La verdadera ultimatización del universo Marvel no está en la línea de cómics divergente (y desaparecida), sino en el cine. La nueva versión de personajes que tienen ya sobre sus espaldas tres cuartos de siglo (como el que nos ocupa) no se está haciendo en el papel, sino en las pantallas (de cine, televisión o incluso videojuegos). De esta manera, argumentos y caracteres que los lectores conocemos desde hace décadas se transforman, se ofrecen como nuevos para públicos nuevos. Dejan de ser cómics para convertirse en iconos de otra cosa, una nueva moda, apta para todos los públicos casi siempre, lo que quiere decir para espectadores no freaks, no en el ajo, que es donde está, mal que nos pese, la parte importante de todo este negocio: el dinero que da la mayoría.

Repitiendo a su aire el esquema de crossovers que Stan Lee (y hablo ahora del Stan Lee editor) creó con su pequeña editorial en los años sesenta, el cine que ha absorbido a aquella editorial con problemas económicos y al borde de la bancarrota (recuerden ustedes la suspensión de pagos allá por el año 2000), ha vendido su stock y parece que lo ha hecho bien, en tanto la invasión de los superhéroes marvelianos, desde dentro de la propia empresa reconvertida a productora como de las otras productoras a las que hipotecó antes algunos personajes emblemáticos (Spider-Man, X-Men, Fantastic Four, etcétera) es tan apabullante que no deja tiempo a la sorpresa. Imagino que para el espectador neófito, para el adolescente que se inicia en esa mezcla de melodrama, aventura, efectos especiales y testosterona superheroica debe ser una experiencia única, como lo fue para los que vimos aquello mismo en papel, hace tanto tiempo, de una manera algo más propia y (quizás) más redonda.

Enlazando una película con otra, jugando a los referentes, Marvel Studios ha conseguido crear una sensación de universo más o menos coherente (siguen echándose en falta, claro, los personajes vendidos a las otras empresas), con Nick Furia como eje central y los Vengadores como escaparate más o menos vistoso. Que estrellas de primera fila como Scarlett Johannson o Robert Redford o Robert Downey Jr. se presten al juego es indicativo de por dónde se mueve el mercado. Imagina uno que en España se consiguiera hacer algo así y a ver si alguno de nuestros divinos actores sería capaz de jugar a este juego.

La segunda entrega de las aventuras del Capitán América ejemplifica que el proceso de prueba y error iniciado con Iron Man ha culminado, por fin, en una cinta que puede verse como cine de acción y no solo como el trasvase más o menos acertado de un personaje de papel al cine. Si ya la primera entrega, por lo menos hasta la traca final, conseguía hacer ver que el Capitán América es quizás el personaje que mejor puede funcionar en pantalla (es la única película donde el relato del origen es más interesante que todo lo que viene luego) aquí se abunda en esa misma idea: como en los años sesenta, pero ya ha llovido, Steve Rogers es un desclasado, aislado de su tiempo, un patriota que conserva su integridad (y su liberalismo), y que no solo no entiende los matices del mundo moderno y la tecnología, sino los quiebros y piruetas que ese mundo moderno ha acabado por adoptar con tanto descaro que parece que fueran sus enemigos (en la ficción del cine y en la realidad de nuestras vidas) quienes hubieran ganado la guerra.

La película es una excelente película de acción, quizá la mejor de todas las que se han hecho de los superhéroes hasta el momento: el referente Indiana Jones de la primera película se transmuta aquí en James Bond, y es bueno que el personaje no tenga superpoderes exagerados y lo veamos sufrir, dañarse, sangrar y enfrentarse prácticamente a manos desnudas, con escudo o sin él, a todo el montón de obstáculos que se le ponen por delante, desde un caza armado hasta los dientes a dos docenas de maromos en un ascensor. Si Robert Downey Jr convirtió a Tony Stark en sí mismo, Chris Evans se mete en la piel de Steve Rogers como si hubiera nacido para interpretarlo: es apuesto y desvalido al mismo tiempo, ingenuo y pícaro, duro y tierno. Lo vamos a echar de menos cuando abandone la franquicia... y el abandono de la franquicia se ve a la legua en esta película.

Los guionistas tiran sin disimulo no del Capitán América, sino de aquella miniserie de Nick Furia contra Shield, y la mezclan con la quizá demasiado reciente saga de El Soldado de Invierno. De hecho, la importancia de este personaje en el devenir de la película es prácticamente anecdótica y el argumento podría haberse desarrollado igualmente sin él, en tanto la riqueza de su pasado apenas se insinúa y la tercera película irá en esa dirección. Más adecuado, en mi opinión, habría sido llamar a este film "Capitán América contra SHIELD" y dejar este título para la tercera entrega. Pero doctores (Extraños) tiene Marvel.

La historia de espías, donde nadie se fía de nadie, las escisiones de SHIELD, los malos infiltrados, las persecuciones, la presencia en la sombra del malo malísimo, incluso la versión más o menos moderna de personajes como el Halcón o Arnim Zola es interesante, bien contada, trepidante. Los momentos de pausa no hacen sino revalidar la enorme riqueza emocional que Stan Lee (sí, Stan Lee, no los creadores originales) supo añadir al personaje, creando un ente nuevo que sobrevive hasta nuestros días.

Menos me convence la idea de que en la organización de espías han estado in albis toda la vida, que Hydra inmortal Hydra tenga miles de malosos infiltrados en todas partes. La película habría salido ganando si, en vez de Hydra, nos hubieran presentado, incluso descafeinado, lo que no deja de ser un golpe de estado del Imperio Secreto, o cómo los políticos y sus seguidores actúan no por maldad intrínseca (como parece el caso), sino por eso tan doloroso que experimentamos en la vida real cada vez más: por pragmatismo. Que Robert Redford, con su pasado casi izquierdoso, haga de malo aquí parece indicar que por ahí pudieran haber ido los tiros.

El status quo del universo Marvel cinematográfico queda patas arriba al término de esta película, algo que afectará a la serie televisiva de los hombres de Coulson y que habrá que ver cómo se menciona en la próxima entrega de esta "fase dos" (miedo da la "fase tres") de los personajes marvelianos.

Hay un par de huevos de pascua divertidos. O dolorosos, según se mire. Porque ver cómo Sharon (no sabemos su apellido) acierta en la diana de su blanco como nueva agente de la CIA tiene su aquel, no me digan ustedes...

2014-03-14

PEPE-4



Hay demasiadas ocasiones en que servidor de ustedes no comprende cómo Carlos Giménez no tiene hoy en día la veneración que se merece desde hace décadas. Carlos lo ha dado todo y lo ha hecho todo en el mundo del tebeo, desde la ciencia ficción a la historia, desde el humor a la crónica, desde la sátira periodística a la autobiografía. Y siempre desde su categoría de narrador impresionante, imprescindible, explorador antes que los demás de géneros y recursos dentro del medio. Se nos van los elogios a autores extranjeros, nos escudamos en distinguir tebeo o cómic de novela gráfica cuando Giménez, insisto que desde hace décadas, tendría que ser un referente de todo y para todos. To boldly go where Gimenez has gone before.

La última empresa del genio es relatar en historieta, en cinco álbumes, la biografía de Pepe González, lo saben ustedes. Una aproximación que en ocasiones parece un palimpsesto de su célebre obra anterior, Los Profesionales, donde sólo el nombre de Pepe González figura sin disfraz y donde editores y autores (Toutain o el propio Giménez) aparecen camuflados o con nomenclatura diferente a la del pasado.

La historia de Pepe, así, se nos muestra como una acumulación de anécdotas, momentos vividos, recordados o relatados donde el genial autor de Vampirella demuestra su arte y su incapacidad de orden en el mundo caótico que lo rodea y del que se rodea. Hay muchas risas en los álbumes anteriores, un tanto de repetición machacona al respecto de su enorme valía como dibujante y su falta de interés por muchas cosas.

Pero el retrato se empaña en este último álbum, el penúltimo, donde empezamos a asistir al deterioro físico y personal de Pepe González. Las risas se convierten ahora en un nudo en la garganta: hay tristeza, hay soledad, hay ese sentido inevitable de luchar contra la muerte. Pepe asiste a su decrepitud física, a la vejez, al descuido y la desidia, a la enfermedad y el desorden. Y nosotros con él sufrimos todo eso, como una avanzadilla de lo que también nos esperará algún día.

Giménez no quiere contar el mundo de la noche que al parecer fue también parte indivisible de la historia personal de Pepe González. Quizá no le hace falta. En este álbum permea la idea de indefensión, de desastre inmimente, y ni siquiera un gran desastre: el final que nos aguarda a todos, como ya le ha alcanzado a Truffaut-Toutain en su historia, como le alcanza al mundo de las agencias y las revistas. Las últimas páginas son una reflexión en voz alta, un lamento por la pérdida desde la experiencia y la sabiduría.

Giménez no está haciendo solamente biografía de otro autor. Está haciendo biografía de un medio, de una época, de nosotros.

Está haciendo biografía de sí mismo.



Ahora falta que hagamos un carnaval a la altura.

2014-02-20

ROBOCOP 2014



En el fondo, era inevitable que el único superhéroe del cine de los ochenta que no procedía de los cómics quiera sumarse al carro de los personajes de los cómics que inundan el cine. El problema del nuevo Robocop, que inició de la mano de Paul Verhoeven una larga franquicia que tuvo una no menos larga agonía en varias secuelas, una infausta serie de televisión con actores de carne y lata y otra no menos infausta de dibujos animados, es que veinte años más tarde cuenta más de lo mismo y ni siquiera lo cuenta igual, sino peor.

El Robocop original era una historia intrascendente y algo exagerada que estaba tan cargada de mala leche que resultó profética. Iba limitadita de presupuesto y no tenía más complicación que el mecanismo de un botijo, pero funcionaba muy bien y, en aquellos tiempos de efectos especiales que hoy nos parecen del cuaternario, causaba hasta asombro.

El nuevo Robocop tiene el problema de enfrentarse a aquella película y querer ser un remake, cuando podrían haber asumido directamente lo que la(s) otra(s) películas ya contaron y repetir el experimento con otro policía hecho chiribitas que no fuera ni se llamara Murphy. Porque la película pretende distanciarse y casi lo logra en tanto se dedica mucho más a explorar el dilema humano-robot o el componente ético (y hasta familiar) del experimento que la caza de los malos. Este Robocop de armadura negra se colapsa en seguida, realiza sus detenciones casi off camera, y dedica la última media hora de película a investigar su propia muerte y a llegar a conclusiones detectivescas, localizando al malo, que parecen tan sacadas de la manga que resultan inverosímiles. Todos sabemos que el pobre Michael Keaton es el villano, pero no está bien explicado ni es convincente.

La peli se rodea de al menos cuatro actores que han aparecido en diversas películas de superhéroes: el citado Keaton, el insoportable Samuel L. Jackson, un repulsivo y poco creíble e insuficientemente explorado Jackie Earlie Haley (o sea, para entendernos, el fulano que estaba debajo de Rorschach), y el grandísimo Gary Oldman, que si está inmenso haciendo de malo está todavía mejor haciendo de bueno, y que interpreta al personaje más agradable y mejor logrado de la película.

No lo hace mal el protagonista, aunque su cuerpo blindado no engancha tanto como el original, ni tiene ese peso en movimiento que aquí comunica el sonido. No hay ningún atisbo de crítica social (con la que está cayendo ahora mismo en Detroit, precisamente), y el alcalde y los ricachos no tienen ese reverso tenebroso de la peli original. La violencia es profundamente light: Robocop dispara cargas paralizantes.

Se deja ver toda la primera hora, el proceso de Frankensteinización de Murphy, y empieza a perder fuelle desde el momento, demasiado apresurado, en que el Robocop se enfrenta a tropecientos robots y se los carga. Luego ya el desenlace es puro trámite.

Doctor Q: Manuel Dicenta
Segundo Doctor: Manuel Alexandre
Tercer Doctor: Pablo Sanz
Cuarto Doctor: Valeriano Andrés
Quinto Doctor: Pedro Osinaga
Sexto Doctor: Paco Valladares
Séptimo Doctor: Raúl Sender
Octavo Doctor: Eusebio Poncela
War Doctor: José Sacristán
Noveno Doctor: Jose Coronado
Décimo Doctor: Javier Antón
Undécimo Doctor: Diego Pérez
Duodécimo Doctor: Antonio Dechent


The Master: Pastor Serrador/ Luis Tosar



En estos días en que tengo el blog algo desatendido, porque no tengo nada interesante que contar ni ganas de repetirme y me muerdo la lengua porque no me fío de cómo anda el patio, llega como todos los años el carnaval de Cádiz.

O eso que se le parece cada vez menos y que a muchos gaditanos nos repele cada vez más. Empieza esta noche el Concurso Oficial de Agrupaciones, o sea, el Falla de toda la vida, con ausencias notables, los deberes por hacer, un reglamento que no gusta a nadie, la polémica ya servida porque no dejan acceder a los medios online, y con un montón de días por delante para soportar agrupaciones que no llegarán, muchas de ellas, ni a los niveles de calidad que tienen muchas agrupaciones callejeras, esas que los exquisitos del concurso siguen llamando ilegales.

Tres semanas largas de preliminares donde las emisoras y las teles locales darán la brasa con lo bien que está todo en Cádiz y donde las agrupaciones defenderán las acciones de Gamonal pero ni se les ocurrirá criticar más cerca y donde al final todos correrán a hacerse la foto con el político de turno o a actuar el sábado a la capital andaluza (que ya podía, por cierto, la capital andaluza, esperar a que terminara el carnaval en Cádiz).

Pues eso, que tampoco ando yo con muchas ganas de carnaval, pero como todavía falta un mes, aquí pueden ustedes ir haciendo boca y comentar lo que se les apetezca. Alfred, que anda con menos ganas de Carnaval que yo, ya avisó que colaborará poco. Esperemos que se desdiga y nos entretenga con su sapiencia.

Tataratachín, tataratachero, el Carnaval de Cádiz abre el telón de nuevo.



7. MADE IN AMERICA

Lo que Lee tenía que contar ya lo contó en su momento. Fue capaz de poner la máquina a punto y echarla a andar, lo cual ya es bastante. Si alguna vez dio la impresión de que era un rebelde al sistema, su salida del mercado por la puerta de plata contradice cualquier impresión de que fuera un luchador por la causa como, ahora, se nos vende la imagen de Jack Kirby o se le niega (por ser aún más individualista y facha) a Steve Ditko.

El mérito de Lee quizá esté más en sus funciones como "editor" que como argumentista. Sus magníficos textos y sus exaltados diálogos podrían parecernos hoy superados, y quizá así sea, pero en su momento rompieron moldes y demostraron que había que leer los bocadillos para disfrutar de un tebeo. Los dibujos de Jack Kirby se leen y admiran solos, pero son los diálogos que inserta Lee, los cambios que Lee fuerza, los engaños que Lee escamotea (por ejemplo, la discusión respecto a la cicatriz diminuta de Doctor Doom, según quiere absurdamente Kirby; la personalidad de Green Goblin, un tipo anónimo según exige Ditko), son lo que al fin y al cabo han venido a dar la imagen de la casa, la marca de fábrica.

Es posible que Lee no quisiera o no le dejaran continuar siendo el papá sonriente pero tiranuelo dentro de la casa. Es posible que, fuera ya de la empresa los artistas con los que mejor se entendía y con los que más se peleaba (y a lo peor a los que más ideas robaba), él mismo se diera cuenta de que diez años en el mundo del comic (diez años de entonces, equivalentes a unos dos de ahora) son demasiados, más de una o dos generaciones de lectores. Es posible que, al dictado el género de terror y de kung-fu que se imponía, con el despertar de la Distinguida Competencia y la aparición de títulos más "adultos" y con el marchamo de "cualité" al que desde entonces ha jugado DC a falta de poder desarrollar algo interesante en sus series más señeras, Lee comprendiera que su época como guionista y multipoderoso editor de todos los títulos de la casa había pasado. Una generación de nuevos lectores, dibujantes y escritores necesitaba una nueva generación de editores, y fue entonces cuando Lee se convirtió en el relaciones públicas de sí mismo que hemos aprendido a admirar y a repeler, identificándose quizá sin trasfondo real con la maquinaria que es Marvel (aquello de "el estado soy yo" pero en tebeos), publicitando productos inferiores cuando no horrorosos fuera del género para televisión o videojuegos (nunca cine), donde se saquean sin disimulo guiones de comic-books a los que se altera orden y significado, quizá porque todo vale una vez el tebeo está terminado y cobrado...

Stan Lee ha vendido siempre su imagen sonriente de abuelete insertado en el sistema, de creador millonario, despreocupado y feliz. Sabemos por otros autores que Marvel no los ha tratado bien, o que ha destrozado sus ideas o sus derechos, pero Lee jamás ha dicho esta boca es mía. Si ha tenido algún roce (que debe haberlos tenido, claro) con los "powers-that-be", con la gente que estaba y está por encima, nunca ha levantado la voz por la cuenta que le trae. Y aunque no se hablara ya con Ditko o con Kirby reconozco que jamás he leído más que alabanzas por su parte hacia sus compañeros de fatigas creativas. Quizá en eso, como en tantas otras cosas forzadamente alegres e intrascendentes, Lee no sea sincero. Mucho más que Kirby, casi a la altura del hosco Ditko, Stan The Man sigue siendo un desconocido escondido tras la cortina de humo de su sonrisa de gato de Cheshire.

Me da la impresión de que a Stan Lee nunca le ha importado demasiado el enorme potencial de lo que él y otros han creado; o, para ser más exacto, que no se lo ha tomado demasiado en serio. Y quizá hace bien.

A fin de cuentas, son sólo tebeos.



6. EN LA CRESTA DE LA OLA

Siendo un magnífico escritor, con un sensacional sentido del tempo narrativo y del drama, resulta curioso que los personajes más emblemáticos y significativos del universo marveliano se le discutan o que él mismo reconozca son creación de otros. Es el caso de Estela Plateada, que a pesar de ser creado de rondón por Jack Kirby es "usurpado" por Lee poco después y acaba por ser, junto con Spider-Man, su personaje más característico.

Silver Surfer, dibujado por los hermanos Buscema en uno de los más bellos ejercicios de exhibición anatómica plateada y de poses declamatorias (y de sexo encubierto, ah, Mefisto y Shalla-Ball), constituye el punto álgido de Lee como escritor, y también, curiosamente, su más sonoro fracaso. Cierto que eran tebeos dobles, más caros, y que hubo según confiesan problemas de distribución que dieron al traste con el experimento. Pero a pesar de los maravillosos dibujos y de los hermosísimos monólogos de Estela Plateada el lector no puede desprenderse de la sensación de estar leyendo un peñazo inaguantable.

Estela Plateada es el personaje de Lee llevado al paroxismo pacifista, el quiero y no puedo definitivo, un tebeo adulto como eran los tebeos adultos hace dos o tres décadas, infantil a ratos, profundo sin sonrojo. El marginado definitivo. El mártir absoluto.

Y también el personaje con el que Lee, en más de una ocasión, trata de escapar al Universo Marvel. Ya la novela gráfica (recientemente reeditada) realizada con Jack Kirby se juega a la peligrosa baza de tratar de "aislar" al surfero plateado del resto del universo de papel, en peligroso movimiento que hace que, por ejemplo, los personajes Marvel (y también DC) no valgan un pimiento fuera del género, pues falta el contrapeso de todos los otros personajes y el contexto del universo para darles equilibrio (¡toma nota, Hollywood!).

Cuando Lee inicia la serie del Surfer, lo hace con otros puntos de vista, y son contados los otros superhéroes (Thor, Fantastic Four, Spider-Man) que asoman a sus páginas. Estela Plateada ya había tenido sus más y sus menos con Doctor Doom en la serie de los Fantásticos, pero éste no se ve por aquí ni con lupa. Es Mefisto el malo malísimo de este título. Y, para demostrar que Lee es un chico muy leído que adora la ópera, hasta el Holandés Errante se permite hacer una incursión por sus páginas. Y el monstruo de Frankenstein, en una nueva y tediosa revisitación después de su puesta al día bajo la piel verde de Bruce Banner. Y los badoon como raza extraterrestre-futura no conocida en el universo marveliano del momento.

Silver Surfer es un tebeo extraño. El primer número, donde se narra el origen del personaje, entra en absoluta contradicción con lo contado ya en la serie de los 4F: pues si Norrin Radd ya era noble, bello e idealista allá en su planeta de calvos, antes de que Galactus le diera su capa de barniz titanio, ¿a qué venía entonces su súbito cambio de actitud y su revuelta contra Dios, la "humanidad" aprendida de Alicia Masters, lo injusto de su destierro en la Tierra? O Lee no se acordaba o no le interesaba. Tuvieron que llegar luego otros, claro, y enmendarle la plana, y explicar la amnesia provocada por Galactus al darle los poderes y todo eso. Siempre es bueno tener a los subalternos al quite.

Después del origen cósmico, el resto de la serie es un incesante vagabundeo en busca de respuestas, palabras huecas y metáforas hermosas que a nada conducen (pero dando, ojo, mil vueltas a piruetas sobre vacío como Haxtur), explotando hasta la saciedad el tema de la incomprensión, la falta de solidaridad o la violencia inherentemente humanas. El castigo de reclusión en la Tierra acabará por pesar enormemente sobre la serie, pues Lee jamás llevó adelante ningún paso lógico en las situaciones estancadas de sus personajes, excepto para casar a alguno de ellos, y no es extraño que, agotado en sí mismo el concepto, Estela Plateada volviera a ser un secundario de lujo, ultrapoderoso (que ese pudiera ser otro fallo), relegado a apariciones esporádicas en el título que lo vio nacer. Y tampoco es extraño que, cuando muchos años después volvieran a resucitar la serie, obviaran el bello batacazo de papá Lee y optaran por darle al personaje un matiz spaceoperístico la mar de horroroso, libre de las cadenas impuestas por su pecado de ser hippy bienintencionado y meditabundo en una Tierra que ya no estaba para esas zarandajas.




5. GÉNESIS SIN RUMBO

En la mezcla de lo cotidiano, casi lo cutre, lo romántico, casi lo cursi, y lo épico, casi lo desaforado (y pueden ustedes si quieren quitar los "casi"), Stan Lee y su Bullpen encontraron un filón. Está también, claro, el humor, pero éste se desarrolla más en los comentarios de los superhéroes entre torta y torta con los que el scripter tiene que justificar que anda ahí dentro metido. Las situaciones visuales (y cito de memoria) son escasas, más cosa de Ditko y Kirby que del propio Lee, me parece. Al menos, no es por el sentido del humor por lo que Lee-guionista pasará a la historia, creo, sino por el agobiante afán de trascendencia de sus personajes. Otra cosa, claro, es el Lee-mercader que anuncia su producto desde la "Stan´s Soapbox" y se presenta al público como un colega algo canoso, con peluquín muy bien colocado, capaz de utilizar una verborrea propia con la que no le entiende ni dios... quizás para hacer creer que "está en la onda" de la juventud o la infancia que le sigue y a la que divertidamente alecciona.

Si quieres arroz, toma dos tazas. Si un personaje de comics tiene éxito, adelante con los faroles. A crear otro. Mientras que otros autores sólo serán recordados por una creación (Bob Kane con Batman, por ejemplo; Siegel y Shuster con Supermán; Chester Gould con Dick Tracy), Lee, Kirby y compañía, dignos herederos de gente como Will Eisner y su estudio, dieron en crear un tropel de personajes en pocos años, hasta crear eso que se ha llamado "The Marvel Age of Comics". Todos ellos ya tenían a sus espaldas años de creación de títulos efímeros, de multitud de otros personajes mejos afortunados, y quizá ninguno creyera que los nuevos y extraños, extrañísimos superhombres fueran a durar, tras los palos y hundimientos de la industria del comic-book en los años cincuenta, más de unos pocos meses. Eso podría explicar que los orígenes de los superhombres y hasta la dirección de muchas de las series sean tan débiles, tan oscilantes.

No hay más que ver los cinco o seis primeros años de Marvel para darse cuenta de que ni Lee, ni Kirby, ni Ditko ni ninguno de los demás tenía nada claro qué estaban haciendo. Los argumentos de los primeros tebeos de La Masa, de los cuatro efe, de Thor, son sempiternas repeticiones de los tebeos de monstruos y las invasiones extraterrestres o comunistas. En absoluto, en modo alguno, hay sensación de que se esté creando un "universo" fantástico.

El personaje marveliano ("¿Leeiano?") se va definiendo poco a poco, a partir del esquematismo a veces absurdo de las líneas directrices del tebeo de presentación, el "origen" de unos héroes que, en algún que otro caso (Hombre Hormiga), no tiene empaque para ir más allá de esa historia singular. La ganancia y la pérdida son, ya se ha dicho, parte consustancial a la creación de los nuevos mitos: telépatas paralíticos, ciegos con sentido del radar, forzudos sin belleza y/o inteligencia. Pero pasa mucho tiempo antes de que, por ejemplo, La Masa se asiente como algo más que un mero científico perdido en el desierto que deshace mes sí mes no planes comunistoides, o que Thor se presente como verdadero dios del Trueno y se asuma la mitología escandinava como "real"... o que se revele siquiera el origen de Doctor Extraño como versión tebeística de "Horizontes Perdidos" (muchos referentes marvelianos están en el cine: Ronald Colman es, claramente, Stephen Extraño. Y el no menos olvidado Howard Hughes el inspirador del rancio Tony Stark).

No es extraño que en la orgía creativa que supone el petardazo del Universo Marvel Lee (y Kirby) lanzaran sólo el primer número de una serie y luego dejaran en otras manos, normalmente menos hábiles, su continuación o desarrollo. Y no es extraño, claro, que esas ideas fueran en ocasiones pésimamente desarrolladas, o que algunos de esos personajes no merecieran la pena. Recuérdese, insisto, la creación de Thor, o de Iron Man, o la falta de dirección de los X-Men (pese que a Lee y Kirby aguantaran un poco más en este título), o el fracaso que supuso La Masa en sus seis primeros números antes de refugiarse en otro título y seguir tirando. Tendría que ser la vuelta más serena de Lee y Kirby a algunos de esos títulos (Thor), o la llegada de savia nueva (Roy Thomas, el padre putativo del Universo Marvel, el autor que le da la cohesión y el sentido de evolución conjunta que antes no tenía), lo que recondujera a esos personajes y esos títulos que aún perduran, con altibajos, a veces misteriosamente, hasta nuestros días.

¿Por qué unos personajes son un éxito y otros más o menos se aguantan? Quizá ni Lee pueda explicarlo. Yo tengo una explicación más sencilla. No todos los guionistas (ni todos los lectores) son-somos cirujanos, abogados, multimillonarios, científicos, extraterrestres o telépatas. Pero todos hemos sido adolescentes, hemos ido al instituto, nos ha partido la cara el matón de la clase. El gran éxito de Lee (y Ditko) está en la plasmación cuasi-real de unas situaciones por las que más o menos ha pasado todo el mundo. Por eso, que no por otra cosa, triunfa Spider-Man. Y quizá porque Lee no tiene estudios universitarios, y se queda cojo creativamente cuando Ditko se cabrea y se marcha a otra parte, la serie del Hombre-Araña pega un notorio bajón argumentístico con la llegada de Romita Senior, incluso cayendo por una temporada en manos de Don Heck, y no es revivida hasta la irrupción de John Buscema primero y de Gil Kane después, confinando a Romita a las tintas y a "embellecer" como sólo él sabe el producto. Pero, alardes gráficos aparte, la universidad a la que Peter Parker asiste no es real, no desprende ese tufillo a conocido que desprendía el colegio. Su adolescencia pre-adulta de "integrado" marginado solo a veces, choca de plano con los primeros tiempos de inconformista "apocalíptico" a su pesar. Casi podríamos decir que llega un momento en que Peter Parker, pese al dibujo más estilizado y su integración en una sociedad más "real" donde se abordan de tapadillo problemas "reales", ya no es nosotros, ya no es un adolescente donde se refleja el público como en un espejo, sino un cuarentón o cincuentón llamado Stan Lee al que en más de una ocasión se le nota el peluquín y el plumero en su afán por mostrarse moderno. Una lectura atenta (e injusta) de todos los tebeos de Amazing Spider-Man en orden nos revela eso, que con Ditko la serie parecía tener un sentido de búsqueda y que sin él, con Lee a solas, va a la deriva. Hay momentos magníficos (la llegada de Romita padre fue por la puerta grande guionísticamente hablando; la saga de la tableta de piedra es de las mejores que se recuerdan; la trilogía de las drogas), pero en conjunto no puede dejar de advertirse una especie de laxitud en las aventuras, en las situaciones familiares o amorosas, un estancamiento de Peter Parker en su vida y de Lee en sus guiones.

Y si eso le ocurre al héroe más sencillo de todos, más cotidiano, el que tiene más puntos en común con cualquier lector (insisto, no todos somos neurocirujanos, brujos ni abogados), pues comprueben ustedes con los otros personajes. Y recuérdese lo débiles que son las mujeres creadas por Lee. No hay que remontarse a Hulka para ver dónde el guionista estaba fuera de pie.

Se ha dicho, en mi opinión equivocadamente, que Fantastic Four era el centro del universo Marvel. Quizá lo fuera para Stan Lee, pues a fin de cuentas se trata del primer título de la casa, la primera familia, o que eso pretendiera la editorial. Para los lectores que fuimos, el centro del universo Marvel, la serie de series, el título donde todo encaja y tiene sentido y se relaciona (y nos hace decir aquello de "toma, claro") es The Avengers. Y ese título se convierte en la serie central cuando Roy Thomas se encarga de los guiones. Urge un estudio sobre la figura mítica del Rascally Roy, el primer fan en dejar de serlo, el hombre que es capaz de anudar los hilos e incluso trenzar hacia atrás, hacia la Edad de Oro, el universo Marvel.

Porque Lee, en los Cuatro Fantásticos, apenas si hace ir presentando personajes de forma más o menos descarada para después lanzar o relanzar sus títulos propios. Hoy el Hombre Hormiga, mañana Pantera Negra, después Him, con algún ocasional y repetitivo encontronazo con La Masa por aquello tan original de quién es más fuerte, la Masa o la Cosa, o los pintorescos crossovers entre Vengadores por un lado y Patrulla-X por otro. Es sabido que Lee se equivoca continuamente en los nombres de sus personajes, que no le importa el pasado de Timely-Marvel para lo que está contando, lo que lleva a cometer errores de bulto que luego los "archiveros locos" de la continuidad han tenido las agallas de resolver: Que Steve Rogers se enamorara de una agente Sharon Carter en los años sesenta cuando en los años cuarenta lo hizo de una tal Peggy Carter es casualidad pura, despiste puro, ignorancia pura. Demasiado heavy que se enamorara de su propia hija ilegítima, ¿no? Menos mal que luego llegó Steve Englehart y lo solucionó diciendo que eran hermanas que se llevaban más de veinte años, aunque estuviera traído de un pelo. Y tres cuartos de lo mismo con Rick Jones como sustituto-doble físico de Bucky Barness.

Lee no era demasiado consciente, me parece, de la creación de una supraentidad llamada Universo Marvel, y detalles como estos lo demuestran. Quizá, en el fondo, eso fuera bueno, pues cada serie acaba por tener su propia personalidad diferenciada, sus propios secundarios de postín, y los escasos crossovers que entonces eran quedaban para momentos álgidos, acontecimientos verdaderamente únicos y festivos.

Nada de ese candor, de ese juego descubridor e intrascendente, queda ya ahora.



4. LOVE STORIES

El otro gran hallazgo de Stan Lee es algo más risible, quizá menos trascendente pero igualmente importante. El atractivo del universo marveliano se basa en el cóctel de aventura y melodrama. Es decir, Lee consigue trasladar los ingredientes del "tebeo de niñas" (y no olvidemos su experiencia en los guiones para Millie the Model y otros tebeos románticos) al mundo de la aventura.

Dale Arden fue siempre una boba. Diana Palmer casi lo mismo. Dragon Lady demasiado cañera. Sólo Aleta pudo dar a Prince Valiant el tono justo entre aventura amorosa y realidad matrimonial cotidiana tan ajena al mundo de los comics. Stan Lee toma los tópicos más manidos del tebeo de niñas y los conjuga con su universo desquiciado, logrando interesar en el romance a lectores que, de entrada, son masculinos. Veámoslo: una secretaria enamoriscada de su jefe, un abogado cieguecito; una enfermera loquita por su médico, que es cojo; una adolescente que se pirra por los bellos ojos de un tipo que podría dejarla en el sitio si se quitara las gafas ahumadas; una ciega emancipada que ama a un cacho de roca con mal genio; un profe calvorota y paralítico que tampoco hace ascos a un romance con la pelirroja de antes, que podría ser su hija; un ángel literal que trata de ligar con la misma chavala, que además de maravillosa es única; una chica que no debió de pasar de hacer un cursillo de corte y confección del PPO, enamorada de un científico canoso, estirado y algo despistadete con quien al final acaba por casarse, toma braguetazo; la hija de un militar reaccionario que en vez de enrollarse con un hippy fumador de porros lo hace de un monstruo verde, que para el caso viene a ser lo mismo; un multimillonario gallardo y calavera que masacra vietnamitas con dolor de su corazón y que para que le siga latiendo debe llevar una lata debajo del traje y la corbata, vaya incordio. Y no mencionemos ya los amores y desamores de cierto adolescente con complejo de culpa que no se come una rosca en su vida y que, al final, superado Lee, hasta verá cómo el malo de turno lo deja compuesto y sin novia.

Son topicazos, situaciones salidas de un tebeo de "Azucena" que habríamos arrojado con desgana y choteo a la cara de nuestras hermanas mayores. Pero que, al mezclarse con el olimpo enloquecido de los personajes marvelianos, acaba de redondear el círculo. Porque el abogado cieguecito se toma por las noches la justicia por su mano, en una curiosa negación de todo aquello en lo que debería creer, y se vuelve un auténtico diablo; y el médico cojito se convierte en melenas con casco pero sin moto y vuela que se las pela (y habla con ritmos intraducibles, ay); y el novio de la ciega se lía a dar mamporros y a retorcer farolas como nadie; y el científico despistado sabe de cohetes y de cosas cósmicas y además se estira como el de los chicles Boomer y aunque sea muy serio no veas cómo se explica cuando hace falta.

Y claro, el adolescente que no se comía una rosca, además, tenía problemas de desahucio, de dioptrías, le pegaban los matones del cole y era un empollón de no te menees, y tenía que comprarle medicinas a su pobre tía enferma (porque, para más inri, el chaval era huerfanito de padre, madre y tío), que tenía ataques al corazón o a donde fuera en los momentos más inoportunamente excitantes.

Lo dicho. Melodramas radiofónicos, tebeos de niñas aliñados sabiamente para el consumo de adolescentes con complejo de culpa. Cuando Claremont llegó a la Patrulla X y explotó el rollo de "soy distinto, soy infeliz, pero en el fondo soy bueno, dame una oportunidad, dame algo", no estaba haciendo más que aumentar la bola de nieve que papá Lee había echado a rodar.

Porque, y aquí viene lo importante, todo el cachondeo inevitable de estas situaciones puramente melodramáticas no lo parece. Nos las creemos (¿nos las creíamos?) a pies juntillas. Cualquier otro escritor habría creado un dramón continuado, una soap opera llena de basura, inverosímil, intragable. Pero con Stan Lee nos parecía lo más normal del mundo. Todo era evidente, lógico, apasionante. No podía ser de otra forma.



3. EL GUARDIÁN DE LAS PALABRAS

La conjunción Lee-Kirby fue perfecta. Las máquinas ciclópeas, los villanos bigger-than-life, los dioses nórdicos y sus trasuntos galácticos no podían haber tenido, era imposible, otros diálogos que los que Stan Lee redactaba. Sin esa grandilocuencia, sin ese ritmo puramente declamativo, en ocasiones teatral, ni los 4 Fantásticos ni Thor habrían sido nada. ¿O alguien imagina a Galactus bajando de su nave y diciendo "Eh, colegas terrícolas, vengo a chuparos el coco, dabuten, ¿vale?". Pues eso mismo. Si nos remontamos a los tiempos en que todos eramos unos tiernos adolescentes que escapábamos de los "cáspita", "arrea" y "toma jarabe de palo" de los tebeos españoles (y de los "epa, te pillé, sí" de los de Novaro), no será difícil recordar que gran parte del atractivo añadido de aquellas novelitas de viñetas remontadas eran los diálogos. Los superhéroes Marvel de entonces (y quizá todavía los de hoy, aunque para mí que la versión traducida ahora está demasiado comprimida y llena de giros "juveniles" que no existen en el original), se expresaban de una manera propia, grandilocuente cuando la ocasión lo requería (Thor, Odín, Estela Plateada, Doctor Muerte), pseudocientífica cuando venía al caso (Reed Richards, Charles Xavier), oportunamente goliathesca y barriobajera (La Cosa), intrincadamente ocultista (Doctor Extraño), poéticamente salvaje ("Más fuerte que el mastodonte, más fuerte que el oso gigante, poderoso es Ka-Zar, señor de la jungla"), desenfadadamente juvenil y llena de referencias a la realidad inmediata de entonces (Spider-Man, Daredevil), molestamente maternal (Tía May), y a veces empalagosamente amorosa (Sue Richards, Gwen Stacy, Karen Page). Y angustiosamente existencialista en la mayoría de los casos. Sí, no cabe duda. Stan Lee era un dialoguista excelente.

Hay dos grandes hallazgos que Lee introduce en el mundo de los comics. Coherente con su idea de "superhéroes con superproblemas", y supongo que por tener que rellenar con textos escenas donde unicamente se veía al superhombre solo dando saltitos por las azoteas, Stan Lee introduce por primera vez el "dream balloon" con contenido. Me explico. Hasta entonces, el dream balloon (o sea, el globo con más forma de nube que nunca, con bolitas hacia la boca del individuo para indicar que no habla, sino que piensa) no había expresado realmente pensamientos, sino avisado de las acciones que tal o cual personaje pretendía realizar. En muchas ocasiones, ese dream balloon incluso se realizaba en voz alta (sobre todo en los tebeos románticos, a los que llegaremos más adelante). Con los superhéroes de Lee, esos pensamientos no sólo se referirán a obvias cosas por hacer, sino que reflejarán las tribulaciones existenciales de los personajes. No sólo veremos su ansiedad o su impaciencia por el siguiente combate con el villano del mes, sino sus reflexiones por su situación amorosa, su falta de dinero, los suspensos del colegio, la enfermedad de la tía May, el agobio por abrir los ojos y freir a tu contertulio con un rayo de colores...

Es en estos monólogos donde encontramos la verdadera vida interior del superhéroe de Stan Lee, la medida justa de sus problemas y de su personalidad. Ni Corto Maltés, ni Blueberry, ni el Capitán Trueno ni Flash Gordon han pensado ni piensan como los personajes del Universo Marvel. Es gracias a la sabia utilización del dream balloon por lo que llegamos a saber más de los personajes, a identificarnos mejor con ellos, a sentir que sienten como nosotros. Frente a la frialdad de otros personajes del mundo del comic, los superhombres de Lee se presentan así directamente al lector, sin cortapisas.

Y luego, claro, está el detalle genial de que un personaje mudo, hierático y casi incomprensible como Rayo Negro de Los Inhumanos no sólo no hable... sino que no lo veamos pensar. Eso sí que es entender cómo se define un carácter.



2. EN EL NOMBRE DEL PADRE

¿Es de verdad Stan Lee el padre del universo Marvel? Así lo hemos querido ver siempre. Así se publicita. Así quizá él mismo se considera. De todas formas, los tebeos sólo indican "Stan Lee presents", nada más. Los personajes no le pertenecen a él, sino al emporio Disney. La labor inigualable de Jack Kirby, de Steve Ditko, incluso de Don Heck y tantos otros parece ignorarse, silenciarse. A este respecto, cabe recordar la explicación, a mi modo de ver coherentísima, que John Byrne hace en sus Next Men, explicando por boca de sus personajes que no se puede aplicar la situación del mercado de hoy a la de entonces. Todos estos autores, dibujantes en su mayoría, sabían cuáles eran las reglas del juego en su momento, y no sólo las aceptaban, sino que ni siquiera podía imaginarse una situación distinta. No podemos aplicar a las sociedades esclavistas del siglo XVII nuestra forma de pensar de liberales anti-racistas de finales del siglo XX. No podemos reprochar a Kirby o a Ditko que no se rebelaran en su momento contra las condiciones (sin duda injustas) del mercado. Esa evolución vino luego. Y, sí, es posible, en el camino Stan Lee se aprovechó de algo. Era a fin de cuentas, como dicen, pariente (político y en grado lejano) del jefe.

¿Quién creó el Universo Marvel? ¿Stan Lee o Jack Kirby? Pregunta imposible de responder, quizás. Pregunta que se contesta sola: Lo crearon ambos. ¿O no? Lo crearon ellos dos. Y mucha gente más. Lo creó Steve Ditko, al menos en su parte más comercial y conocida durante muchos, muchos años: Spider-Man ha sido hasta hace muy poco el abanderado de la casa, con mutantes o sin ellos; el icono inmediato.

El peculiar estilo de trabajo inventado ad hoc para la enorme proliferación de títulos de la empresa puede tener algo que ver con todo el lío. Es sabido que Lee y Kirby trabajaban al alimón: conversaciones, apuntes, discusiones, ideas generales para un argumento que luego Jack Kirby contaba a su antojo, en veinte páginas, con espacio de sobra para incluir diálogos y subtramas (entonces, ah, los tebeos tenían muchas viñetas por página). Sobre todo ese trabajo apuntado, ideado, idealizado, Stan Lee incluía los textos, su archifamosa verborrea shakespeariano-bíblica.

¿Lo convierte esto en un mero dialoguista? Difícilmente. Cierto es, y no hay más que ver las fotocopias de los lápices de Kirby (lápices de tebeos que no son de 1961, por cierto) que el dibujante indica al margen qué pasa, qué dice cada personaje, por qué reacciona como lo hace. Y que después, sobre esas indicaciones, saltándoselas a la torera cuando le place, o corrigiéndolas como editor que era, Stan Lee viste el conjunto, le pone las letras, le da ese matiz que sólo tienen los tebeos escritos por él mismo: esa indescriptible e ineludible pátina de emoción.

Está muy claro que Fantastic Four y The Mighty Thor son un trabajo de ambos, y quizá por eso mismo sea tan difícil desentrañar de dónde salen las ideas. ¿Pero son las ideas lo que hacen a un creador? ¿O es su desarrollo? Porque las ideas de muchos de los tebeos están sacadas de medio millar de sitios: la Biblia, Shakespeare, las novelas de ciencia ficción, la cultura judaica, adaptaciones de mitos clásicos, de películas de moda (de todas partes menos, parece, de vivencias, al menos en lo que a Lee respecta). Es en el desarrollo de esas tramas, en el especial cuidado de los personajes donde radica el máximo logro del primer Universo Marvel, en el que se sustenta todo lo demás. Sí, podríamos aceptar que las ideas y personajes fueran de Kirby. Y el colosalismo y el vanguardismo fantacienfífico. Y hasta el tempo del desarrollo. Y que todo lo demás era de Lee.

Pero hay algo que no casa en todo eso (y, antes de que se me acuse de parcial, quiero dejar claro que nada me gustaría más que ver algún día aquello de "Stan Lee and Jack Kirby present"). Hay alguien que no encaja. Steve Ditko.

Porque si, como defienden unos, el único y verdadero creador de Fantastic Four era Kirby, quien además desempeñaba en la casa el puesto de semidiós puro y con puro y con una capacidad de trabajo envidiable, el de dibujante emblema, el símbolo de la primera época de Marvel... si los Fantastic Four los guionizaba Kirby (o los ploteaba en solitario, elijan ustedes el término que quieran)... ¿por qué nunca se le reconoció? ¿Por qué en ninguno de todos esos tebeos se indica que el argumento es de King Jack Kirby?

Y la pregunta del millón: ¿Por qué ese reconocimiento al plotter sí se da con el Spider-Man de Steve Ditko, un artista que no tenía el tirón comercial del otro genio? A partir de los primeros números de la serie del trepamuros (desde el número 25 de forma reconocida en los créditos), se anuncia claramente: Argumento y dibujos, Steve Ditko. Escrito por Stan Lee. Y, como veremos más adelante, en la serie del Hombre Araña se nota clarísimamente la marcha del argumentista y cómo Lee toma las riendas de su co-creación en solitario...

Es más lógico reconocer que se trata de una labor de equipo. Cierto que el tempo lo pone el dibujante, que adquiere con ese extraño (y envidiable) estilo de trabajo una responsabilidad que para sí quisieran muchos "autores" individuales del tebeo europeo, pero la suma de charlas conjuntas, ideas dispares y trabajo por turnos es lo que hace prender la chispa. No sería aventurado suponer que Lee y Kirby fueran tirando uno del otro, en un tour de force endiablado y maravilloso, dando lo mejor de sí mismos en un intento de no quedarse por detrás del compañero.

Reconocemos esto, o no podemos reconocer lo contrario. No se puede, a estas alturas, considerar que Lee es un fantoche y Kirby una víctima. No podemos achacar al maestro dibujante la creación de todo y restarle eso mismo al trabajo del guionista y editor. Eso sería desnudar un santo para vestir otro. Queremos justicia para Kirby, desde luego. Pero el Universo Marvel fue cosa de una inspiración compartida entre varios creadores.

Y me sigue resultando chocante que se quiera adjudicar a Kirby en solitario la creación del universo marveliano... sin advertir que ese universo se basa en gran parte en personajes creados antes por Carl Burgos o Bill Everett. Stan Lee, hay que decirlo y repetirlo de una vez, puede seguir todavía hoy echándole cara al tema y ordeñando para su bolsillo su papel en la participación de un imperio, pero los personajes no son suyos. Son de Marvel. Son de un ente abstracto y saturnil que no tiene remordimientos al devorar a sus hijos.

Un ejemplo de la labor de co-creación, del pulido magnífico que Lee es capaz de dar sobre el tallado en bruto de Jack Kirby lo tenemos en Captain America. Siempre se indica que el abanderado personaje es una creación de Simon y Kirby. Pero eso es cierto sólo a medias. El personaje que se rescata para el nuevo universo en 1964 casi no es el mismo que el anterior (ya había habido, como se sabe, versiones del patriotero Capitán hasta finales de los cincuenta: con guiones de Lee y dibujos de John Romita entre otros, super-fachosos y con otra muerte distinta de Bucky Barness y su sustitución por una chica muchos años antes de Dark Knight). El punto de arranque de las primeras historias del Capitán América es el nacimiento del superhéroe, toda la parafernalia de superpatriota delgadito pero dispuesto a darlo todo por la causa, el ataque de los nazis, la fórmula del supersoldado que se va a hacer puñetas... A partir de 1964, el mito del Capitán América se complementa y se amplía. Ya no será sólo un tipo convertido en bandera para combatir a un enemigo al que sospechosamente se parece, sino un hombre sacado de un bloque de hielo (en bello autohomenaje, gracias a la intervención del otro personaje de la mal llamada Edad de Oro rescatado --en otro número 4 de colección-- por la nueva encarnación de otro héroe clásico; me refiero, claro, a la resurrección de Namor por parte de Human Torch y su intervención casual en el rescate de Steve Rogers del bloque de hielo). No sólo eso: A partir de entonces, el Capitán América es un héroe fuera de su tiempo, un desclasado consumido por las dudas y las contradicciones internas sobre su papel, un superhéroe casi atípico que tiene y no tiene personalidad secreta. Sostener que ese personaje vampirizado y magníficamente puesto al día es el mismo que en su momento crearan Kirby y Simon es, cuanto menos, discutible.

El caso de Lee y Kirby es más similar, me parece, a Simon y Garfunkel que a Lennon y McCartney. Juntos, son pura dinamita. Por separado, se les notan muchísimo más los defectos, o las carencias si se prefiere. Sin el contrapeso creativo de Kirby o de Ditko, Lee se entrega a argumentos repetitivos, a veces penosos, incluso en clara negación de situaciones expuestas anteriormente: Convertir a los padres de Peter Parker en una pareja de espías pseudo high-tech, cuando siempre se había vendido la cotidianiedad casi cutre del personaje como lo más característico de la serie sigue dando grima; se nota que ya Ditko había desaparecido por el foro y Romita padre no daba demasiada guerra creativa. Sin la majestuosidad, los diálogos, la profundidad psicológica de Lee para compensar los excesos visuales y los personajes granguiñolescos de Kirby (o el gélido individualismo de Ditko), esa misma grandiosidad se deforma hasta convertirse en pura caricatura. Personajes kyrbianos como Arnim Zola o el trasunto silversurfero de los New Gods, con los patines de esquí espaciales y la olla a presión Magefesa como casco siguen produciendo rubor.

Un segundo What-If de nuestra realidad es qué habría sido de la saga del Cuarto Mundo si, en vez de haber sido realizada por un confuso Jack Kirby en solitario, hubiera contado con la imposible colaboración de Stan Lee. (¿Un tercer what-if de esas características? ¿Qué habría sido del universo Marvel si no les hubiera dado por recuperar a Namor y enlazar así con todo el pasado de supuesto esplendor superventas --que no de otra cosa-- que luego desembocaría en Captain America y todo lo demás?)



1. LA SOMBRA DE LA DUDA

¿Héroe o villano? ¿Vividor descarado o creador de innegable talento? ¿Aporte insustituible de ideas o ladrón impenitente de las mismas? ¿Guionista y creador de universos o mero dialoguista sobre hallazgos de otros?

Todo eso se ha dicho, y mucho más, sobre Stan Lee. El público lector se divide entre quienes lo aclaman y quienes lo vilipendian. Además, por estas latitudes, donde ser americano y de éxito jamás está bien visto, se le tilda de oportunista, de reaccionario, de perfecto relaciones públicas de sí mismo...

¿Qué es Stan Lee? Quizá todo eso y mucho más. Quizá sea, como usted y como yo, un individuo inclasificable.

Pero el mundo del tebeo de colores está en deuda con él. Y su sombra de gigante todavía se alza sobre sus herederos, sus hijos putativos, todos aquellos que hoy llevan adelante la tarea de sacarle jugo al cada vez más agotado Universo Marvel.

Cierto, sus días de gloria parecen ya muy muy lejanos en el tiempo. La década de los sesenta, los principios escasos de los setenta, parecen mucho más lejanos en el campo del comic que en la música, el cine o cualquier otra manifestación artística que nos ocupa, incluida la televisión. El factor revivacionista o paródico de series llamadas "de culto" como puedan ser Los Picapiedra, Misión: Imposible, Batman, Superagente 86, Star Trek o incluso La tribu de los Brady o La familia Munster se tiñe en los comics de una nostalgia a la que no acceden las nuevas generaciones. Stan Lee es para los que ahora sostienen la industria del tebeo (como también lo son Jack Kirby, Steve Ditko, Neal Adams, Roy Thomas o incluso el propio Chris Claremont, tan posterior y reciente) un desconocido.

Pero Stan Lee, y eso es innegable, hizo historia. Al mismo tiempo que dos guionistas (dos guionistas, no lo olvidemos) reestructuraban todo el concepto del comic europeo en Pilote (y me refiero, obviamente, a René Goscinny y el magistral Jean-Michel Charlier), al otro lado del Atlántico Stan Lee rescataba del hundimiento una industria a través de unos conceptos que, de no haberse producido, darían para especulaciones sin cuento, verdaderos What-If de nuestra realidad.

Si analizamos fríamente lo que Lee consiguió con su propuesta, inmediatamente salta a la vista que poco o muy poco de lo que ofrecía Marvel Comics durante la primera época de su andadura era nuevo. En cierto modo, como harían sus herederos veintitantos años más tarde, Lee hizo en su momento un claro movimiento de "back to the basics", adaptando, transformando o incluso saqueando sin el menor disimulo situaciones y conceptos ya esbozados o incluso explotados por otros autores (y por él mismo) cinco o diez años antes. Si ahora nos escandalizamos y nos echamos las manos a la cabeza (con razón, supongo) al ver las versiones deformantes que Rob Liefeld, Jim Lee y su ralea clónica realizan de los Fantastic Four, Iron Man, Captain America o The Avengers, no podemos dejar de recordar que, en cierto modo, eso mismo fue lo que Stan Lee y Jack Kirby hicieron desde siempre, recurrir a ideas prestadas, desarrollar conceptos agotados, poner al día y disfrazar (nunca mejor dicho) a sus personajes de toda la vida para que parecieran nuevos.

Plastic Man, la primera Human Torch, los Challengers of the Unknown, los tebeos de monstruos, Namor, Captain America, Rawhide Kid, el nombre de Daredevil, el propio Spider-Man... todo o casi todo había asomado ya a las páginas de los comics. Lee les dio la vuelta, los mostró con su lado humano, potenció el melodrama y el tebeo romántico, recurrió a la fantasía y la ciencia ficción y, como por arte de magia, todo eso se quiso ver como nuevo, se respiró como innovador. Frente a la estulticia de los tebeos de entonces y de casi siempre de la Distinguida Competencia, frente al reaccionarismo de la censura y el Comics Code, a remolque siempre del éxito de otros títulos y del cine, el abigarrado y aparentemente caótico universo en expansión que fueron presentando Lee y sus colaboradores tenía por fuerza que cuajar. Otra cosa muy distinta, claro, es que a los críticos eso les guste o no les guste. Pero a los críticos, ya se sabe, parece que lo que no les gusta son los comics.



Nueva edición restaurada, y a color, de Príncipe Valiente. A partir de la restauración en blanco y negro de Manuel Caldas y con los colores originales reconstruidos, pero no a partir de los viejos periódicos escaneados.

34 x 45 cm, habrá una edición en inglés y otra en español, para la que al menos son necesarios 200 compradores interesados, ya que no se venderá en librerías. Se imprimirán al menos dos álbumes por año, en tapa blanda, con los que se pretende completar toda la etapa de Harold Foster en 34 tomos. 29 euros más gastos de envío (de momento no hay que enviar nada).

Interesados en seguir la edición, contacten con pv_color@zoho.com



Hijo de reina hada, aunque el detalle pase por alto en la saga, sobrino del rey Arturo y hermanastro a su pesar del traidor Mordred, escocés de isla pero latino de corazón, el jovial Sir Gawain es el personaje que, sin ser familia directa de Valiente, se convierte en la serie en lo más parecido a un padre, primero, a un hermano mayor, más tarde, y en ocasiones incluso a un atolondrado hermano pequeño.

Llama la atención en Sir Gawain la riqueza de sus matices, que no sólo no resultan contrapuestos sino que crean un personaje de pies a cabeza, con sus contradicciones y sus grandes momentos de lucimiento. Caballero noble al principio, blanco de brujas rijosas (en la leyenda, su propia tía), secuestrado o herido para dar oportunidad de lucimiento a su escudero con ínfulas de caballero andante, Sir Gawain encarna el sentimiento (recordemos cómo cubre con su capa a un Val desesperado ante el matrimonio de Ilene) mientras que la razón y los consejos sabios pertenecen a Lancelot.

Es a partir de la aventura contra los hunos cuando, formando trinca con Val y Tristán, Gawain empieza a convertirse en contrapunto cómico. Noble, sí. Mujeriego, también. Pero capaz de momentos de ridículo que, en cualquier otro personaje, parecerían indignos: recordemos el incidente con los jugadores de dados y la escandalosa mala aventura con el barreño. Pero, ah, no nos descuidemos: Gawain es un caballero de la Tabla Redonda. Puede ser gallardo y calavera, como el Errol Flynn en quien parece en ocasiones inspirarse, pero tras su sonrisa y su pose hay un guerrero letal.

Gawain puede dejarse llevar por la molicie y el alcohol, abandonar a Val y su misión porque le divierten más los cantos de sirena de los nobles echados a perder, pero se redimirá justo a tiempo de salvar a su amigo de la tortura y la muerte. Ese es el juego del personaje, la eterna pulsión del lado oscuro, una psique que se adivina torturada y que, en el futuro de la serie, llevará a enfrentamiento directo con el otro gran caballero, Lancelot, tan pecador como él bajo la apariencia de un santo.

En los dos años que abarca este volumen, quizá por influencia de la película dedicada al Príncipe Valiente y el protagonismo de Sterling Hayden, que lo encarnó en la pantalla, Gawain tiene sus principales momentos de gloria. Lo vemos visitar Thule, recorrer el Mediterráneo y peregrinar a Tierra Santa, y enfrentarse a los hombres del desierto sin perder la sonrisa, encandilar con sus tirabuzones a la hermosa hija del caíd bandido, sufrir los amores juveniles de una chica feminista adelantada a su tiempo y, sobre todo, dar muestra de su valía como guerrero (“hombre de hierro”, lo llama el texto) en dos duelos con los que asegura, ante un difícil pero honrado enemigo y ante un pisaverde con ínfulas de gloria, la estabilidad del pequeño reino de Aleta.

Tiempo tendrán Gawain y Val para salvarse y rescatarse mutuamente en el futuro. No sabemos, eso sí, si el jovial caballero vestido de verde, en desquite, llamó alguna vez “Sir Valiente” a algún perro de caza inquieto y ladrador. No me extrañaría nada, desde luego.


(El texto que acompaña al tomo IX de la edición de Príncipe Valiente restaurada por Manuel Caldas, 1953-54, "Los guerreros de hierro", ya a la venta).



Y para celebrarlo la BBC no ha tirado exactamente la casa por la ventana, pero al menos la cosa ha quedado aparente. Moffat ha cumplido por la mínima con su episodio "The Day of the Doctor", donde se nos presenta un atisbo de la famosa Guerra del Tiempo (el último día, más concretamente), con el encuentro de los Doctores Diez y Once (o sea, David Tennant y Matt Smith) más la resolución del "misterio" del personaje encarnado por John Hurt, situación que ya había sido adivinada por todo el mundo y que perdió la sorpresa (para mí algo tontamente, porque podría haber sido la entradilla del episodio) con el episodio "The Night of the Doctor", donde se confirma la regeneración de Paul McGann en Hurt.

El episodio no es para tirar cohetes, pero entretiene y, en más de un momento, emociona. Los aliens elegidos no dejan de ser poca cosa, un retroceso a los extras de traje de goma, aunque ahora el traje de goma esté mejor hecho, la subtrama con Isabel I da un poco de rubor (quizá por lo orondo de la actriz), los guiños con calzador están bien contados y la duda del "War Doctor" sobre si detonar o no el arma definitiva están bien llevadas... si no fuera tan evidente cuál iba a ser el resultado. Moffat en el fondo no subvierte nada: simplemente, se saca de la manga un Doctor no conocido para solventar la incongruencia de que ya hemos visto a los Time Lords y a los daleks montones de veces desde su genocidio. No sé si queda claro o no, pero la línea temporal del propio Doctor, tal como yo la veo, no se reinventa: se aclara. Pero no hay reescritura del pasado: simplemente, el Doctor en sus encarnaciones 9, 10 y 11 no recuerda que en realidad no ejecutó a su propia raza.

La historia, ciertamente, podría haberse contado igual con Eccleston en vez de John Hurt, y estoy seguro de que los primeros borradores de guión contaban con él. Pero Eccleston nunca ha querido regresar (prefiere papeles de enjundia como Malekith y los villanos de los G.I. Joe), así que la mitología del Doctor avanza en otra dirección gracias a este quiebro forzado.

Hay humor en el episodio, aunque ya digo que la trama con los zygons no convence demasiado. El encuentro entre Smith y Tennant está algo trucado: Tennant tiene buenas líneas, pero el guión favorece a Smith, que para algo es la actual encarnación del Doctor hasta dentro de un mes. Hurt da muy bien el papel, ciertamente. Y hay un par de momentos (en el museo y el ataque de las Tardis, obviamente) que ponen los pelos de punta. El futuro queda abierto y el nuevo Doctor parece que tendrá una misión por delante, la búsqueda de Gallifrey.

Más emotivo, mejor rodado, mejor escrito y mejor interpetado es el docudrama o como queramos llamarlo que el compinche de Moffat en Sherlock, Mark Gatiss, se saca de la manga para conmemorar el cincuentenario del icono (que no de la serie, que como todos sabemos estuvo quince años en suspensión criogénica). "An adventure in Space and Time" nos cuenta los primeros días de la serie, la aventura de los productores y directores, la presentación de William Hartnell. Una película llena de melancolía y de sentido de la maravilla que arranca alguna que otra lagrimita y que es un homenaje desde el más profundo reconocimiento.

Y para terminar el cincuentenario, el hilarante episodio escrito y dirigido por Peter Davison (el quinto Doctor), The Five(ish) Doctor Reboot, donde tres de los Doctores ya demasiado viejos para volver a interpretar al personaje en la serie se las ingenian para aparecer (más o menos) en el episodio. Hay apariciones estelares de los hijos de los primeros Doctores, salen John Barrowman, Georgia Moffat, la hija del Doctor (en el doble sentido, ahora apellidada Tennant también), más el propio Moffat y hasta Russell T. Davies, sin olvidar a Peter Jackson o Ian McKellen. Un divertimento auto-paródico lleno de guiños y de pullas que hace que uno acabe recordando The Day of the Doctor bajo una nueva perspectiva.

Ahora, a esperar a Peter Capaldi.

"

Presentamos por fin el libro en Cádiz el viernes 29 a las 9 de la noche en la nueva librería-cafetería de la calle Sagasta, 17, la Qafetería. Kiko Butrón pondrá voz a Torre y Oscar Lobato hará de maestro de ceremonias.

2013-11-19

EL JUEGO DE ENDER



El juego de Ender fue primero un relato que luego su autor amplió a novela y marcó el inicio de la popularidad de Orson Scott Card y de una saga que, con sus bifurcaciones, sus continuaciones y sus vueltas atrás lleva ya un buen puñado de títulos en el mercado. La ingenuidad de aquella primera historia suponía, vista con la perspectiva de los años, la presentación en sociedad del escritor mormón y algunas de sus obsesiones: lo militar, internet y (al menos en su momento) los videojuegos.

Llega ahora a las pantallas, después de muchos intentos, muchos borradores y muchas reelaboraciones, la adaptación de la novela al cine. Muchas de las imposiciones de Card han quedado en el camino, la principal de todas, quizás, la edad de Ender, que de ser un niño de seis años al principio del libro es aquí un preadolescente toda la novela, y además bastante alto (y muy mal doblado, por cierto). Salta por la borda, comprensiblemente, la subtrama de los otros dos hermanos genios y la importancia de las redes sociales que Card ya aventuró hace treinta años y que entonces parecía algo imposible. Y saltan también, y es lo peor, buena parte de los juegos de guerra de la Escuela de Batalla donde Ender se va ganando amigos y enemigos y, de paso, la admiración de los jefazos de la Flota.

Eso es, quizás, lo que más chirría de la adaptación. Los actores están más o menos bien, los efectos especiales son aceptables (ya no sorprende nada hoy en día), la trama está bien contada aunque la historia del gigante y el videojuego queda un poco fuera de lugar. Pero falta chispa, falta mordiente, faltan escenas intermedias que justifiquen las acciones de todo, que nos expliquen la relación que establece Ender con los otros niños prodigio que luego estarán a su mando (y que aparecerán en otras novelas precuelas). Todo va demasiado deprisa y es un tanto desangelado. No soy capaz de asegurar que, como yo sabía el final, la sorpresa esté mal contada o no, aunque me lo parece. Sorpresa, por cierto, que el propio Card había decidido eliminar en uno de sus borradores y que este guión (ajeno) recupera.

La adaptación llega, quizá, demasiado tarde. Y no se beneficia de las reescrituras y vueltas atrás que el propio Card ha ido haciendo en su saga: cierto buenrollismo que quedaba muy bien en las novelas posteriores e incluso en las historias protagonizadas por Bean, pero que aquí hacen que todo esté contado como con desgana, sin que los insectores sean una amenaza (que lo fueron) ni que la sorpresa del encuentro final se deba a un caso de atroz falta de comunicación/comprensión del otro y no de la maldad intrínseca de los jefes de la Flota. La película, por cierto, utiliza el término "formic", como en posteriores revisiones de la saga y no el de "bugger" como en el libro original, pero en la versión doblada dicen "insectores".

Extraña un mucho que Sir Ben interprete a Mazer Rackham (un maorí que en las novelas que configuran las precuelas es prácticamente un jugador de los All Black), igual que sorprende que la película no esté rodada en 3D, con lo que habría ganado en las (brevísimas) escenas de combate en la Escuela de Batalla. No está del todo mal Harrison Ford, todos los personajes secundarios son feos hasta decir basta, y quien eligió a Bonzo Madrid tendría que exiliarse de Hollywood durante una temporada.

Card me dijo hace tiempo que no quería que hicieran una adaptación de La voz de los muertos, pero el final parece sugerir que la saga podría continuar de alguna manera en las pantallas.




El sábado es nuestro último día en México, y es también el día en que tenemos que presentar Oceanum, en hora de máxima audiencia, a las dos y media de la tarde, justo después de alguna estrella mediática de la cultura pop juvenil.

Ya hemos hecho las maletas. Ya no nos despertamos a deshora víctimas del jet-lag. Ya no me cuesta tanto trabajo respirar. Damos el último paseo por el centro histórico, acompañados de nuevo por Juan Madrid, que nos cuenta que con Moncho Alpuente llegó a plantearse un musical sobre Franco. Las risas se rematan cuando digo que un "Franco sobre hielo" habría sido la caña.

Nos toca por fin nuestro acto en la carpa. Una carpa que está llena hasta los topes de gente, casi todos jóvenes. Nuestra bella editora allí sentada entre el público. Y nosotros dos en el gran escenario, sin nadie que nos presente, porque hasta aquí ha llegado la leyenda de Pili y Mili en escena, charlatanes, divertidos y exagerados, capaces de meterse en el bolsillo a los asistentes a un velatorio.

Y allí de pronto nos quedamos los dos algo envarados. El libro que venimos a presentar, Oceanum, lo escribimos hace tres o cuatro años y, cáspita, ni lo recordamos. Empezamos titubeantes, sin saber muy bien a quién nos dirigimos, un tanto escaldados porque lo que creíamos que era nuestro público natural, la ciencia ficción, no había sentido apenas curiosidad por nuestra obra.

Y empezamos hablando de tortugas. Nada, no levantamos el vuelo. Luego hablamos de la anécdota del capitán del barco. Tampoco. Un poquito más interés despierta la flota de juncos chinos, lo que nos permite indicar la gran pancarta con la portada de Juanmi, donde el Dragón Bicéfalo surca el mar infinito de Oceanum.

Y nos quedamos sin mucho más que decir. Miro la hora con disimulo. Soy de los que prefieren esperar en el aeropuerto con tiempo de sobra, pero es ridículo salir ya pitando: no llevamos ni veinte minutos en escena. Y entonces Juanmi tiene la idea: Lee un párrafo, anda. Y aprovechando que hemos estado hablando del junco leo el momento en que los tres jóvenes aventureros se tropiezan con el barco gigantesco.

Leo despacio, con inflexiones, tratando de ganar tiempo, sabiendo que otras lecturas que hemos oído aquí mismo en actos anteriores no se entienden con la megafonía, y temiendo que por partida doble, mi acento gaditano y mi acento español, lastren el efecto de lo leído. Y entonces termino de leer, alzo la cabeza y veo que el público está asombrado, en el bolsillo, y aplauden. Aplauden mucho.

Desde ese momento hasta el final de la presentación ya todo va sobre ruedas. Los chavales preguntan. Nosotros contestamos. Recuperamos el buen humor y los comentarios jocosos y me despido recordando que nos vamos dentro de una hora y con un "gracias, México" que nos gana un nuevo aplauso.

Entonces llega la hora de la firma de ejemplares y es un momento de júbilo y gozo, porque jamás hemos firmado tantos libros de una sentada. Son lectores jóvenes que vienen a veces acompañados de sus padres o sus profesores, alguno me pregunta qué otros libros leer, qué puede encontrar en los libros, otros quieren saber de dónde soy, porque les gusta mi acento andaluz, distinto a la dureza que ellos captan en el habla de otros españoles.

Abrazos de despedida, luego. Los Taibo al completo nos despiden en el hotel, cantando "Adiós con el corazón". Nos lleva un taxi de la organización al aeropuerto. Con mucho tiempo de antelación, sí, pero sabiendo que es sábado y cómo son los atascos de tráfico, toda precaución parece poca.

Y entonces, como una coda poética, como una despedida, el dios de la lluvia llora sobre México y una tromba de agua nos acompaña hasta que el avión despega ya en la oscuridad, remontando ese enorme árbol de navidad de luces multicolores que es la ciudad desparramada hasta el infinito.

Diez horas de vuelo (ganamos dos al viaje de ida) y ya estamos de nuevo en España. Pasamos por la aduana en dos minutos, sin que nadie nos diga ni pío. Nos despedimos Juanmi y yo, hasta la próxima, hermano. Corro hasta Atocha, donde la ventaja ganada me permite cambiar el billete de tren y llegar a casa, a Cádiz, tres horas antes de lo previsto.

Y, como en los cuentos, los criados de librea se convierten de nuevo en ratoncillos, los zapatos de cristal en botas con agujeros y la gran carroza de oro y plata en una calabaza hueca. Fin de la experiencia, adiós al sueño. Hasta la próxima o hasta siempre, amigos de México.



Apuntando el fin de semana, el público empieza a acudir en masa a la Feria, pero como nosotros tenemos nuestros actos por la tarde, durante la mañana nos dedicamos a hacer turismo por donde podemos, que no es mucho porque el centro continúa acordonado por la policía, que sigue limpiándose las botas, comiendo bocadillos o hablando por el móvil. Como ratas en un laberinto, sorteamos una y mil veces los caminos del Zócalo intentando llegar a las ruinas del templo mayor o acceder al edificio donde los murales de Rivera todavía siguen esperándonos, porque está cerrado a cal y canto desde hace meses.

Tomamos cervezas con Juan Madrid, que tiene una conversación llena de anécdotas y experiencias y nos embelesa con sus historias. Juan es todo un personaje, digno de una novela en sí mismo. Nos cuenta que no fue a ningún colegio hasta los diez años, que abandonó pronto los estudios porque se aburría, que trabajó de botones en una editorial, que se sacaba un sobresueldo vendiendo puros en los cabarets y que fue boxeador en sus años mozos, y que entró tarde en el mundo de la literatura. Nos refiere su admiración por las mujeres de Chicote (unas señoras elegantísimas, con unos talles de impresión, recalca, un tipo de mujer que ya no existe), y de su amistad con Fernando Fernán Gómez, a quien imita a la perfección no solo en la voz, sino en el gesto, y de quien nos revela la verdad aprendida, una de esas verdades machistas como un templo, que tanto Juanmi como yo atesoramos desde hoy: el hombre lo que quiere es follar sin hablar. Esa es la cuestión.

Como Juan comparte algún libro en Edebé, la delegación mexicana tiene el detalle de invitarnos a los tres, junto con Marina Taibo, a comer a un restaurante. No sé qué impresión sacaron los editores de nosotros, dos tipos que escriben una ciencia ficción disfrazada de juvenil y otro que escribe obras maestras del género negro y que con ellos tiene una novela de aventuras.

El restaurante es cálido y caro, europeo en su forma y estilo. Nos ponen tequila antes de comer (el único tequila que bebemos en nuestra estancia en México, por cierto), y y pido un Matarromera para todos. Entre los platos que se eligen, pese a mi reticencia inicial, gusanos de maguey tostado y escamoles, que son larvas de hormiga.

Yo juraba y perjuraba que ni probarlos, y probablemente en otro sitio no me habría acercado a ellos, pero los platos tienen tan buena presentación que venzo el resquemor, cojo un gusano y lo muerdo. Tostado sabe a bacon, o a kikos. No da asco verlos en el plato. En el taco, con su salsa y sus avíos, son como cualquier otro taco. Los escamoles parecen piñones y están exquisitos. No había, o se nos pasó pedirlos, chapulines, lástima.

Por la tarde tenemos una mesa redonda con Paco Taibo y Eduardo Monteverde sobre novela negra. Es entretenida a pesar de que un borracho se cuela en el acto y hace todo lo posible por llamar la atención. Admirable la manera en que Paco logra quitárselo de encima. Luego, ya caída la noche, después de la cena, se reparte el libro gratuito de relatos, poemas e ilustraciones que ha publicado la Brigada para Leer en Libertad. Hay centenares de personas en cola para que el montón de escritores les firmemos, y todos se acercan casi con reverencia, deseando una firma y, más que la firma, la dedicatoria: "A Fernanda" (hay muchas Fernandas), "a Cuauhtémoc" (hay un par de ellos). Yo soy el último de la larga mesa, y como me parece un tanto absurdo dedicar sobre lo ya dedicado, solo estampo mi firma. Sigo sin comprender qué atractivo puede tener mi feo garabato.

Quién nos iba a decir a nosotros que después de más de doce años acudiendo sin faltar a la Semana Negra de Gijón la mejor fabada la íbamos a probar en Ciudad de México. Pero así fue. Y tiene su secreto claro, porque la fabada la preparó una asturiana que desde hace muchas décadas vive en D.F., ni más ni menos que la mamá de Paco Taibo II.

Fue Paco quien, el día anterior, mientras nos marchábamos con su hija Marina a que nos entrevistaran en una radio lejana (en D.F. todo está lejano, a treinta atascos y siete colisiones evitadas por los pelos) quien nos dijo: Tú, y tú mañana venís a comer fabada a casa de mi madre. Y allí fuimos, solo que Paco tenía que presentar su libro en Tijuana y no vino.

Juanmi y yo, acompañados por José Ramón, nos presentamos en la casa. Un poco sin saber qué cara poner, desde luego, porque apenas habíamos visto a Mari, la madre de Paco, un par de veces en Gijón, y nos daba un no sé qué colarnos allí a comernos su comida. Pero no éramos los únicos invitados: al menos otras diez o doce personas nos acompañaron, entre ellos su hijo Benito, de quien nos burlamos un tanto haciéndole creer que creíamos que era mayor que su hermano Paco (Benito resulta que es menor que yo). Los invitados eran gente mayor, más alguna joven editora. La casa estaba llena de fotos de intelectuales, de artesanía hermosa. Nos pusieron tortilla, nueces fritas y un surtido de quesos. Y cuando nos sentamos a la mesa (tuvimos que usar dos mesas) nos llegó la fabada.

Y qué fabada. En su punto justo, con material traído (misteriosamente) de la propia Asturias. Regada con un buen rioja, y con una conversación apasionante que tuvimos que abandonar a la hora y pico porque nos esperaban en el Zócalo.

Una mesa redonda sobre ciencia ficción, donde en teoría yo no tenía que haber participado pero lo hice. Con José Luis Zárate, que viste siempre como si tuviera frío y va acompañado por un patito de peluche, y Bernardo Fernández, Bef, junto a otro escritores mexicanos de ciencia ficción y fantasía. Había mucho público y participaron con preguntas, pero nos quedó a los dos españoles la sensación de que allí no nos conocía nadie.

Dos horas más tarde, otra mesa redonda, esta vez sobre los libros que nos convirtieron en lectores y luego en escritores, donde intentamos ser simpáticos pero todos los aplausos se los llevó una estrella mediática del pop mexicano. Ciertamente, el hombre tenía gracia.

Por la noche, nos prometieron llevarnos a Garibaldi a escuchar mariachis. Pero antes nos llevaron a comer tacos. Y nos llevaron a comer tacos allá al quinto pino, de nuevo. Tacos pastor, la perdición de Juanmi. Y mucha cerveza, esta vez Negra Modelo. Cuando terminamos la cena es ya tan tarde y estamos tan agotados que la promesa de ir a Garibaldi queda en el olvido.






Llega por fin el gran día. Con una semana de forzoso retraso, contra todas las zancadillas habidas y por haber, la Feria Internacional del Libro del Zócalo abre sus puertas. La policía, a pesar de que dijeron lo contrario, no ha abandonado sus puestos y el centro histórico de la ciudad sigue sitiado, pero ahora al menos dejan circular a los coches y es posible acceder a pie a la plaza del Zócalo.

No todo está listo. Quedan stands por montar. Hay todavía nervios, y tránsito de paquetes cargados de libros. Y mucha policía, inevitable, no solo de uniforme: también de paisano. A la inauguración de la Feria vendrá (o eso se espera, las comunicaciones entre los políticos y los organizadores son un caos) el jefe de gobierno de la ciudad, que es el pomposo nombre con el que allí denominan al alcalde. Los policías de uniforme, sacaditos de una película de Clint Eastwood, son los guardaespaldas.

Hay dos carpas gigantescas y en la mayor de ellas tendrá lugar el acto protocolario. Allí mismo, en la puerta, nos encontramos a Juan Madrid, que acaba de llegar. Conocemos a Juan de alguna Semana Negra, pero ahora somos tres escritores solos, los únicos españoles, y agradecemos nuestra presencia compatriota. Juan es un tipo abierto, listo como el hambre, en forma (fue boxeador aficionado en su juventud), al que no detecto en su acento ningún rastro del andaluz que es. Viste una eterna gorrita como de miliciano y dice mucho "compañero" con una vitalidad que contagia.

La carpa se va llenando de gente. Nos sentamos al fondo. Entra Paco Taibo en loor de multitud, acompañado por un luchador de lucha libre mexicana, creo que el hijo de Santo el Enmascarado de Plata.

A punto ya de empezar la inauguración oficial, Paco viene a buscarnos y nos rescata de las sillas del fondo. Son ustedes los invitados, nos dice, tienen que estar en primera fila, pendejos. Y en primera fila (bueno, en la tercera) nos sentamos.

Empieza a hablar la consejera de cultura y entonces se arma el escándalo. Unas cuatro o cinco filas por detrás empiezan a asomar pancartas, gritos, bocinas. Una reivindicación de unos talleres culturales que no han recibido las ayudas prometidas. Por un momento pienso que allí se va a armar gorda. Los guardias de seguridad están al quite. Allí no hay quien escuche a la oradora. Y Juan Madrid, que observa como yo observo al jefe de gobierno, que ni se despeina de su peinado tipo Kennedy, me dice: Este es un profesional, ni se inmuta.

Termina la algarada, se hace el silencio, la consejera suelta su discurso, una escritora cuyo nombre no recuerdo recibe un premio in situ y larga un discurso algo farragoso y con un inevitable deseo de epatar, y por fin el jefe de gobierno toma la palabra, nos nombra a los escritores presentes como si tuviera nuestros libros en la mesilla de noche, pronuncia el discurso típico de los políticos y se refiere a los alborotadores diciendo que ahorita mismo van a platicar del problema. Se apunta el tanto de la protesta. Juan Madrid me insiste por lo bajini: un profesional, ya te digo.



Esclavos del jet lag, nos seguimos despertando temprano. Yo invierto ese tiempo en wassapear con la familia, aprovechando las ocho horas de diferencia, mientras que Juanmi se va al gimnasio del hotel a perder los muchos kilos que le sobran. Mi mujer me comunica que han llamado, en España, del banco: un error en una transación con la tarjeta de crédito me la ha anulado. Mierda. Llevo euros, sí, pero la visa siempre es un plan B por si se te antoja cualquier tontería imprevista.

Pasamos la mañana dando vueltas por el centro histórico, que sigue estando cortado y tomado por la policía: una policía, lo vemos claro, que se aburre, come continuamente, aprovecha para hablar por el móvil con la parienta o el pariente, se lustra los zapatos. De pronto dejan de causarnos impresión y decidimos que son como los romanos de Astérix.

En la plaza, siguen montando la Feria que abrirá el miércoles, o sea, dentro de menos de veinticuatro horas. Vemos la catedral, nos tomamos una cerveza pero somos incapaces de tomarnos el tentempié que las acompaña, de puro picante. Luego, en el mismo hotel, nos pillamos un taxi (todo el mundo nos ha advertido que no tomemos taxis en la calle por lo que pudiera pasar) y nos llevan al mercado de artesanía de la Ciudadela, donde nos está esperando Paco Taibo.

El mercado es una explosión de baratijas y colores, de artesanía y de gente amable, un laberinto de puestos donde todo entra por los ojos y todo se antoja. Hay calaveras, hay sombreros charros, hay llaveros, y monstruitos de madera, y vestidos y chales y platos y carteras de piel y todo lo que uno pueda imaginarse. Los precios son irrisorios, pero gasto en seguida lo que llevo encima en regalos para la familia.

Paco insiste en llevarnos a comer unos tacos, pero la taquería ya no existe. Nos pide un taxi que nos lleve de vuelta al hotel (él sigue de promoción con su libro) y durante diez o quince minutos viajamos Juanmi y yo en silencio, con la mosca detrás de la oreja, por si al taxista se le ocurre que somos gringos de posibles y le da por asustarnos. Pero no.

Comemos en el hotel, donde cada día se lían los camareros con nuestros menús acordados y no saben, o no recuerdan, o no les interesa, si las bebidas alcohólicas (o sea, la cerveza) van o no incluidas en el paquete.

Por la tarde, Paloma viene a recogernos para llevarnos a una de las televisiones de la ciudad, donde nos entrevistan a los tres a cuenta de la inauguración de la Feria. La televisión está llena de ese bullicio del periodismo en directo que siempre me llena de envidia. La entrevista es cortita, apenas un inserto de diez minutos en una programación que, según parece, no está muy a favor de la Feria.

Más tarde visitamos la Feria ya casi terminada y allí nos encontramos a Eduardo Monteverde y a Fernanda. Fernanda quiso celebrar su treinta cumpleaños saltando en paracaídas y el paracaídas no se le abrió, con lo que salvó la vida de milagro, aunque la recuperación ha sido larga. Nos llevan a dos pasos de la Plaza, a un viaje al siglo dieciséis, como dice Eduardo. Y allí, detrás de la fachada de una zapatería (los atentados urbanísticos no son exclusivos de nuestras ciudades) nos lleva al primer hospital fundado en el Nuevo Mundo, un patio hermoso lleno de árboles y anécdotas y frisos que Eduardo, con su sabiduría hipnótica, nos va desgranando: la síntesis de lo europeo y lo mesoamericano, las cruces sin crucificado que fueron el primer santo y seña de la evangelización (sin crucificado para que no se asimilara a las prácticas caníbales del mundo azteca), las mil y una anécdotas de ese visionario que fue Hernan Cortés, tan vilipendiado y admirado al mismo tiempo.

Un viaje, en efecto, al siglo dieciséis, quizá más puro y atractivo que el futuro que nos espera a todos.

Nuestro guía es un hombre amable, tranquilo, que no aparenta sus setenta y seis años y tiene una voz cantarina que hace que me entre sueño mientras la furgoneta corre que se las pela, cuando la dejan, hacia Teotihuacán. Detrás de nosotros, las dos recién llegadas charlan por los codos, ignorando al pobre hombre, que no se inmuta. Siento un arrebato solidario hacia él. He visto cómo en las excursiones escolares los estudiantes no hacen tampoco ningún caso a los guías que contratamos.

Llegamos a la zona de Teotihuacán. La amenaza de lluvia ha desaparecido. De hecho, hace un calor sofocante. Nos llevan primero, porque aquí todo está perfectamente programado, a un rinconcito donde fabrican piezas de artesanía y un muchachote grande y amable nos explica cómo a partir del maguey se hace pulque. Vemos cómo trabajan la obsidiana, cómo nos ofrecen baratijas de plata y, al final, se nos conduce a la tienda de recuerdos, donde yo compro un par de camisetas de regalo y Juanmi, porque nos han advertido y él va rapado, un sombrero que, como todos los sombreros que compra, es tipo gangster.

Llegamos por fin a la entrada de la ciudad. Allí me compro un sombrero yo también, por la décima parte del precio que Juanmi ha pagado, un sombrero de ala ancha como el que usan los campesinos. La verdad es que parezco Juan Valdés. Convencemos al polaco calvo, que es sonrosado y parece uno de los Vigilantes de Fringe, para que se compre también uno. El sombrero que elige le queda chico, pero allá él.

El guía nos suelta una larga perorata, o varias largas peroratas, sobre las ruinas, los patios, los frisos. Hace un calor de muerte. Las dos turistas charlatanas van a su avío. Sólo Juanmi y yo le hacemos caso. La monjita y la mujer de gesto torcido se hacen fotos. Y el guía muestra ahora hacia la cultura maya el mismo fervor que antes mostró hacia la historia de Juan Diego y la Virgen de Guadalupe. Nos vende la idea de que quienes vivieron en esta ciudad era un pueblo pacífico y sencillo del que apenas se sabe nada. Y nosotros, que sabemos algo de todo esto, nos preguntamos cómo casan el pacifismo y la amabilidad con lo empinado de los escalones de las pirámides.

Nos dejan por fin sueltos, allí en el asfixiante Camino de los Muertos, entre la pirámide de la Luna y la pirámide del Sol. Es lunes y no hay demasiada gente. Los seis miembros que el destino ha convertido en grupo se disgregan, afortunadamente. Veo cómo el polaco empieza a subir a la pirámide de la Luna y pega un traspiés que a punto está de dejarlo en el sitio. Nosotros nos dirigimos a la pirámide del Sol, esquivando vendedores que no parecen aceptar un no por respuesta.

Juanmi, que está hecho un toro, decide subir a la pirámide. Yo, que estoy más quemado que la pipa de un indio y que sigo teniendo problemas para respirar, me quedo abajo. Lo veo subir, perderse allá en lo alto. Me asaltan los vendedores. Compro un par de baratijas, pulseras y un par de dioses de obsidiana. Me tomo una cocacola light y me pongo a la sombra, aunque sombra hay poca. Luego veo a Juanmi bajar de la pirámide. Me pregunto dos cosas: cuánta gente se habrá caído desde allí arriba (en vida), y qué aspecto tendrá este lugar de noche, sin nadie.

Por fin nos reunimos de nuevo los miembros de la excursión y las dos mujeres de Costa Rica llegan también con retraso. Nos llevan a comer a un sitio para turistas donde está cantando un mariachi. La comida es del montón, pero todo el mundo alaba al guía por su tino. Juanmi se siente incómodo: no le gusta ir de turista. Pero le recuerdo una vez más que eso es lo que somos.

En el camino de vuelta, las seis de la tarde ya, se apetece, tras las cervezas y los tacos, echarse una siestecita. Pero entonces la monjita, que se ha tomado dos Sol, empieza a charlar por los codos. Y no es monjita, sino ex-empleada de Correos en algún lugar de California, jubilada ya, demócrata aunque no le gustan ni Obama ni el Obamacare, y en efecto se ha criado con las monjas. Pero la lengua se le suelta, nos da un coñazo enorme y acaba diciendo que si no fuera por la educación recibida ella necesitaría tres hombres cada noche para ella sola. Se ruboriza en seguida, pide perdón, se ríe, y sigue contando barbaridades. Todo es muy lindo, dice la señora de atrás.

Por fin volvemos a D.F. Nos llevan a nuestro hotel. Hemos visto el pasado en pocas horas. Una experiencia inolvidable.



Nuestro segundo día en México es el día en que nos convertimos en turistas. Nuestros anfitriones están de trabajo hasta las trancas, organizando los millones de flecos e imponderables que supone el levantar una feria del libro por donde van a pasar en una semana un millón de personas, así que seguimos el consejo de Paco Taibo, nos agenciamos un paquete turístico que nos lleve a Teotihuacán y allá que vamos.

O no. El paquete incluye una visita a la Plaza de las Tres Culturas y a la catedral (o las catedrales). Nos recoge un señor repeinado y grueso de habla cantarina y ojos celestes muy claros que nos va enseñando en una tablet las fotos de otros sitios, quizá para que piquemos y compremos otro viaje para otro día. Nos pregunta qué somos y aunque Juanmi dice que es escritor yo digo que soy profesor. Cuando más tarde, a solas, Juanmi me pregunta por qué no me he reconocido como parte del gremio le explico que, como está el patio, y tras lo que uno ha leído, lo que nos faltaba es que alguien se creyera que somos unos autores best-sellers que estamos forrados de pasta y nos organicen un secuestro exprés en un ábreme y ciérrame las puertas de la furgoneta.

Y las puertas se abren al poco rato, después de que el conductor intente suicidarse por las avenidas con nosotros dentro, y como las demás personas que van a formar parte de la excursión no caben a bordo, el señor repeinado y grueso de habla cantarina y ojos celestes muy claros dice "Señor Aguilera, baje por favor", y ahí Juanmi se acojona y yo me acojono y bajo detrás. Simplemente, nos cambian de microbus y nos toca otro guía (un hombrecito pequeño y trajeado que parece un cruce entre Mario Vargas Llosa y Kiko Ledgard) y otros compañeros de viaje: un chico calvo y sin cejas que es polaco y que habla español a la perfección y dos sesentonas, una de ellas con aspecto de monja de paisano y la otra con pantalones de pata de elefante, pestañas postizas larguísimas y uñas de bruja o de actriz porno en pleno declive. La monjita, nos enteramos luego un poco a la fuerza, viene de California, aunque por su habla comprendemos que es mexicana, y la otra es su amiga que la escolta con evidente desgana.

Vemos lo que podemos de la Plaza de las Tres Culturas. O sea, apenas vemos nada porque para visitar el templo en ruinas y la catedral que levantó Cortés hay que contratar un destino diferente, y luego nos llevan a la catedral (o las catedrales), donde el guía, con su voz meliflua y cantarina, nos cuenta toda la historia del indio Juan Diego y la aparición milagrosa del rosal y la imagen imprintada en la tela. El hombre lo cuenta con tanta pasión que uno no puede por menos que escucharlo muy serio, aunque no se crea nada.

Juanmi está más incómodo que yo y se lo noto. Empieza a hacer calor. Nos hacemos las consabidas fotos en la plaza, vemos cómo una peregrinación de indígenas entra cantando en la basílica nueva, nos alucina un tanto ver cómo la catedral antigua está escorada y hundida (México en una laguna, como dicen la canción), y de todas formas nos parece un tanto exagerado tantas iglesias por metro cuadrado en una zona tan concreta.

Luego visitamos fugazmente la catedral, que por fuera es fea y no llama la atención y sin embargo por dentro es espaciosa y bonita. Están celebrando una misa y hay gente cantando y gente de rodillas. Tras el altar, en lo alto, una enorme bandera de México y la imagen famosa de la Virgen aparecida. Cachis, no vamos a poder verla de cerca.

Pero quien diseñó la catedral tenía un ojo comercial que ni Steve Jobs y, siguiendo a nuestro guía, encontramos un paso tras el altar que nos permite, sin molestar ni al sacerdote ni los feligreses, ver de cerca el lienzo (porque es un lienzo claramente), siguiendo una cinta sin fin que no permite aglomeraciones y nos da el tiempo justo de hacer dos fotos con el móvil.

Salimos, compramos agua, esperamos al conductor que ha ido a recoger a otras dos turistas que se nos han unido. Tardan más de tres cuartos de hora y si Juanmi ya estaba impaciente, yo empiezo a acordarme de la madre que trajo al mundo a las turistas. Encima, parece que va a llover.

Ya es mala suerte: ir de excursión al desierto y que te llueva.

Por fin las dos turistas rezagadas o reenganchadas llegan y se sientan. Son costarricenses, si mal no recuerdo. Y charlan por los codos, ignorando las corteses explicaciones de nuestro guía.

Dejamos D.F. atrás, entre colinas repletas de casitas que un día fueron ilegales ("casas de paracaidistas", las llama el guía) y continuamos viaje hacia el mundo anterior a la conquista española. Teotihuacán nos aguarda.



Coyoacán está en el quinto pino, pero las distancias son cortas para quien vive en lugares grandes. Paco Taibo y Paloma nos llevan al Zócalo de allí, una plaza bonita y arbolada con muchos colores y gente de paseo. Son los colores lo que más nos llama la atención, la diversidad de ropas, los edificios bajitos y los muchos árboles. Esta zona me recuerda a la España de los años cincuenta: calles con muchos parterres, con mucha arboleda, todo eso que nos comió el ladrillo cuando derribó las casas pequeñas para construir edificios grandes.

Paco es goloso y tiene el antojo de un helado de aspecto tan exótico que yo, que no debo tomarlos, no puedo evitar probar un poquito. Delicioso. Es, en efecto, el sabor del helado artesano que al menos en mi zona española ya se ha perdido.

Hay limpiabotas, hay organilleros (de uniforme), hay gente que exhibe a sus perros o vende globos, hay trencitos para turistas, hay librerías y bares y hay gente, mucha gente, gente que sonríe y pasea. Nos sentamos a tomar unas cervezas y la gente que pasa y reconoce a Paco Taibo, que acaba de publicar un nuevo libro, se para a darle la mano, a felicitarlo, a fotografiarse con él. No una persona, ni dos, ni tres. Paco Taibo, tan contestado injustamente en su Gijón natal, es aquí toda una celebridad, un intelectual de la calle, un hombre querido y admirado precisamente porque no se calla y dice en voz alta (y cómo lo dice) las cosas que son necesario decir. Le comentamos entre risas que es como ir por la calle con Justin Bieber y él entorna los ojos bajo la nube de humo de su eterno cigarrillo (su única concesión a los placeres del mundo, junto con la cocacola) como dudando si mandarnos a hacer puñetas o reírse.

Luego nos llevan a comer puerquito. O sea, un lugar amable y coqueto, de batalla, donde nos aparcan el coche y nos sirven unos tacos de cerdo deliciosos. Pica todo. Y cuando digo pica es que pica. Juanmi, que está acostumbrado, hace como que no le afecta, pero el picante de cualquiera de los platitos que nos ofrecen para sazonar los tacos es mil veces más fuerte que cualquier otra cosa de las que en España hacen pasar por picante mexicano. Cuando nos marchamos, ahítos, vemos que están vendiendo huchas con forma de cerdo (de puerquito), una de ellas de Spider-Man. José Ramón se la compra y yo, que me decido tarde, me encuentro con que ya no quedan.

Paco y Paloma se marchan, porque siguen teniendo mil frentes abiertos con la organización de la Feria, y nos quedamos Juanmi y yo con José Ramón y Marina. Nos apetece una siesta también, pero hay muchas cosas que ver. Y vemos la universidad, el estadio, los edificios hechos de trocitos diminutos de piedras de colores. Un entorno hermoso y maravilloso, en una tarde de domingo que se parece a todas las tardes de domingo de cualquier parte.

Descansamos un rato en el hotel y, ya de noche, visitamos el Zócalo del centro histórico. La policía nos deja pasar, porque sabe que nuestros anfitriones son organizadores de la feria y nosotros dos somos, de momento, los dos únicos escritores que han llegado. El Zócalo es una plaza inmensa donde ondea una bandera gigantesca bajo la luna llena. Están montando todavía los stands y nos da la impresión de que tenemos para nosotros solos un lugar que nunca está vacío.

Subimos luego a la terraza de uno de los hoteles y, desde allí, mientras cena quien puede (nosotros ya no podemos) vemos la inmensa catedral y la plaza vacía. Siguiendo el consejo que Paco Taibo nos ha dado unas horas antes, nos informamos de cómo ir a Teotihuacán al día siguiente, pues la feria no abre hasta el miércoles por los retrasos causados por el politiqueo local.

Sorteando de nuevo el cinturón policial, regresamos al hotel. Antes de despedirnos, José Ramón me regala la hucha de cerdito araña que ha comprado antes. La tengo ahora encima del mueble del salón, esperando llenarla para poder cruzar algún día de nuevo el charco.



Domingo por la mañana, solos en la gran ciudad. O no. La mujer de Juanmi es mexicana, y Juanmi conoce a gente en México. Entre esa gente, la familia política. Hemos quedado con los Taibo a las dos de la tarde, y por la mañana, tempranísimo, aparecen por el hotel la tía y las primas de la mujer de Juanmi. Una de ellas, por cierto, es monísima. Nos acompañan durante un par de horas, mientras caminamos por una calle larga y peatonal donde todavía hay poca gente.

Entramos en una pastelería que da a un restaurante donde hay un bello patio colonial. La cafetería está a rebosar de camareras con vestidos pintorescos, gente de aspecto juvenil y moderno tomando cafés de nombres raros y muchas calaveras. Aunque todavía falta medio mes, ya se prepara el Día de Muertos, esa fiesta que en México tiene tanta fuerza aunque recibe cada vez más los acosos del Halloween tal como lo ven los gringos. Hay dulces y calaveras con el nombre de la gente, un bollo de aspecto feo que se llama pan de muertos y unos altares coloridos donde se celebra al pariente finado invitándolo a comer. Da un poco de yuyu, pero es bonito.

Subo las escaleras para ver mejor el patio y de pronto noto que me ahogo. Son dos tramos de escaleras largas y cuando llego arriba me doy cuenta de que parece que he subido al Turmalet. La diferencia de presión. Comprendo que no es ninguna leyenda urbana y que la falta de oxígeno marea.

Seguimos caminando por la calle asfaltada (la calle de las ópticas, por cierto). En cada esquina sigue habiendo un montón de policías. No uno ni dos. Hay más policías que en la fiesta de cumpleaños de los hombres de Harrelson. Todos armados hasta los dientes, con porras, fusiles, cascos, escudos transparentes. Curiosamente, los hay con uniformes muy diversos. Y, curiosamente también, los hay de todo tipo: jóvenes y viejos, fornidos y flacuchos, mujeres y hombres. No hay un molde: lo mismo te encuentras una chica de metro veinte vestida de azul que a un tarzán de dos por dos. Nos dicen que es por la lucha contra el narcotráfico, que han reclutado a todo tipo de gente. Y nosotros pensamos que el narcotráfico se tiene que estar poniendo las botas si toda la policía está concentrada aquí.

Visitamos el Palacio de Bellas Artes. En la puerta, el consabido grupo de maestros reivindicando lo que les han birlado. Dentro, un espacio precioso, modernista... lleno de escaleras que me traen a mal traer. Son dos pisos. Tengo que descansar entre uno y otro, pero merece la pena subir para ver los murales, un par de ellos de Diego Rivera. Una cosa es verlos en fotografía y otra muy diferente es verlos en directo. "El hombre en el cruce de caminos", la segunda versión (la primera la mandó destruir Rockefeller después de habérsela encargado) es literalmente acojonante. Parece una visión pop de El Eternauta.

Las bellas parientas se van, quizá demasiado pronto, y nos quedamos con las ganas de tomarnos una cerveza. Empieza a hacer calor. Las calles se llenan de gente. Volvemos al hotel unos minutos, tonteamos con la wifi, y esperamos a que vengan a recogernos. Van a llevarnos a Coyoacán, al sur. Al Zócalo de allí. A ver a las gentes, los colores, los sabores del pueblo de México.