sólo ahí se queda el Fantasma: su novia Diana es una mujer de armas tomar, aventurera y sosegada, independiente, futura enfermera de Naciones Unidas cuando la descolonización llegue por fin a África y a la tira. Personajes entrañables como los tíos de Diana, ex-policía liberal uno, ama de casa algo retrógada la otra, son las más grandes influencias que luego se harían populares en otra onda con personajes como el capitán Stacy o la tía May de Spiderman.

Por encima de todo, el difícil equilibrio entre muerte y vida. La gran baza de este superhombre sin superpoderes es mantener ahora y siempre el engaño de su invulnerabilidad. El lector está en el ajo de la superchería, pero los enemigos del Fantasma no, considerándolo en efecto un espíritu, y en ese imposible que la leyenda de sí mismo exige al héroe se encuentran siempre los más apasionantes ejemplos de la superación y el tesón que el personaje debe aplicarse para resultar vencedor a la muerte y cumplir la misión inacabable de la que es heredero, portavoz y testigo.


No tiene nada que ver la crisis: en el fondo, nos gusta apretarnos el cinturón más que a un tonto un pirulí de palo. Empieza a asomar el verano (según el calendario, al menos, que en la vida real de verdad parece que está de huelga de anticiclones caídos) y a todos nos da por mirarnos en el espejo, o a rescatar las prendas de colores más vistosos, y en un par de segundos decidimos que no, no nos gustamos del todo, o que con un quítame allá este michelín vamos a tener un verano de lujurias y azoteas que ríase usted de los notas de la peli esa de las mentiras escrita por la ministra de cultura que tiene a todos los interneteros con la pancarta dispuesta.

Y así las revistas se llenan de remedios milagrosos: la dieta de la alcachofa, la dieta del pan con pollo, el método Montignac, la dieta del cucurucho, la dieta del suero y el sudor, la dieta de las calorías y ahora, me cuentan, la dieta de los puntos, que viene a ser como lo que hace la DGT pero marcando la comida en vez de los coches: una cervecita, un punto; una tapita de jamón, tres puntos. Tiene usted un cupo de puntos por día y si se pasa por la mañana, despúntese por la tarde noche.

Lo curioso es que a veces funciona. Y, sí, podemos por fin meternos aquel bañador o aquellas bermudas o esa camisa de flores que compramos de rebajas (por qué todo el año no es rebajas es algo que escapa a mis cada vez más cortas entendederas), sabiendo que en el fondo vivimos la inversión del dicho pan para hoy hambre para mañana. Pasamos hambre un mes y pico, nos bebemos potingues de proteínas que tienen pinta de estar asquerosos, se nos ve en los centros comerciales dando vueltas y más vueltas, sin decidirnos, a la comida macrobiótica, que da cierto repelús nada más que leer de qué está compuesta, y al final de todo, por mucho que renunciemos, nos espera el pan mañana. O pasado mañana.

Y es que no se puede, de verdad, por mucho que usted lo intente, señora: que el verano es largo-largo (si es que este año llega, que lo dudo, para mí que ha emigrado con la crisis esta), y empezarán a llegar los caracoles del Nebraska, y los tintos de verano, y las piriñacas en la playa, y las barbacoas en el chalet del cuñado antes de que podamos dejar los muebles y manchar la playa en la barbacoa del Carranza, y el gazpachito fresco, y las cervezas bien frías y las caballitas en el Tío de la Tiza…

Que será vuelta a empezar, que se lo digo yo, que también he pasado por esto, y varias veces. Que si vive usted en Estocolmo y hace un frío que es el colmo puede pasarse las horas encerrado en casa como un personaje de Ingmar Bergman, pero aquí, con el sol, la playa, lo malas que son las teles en verano (parece increíble que puedan superarse a sí mismas), ¿quién se queda en casa haciendo de monje cartujo por un quítame allá estas cartucheras?

Al final, en las rebajas, acabamos por comprarnos ropa más grande y santas pascuas. Y, conforme el verano avanza, se va notando la degradación en el vestir, que a veces, a pesar del levante, parecemos los caribeños del anuncio donde se estresan. Paciencia, ya lo conseguiremos el año que viene.

Publicado en La Voz de Cádiz el 08-06-2009

2009-06-08

1949. 8 DE JUNIO




Mayo de 1808. Mientras España se alza contra el invasor napoleónico, la ciudad de Cádiz está a tiro de la flota francesa, anclada en las aguas de la bahía.

El pueblo quiere unirse a la guerra, pero Solano, el gobernador militar, sabe que en esas condiciones es un suicidio. Mientras trata desesperadamente de ganar tiempo y negociar una alianza con la flota inglesa, hasta entonces enemiga, la rebelión popular es imparable...



El segundo libro de la serie, con dibujos de Alberto Foche. Lo presentamos el miércoles 10, a las ocho de la tarde, en la Diputación de Cádiz. Y el sábado 13 a mediodía en la Muestra de Cómic Ciudad de San Roque.

El artista no puede trabajar sólo con el corazón: tiene que controlarlo con la cabeza.


Esta bellísima historieta demuestra que quizás nunca será posible pasar página. Una bomba en la noche y la humanidad es devuelta a la casilla de salida, envolviendo a los múltiples protagonistas de El último recreo en la pesadilla postnuclear más terrible, en tanto el mundo que parte de cero tras esa explosión lo hace también sin guía ni tradiciones, sin referentes y sin cultura. La situación que viven Mad Max y otros ilustres parientes cinematográficos o literarios (Ay, Babilonia o La Tierra permanece) no es más espantosa que esta enorme ciudad anónima, convertida en patio de recreo para los únicos supervivientes de la humanidad: los niños.

Con algún toque de El señor de las moscas, los capítulos de esta serie nos van mostrando los esfuerzos de los niños escapados de la hecatombe por sobrevivir en una sociedad que de pronto les ha dado la espalda, una sociedad que no pueden ni saben reconstruir, pues la vida en ese jardín del edén que al principio parecen las calles desiertas va trocándose poco a poco en trampa opresiva donde los distintos grupos se organizan en bandas que extorsionan y roban y matan y explotan, convirtiéndose en remedo de la sociedad adulta cuyo legado tanto temen. Por encima de las disputas por la comida, los abusos de poder de los pequeños caudillos o las bromas inocentes por proteger su reino ("El monstruo") flota siempre el espectro del pecado original, la maldición de morir cuando la pubertad alcance a los niños y la bomba sexual cause su efecto en ellos.

Y ese fantasma del futuro temido aparece en las entregas de la serie desde el principio: la niña que juega a ser madre con su muñeca; la pequeña Andrea del Cuore y sus poses de estrella y su jugueteo con los niños (y qué sintomático verla en la última viñeta de su episodio remedando la pose clásica de Marilyn Monroe en La tentación vive arriba); los cadáveres de niños desnudos rodeados de revistas pornográficas, en claro reguero de actos de masturbación o sodomía; los intentos de violación que acaban en agonía y asfixia. Junto a esa factura terrible de la humanidad hacia sus herederos, el espanto que impide la colaboración, la imitación de los viejos clichés, la búsqueda de una pistola que augure poderío sobre los otros desgraciados ("Con la ayuda de papá"), los intentos de crear una supremacía sobre los demás niños, bien sea por parte de algún adulto escapado a la muerte por su condición de eunuco ("El rey de la ciudad") o de otros niños convertidos sin saberlo en adultos ("El rey Arturo", "El hombre"). Antes de que su desarrollo físico convierta a los pequeños en cadáveres o en imitación de sus padres, es la propia sociedad en ruinas la que hace de ellos cómplices del pasado, condenándolos a repetir los mismos errores que desembocaron en la tragedia.

La sensualidad que desbordan los dibujos de Horacio Altuna refuerza enormemente el peligro de la llegada de la pubertad y esa promesa de muerte o goce sobre la que caminan los pequeños. Los niños no comprenden su pasado ni su futuro, y alguno hasta se niega a admitir el presente en el que vive, prefiriendo arrancar las páginas finales del libro que lee para que el héroe no muera, incapaz de unirse al héroe que pudo ser su amigo y quizá causando sin quererlo su ejecución. En el éxodo inevitable de la ciudad envenenada al campo se halla un capítulo magistral, "Cosas que quedan en el camino", quizás la primera reflexión de los niños sobre su situación, la renuncia inevitable a todo aquello que un día tuvieron: juguetes, ropa o videojuegos. Sin saberlo ellos mismos, es la primera decisión racional que los convierte en adultos. Y qué hermoso ese final abierto, donde Trillo y Altuna nos convencen de que pesa más la libertad y la elección de la vida y el despertar de los sentidos que la amenaza inevitable de la muerte.