La melancolía de salir a la calle esperando encontrar que todo es nuevo cuando todo es como siempre.
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Categorías: Visiones al paso
La melancolía de salir a la calle esperando encontrar que todo es nuevo cuando todo es como siempre.
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Yo los vi. Cuando era muy pequeño, quizá el mismo año que me trajeron una guitarra eléctrica y roja que, mucho tiempo después, supe que había sido adquirida a última hora, aquella misma noche. Los vi y los oí, en el salón de mi casa, junto a las copas de anís que les habíamos dejado y los zapatos gorila que los esperaban con sus bocas hambrientas, pero no venían en camello, sino a caballo (siempre me pudo la impaciencia).
Como yo, muchos niños (y niñas, vale, por una vez hagamos la distinción genérica que el idioma no necesita) los verán y los escucharán esta noche, mientras luchan contra el sueño y el nerviosismo: qué difícil es, el cinco de enero, pegar ojo. Ahí es nada: tres reyes magos de oriente sirviendo puerta a puerta, como el del telepizza, casa por casa. Anda que no son sabios: justo lo que uno quería, o incluso aquello que no quería pero que ahora le encanta.
Si la Navidad tiene un sentido quizá sea ese: el juego de la ilusión de esta noche y de mañana. No nos hace ser mejores, ni el cambio de año consigue que de verdad mejoremos y cumplamos todo ese montón de propósitos de enmienda. Pero en la barahúnda que convertimos las calles y los comercios estos días de carrera a lo loco, consumista y absurda, creemos resarcirnos del pecado de aparentar y abarcarlo todo en la mirada de los niños, en la ilusión del amanecer entre trastos y envoltorios de colores y fotos hechas todavía en pijama y con los pelos revueltos.
No entienden los niños que esa ilusión es nuestra forma de absolver que no les dedicamos el tiempo necesario, que convertimos esos juguetes y esos cachivaches electrónicos en nuestro sustituto, que confundimos, pobres de nosotros, nuestro cariño con nuestro poder adquisitivo. Tampoco importa. Los críos no ven las costuras de los disfraces, ni huelen la naftalina de esas pieles apolilladas, ni notan la gomilla que se clava por detrás de la barba postiza, y tampoco caen en que el betún de Baltasar despinta. No identifican todavía que los gigantes y cabezudos y los dinosaurios de goma de la cabalgata son los mismos que luego verán en carnaval, ni entienden que gente hecha y derecha se mate por pillar un caramelo que jamás se van a comer, porque se destrozan la mayoría al estamparse contra el suelo.
Vivimos la Navidad de jopeo en jopeo y la rematamos con esta noche. A partir de mañana, cuando los sonidos se calmen, entraremos en la larga recta de un año que parece, más que ningún otro, amenazante y prometedor, donde seguiremos siendo niños malos porque a fin de cuentas sabemos que los reyes magos nos perdonan casi todo y nos traen los juguetes que nos merecemos, y hasta los que no nos merecimos nunca.
De las muchas mentiras de la vida, la Noche de Reyes es la más hermosa, la única que tendría que ser verdad, la que no tendríamos que haber descubierto nunca. Ojalá que los mayores todavía pudiéramos ver a esos reyes a caballo en el salón de nuestras casas. Ojalá les escribiéramos cartas diciendo que nos hemos portado bien todo el año, y que tuviéramos la ilusión de que se nos recompense por querer ser buenas personas.
Publicado en La Voz de Cádiz el 5-01-2009
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De piedra, niño, lo que yo te diga. No veas. La caraba. Lo nunca visto. Lo inexplicable. Me manda el amigo Juan Luis este enlace al blog de Adlo donde, a pesar de los inexplicables y malintencionados comentarios de los frustrados y envidiosos de siempre ("¿Qué he hecho yo que mi enemistad procuras"? y todo eso), una cosa salta a la vista, tan extraña en sí misma, tan descolocadora, que todavía no doy crédito a lo que ven mis ojos.
Y la cosa es tan sencilla como que Jim Starlin, nuestro admirado Starlin, el autor que amábamos ya cuando hacía Warlock, cuando hacía Capitán Marvel, a quien pusimos en un pedestal por la novela gráfica de la muerte del kree, que nos enseñó que se podían hacer tebeos de superhéroes y de ciencia ficción con un tono más adulto y más libre y que partió la pana con Dreadstar, un autor de los pies a la cabeza, hecho y derecho, un veterano, un maestro, va y fusila como quien no quiere la cosa algunas de las soluciones gráficas que Carlos Pacheco, aquí nuestro primo y amigo, ha incorporado al chico de rojo y azul venido de Kripton. Es decir, a Superman.
La cara que se nos ha quedado a nosotros debe de ser nada comparada con la cara que sé que se le ha quedado a Carlos. Porque una cosa inevitable es que los recién llegados te imiten ("Bienaventurados mis imitadores porque de ellos serán mis defectos", y todo eso) y otra cosa que uno de los grandes se dedique a pillarte escenas y a firmarlas luego.
En fin, valor. Resistencia. Paciencia y hasta pelín de orgullo y recochineo. Recordemos las palabras inmortales del hoy olvidado y divertido Quintín Cabrera:
La mula que yo montaba
la ensilla mi compañero.
El gusto que a mí me queda
es haberla montao primero.
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Matt Smith acaba de ser anunciado como el undécimo Doctor tras la marcha de David Tennant. El Doctor más joven hasta ahora.
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"Frank Miller es el Ed Wood del siglo XXI".
-leído en Tu blog de cine.
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Como quien no quiere la cosa, mientras ustedes andaban leyendo esta historia del sepulcro de piedra, yo me peleaba con otra piedra, la que me ha estado fastidiando el riñón desde el día 22 por la noche hasta anteayer a mediatarde. Siete días, que se dice pronto. Quienes ya han pasado por esto (yo ya he picado tres veces y les aseguro que no se lo deseo ni a mi peor enemigo) ya saben lo que es, así que mejor no abundar en lo mismo: duele, duele mucho, y los calmantes no sólo no te ayudan, sino que acaban por dejarte colocado cuando por fin tienes la suerte de dejar la piedra en el camino. Ya les hablaré otro día de los protocolos de urgencias, donde como en todo colectivo humano hay gente maravillosa y gente a las que dan ganas de golpear con un palo.
La Navidad pasada la pasé jodido también: una gastroenteritis producida quién sabe si por unos spaghetti alle vongole que almorcé el día veintitrés, con lo que ya llevo dos años seguidos en mala racha despidiendo el año.
Y yo no soy supersticioso. Me niego a pasar por el aro. No como las uvas, no brindo con champán, no veo que haya nada maravilloso que observar porque de pronto estemos en enero y no en diciembre, ni porque nos vayamos a equivocar todos al encabezar las cartas y los exámenes lo menos hasta el mes de marzo.
No soy supersticioso. Me cargan todas las pamplinas que rodean este día y que tiene tan entusiasmados a todos los presentadores de televisión.
Pero ya van dos seguidas, tú. Y la conclusión a la que uno llega no es que no me guste la Navidad, sino que soy yo quien no le gusta a la Navidad.
No soy supersticioso, pero ya tengo puesta la camisa roja. Comeré las uvas, brindaré con champán, y si no echo la alianza de oro en la copa como es de rigor es porque, cachis, no la encuentro.
Feliz año a todos y que sigamos compartiendo.
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Categorías: Reflexiones
El hueco entre las montañas se había convertido en un bosque de cruces y de guirnaldas con los colores amarillo y blanco de la bandera vaticana. Había dejado de escucharse el tableteo de las ametralladoras yueisis y el zumbido cortante de los lásers terrestres, y el sol rojo que amanecía lentamente, como con timidez, iluminaba una escena de exhaltación religiosa como nunca se había visto antes en este planeta oculto.
Tendido sobre una camilla de campaña, con las heridas vendadas y custodiado por dos soldados de uniforme pertenecientes a la dotación del cóptero que lo habían rescatado de la patrulla yueisi, Arthur Greenberg contemplaba el final de la Cruzada, de la guerra. O tal vez no. Si Marcus Johanssen había tenido razón en sus recelos, ahora que estaba colmada la excusa de la violencia comenzaría la auténtica, la irrefenable conquista. Enmascarada de conversiones y palabras de salvación, pero con el propósito final de dominar el planeta y sus recursos hasta que la Línea Coseriu abriera el camino a otros tesoros, a otros mundos.
Ya había asistido al final de otra guerra, y el regusto amargo y la triste incertidumbre por el futuro eran iguales a esto que ahora, entre rezos y salmos, se repetían en las Montañas del Rostro de Cristo. La alegría y el alivio por la culminación de la contienda sólo tenían paralelismo en el desasosiego y la desesperanza de los perdedores. Supuso que ese era también ahora, asumida su posición, arrinconado su oficio de observador imparcial, el bando al que pertenecía, el bando de una cordura que había volado hecha trizas como los sesos del pobre Marcus Johanssen.
Reconoció a Raffaello Barsini entre el contingente de cruzados que había iniciado, de inmediato, el traslado de los restos a las naves que se cernían como águilas en plena órbita. Habían supuesto que el cardenal regresó a la Tierra. Nunca llegaron a imaginar que el pequeño cura italiano se hubiera ocultado aquí, velando con afán de cancerbero la tumba del Dios caprichoso y vengador que la Iglesia acababa de instalar para el futuro.
Lejos, más allá de su campo de visión, el Papa Pablo IX concluía la misa y repartía bendiciones entre pechos henchidos y rostros satisfechos. Algunos generales habían acudido a comulgar, con las medallas relucientes sobre las cruces del peto y los ojos iluminados con un brillo enfervorizado que daba miedo. Greenberg había visto esa mirada durante la Jihad, y entonces creyó que el afán destructor de los hombres se había saciado allí. Ahora estaba seguro de que la Novena Cruzada no iba a ser más que el primer paso en una continua cascada de sangre.
El silencio se volvió sobrecogedor cuando el Sepulcro salió de la cueva, cargado por dos docenas de obispos ataviados con armaduras y anillas antigravedad. Todo el mundo se puso de rodillas, en un roce de metales y hábitos blancos y negros. Greenberg contempló a la luz del día el sarcófago de piedra, los rasgos afilados que habían causado una guerra más, como habían hecho quizás en el pasado terrestre infinidad de veces. Sacudió la cabeza con tristeza. No, nunca iban a aprender. Sólo pondrían la traba en el gatillo cuando encontraran en el espacio una civilización más fuerte, cuando las grandes corporaciones que aspiraban a la unidad se dieran de golpe con alguien capaz de hacerles frente y domeñarlos. Pero eso podía estar muy lejos, muy distante, a mil años luz, perdido en algún rincón del espacio a someter, a dominar.
Los rezos y los cánticos arreciaron. El olor a incienso se volvió mareante. La lanzadera Espíritu Santo revoloteó sobre las cabezas de todos los presentes y comenzó, muy despacio, la maniobra de atracción del Sepulcro.
Greenberg entornó los ojos, extrañado de que nadie sintiera curiosidad por abrir el catafalco, por explorar su contenido o certificar la identidad de quien había dentro. Y entonces recordó que para todos los presentes Cristo había resucitado al tercer día después de muerto, y que todo cuanto quedaba en este lugar, si acaso, era apenas un leve recuerdo de Su paso.
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--¿Santidad?
Jerónimo Sierra, el nuevo Papa Pablo IX, interrumpió su oración e indicó a monseñor Castellani que estaba preparado.
--El bombardeo está surtiendo efecto, según me comunican los generales del Alto Mando --informó Castellani--. Los yueisis retroceden en desbandada. ¿De verdad queréis formar parte de la segunda oleada de cópteros?
El Papa asintió. Extendió los brazos y el secretario ajustó el peto y el espaldar de la armadura de combate.
--En esta hora santa, he de ponerme al frente de la misión de Dios. Si no recuperamos hoy el Sepulcro, no lo haremos nunca. Y prefiero perder toda nuestra dotación de cópteros a un millar de hombres más.
Castellani asintió, preocupado por el duro cambio que había visto repetirse en los ojos de los dos Papas a los que había servido. Tanto Vittara como Sierra habían sido hombres de paz, de tolerancia, y la Cruzada y la responsabilidad de llevarla a cabo había operado en ellos una extraña y dolorosa mutación que el cardenal italiano no sabía si achacar a la presencia inmediata de Dios o a la del diablo. Sierra se había propuesto terminar con la guerra con un golpe de efecto, ya que a estas alturas no podía detenerla, como si toda ella no hubiera sido más que una gigantesca partida de cartas, y con ese envite estaba dispuesto a poner en peligro su propia vida con tal de recuperar para la Cristiandad la tumba y asegurar su dominio.
Castellani advertía que el nuevo Papa, quien remontaba su nombre al predecesor de Alejandro X como forma de indicar que quería considerarse su heredero espiritual, era consciente desde su nueva posición que la cristiandad ya no necesitaba guías espirituales que los condujeran por los senderos inexplorados de este mundo de ateos. El cuerpo de Cristo creía haber sido capaz de superar la piedra noble donde debía basarse, obviando la figura del heredero de Pedro, convencido de que su fe ciega y el desprecio a quienes no creyeran como ellos bastaban para asegurar la vida eterna y la conquista del cielo.
No por primera vez en los últimos meses, Ludovico Castellani sintió un arrebato de infinita piedad por el hombre que, frente a todo aquello, pretendía de nuevo el vano sueño de enmendar el timón de una Cristiandad que cada vez hacía más cruel la aspiración de trocarse en Sacro Imperio.
* * *
El disparo hizo saltar un borbotón de polvo junto a la cabeza de Marcus Johanssen. Los oídos le zumbaron como si la explosión hubiera reventado alguna parte indispensable de su cráneo, y apenas tuvo reflejos para tirarse al suelo y esquivar la granizada de nuevos proyectiles que rociaron el lugar por donde estaban pasando.
Dos metros por delante de él, Arthur Greenberg se dobló como si acabara de recibir un pase de rugby molesto y se desplomó contra el sendero de grava y piedra. Incluso en la oscuridad, Johanssen logró ver la mancha oscura que tiznaba su ropa blanca, el muslo derecho destrozado por el impacto.
Se arrastró como pudo contra su compañero, maldiciendo en español la coincidencia de haberse dado de bruces con una patrulla yueisi que corría al encuentro de los cópteros invasores.
--¿Artie, estás bien?
La afirmación de Greenberg no sonó demasiado convincente. Los disparos seguían tronando sobre sus cabezas, envolviéndolos en un aluvión de piedra y polvo, pero ocultos tras un repecho por el momento los dos terrestres podían sentirse a salvo.
Greenberg había sido alcanzado dos veces. En el estómago y en la pierna derecha. La primera bala era apenas un roce, más espectacular que doloroso. La segunda había astillado el fémur.
--Me temo que no vas a poder moverte.
Greenberg apretó los dientes y forzó una sonrisa ensangrentada.
--Y si tú no te largas de aquí inmediatamente, habremos atravesado ese desierto en vano.
Los disparos de los yueisis habían cesado. Sobre la grava del camino se escucharon sus pasos.
--Coge la batería --susurró Greenberg--. Sigue adelante. Y no te olvides de salir corriendo en cuanto pongas el detonador en marcha.
Johanssen vaciló. A menos de tres metros, oyó al capitán del grupo yueisi amartillar su pistola. En las alturas, muy remoto, zumbó un cóptero.
Tras un rápido apretón de manos, Marcus Johanssen recogió la pequeña batería solar que le ofreció su amigo. Echó a correr hacia arriba, ignorando los disparos.
Se perdió de vista en un recodo en la montaña y sólo pudo escuchar, desde allá en lo alto, el rojo destello de las ametralladoras láser del cóptero terrestre que regaban la posición donde Arthur Greenberg y sus cazadores yueisis habían sido sorprendidos esperando.
* * *
Las luces del contrataque teñían de un granate más vivo la piedra oscurecida de la gruta. No había nadie montando guardia, quizás porque los yueisis habían corrido todos a repeler la muerte desde el aire con la que los manchaban los terrestres. Johanssen esperó oculto los minutos suficientes hasta asegurarse de que no le habían seguido, de que estaba solo. Entonces, embozado como una sombra, cruzó corriendo la planicie y se introdujo en la boca de la cueva.
El frío golpe de aire lo retrotrajo a aquel atardecer en que descubrieron el sepulcro, cuando ninguno sospechaba las consecuencias que iba a tener una expedición que habían considerado poco interesante. No llevaba esta vez ninguna linterna por la que guiarse, pero después de haber subido el antepecho de la montaña fiándose de sus instintos, no le importó demasiado avanzar palmo a palmo por aquella oquedad inundada de negro. El rojo barniz de la destrucción que pintaba el aire de Oasis de una paleta multicolor bastaba para indicarle tenuemente qué camino seguir.
La bomba palpitaba contra su pecho. O tal vez era su corazón acelerado. Apoyó la mano en la pared y la notó gélida, marcada por líneas que antes no había advertido, grabados primitivos que lamentó no poder ver o estudiar con detalle.
Siguió avanzando. La primera vez que entró en esta cueva le había parecido, o eso recordaba, que el sarcófago estaba cerca. Ahora, recorrer el pasillo hasta el atrio le resultó enormemente largo, infinito. Por un momento, temió que la información obtenida del satélite espía fuera incorrecta y los yueisis hubieran trasladado los restos a otro lugar más seguro.
Pero no. Estaba allí. Acostumbrados sus ojos a la oscuridad, divisó el contorno de la tumba, los rasgos extrañamente familiares del hombre que todos habían querido identificar con Jesucristo. Se acercó. A menos de dos pasos del sepulcro, se agachó y contempló con atención aquel parecido sorprendente, casi mágico.
No pudo evitar extender una mano, tocar la cabeza de piedra, seguir el contorno de la nariz y los labios. Sabía que iba a cometer la pronafación definitiva y pese a ello se sentía inundado de un grave conocimiento de su situación. Tenía que ser una falsificación. No podía ser otra cosa. O una simple coincidencia. Dios no podía haber querido pretender la locura que los hombres, Sus seguidores, habían desatado al otro lado de esta caverna.
No era experto en geología. Ignoraba qué material podía haber fraguado aquella piedra, por lo que no estaba en disposición de certificar un origen terrestre o yueisi. Sintió un escalofrío. Los ecos de las explosiones lejanas hacían temblar levemente el suelo y el techo. Sonrió torvamente. Dentro de poco la sacudida de su bomba iba a hacer que las paredes se desplomaran con una urgencia que nadie había esperado.
Y tenía, por todos los medios, que salir de aquí. Ignorante del destino final de Arthur Greenberg, era indispensable que sobreviviera a la explosión que planeaba, para poder explicar al mundo que había sido él, y no un complot yueisi o un error en el bombardeo que se desarrollaba entre las montañas, lo que había destruido la sepultura desencadenante de toda la tragedia. Lo último que quería era que los cruzados acusaran a los yueisis de haber hecho volar la tumba como un último acto de resistencia contra la invasión terrestre.
Acercó la mano al detonador de la bomba. Recordó los pasos que Greenberg le había indicado, el cierre a la derecha, el cable sobre el percutor. El artefacto estallaría con potencia suficiente para volar un edificio. Del sepulcro no quedaría ni rastro.
Contempló de nuevo los rasgos silenciosos de aquel desconocido yueisi a quien los hombres se habían empeñado en venerar como santo. Cerrados sus ojos, las membranas nictitantes de sus congéneres no podían apreciarse en la talla. Bien era cierto que podía haber pasado por un ser humano exacto.
No podía ser Dios. Era imposible. Y aunque lo fuera, el encuentro de aquella tumba no justificaba una Cruzada Galáctica. Tendrían que haber inventado otra excusa para sus planes de expansión. ¿Qué iban a hacer cuando encontraran otra Línea Coseriu y otros planetas donde los hombres pudieran alojarse sin tener que esperar los siglos precisos que demandaba una terraformación? ¿Iniciar otra vez el proceso? ¿Descubrir una nueva tumba de Cristo? ¿Someter a otras razas por el deseo de convertirse en mártires?
No podía ser Dios. Habría sido hermoso que lo fuera, quizá. Sin duda sería agradable comprobar que las dudas de tantos siglos tenían una respuesta clara, que existía un premio después de este valle de lágrimas, que en efecto había una lógica y un designio en el absurdo de la vida.
Estaba desvariando, lo sabía, absorbido por la mágica presencia de aquel sepulcro. Si de verdad era la tumba de Cristo, sin duda que detendría con su mano de fuego lo que iba a hacer. Johanssen miró los ojos muertos, casi esperando que se abrieran y una voz de ultratumba pronunciara el milagro de detener lo que entonces sería un sacrilegio.
Pero no pasaba nada. La talla seguía inmóvil, perpetua en su descanso, silenciosa y doliente. En el exterior los temblores y explosiones parecían alejarse. Estaban solos el sepulcro y él. Y la bomba que pondría un aldabonazo de cordura a la excusa imperialista de los seres humanos.
Si de verdad hubiera sido Dios, todo habría sido distinto. Habría obrado un milagro.
Acercó la mano a la bomba.
No llegó a escuchar la detonación que como una carcajada metálica acompañó al disparo que desparramó su cerebro sobre el catafalco.
* * *
Renqueando, sucio, enflaquecido, monseñor Raffaello Barsini se echó la escopeta al hombro y recorrió los metros que lo separaban de la tumba de Dios. Consumido por una profunda tristeza, apartó con el pie el cadáver del hombre al que había abatido de un certero disparo. Reconoció a Marcus Johanssen, pero no le dio más importancia que si se hubiera tratado de un yueisi que viniera, en un acto suicida, a impedir que la Cristiandad recuperase la prueba definitiva del poder de Dios.
Llevaba tanto tiempo viviendo a oscuras en las profundidades de la cueva, dedicado al ayuno y a la oración, que apenas se tenía en pie. Se había convertido en el guardián definitivo del sepulcro, en el humilde Pedro de este enclave santo donde sin duda había una puerta al cielo.
Limpió de sangre la figura dormida del Creador y se arrodilló en silencio, enfebrecido y reumático, cegado por la misma oscuridad que le había protegido en las sombras, y rezó, rezó por Marcus Johanssen y por sí mismo, y por la humanidad que había tenido que surcar el espacio y asentarse en un mundo extraño para purgar sus pecados.
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La Iglesia había sobrevivido al nuevo milenio adaptándose al cambio, negociando con sus fieles unas contrapartidas terrenas que, cien o doscientos años atrás, ella misma había acusado de herejía, de imposible. No dejaba de ser un contrasentido que, ahora que había querido adoptar una doctrina más orientada hacia sus raíces, fueran los propios creyentes quienes hubieran asumido un fundamentalismo religioso al que no se podía dejar de seguir los pasos, so pena de perderlos por completo. Como un movimiento de péndulo que oscila entre sus dos velocidades máximas, el destino de la propia Iglesia parecía ir siempre a remolque de los tiempos.
Ahora el cambio se veía obligado a adquirir una nueva forma. La muerte de Alejandro X había detenido las operaciones bélicas en un instante crucial. La Cristiandad precisaba con urgencia de un nuevo vicario de Cristo en la Tierra, justo en el momento en que el Sepulcro parecía a su alcance e incluso algunos santones rumoreaban que con su conquista la humanidad sería testigo de una Segunda Venida. Los ejércitos esperaban, prestos los fusiles, cargados los cañones, mientras los generales se desesperaban, algo ajenos al tufo de inciensiarios y al trasiego de misales cuando la cuestión de su eficacia profesional se ponía en entredicho por aquella incómoda pausa. Todo el planeta Tierra tenía vueltos los ojos hacia el cielo, hacia el misterio de la Línea Coseriu, hacia la flota de guerra que gravitaba en torno al planeta como el juguete móvil que tiembla sobre la cuna de un niño.
Los cardenales meditaban, rezaban, discutían, suplicaban la rápida intervención del Espíritu Santo. Dos votaciones de urgencia, y en ambas se transmitió la imagen virtual de una fumatta nera. No había acuerdo. Si difícil había sido encontrar al sustituto de Pablo VIII, la situación de guerra sin precedentes en la historia no facilitaba el reemplazo de Alejandro X, a quien muchos empezaban ya a llamar el Papa Mártir. Jamás había sido más crucial encontrar a un adecuado Príncipe de la Iglesia.
Las naves seguían orbitando el mundo de Oasis, como si el tiempo se hubiera detenido para todos. Sus nombres cargados de resonancias bíblicas se repetían a diario en los teletipos y redes del mundo: Génesis, Números, Nehemías, Deuteronomio, Éxodo, Apocalipsis, amplificando el efecto distorsionador que tenía el atravesar el túnel entre planetas. Los generales y los poderes del mundo metían prisa, como si la impaciencia por rematar al enemigo pudiera más que la meditación en esta hora decisiva donde Dios sin duda ponía a prueba una vez más la voluntad obediente de los hombres.
Hasta que por fin, en conexión con la nave transmisora que guardaba como un celador la Línea Coseriu, la Tierra volvió de nuevo la mirada a las alturas y esta vez sí, después de tantas semanas de desasosiego, pudieron leer el mensaje inequívoco de la fumatta bianca.
* * *
Había un cuerpo de ejército yueisi protegiendo las montañas. Tenían al menos la seguridad de que el sepulcro seguía en su sitio, porque el satélite espía emplazado por la armada terrestre no había indicado ningún movimiento extraño en aquel lugar, y tanto Greenberg como Johanssen sabían que la resolución de aquella máquina podría muy bien mostrar sin ninguna duda los centímetros de barba que habían ganado en estas semanas de peregrinar por el desierto, tal era la precisión de sus cámaras. Johanssen había aventurado la posibilidad de que entre los yueisis no sólo no se estilara cambiar a los muertos de sitio, sino que además fuera un tabú dentro de su cultura, aunque a Greenberg no le satisfizo demasiado la explicación, habida cuenta de que no creían en religiones ni vidas después de la vida. En cualquier caso, el sepulcro seguía en su sitio, protegido por un contigente armado que les iba a costar trabajo esquivar.
Pero los dos terrestres extraviados tenían tan clara su misión destructora como los cardenales que se aprestaban, a bordo de la Génesis, a consagrar a un nuevo Papa.
* * *
Obispo de Roma, Vicario de Jesucristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Supremo Pontífice de la Iglesia Católica Reunificada, Patriarca de Oriente y Occidente, Primado de Italia, Arzobispo y Metropolitano de la Provincia de Roma, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, Guardián de la Doctrina y Sacerdote Supremo de la Fe.
Eran sus títulos. Pablo IX sería su nombre a partir de ahora. Su primera misión, y así lo anunció con voz firme, sería rescatar el Santo Sepulcro a la mayor brevedad, acabar con la Cruzada de un solo y rápido tajo, poner fin al reguero de mártires.
Jerónimo Sierra aceptó la tiara y bendijo por primera vez urbi et orbes como Papa de la Cristiandad.
Desde la lejana Tierra pudieron verse claramente las lágrimas que le resbalaban por la cara.
Pocos supieron interpretarlas.
* * *
--Bien, aquí estamos --susurró Marcus Johanssen--. ¿Estás seguro de que sabrías encontrar el camino?
--Estoy seguro. No hay más que seguir la flecha. Donde más soldados yueisis haya, ahí es --se burló Arthur Greenberg--. De todas formas, he visto tantas veces el video del lugar que desde aquí podría llegar con los ojos cerrados. ¿Tú no?
Johanssen se secó el sudor de la frente. Resopló. Desde el pequeño promontorio, los valles y recovecos creados por el trazado de las montañas parecían todos igualmente áridos y repetidos.
--Supongo que sí. No estoy muy seguro.
--¿Segundos pensamientos? ¿Crees que ahora que habemus Papam las cosas pueden ser diferentes?
--No digas tonterías, Artie. Vale que ese Sierra no sea un fanático como están demostrando con creces los otros alzacuellos, pero de ahí a pensar que pueda detener esta Cruzada va un abismo. Tendrá línea directa, pero no es Dios. Y por mucho que quieran creer quienes le siguen, no es él quien dirige las operaciones de guerra. Hay profesionales de sobra para eso, veteranos de la Jihad y todos esos otros soldaditos de diseño que no pudieron hacerlo por su juventud y esperaban como maná del cielo una oportunidad como ésta de demostrar lo hombres que son y lo mucho que valen. Eso sí, todos con su partida de bautismo y su profesión de fe bajo el brazo. O lo hacemos nosotros, o no lo hace nadie.
--Bien --asintió Greenberg--. Nuestro plan es sencillo. Ya hemos acabado con la parte fácil. Hemos sobrevivido al desierto, a los bombardeos, a la sed y al hambre. Y al sabor de ese maldito lagarto. Ahora hay que rebasar esas líneas de defensa, entrar en la cueva, y hacer pedazos el sarcófago.
--Pedazos no. Artie, la historia de la cristiandad está llena de reliquias. No debe quedar piedra sobre piedra. ¿Qué te gustaría, coger un pico y una pala y empezar a buscar petróleo? Además, no tenemos ese tipo de herramientas.
--Pues hacernos con los explosivos yueisis nos puede costar la misma vida. Estamos forzando nuestra suerte. Además, no estoy seguro de saber cómo funcionan sus granadas.
Johanssen se ajustó el cinturón. En las últimas semanas había perdido tanto peso que las ropas le quedaban grandes.
--Hay que buscar un sistema que sea rápido para destruir el sepulcro. Tienes razón, no podemos exponernos más a los yueisis de lo que lo hemos venido haciendo. Suerte que nuestro vehículo es nativo y por eso no hemos llamado demasiado la atención...
--¡El coche! ¡Eso es! --exclamó Greenberg. Se puso en pie de un salto y corrió hacia el vehículo, agachándose para evitar ser localizado. Abrió el compartimento del motor.
--¿Alguna idea brillante?
--La única. Tendremos que contentarnos con lo que hay a mano, Marcus. La batería solar. Esto de aquí. Es distinta al modelo terrestre, algo más primitiva, pero no demasiado. Sabré hacerlo.
Con cuidado, ante el silencio de Johanssen, el reportero extrajo la caja que daba vida al vehículo.
--Eso es. Manipulando los polos, introduciendo un pequeño condensador que cortocircuite ese nódulo... Marcus, ya tenemos nuestro explosivo.
--¿Dónde has aprendido a hacer esas cosas? --Johanssen sacudió como un león la cabeza rubia--. Eres una fuente inagotable de sorpresas.
--En el Líbano --contestó el reportero, concentrado en la tarea--. Durante la Jihad. Estuve varios meses conviviendo con un comando integrista especializado en este tipo de acciones de sabotaje. ¿O crees que los premios Pulitzer los regalan?
--¿Y la potencia destructora de este chisme?
--La batería está a plena potencia. Yo diría que una vez hagamos explotar este aparatito, no quedarán reliquias que vender en los conventos de la Tierra.
* * *
Habían decidido esperar al anochecer para intentar el último movimiento de su partida. Agazapados en la oscuridad, reptando como los lagartos a quienes llevaban semanas observando para poder capturarlos, Greenberg y Johanssen se pusieron en marcha casi al mismo tiempo que la escuadra terrestre recibía las órdenes de despegar y bombardear las posiciones yueisis. Pablo IX tenía prisa por cumplir su palabra. Quería acabar con la guerra en menos de treinta y seis horas. Los cópteros que saltaron al aire como libélulas de sangre iban a encargarse de que la infalibilidad del nuevo Papa empezara a convertirse en motivo de leyendas.
* * *
Si las explosiones causadas por los cópteros terrestres no hubieran iluminado con sus haces rojos las montañas, ni Greenberg ni Johanssen habrían podido franquear el perímetro externo del campamento yueisi. Para su fortuna, y también para su peligro, el bombardeo provocó un frenesí entre las tropas defensoras que les hizo concentrarse allá donde hicieran falta, en el intento de repeler las hábiles máquinas voladoras de los invasores.
Aprovechando el alboroto, los dos terrestres consiguieron dejar atrás el campamento y empezaron a subir el mismo sendero que, meses atrás, les había llevado al hallazgo de aquella tumba. La batalla quedó ardiendo a sus espaldas.
Advirtieron su error cuando fueron localizados por una patrulla. Y descubrieron pagando con sangre que vivir en un mundo sin estrellas había desarrollado en los yueisis una excelente visión nocturna.
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El sol se le clavaba en la armadura como una lanza granate. Tenía un brazo herido, quizá roto, adormecido por los sistemas analgésicos del exoesqueleto. Avanzaba a trompicones y dudaba de la realidad de cuanto tenía delante. Isaías Markowitz se llevó la mano enguantada al casco de plastiacero y apenas consiguió arañar el visor. El acondicionador de aire de su traje, el sino de su existencia, había dejado de funcionar hacía un par de horas, poco después de que abriera los ojos y descubriera que la larga batalla había terminado y se había quedado solo.
Sorbió un poco de agua reciclada. Dio dos pasos al frente y contempló el vuelo de un pájaro negro, un buitre de Oasis o el equivalente a un gallinazo en esta tierra inhóspita. Bicho asqueroso. De buena gana lo habría abatido desde su posición, pero era posible que alguna columna de yueisis estuviera rondando todavía por las inmediaciones y viera al ave caer derribada, revelando su existencia.
El ejército invasor se había internado en el desierto hacía seis días, empujando hacia atrás al contingente yueisi que trataba, con más valor que acierto, de frenar su avance hacia las Montañas del Rostro de Cristo. Así las habían bautizado los exploradores, y así iban a pasar a la historia. La encarnizada batalla que había tenido lugar durante un día y medio se convertiría en uno de esos saldos indescifrables donde cada uno de los bandos se anotaría la victoria. Markowitz escupió. No sabía quién había dicho aquello que una batalla ganada era igual a una perdida. Napoleón quizás. O Nelson. Uno de aquellos ingleses remilgados. No, Wellington. El que había tenido que esperar hecho un glorioso fiambre no sé cuántos años antes de que le terminaran la tumba. Igualito que él ahora. Si estiraba la pata en esta región desolada, pasaría mucho tiempo antes de que pudieran abrir un agujero y poner sus huesos a salvo del hambre del buitre.
Sacó una nemopíldora de su mochila. Hizo ademán de metérsela en la boca, pero se le escurrió entre los dedos y acabó cayendo al polvo. Se agachó a recogerla. La pisó sin querer. Una pasta blancuzca, el resto de la cápsula, se le quedó pegada en las yemas del guante.
Soltó una imprecación. Cayó de rodillas, exhausto. Hundió la cabeza en la arena, como un avestruz, y maldijo de nuevo el sistema electrónico de su exoesqueleto, que le impedía lanzar una señal de socorro que enviara algún cóptero a su rescate.
Captó un roce ante él. Alzó la cabeza, aferrado al fusil láser.
Vio las dos piernas larguísimas, separadas para mantener el equilibrio sobre la duna cárdena. El hábito destrozado, el crucifijo bamboleándose entre los pechos duros como una roca. La monja fedayin le tendió la mano y él se puso en pie como pudo, anonadado. Por un momento, no supo si en efecto había tragado la nemopíldora o no.
Porque era ella.
Superviviente de su destacamento, igual que él. Perdida en un mundo extraño, con los hábitos destrozados y la frente surcada por una línea de sangre.
Bethania do Nascimento.
* * *
Era una locura. Ambos lo sabían. Rebasar las líneas yueisis, subir a hurtadillas el sendero entre las montañas, localizar la cueva, y profanarla. Greenberg ni siquiera quiso hacer el cálculo de cuántas formas diferentes podrían morir antes de que su acción pudiera cumplirse, pero sabía que la cruzada se detendría en seco cuando las naves terrestres descubrieran que se habían quedado sin premio. Eso, claro, siempre que la teoría de Johanssen de que aquello no era más que una excusa estuviera equivocada. Tiempo tendrían de averiguarlo. O quizás no.
Las noticias sobre la batalla en el desierto eran confusas. La pobre cobertura yueisi no les informaba bien del resultado, y las comunicaciones de los cruzados estaban tan cargadas de verborrea triunfalista que hacía tiempo que habían decidido ignorar la mitad de su contenido.
Greenberg sonrió torvamente al imaginar la cara de aquellos sonrientes bustos parlantes cuando anunciaran que el sepulcro causante de toda su gloria y su miseria había sido destruido por un par de terrestres con menos sentimiento religioso que pragmático.
* * *
Parecía que los yueisis habían concentrado todas sus fuerzas en el intento de descargar un solo golpe. Al menos, después de la batalla en el desierto, las patrullas de cruzados habían dejado de localizar nidos de ametralladoras y campos minados que impidieran el avance de sus carros de combate. Teglat-Acaz, el país invadido, casi se encontraba solo contra la enorme fuerza terrrestre. No todas las naciones de Oasis habían acudido en su socorro, quizás conscientes de la capacidad destructora que les había caído encima. O tal vez, como habría explicado Marcus Johanssen, porque pocas son las criaturas vivas que acuden en auxilio de otra camada que pueda tarde o temprano amenazar su territorio.
El avance por el desierto se había convertido, al mes yueisi de comenzar la guerra, en una guerra relámpago que habría hecho las delicias de Guderian. Si el polvo y las tormentas de arena no derribaran los cópteros con más habilidad que los yueisis, el Sepulcro habría sido recuperado hacía más de una semana. La moral seguía alta, pero los casos de comportamiento indigno hacia los vencidos empezaban a abundar, tan comunes a la guerra como la carne al hueso.
Alejandro X terminó la misa de campaña y dio gracias a Dios porque el resultado de la batalla en las arenas, aunque doloroso, había sido satisfactorio para la cristiandad que lideraba, más de nombre que de facto. Sus generales y cardenales le anunciaban que dentro de pocos días avistarían las Montañas del Rostro de Cristo, donde el Santo Sepulcro los aguardaba. El Papa, enfundado en su armadura-sotana, negro peto brillante del más pulido plastimetal, aún no había acabado de saborear la ironía de haberse convertido, como sus antecesores del Renacimiento, en un Papa guerrero.
Poco tiempo iba a tener para acostumbrarse a aquella agridulce sensación de ser, en efecto, el brazo ejecutor de Cristo. Apenas acababa de pronunciar la bendición final cuando la crux immissa de su pecho se resquebrajó con un crujido sordo, manchando la capa blanca de sangre y hierro.
El Papa se vino al suelo como si la armadura estuviera vacía. Un estruendo de disparos y voces, de relinchos y gritos nublaron su capacidad de entendimiento. No sintió dolor, ni siquiera angustia. Se miró el pecho abierto. La armadura humeaba por el impacto de una trazadora. Un comando yueisi había centrado sus esfuerzos en eliminar al macho alfa de los depredadores que los acosaban. Con éxito más que demostrado.
Unas manos auxiliaron a Alejandro X, intentaron detener la hemorragia que le vaciaba la vida velozmente. Todos sabían que era un esfuerzo vano. La herida se reproducía en la espalda, donde un volcán de metal cortaba los dedos del hombre que intentaba ayudar a su Papa.
Alejandro X boqueó, y los labios se le pintaron de sangre roja y restos de la hostia que acababa de consagrar. Empezó a ver el rostro de Jerónimo Sierra en blanco y negro, distorsionado. No conseguía oír las palabras de ánimo de su confesor, del hombre santo que había apartado del camino de la meditación y la verdad para convertirlo en monje guerrero al servicio de su causa.
--Moisés --susurró el Papa Vittara.
Volvió la vista hacia donde imaginaba las Montañas del Rostro de Cristo, el centro de toda aquella locura. La tierra de promisión en la que él tampoco podría entrar nunca.
Jerónimo Sierra asintió, comprendiendo la ironía. Un estertor entre sus brazos y el Papa quedó convertido en el recuerdo de una epopeya, la reliquia de otra época.
Al bendecir el cadáver, el cardenal Sierra advirtió que de sus dedos chorreaba un oscuro reguero de sangre.
* * *
Hacían el amor furiosamente sobre la arena caliente, abandonados a la suerte de sus cuerpos, vengándose del mundo inhóspito donde habían pretendido ingenuamente purgar los pecados de un pasado que los perseguía cosido a sus talones como una sombra. La pecadora Bethania y su descarado seguidor, el hombre que todavía no daba crédito a su buena fortuna. Era como si todos los sueños de Isaías Markowitz se hubieran convertido en realidad. Como si experimentara una sobredosis de nemoestimulantes. Pero era la verdad. La paloma siempre sería una paloma. Convertida en monja fedayin o no, Bethania do Nascimiento seguía siendo la diosa de sus sueños, un ser de sangre caliente dispuesta a abandonarse a la lujuria ahora que no parecía haber otra salida a la situación en la que ambos de encontraban.
Cuando la patrulla yueisi los sorprendió, Isaías Markowitz estaba tan concentrado en el paroxismo del placer que confundió su segundo orgasmo con la muerte.
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En cierto sentido, Arthur Greenberg se equivocaba. Una guerra era espantosamente igual a cualquier otra, eso podía ser verdad, pero la experiencia de combate que él tenía, la neutralidad aparente gracias a la que había sobrevivido durante los años de la Jihad aquí, en este punto remoto del espacio, no le servía de nada. Podría tener un puesto de observación privilegiado a la acción bélica que se abría paso como un bisturí sobre el terreno enrojecido de Oasis, pero su neutralidad no podía existir como tal. Si los yueisis los capturaban, si los detectaban siquiera, no comprenderían que quizás eran diferentes a los hombres forrados de negro plastiacero que vomitaban fuego y muerte desde las nubes.
Tener una cruz colgando del pecho y una media luna para casos de apuro, como había hecho durante la rebelión islámica, no le salvaría el cuello en este planeta remoto. Pero al menos la experiencia de sobrevivir podía serle de alguna ayuda. Estaba claro que, sin él, Marcus Johanssen no habría durado ni un solo día en aquel ambiente extraño.
La situación de las montañas donde habían encontrado el Sepulcro aquel atardecer era lo suficientemente imprecisa y remota para que los cruzados invasores no tuvieran una idea nítida de su emplazamiento exacto, y de todas formas acceder a aquel lugar no sería fácil. Eso iba a hacer la guerra más agotadora, más sangrienta. El contingente terrestre iba a tener que remontar un río de piedra hasta dar con el paradero de aquello que les había traído a este lugar, tomando casa por casa, destruyendo fuerte por fuerte, sitiando una ciudad tras otra, hasta ser derrotado o alzarse con la victoria.
Imposible salir al encuentro de los invasores, imposible entregarse o dejarse ver por los defensores yueisi, los dos náufragos terrestres habían decidido que su única opción era rebasar las líneas defensivas e internarse por su cuenta en el desierto, esperar junto al Sepulcro la resolución definitiva del conflicto.
* * *
Dos semanas de guerra abierta habían enseñado a los nuevos cruzados que la resistencia yueisi iba a ser más dura de lo que pudieran haber previsto en un principio. Desembarcaron a sangre y fuego, tomaron una ciudad llamada Esdrá, y se hicieron fuertes en ella. Luego llegó el contrataque yueisi, confundidos con el tono de la arena y utilizando unas técnicas de guerra que los ordenadores terrestres tardaron algunos días en descifrar, y las tormentas de polvo que inutilizaron los cópteros y obligaron a un lento avance palmo a palmo de terreno.
La fe de los hombres y mujeres consagrados a la causa continuaba inquebrantable. Se soportaba el calor, la sed, la disentería provocada por las aguas envenenadas por los yueisis y el aire ardiente que inutilizaba las juntas de las exoarmaduras y entorpedecía las transmisiones. Sabían que estaban cerca de su objetivo y eso quizá los hacía más valientes, más arrojados, menos listos.
Pero los yueisis combatían en su terreno, confundidos como hombres de arena con el paisaje y las nubes, descargando ataques calculados donde poner freno al avance terrestre se cobraba en vidas y equipo un saldo que los seguidores de Alejandro X no podrían pagar durante demasiado tiempo.
Jerónimo Sierra tenía la impresión de que la guerra iba a ser más larga de lo que el Papa había imaginado. Y también mucho más sangrienta.
* * *
Se habían perdido en el camino. Esa era la primera impresión. Estaban demasiado lejos de la zona de combates para que les preocupara caer víctimas de los bombardeos indiscriminados y de las acciones de defensa, pero asistían a ellos a través de los noticiarios de la Red que podían captar con los laptops, aunque cargados de estática y con multitud de imágenes en blanco y negro. Contrastar las noticias terrestres con los informes yueisis resultaba ilustrador, pero también los desorientaba mucho. Después de tres semanas y media de conflicto, Marcus Johanssen y Arthur Greenberg no podían asegurar cuál de los dos bandos estaba venciendo. El horror de la destrucción causada, de todas formas, era indudable.
Al socaire de un macizo pedregoso, los dos terrestres extraviados hacían girar por turnos una espeta. Ensartado en ella, un feo lagarto de color rojizo se chamuscaba lentamente, llenando el aire de un olor extraño y apetecible, desconocido para los humanoides que habitaban el planeta. Hacía ya varios días que Marcus Johanssen había vencido su repugnancia ante la provisión de carne que le procuraba la experiencia de su amigo. Al menos, ya tenían la constancia de que aquellos parientes lejanos de los dragones de Komodo no eran venenosos.
--Chico, qué forma de cagarla --comentó Johanssen mientras cortaba una tajada de carne--. La primera civilización extraterrestre que encontramos, la primera forma de vida, aparte de algunos indicios de bacterias en Marte, pero esas pueden ser residuos de alguna nave que hayamos enviado... La primera civilización, y en menos que canta un gallo nos las arreglamos para empezar a bombardearlos con gas mostaza. ¿Quién le habría dicho a H.G. Wells que los malos de La Guerra de los mundos ibamos a ser nosotros, después de todo?
Greenberg sacudió la cabeza. Aunque hablaba con fluidez media docena de idiomas y sus más importantes dialectos, entender el rápido español del venezolano todavía le costaba cierto trabajo.
--Está visto que no aprendemos nunca --musitó con tristeza. No era un descubrimiento que pudiera reclamar como nuevo.
--Al contrario, Artie --contradijo Johanssen--. Hay quien tiene demasiado aprendida la lección.
Greenberg dejó de mordisquear la crujiente carne rosada y miró a su compañero de infortunio.
--No te entiendo.
--Los milagros existen para quienes creen en los milagros. Toda esta historia del sepulcro y el cuerpo de Cristo y el agnosticismo yueisi le viene al pelo a más de uno.
--¿Una confabulación? --Greenberg sonrió--. ¿No te parece una explicación algo forzada?
--Ya. Supongo que ves más lógico que Dios en persona nos estuviera esperando al otro lado del cielo.
Greenberg gruñó y mordisqueó un trozo de carne. La primera en la frente, reportero. Nunca hagas preguntas que no estés dispuesto a responder tú mismo. No te quejes si después te encañonan con un fusil láser por tu impertinencia.
--Todo este incidente, esta guerra absurda, es una excusa nada más, Artie. Una excusa para la unión. Creer en Dios está de moda, como pudieran estarlo los bikinis de anillas de plata o las corbatas de doble nudo hace unos años. Pero no hay un proceso de reflexión puro. No hay un afán de arrepentimiento verdadero tras el etnocidio de la Jihad, por mucho que se empeñen en creerlo los curas y la Iglesia. La conversión a la fe es una moda. Y las modas pasan sin que nadie las recuerde al día siguiente, por eso hay que hacer todo lo posible por mantener la llama. El mayor regulador de las crisis o las explosiones demográficas de la historia ha sido la guerra. Contra el materialismo arreligioso que, como golpe de péndulo, nos espera dentro de diez o doce años, no hay nada mejor que una idea unificadora que no desvíe a nadie del camino. Una Cruzada.
--¿Crees que si los islámicos hubieran ganado la guerra las cosas no habrían sido igual?
--¿Quién puede decir que entonces no habríamos encontrado un sepulcro con la imagen del Profeta?
Greenberg guardó silencio. Johanssen bebió un poco de agua tibia y la escupió. Echó de menos aquel champán de la embajada.
--Todos salen beneficiados con esta historia. La Iglesia, los gobiernos, los frustrados de a pie que ya no tienen un enemigo a quien odiar para encontrar sentido a sus vidas, las corporaciones y trasnacionales, el orden mundial. E pluribus unum. Juntos en la diversidad. Este plan de Dios viene muy bien a los banqueros y los vendedores de armas. No hay nada que estabilice más al sistema que una buena sacudida de vez en cuando. Y la experiencia de combate en otro mundo puede incluso servir como campo de pruebas para futuras guerras cósmicas.
--No imaginaba que fueras marxista --sonrió Greenberg.
--Soy johanssenista, no se te olvide. ¿Te has dado cuenta de que, desde que empezó esta historia, la terraformación de Marte ha pasado a segundo plano? Atravesar Coseriu es más barato. Oasis ya está embalado y listo para ser consumido. Adiós, planeta rojo. A partir de ahora sólo habrá que buscar nuevos portales de Coseriu en el espacio y ver adónde nos transportan. No hay que ser un lince para imaginar que, si la Línea que conocemos pone en contacto planetas de similares características y formas de vida paralelas, otras Líneas que pudiera haber diseminadas por el cosmos harían lo mismo. Tren directo a la estación apetecida. Se acabó luchar como cabritos contra las inclemencias meteorológicas o los ambientes nada propicios para la vida humana. Hoy es Oasis, mañana será Nueva Thule, o Segunda Lincoln, o como quieran llamarlo. El camino a la expansión imperialista hacia el espacio queda expedito de un plumazo.
--¿Habla la voz de la experiencia o la intuición? --se burló Greenberg, aunque pensaba igual que su amigo en este aspecto.
--¿Sabes lo que es la intuición femenina? --preguntó de pronto Johanssen, casi dando un giro a la conversación--. Es cuando una mujer se cubre inconscientemente el escote y tú te das cuenta de que, también inconscientemente, estabas a punto de mirarlo. Lo mío es intuición de sociólogo. Ese título de socioexólogo con el que me presentan es una mierda, afán de marear la perdiz y no llamar a las cosas por su nombre, ganas tontas de impresionar --hizo una pausa--. Quiero plantearte una cuestión que lleva días dándome vueltas en la cabeza, Artie.
--Adelante.
--¿Es posible que alguien se nos adelantara? ¿Que plantara allí ese sarcófago, que todo sea un timo perfecto?
Greenberg se subió las gafas sobre el puente de la nariz. Se frotó la barbilla, sin saber qué decir.
--El odio religioso no se acabó con la Jihad --prosiguió Johanssen--. Nos sobran ímpetus para seguir matando en nombre de Dios o del demonio, ya lo has visto en las pantallas. Si los orientales no fueran tan pasivos en cuestiones religiosas, ahora mismo estaríamos encaramados a la gran muralla china viendo pasar las legiones de Dios.
--¿Crees que la Yamamoto Maru no fue la primera en atravesar Coseriu? --Greenberg entornó los ojos, sopesando posibilidades.
--No lo sé. Es posible. Quizá hubiera otras naves antes. Desde luego, las ha habido después, antes de que nosotros llegáramos y picáramos como pardillos en la recepción de la embajada. El trío perfecto. Un cardenal quisquilloso, un reportero con más premios a las espaldas que dioptrías en las gafas, y un sociólogo polemista pero con cierto prestigio para dar veracidad al asunto.
Greenberg frunció el ceño.
--¿Piensas que fue un truco? ¿Que actuamos como señuelo?
Johanssen se encogió de hombros.
--¿Quién sabe? Desde luego, en esta cuestión se ha aplicado de todo, menos el método científico. Tal vez alguien enviado por la Yamamoto Maru plantó el sepulcro. Tal vez el descubrimiento de la Línea Coseriu fuera parte de un experimento secreto, de un proyecto supernegro. O alguien de las primeras naves de contacto se dio un paseo por el desierto cargando con un bloque de piedra tallado según los rasgos de Jesucristo, sabiendo que el fervor religioso de nuestros contemporáneos provocaría la intervención manu militari tarde o temprano.
--¿Y Tad Ghe? ¿No lo dejaría esa teoría un poco fuera de campo? Vale que nosotros tres picáramos como los idiotas que el tiempo ha demostrado que somos, ¿pero y la historia que nos contó Tad Ghe? ¿La negativa yueisi a entregar una reliquia si esta es falsa?
--Qué sé yo qué puede jugar en todo esto Tad Ghe. Tal vez María Kennedy-López sea la principal beneficiara de esta locura. Tu presidenta es una mujer de armas tomar. Lo demostró en la Jihad.
--No es mi presidenta, Marcus --corrigió Greenberg--. Yo soy canadiense, no norteamericano.
--Amigo mío, en la Tierra todos somos norteamericanos desde hace más de doscientos años. ¿Qué diferencia Nueva Dheli de Tupelo, Mississipi, de Praga o de Lisboa? Las mismas hamburgueserías de plastiplancton, las mismas marcas de prendas deportivas, los mismos jóvenes desvistiéndose con la misma ropa estrafalaria, la misma música impertinente, los mismos sosos programas en la Red, los mismos artilugios electrónicos... No nos dejan votar, pero todos somos americanos.
--Estábamos hablando de Tad Ghe.
--Quizá juege a hacer de Yago. Tal vez le hayan prometido una buena tajada cuando esto se termine. Recuerda: el país donde está el sepulcro ni siquiera es el suyo propio. Tal vez traicionando a su raza zanje alguna vendetta particular, algún asunto de sangre del pasado. Qué sé yo. Es fácil manipular a la opinión pública, falsear los datos. Hay precedentes en la historia.
--El hundimiento del Maine como excusa para vender periódicos de William Randolph Hearst.
--¿Eso fue en el siglo XX?
--Justo al final del XIX. Fue mi tesis de licenciatura. La influencia de prensa en el desarrollo de la guerra. Pero tal vez el sarcófago sea verdad.
--Para los que tienen necesidad de creer, ya lo es. No te imaginaba creyente, Artie.
Ahora le tocó a Arthur Greenberg el turno de encogerse de hombros.
--Mi problema es que creo en demasiadas cosas --dijo--. Soy una especie de bicho multirreligioso. Panteísta por mínimo común múltiplo. He visto demasiadas heroicidades cometidas en nombre de Alá y demasiadas tropelías en nombre de Cristo. Y al revés. Cuesta trabajo pensar que estén matándose por un sarcófago tallado en piedra que quizá sea una falsificación. No creo que cientos de miles de hombres vayan a una guerra entre planetas sólo por un señuelo. Deben de haber comprobado que, sea lo que sea, no es un modelo falso. Quizá no sea Cristo, pero dudo que lo hayan fabricado en la Tierra con un molde de barro.
--Real o no, si no lo hubiéramos encontrado, si Barsini ni hubiera insistido en hallarlo...
--Otra vez volvemos a Wells --dijo Greenberg, apagando las ascuas de la hoguera--. ¿Sabes qué me gustaría?
--¿Sintetizar un virus y acabar con nuestros congéneres invasores? Supongo que los yueisis andan suspirando por una cosa así.
--No --sonrió Greenberg--. Tener una máquina del tiempo. Dar marcha atrás y no haber encontrado nunca esa cueva.
--Eso tiene fácil solución.
Greenberg se quedó mirando al otro hombre. Johanssen terminó de orinar a sotavento y se abrochó la bragueta.
--¿Es que tenéis máquinas del tiempo en las colonias de Marte? --preguntó Greenberg, zumbón.
--No, pero sabemos llevar las cosas a su última conclusión. Si lo que estorba es el sepulcro, no hay más que un camino. Continuemos nuestro viaje, Artie. Regresemos a esa cueva antes de que la tomen los miembros de la Cruzada. Y, una vez allí, querido amigo, una vez tengamos delante ese sepulcro, destruyámoslo.
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Se habían quedado solos, sin recursos, sin dinero, comida ni agua. Forasteros en tierra ajena que sobrevivían escondidos, esquivando cualquier encuentro con los yueisis. Intrusos en un planeta extraño que iba a sufrir dentro de poco la oleada de una invasión como jamás habían imaginado. La muerte desde el cielo. La llegada de una lluvia de luz como jamás habían visto desde Oasis en toda su historia.
--Mal momento escogimos para visitar tumbas remotas --se quejó Marcus Johanssen, incómodo entre las ropas que cubrían su tez y su porte humano, tan similar y tan distinto a la vez a la estructura ósea de los habitantes de Oasis.
--Peor momento escogiste tú para echar una cana al aire --contestó Arthur Greenberg, tecleando posibles rutas de escape hacia el desierto en su laptop--. Podríamos estar ya camino de casa.
--¿Se te ocurre algo que podamos hacer?
--Estrangularte. Venderte como esclavo. No son ideas demasiado agradables.
--Más bien no --Johanssen, acalorado, se rascó la barba--. ¿Pero de verdad que crees que van a invadir este planeta?
--He visto cosas peores. ¿Dónde pasaste la Jihad?
--En Marte. Poniendo pegas a algunas de las atrocidades cometidas en nombre de la terraformación.
--Yo anduve esquivando balas láser y explosiones indiscriminadas --respondió Greenberg, con toda la frialdad profesional de la que fue capaz, como si el recuerdo del pasado propio fuera una experiencia ajena--. Vista una guerra, vistas todas. No parece que hayamos quedado hartos de matarnos a cuenta de lo mismo. Quieren ese sepulcro, y vendrán a por él, cueste lo que cueste. Te lo aseguro, amigo.
--No será demasiado caro, desde luego. La Línea Coseriu está a un tiro de piedra.
--Déjate de humor fácil. Si te quedara alguna duda de que un puñado de fanáticos armados hasta los dientes aparecerán uno de estos días por esa grieta del cielo, te habrías entregado a las autoridades yueisis.
--No es humor, Artie. Si este planeta se encontrara a un par de años luz de la Tierra, nos enfrentaríamos a una situación bien distinta. Nuestros soldados no están preparados para una guerra a escala cósmica. Ese pliegue de Coseriu, ese portal dejado por alguna civilización desconocida, permitirá masacrar a este pueblo de cabezotas zen con la tranquilidad con que las lanzaderas hacen el recorrido entre la Tierra y la Luna.
--En eso tienes razón. Por si la distorsión provocada por atravesar la Línea Coseriu fuera poca cosa, tendremos a esas naves de guerra aquí en menos tiempo del que se tarda en decirlo.
--Insisto: ¿Qué podemos hacer?
--Hablar con Tad Ghe. Hacerle ver con qué se van a enfrentar. Convencerlo de que claudique por su bien.
--No son un pueblo pacifista. Deben tener una idea bien clara de lo que es la guerra.
--Pero carecen de los medios técnicos para soportar una invasión desde el espacio. Tiene que escucharnos.
--No nos hará el menor caso --certificó el sociólogo--. Y nos utilizarán como rehenes. Una tontería por su parte, desde luego. No creo que a nadie le interesemos lo más mínimo.
--Ahí tienes razón. Pero hay que intentarlo de todas formas, Marcus. Si pudiéramos convencerles...
--¿De qué? ¿De que entreguen el sepulcro y santas pascuas? No seas iluso. No lo harán.
--Eso es lo malo de intentar ser neutral en una guerra. Te bombardean por todos los lados. Si estos yueisis no fueran tan testarudos...
--La testarudez tiene bien poco que ver, Artie. Están en su derecho. ¿Por qué habrían de entregar ese sarcófago, sólo porque tiene cierto parecido con una imagen mítica de nuestra cultura? También las primeras fotos que se tomaron de la superficie marciana mostraron un rostro que algunos quisieron identificar con el de Cristo. No era más que un capricho del fotógrafo, como las imágenes que vemos en las nubes. Una patraña.
--Ese sepulcro podría ser algo más.
--Me da igual. Comprendo que los yueisis no quieran entregarlo. ¿Quién demonios nos creemos que somos? Además, ya lo dijo muy claro Tad Ghe. Es su pasado herbívoro el que está en funcionamiento.
Arthur Greenberg alzó una ceja.
--¿Bromeas?
--Nunca bromeo con las cosas de comer. Los primitivos yueisis no consiguieron conservar su territorio gracias a sus instintos de caza, como sucedió con los humanos, sino por técnicas defensivas, protegiéndose de los depredadores que atacaban sus manadas. Ese sentido está soldado a fuego en sus genes, Artie. La presión a que se les ha estado sometiendo desde que comenzó este asunto es similar al acoso de las hienas, los leones o lo que demonios sea que atacó a los primeros yueisis sapiens en tiempos remotos. Nuestros chicos de uniforme son el equivalente depredador de los contemporáneos. Y, como si siguieran un código de honor japonés, arcaico e incomprensible para los occidentales, los yueisis se niegan en redondo a ceder a la presión. Todo lo contrario, cuanto más se les fuerza, más se resisten. Si los impulsores de esa Cruzada que según tú está a punto de estallar creen que el pueblo yueisi va a quedarse sentado en sus porches tomando el sol y viéndolos pasar, se equivocan. Opondrán resistencia, Artie. Y grande. Y eso sólo servirá para que la guerra sea más larga, y mucho más cruenta.
* * *
La transmisón holográfica del Papa Alejandro X se repetía milimétricamente en todas las naves que componían la escuadra, en los treinta y cinco cargueros marcianos reacondicionados para llevar al mundo de Oasis la oleada de esta Novena Cruzada.
En la bodega de una nave panameña rebautizada Deuteronomio, Isaías Markowitz asistía, vestido de soldado, al primer gran momento culminante de esta expedición, la bendición que el Papa Vittara hacía antes de que la escuadra se introdujera en la Línea Coseriu.
Como muchos otros hombres y mujeres, Markowitz creía haber encontrado la luz, la respuesta a sus más dolorosos interrogantes, la solución a todos los remordimientos occidentales tras la Jihad. También, en el paso a través de Coseriu, había un claro componente aventurero. El espacio, hasta ese momento una extensión monótona y aburrida, cuajada de inconvenientes y de peligros, se abría a la colonización humana como un ramillete de píldoras nemoestimulantes que escoger sin pagar impuestos. Markowitz era un soldado de Cristo, y se dejaba transportar alegremente a aquel otro mundo sabiendo que a partir de ahora su vida había adquirido un sentido nuevo. No le sucedía a él solo. Cientos de miles de seres humanos querrían estar aquí, ocupando su puesto, comprobando como modernos Santo Tomás la gloria del Creador, introduciendo los dedos en la llaga por Él dejada como indicativo de Su magnanimidad. Se rumoreaba que incluso Bethania do Nascimento había ingresado en el cuerpo de monjas fedayines que preparaba Madre Juana del Cuerpo de Nuestro Señor, las implacables fuerzas especiales que habían sobrevivido a la Jihad en primera línea de fuego. Si era así, Isaías Markowitz esperaba encontrarse cara a cara con la mulata algún día.
--Reconoced que el Señor es Dios: Él nos ha hecho y somos suyos, Su pueblo, las ovejas que él guarda --entonaba el Papa desde su nave, Génesis. En todos los otros cargueros reconvertidos, los sacerdotes y obispos repetían sus gestos con algo atávico y levemente chamanístico, la coreografía de brazos y manos abiertas que se movían al compás de las palabras del Libro Santo.
El Papa cantaba la misa en español, el idioma común que había sustituido al latín de otros siglos y que ahora, reservado el inglés para los elevados asuntos técnicos, se había convertido en el lenguaje de los desarraigados de la Tierra.
--Entrad en Sus pórticos dándole gracias, alabadlo, bendecid su nombre: porque el Señor es bueno, Su amor es eterno, y Su lealtad perpetua por todas las edades.
Era el Salmo 100, utilizado por los fieles o peregrinos que entraban en el templo de Jerusalén, donde se invitaba a toda la Tierra para que experimentase la bondad de Dios. Ahora la humanidad iba a entrar en un pórtico nuevo, en un templo diferente.
Finalizada la solemne misa, la nave Génesis se adelantó al resto de la escuadra y con una pirueta imposible se zambulló en la Línea Coseriu.
* * *
Era de noche en medio del desierto. El todoterreno solar que habían robado esperaba, detenido a la sombra de un promontorio. Los dos fugitivos humanos, Greenberg y Johanssen, compartían un hatillo de frutas y contemplaban el cielo.
Entonces las vieron aparecer, una a una, puntos de luz inconfundibles a este lado del desgarrón que era Coseriu. Luciérnagas encendidas, fósforos de muerte, los fuegos de artificio que anunciaban unas explosiones que no se borrarían inofensivas en el aire.
Por primera vez en su historia, el cielo nocturno de Oasis se pobló de estrellas.
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Dios había hablado por boca de Su pueblo. Consumida la paciencia, cerradas las alternativas, el modo de actuación estaba claro. El rescate del Sepulcro se había convertido en un clamor, una exigencia contra la que no valían razonamientos ni componendas. La humanidad había sufrido el sacrificio del genocidio propio, había atravesado la más dura de las pruebas de fuego y en el transcurso de esa ordalía se había visto cara a cara con la Verdad, aunque su corazón se hubiera endurecido como un pan viejo durante el proceso. Formaban un pueblo elegido, tenían una misión que cumplir, un destino que acatar.
Alejandro X meditaba en Castel Gandolfo, contemplaba las estrellas desde el observatorio, la Specola Vaticana que su antecesor Gregorio XIII había ordenado construír, imaginaba el reflejo de la Línea Coseriu sobre las aguas del lago Albano, y oraba. Como guía y padre de espiritual de un planeta entero, se le exigía una actuación, una respuesta.
Y tan sólo la autoridad de una voz se alzaba desde su Iglesia contra el duro camino de bronce de la espada.
* * *
Si la Santa Sede hubiera participado en la Alianza contra la Jihad, Alejandro X no tenía dudas de que Jerónimo Sierra habría sido uno de sus héroes militares, un siervo de Dios entregado a la causa con vocación de mártir y alma de guerrero obediente. Pero la paciencia y las palabras de consuelo de Pablo VIII habían retrasado la intervención de la Iglesia durante la década entera en que duró el conflicto, exhortando al diálogo y la comprensión, recordando la obligación cristiana de poner la otra mejilla y perdonar, perdonar por encima de todo. A su modo, el Papa Vitullio había sido un revolucionario, el hombre que, por oposición al ayatollah Abderramán Sidi Mohammed, principal impulsor de la Guerra Santa, había configurado su siglo y su futuro. De forma velada, pero sin caer en el defecto de la metáfora rebuscada o la alegoría al uso, Pablo VIII había querido dar a entender que la Jihad islámica no tenía por destino de su odio la fe cristiana, sino el frío sistema capitalista que había condenado a sus creyentes al atraso, la pobreza, el abandono y el olvido. La Jihad tuvo que saldarse con el exterminio de los musulmanes para que los orgullosos vencedores comprendieran que el pequeño Papa veneciano había tenido razón desde el principio.
Ahora, un cuarto de siglo después del final de la guerra que, en efecto, había parecido ser librada para poner fin a todas las guerras, la generación de herederos de aquella catástrofe reclamaba el derecho a equivocarse también, a mancharse de sangre, a entregarse a las llamas de la contienda.
Y sólo Jerónimo Sierra, desde su púlpito en la Red, alzaba la voz contra la locura y reclamaba la misma comprensión, la misma capacidad de perdón y de diálogo que había hecho florecer el sueño de Pablo VIII, un sueño que sus herederos estaban a punto de convertir en una pesadilla.
* * *
Alejandro X miró a los ojos al hombre que tenía frente a frente. Con humildad, pero sin ceder ni un ápice al peso de la mirada del Papa, Jerónimo Sierra soportó la inspección de quien era su superior, y lo observó a su vez, sorprendido, casi dolorido.
En los meses transcurridos desde el principio de este incidente, el Papa Vittara había cambiado de forma ostensible. El obispo español lo encontró enflaquecio, con un rictus de amargura en la comisura de los labios, con un brillo extraño en los ojos. Quizá el Santo Padre estaba enfermo, o en efecto el peso que había recaído sobre sus hombros desde el encuentro del Sepulcro hacía mella también en él, como lo hacía en la Cristiandad toda. Jerónimo Sierra, desde su postura contraria al ultimátum dado a los yuesis, dio gracias a Dios por no encontrarse en la situación de aquel hombre.
--Hemos estudiado atentamente tus homilías y reflexiones, hermano Jerónimo --dijo el Papa, usando la forma plural que rara vez empleaba ya en estos tiempos. Tras él, su Red de ordenadores proyectaba continuas imágenes del Sepulcro y los rasgos marcados en la Sábana Santa turinesa, superponiendo la piedra tallada sobre el lino manchado con una precisión que arrojaba pocas dudas respecto a la coincidencia de la personalidad de ambos Hombres--. Tu actitud nos parece... peligrosa.
--Es sólo una voz, Santidad. Ahogada en las redes de otras voces contrapuestas.
--¿No te parece adecuado que la Iglesia haya de hacer lo que tiene que hacer?
--Hemos sobrevivido a una catástrofe hace menos tiempo del que habría parecido necesario para olvidarla, Santidad. ¿Tan poco aprendemos los hombres que no pasa ni un cuarto de siglo y ya pretendemos repetir ese error terrible?
--¿Te parece que la Jihad es igual a esta situación que se nos presenta, Jerónimo Sierra? ¿Son lo mismo los arrebatos de odio de un loco integrista que el milagro revelado que se nos presenta al otro lado de la Línea Coseriu?
Jerónimo Sierra se encogió de hombros. Miró al suelo.
--Si no es lo mismo, lo parece. Hace treinta y pocos años la humanidad ardió en una guerra de religiones que creímos definitiva. El hecho de que nuestra fe saliera fortalecida al final no justifica que ahora repitamos ese mismo movimiento.
--No es lo mismo, Jerónimo. No es lo mismo. Y si eso te parece, estás equivocado.
--Sólo soy un pobre obispo de una sede remota, Santidad. No soy infalible como Vos. También puedo equivocarme.
--¿Y arrastrar en tu error a miles, millones de fieles?
--Me temo que mis palabras no estén, hoy por hoy, alcanzando a nadie. Soy como la voz que clama en el desierto. No quiero guerra. Pero todos la buscan.
--No es guerra lo que queremos. No malinterpretes la decisión de toda la Cristiandad. Queremos esa prueba de fe. Necesitamos recuperar ese Sepulcro. Los yueisis no son capaces de comprender nuestra situación.
--Y por eso la culpa es de ellos.
--Dios revelado está de nuestra parte --continuó Alejandro X, ignorando la ironía de su obispo--. No es la decisión de un Papa, Jerónimo. ¿Cuándo la Iglesia ha tenido este poder que tiene ahora, esta responsabilidad, este alcance?
--Nunca. Pero si las conversiones a nuestra fe las ha dado primero el sentido de culpa tras el etnocidio de la Jihad, y ahora el odio de la incomprensión hacia otro pueblo... Mal futuro veo para nuestra Iglesia, Santidad, si se me permite decirlo. No era eso lo que Pablo VIII pretendió. No fue por eso por lo que salimos a los caminos tras la guerra, ofreciendo unas palabras de aliento y un abrazo de comprensión.
--¿No crees que, una vez recuperado el Sepulcro, nuestra actitud sea la misma?
--Los cadáveres no oyen palabras de salvación, Santo Padre. Y eso es lo que vamos a conseguir si seguimos adelante con el ultimátum a Oasis.
Alejandro X crispó los puños, el rostro contraído en una expresión de angustia intraducible. Jerónimo Sierra era fiel exponente de la doctrina que había fortalecido a la Iglesia, la encarnación más palpable de las palabras del Papa Ditullio, un hombre entregado a la causa. Su opinión tal vez no contara para las mesnadas de fieles que exigían una intervención directa contra Oasis, pero sí para el propio Papa Vittara. Necesitaba esa voz a su lado en este trance. O silenciada.
--¿Cuál es tu opción, entonces? ¿Dejar allí olvidada la tumba del Hijo de Dios? ¿Actuar como si no supiéramos de Su existencia?
--Se puede llevar la Palabra a Oasis sin violencia. Al menos, deberíamos intentarlo.
--Y se intentará, Jerónimo. Tienes mi palabra. Se intentará. Después de que el Sepulcro regrese.
--Después de que exterminemos a todo un pueblo.
--No. No habrá más violencia que la necesaria. Nuestros asesores lo han analizado todo. Punto por punto. La intervención será breve. Los yueisis no están preparados para ofrecer resistencia.
--Tampoco lo estaban los musulmanes. Y la guerra duró diez años.
--Porque no quisimos decantar la balanza con nuestra intervención. Porque no estábamos unidos. Porque los ataques terroristas no vienen de ninguna parte.
--Y nuestro ataque terrorista sí será claro.
--Cuida tus palabras, Jerónimo Sierra. No pongas en duda el camino trazado por Dios. Esa actitud tuya sólo podría acarrear el peor de los contratiempos en esta Hora Santa. ¿O acaso pretendes con tus palabras crear un Cisma? Ahora que la Iglesia está unida, ahora que somos más que nunca piedra angular, escogida, preciosa, ahora que quienes en un tiempo no fueron pueblo de Dios han venido a ser pueblo Suyo, ahora que Su nombre es más grande de lo que nunca fue, ahora que vamos a cumplir la Voluntad de Dios, ¿usarás la libertad como pretexto para encubrir la malicia? ¿Fragmentarás de nuevo la Iglesia?
--Conozco mejor que nadie la Primera Carta de Pedro, Santidad. Y no, no romperé la unidad de la Iglesia.
--¿Dudas de ese Sepulcro de Oasis?
--El Plan de Dios es inefable, Santidad. Muy ciegos tendríamos que ser los hombres para creer que sólo somos nosotros, en esta mota insignificante del espacio, los únicos bendecidos por Su Gloria.
--Pero no quieres una intervención militar.
--No quiero una Cruzada. Quiero el regreso a un pueblo peregrino. Podríamos llevar la Luz a Oasis de otro modo que no tuviera que ver con las armas.
--Ojalá fuera tan simple, Jerónimo. Ojalá. ¿Has oído alzarse las voces? ¿Has analizado sus palabras? ¿Crees que Pablo VIII no quiso detener la Jihad como yo quisiera impedir esta Cruzada?
--¿No podéis impedirla?
--Sólo soy un líder espiritual. No tengo el poder de decisión sobre quienes gobiernan las naciones. Pero me arrinconarán a un lado si me opongo. Actuarán por su cuenta. ¿Qué sería de la Iglesia si la arrinconasen de nuevo, si se encontrase sin un guía, sin un Papa? Y no hay egoísmo en mis palabras, Jerónimo, créeme. Ojalá no estuviera donde estoy. Pero es mi destino. Con mi negativa o sin ella, el pueblo de Dios actuará. No soy Pablo VIII. No tengo su paciencia. Ni su don de palabra. Ni estos instantes que vivimos son iguales a los que él tuvo que enmendar. Con el Papa o sin el Papa, la Cruzada ya está en marcha. Sólo puedo pretender encauzarla.
--¿Y poneros al frente?
--Y ponerme al frente. Y poner al frente a aquellos que pueden conseguir que la intervención sea rápida, sea piadosa, sea justa. Ahí es donde entras tú, Jerónimo Sierra. Tu actitud puede provocar un cisma.
--Si encontrase quien me oiga. Pero no lo encuentro, Santidad. Y de todas maneras no quiero fragmentar la Iglesia.
--Te reafirmas entonces en tu voto de obediencia.
El obispo español bajó la cabeza. Asintió.
--Y en el de pobreza. Y en el de castidad.
--Entonces, por bien de la Iglesia que amamos y servimos, nos te imponemos un nuevo voto, cardenal Jerónimo Sierra. El de silencio. Pon freno a tu voz. Calla tus palabras hasta que sea momento de reflexión. Hasta que de verdad sea la hora de oírlas y analizarlas. Y acompáñanos a Oasis como nuestro confesor particular, como brazo al servicio de Dios, para que no olvidemos en ningún momento que luchamos por Él y así el pecado no reine entre nosotros y no nos obligue a obedecer nuestras bajas pasiones.
--La victoria, la gloria y el poder a nuestro Dios, porque sus sentencias son objetivas y justas --citó Jerónimo Sierra, la cabeza gacha, los ojos nublados por las lágrimas.
El Papa asintió ante sus palabras, y las reconoció, y musitó para sí el perdón por lo que había hecho de aquel hombre santo. No había referencia más adecuada para un momento semejante como el Libro de las Revelaciones de San Juan.
El Apocalipsis.
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Desde muy joven, Arthur Peter Greenberg había sido un hombre de ninguna parte. Cuando la Jihad estalló, prendiendo fuego a los cuatro rincones del mundo, no era más que un joven recién salido de la facultad de periodismo. Con un experimentado cámara de video por único acompañante, su principio de miopía y la intrepidez que es fruto de la inconsciencia, recorrió las zonas del conflicto y fue testigo directo del implacable contraataque que las democracias occidentales descargaron contra los anhelos de justicia de todo un pueblo sometido y cegado por el lastre de sus gobernantes y el opio de sus creencias religiosas. Había ganado su primer Pulitzer antes de cumplir los veinticinco años, pero también había visto más muerte y más miseria que la mayoría de los hombres y mujeres que leían sus artículos en la Red de información o en los periódicos de medio planeta.
De la Jihad conservaba Greenberg cicatrices en el cuerpo y en el alma, ninguna de las cuales había sanado del todo. Aún había veces en que despertaba sudando, tembloroso, fruto de la malaria contraída en Teherán, cuando los bombardeos indiscriminados sobre la población civil ahogaban los quejidos de los niños y los gritos enfervorizados proclamando "Alá Akhbar" de los fedayines más fanáticos. No había podido olvidar rostros de cadáveres desconocidos que todavía lo miraban por las noches con sus ojos ciegos, ni las diversas amenazas de muerte por fusilamiento o decapitación a las que se había enfrentado durante la contienda por parte de los dos bandos. No era un descreído exactamente, pero ser testigo directo de un etnocidio no es algo que se sobrelleve con facilidad. Aquel primer Pulitzer había servido para lavar la conciencia de una sociedad que se alzaba sobre el cadáver del antagonista con el que había convivido durante cientos de años, pero Greenberg no había podido superar, en muchos aspectos, el sabor de la pólvora desparramada, el descubrimiento de la existencia de aquel caparazón implacable que cubría a los corazones de odio.
Intentó iniciar una carrera como novelista cuando la Jihad quedó aplastada, pero descubrió que no era Hemingway, que quizá la sociedad superviviente no estaba preparada todavía para hacer reflexión sobre el horror que había tenido que atravesar para seguir avanzando. Por eso volvió al periodismo. Y en menos de cinco años había ganado un nuevo Pulitzer, sin historias de guerra que enternecieran corazones o espantaran las pesadillas de otros niños más afortunados que los que no había podido enterrar en los Altos del Golán o el camino de Damasco.
Y ahora estaba aquí, en otro mundo, huesudo, delgado, miope y más maduro, henchido de la misma curiosidad y la misma admiración por la vida que cuando era un pardillo que no temía teclear en su portátil las impresiones que le producían la explosión de los cohetes que aplastaban una doctrina y también cualquier posibilidad de un entendimiento entre los hombres.
Otro mundo. Diferente a la Tierra, similar en muchísimos aspectos. Había también niños sonrientes, y mujeres hermosas, y sin duda políticos corruptos y artistas mediocres y policías implacables. Con sus dientes planos y sus pieles azulinas, con su arquitectura barroca y sus vehículos de batería solar, con su ciencia en pañales y su filosofía fatalista, los yueisis distaban mucho de haber conseguido una sociedad perfecta. No eran ángeles. No eran demonios. Eran, simplemente. Y eso le parecía a Greenberg lo más importante de todo. Por encima de la maravilla de la Línea Coseriu y el sorprendente hallazgo de aquel sepulcro enigmático en las montañas, le fascinaba la vida que veía explotar y expandirse a su alrededor, tan igual y distinta a la vida que había conocido en la Tierra, tan insignificante y tan grandiosa. Tan limitada, tan frágil, tan pequeña.
* * *
Desde su posición única, Greenberg había seguido con cierto despegue alucinado la controversia desatada en la Tierra por el descubrimiento del sarcófago en las montañas de Oasis, pero ni siquiera su experiencia le habría podido avisar de lo que se avecinaba.
Llevaba cuatro meses viviendo en el planeta, unas vacaciones forzosas pues su periódico había querido retenerle en ese lugar en cuanto la noticia del descubrimiento de monseñor Barsini, celosamente protegida por valija Vaticana, saltó a la Red y fue de dominio de todo el público. En esos cuatro meses, lo sabía, el extraño efecto desorientador que provocaba atravesar la Línea Coseriu había hecho que más de un año transcurriera en la Tierra, como si el universo de bolsillo que crecía como una ampolla pegado al tejido el cosmos conocido se moviera a velocidades superlumínicas que crearan un efecto distorsionante.
Era consciente de la polémica despertada entre los creyentes en la Tierra, y del caso omiso que sus demandas habían provado entre los gobernadores yueisis. El propio Greenberg, en uno de sus artículos, se había preguntado cuál habría sido la reacción de María Kennedy-López, la presidenta de los Estados Unidos, si una improbable delegación venusina o joviana hubiera aparecido de la nada exigiendo la entrega inmediata del Monte Rushmore o de la Estatua de la Libertad sólo porque se asemejaban al cánon de moda en sus respectivas culturas. Al parecer, poca gente había hecho caso de su comentario.
Era consciente de la polémica, pero no llegaba a imaginar cuál iba a ser el siguiente movimiento en aquel extraño impasse provocado.
Lo descubrió por la tremenda.
* * *
La delegación terrestre era escasa en el planeta. Sólo quedaban ya en la órbita un par de naves, y medio centenar de observadores científicos y consultores económicos trabajando en la superficie. Greenberg calculaba que le esperaban en Oasis un par de meses más, otro cuarto de año según el distinto fluir del tiempo en la Tierra.
--Haga las maletas --anunció el embajador Dolan a través de su portátil, interrumpiendo el sumario de actividades para el día que estaba leyendo--. Nos marchamos.
Arthur Greenberg contempló la consola y parpadeó como un estúpido. Requirió más información a la mini-red que la delegación terrestre había implantado en Oasis para sus comunicaciones internas, pero no había otros datos.
Salió de la habitación. Un grupito de científicos y economistas se había congregado en el pasillo.
Greenberg no tuvo tiempo de comentar con ninguno de ellos qué pasaba. Tampoco los demás parecían conocer el motivo de aquella orden. Un cosquilleo familiar en la nuca y en los brazos alertó al reportero de lo que sucedía. Instinto periodístico, el miedo que nunca se olvida, la noticia que se asoma y te pide que le des caza.
--La Tierra va a cortar relaciones con Oasis hasta que se solucione este asunto del sarcófago --anunció el embajador Dolan, esta vez en persona, ante la puerta de su suite en el hotel que, provisionalmente, ocupaban.
--¿Cortar relaciones? --preguntó una economista de Harvard a quien Marcus Johanssen había estado tirando los tejos la semana anterior; su falta de atención actual tal vez indicaba que había conseguido su objetivo y que la experiencia no había sido del todo de su agrado--. ¿Por eso nos marchamos?
--Puede que corramos peligro aquí --contestó el embajador.
--Eso es absurdo --replicó uno de los científicos--. ¿Qué tenemos nosotros que ver con toda esta historia de la tumba? ¿Qué pueden hacernos los yueisis?
--Los yueisis tal vez poca cosa --intervino Arthur Greenberg, el portátil plegado y la mochila a la espalda--. Pero podríamos caer víctimas de fuego amigo.
Todos comprendieron lo que implicaban sus palabras. Dolan le dirigió una mirada helada.
--¿Está usted loco, Greenberg?
--Mi médico de cabecera reconoce inmediatamente los síntomas de un resfriado. Yo reconozco esto de lo que estamos siendo testigos. En caso de duda, retira tu embajada, quema los papeles, lárgate en el primer vuelo que haya. ¿No es lo mismo que nos están ordenando? Sucedió en Berlín, en Sarajevo, en Kenia. Señores, lo tenemos muy claro. Si nos dicen que nos marchemos de aquí, hagamos caso antes de que el agua de este Oasis se vuelva salobre y acabe por envenenarnos.
* * *
La retirada, aprovechando las horas de la noche, fue rápida y organizada. Congregados en el patio del hotel yueisi que les había sido cedido en calidad de embajada provisional, la cincuentena de hombres y mujeres esperaron la llegada de la lanzadera que los llevaría a la órbita y desde allí de regreso a casa a través de la Línea Coseriu.
Empezaban a subir a la nave de enlace cuando Arthur Greenberg se dio la vuelta.
--¿Sucede algo, Greenberg? --preguntó, desabrido, el embajador Dolan.
--Johanssen. No está. Y ahora que lo pienso, no lo he visto en toda la noche.
Dolan maldijo entre dientes y comprobó su escáner.
--Ese charlatán metomentodo no estaba en la embajada. Su laptop está desconectado. No se ha enterado de nuestra marcha.
--Pero no podemos dejarlo aquí.
--Ni permitir que nos convirtamos en rehenes porque ese sociólogo enloquecido esté haciendo una investigación de campo de madrugada.
Greenberg se puso rígido.
--No pretenderá abandonarlo a su suerte.
--Póngase en mi situación --contestó el embajador, preocupado y seco--. No puedo hacer otra cosa.
--Concédame treinta minutos, Dolan. Treinta minutos nada más. Creo saber dónde localizarlo.
Dolan negó con la cabeza. Consultó su crono.
--La lanzadera no puede esperar tanto tiempo. La otra nave ya ha abandonado la órbita. Si no partimos en veintidós minutos, habremos quedado aislados.
--Muy bien, que sean veintidós minutos --dijo Greenberg, corriendo ya hacia la puerta--. Voy a traer de una oreja a ese saco de grasa rubio.
* * *
Greenberg, como Marcus Johanssen antes que él, había descubierto que la noche tenía similares características en ambos planetas. Para unos era el momento de descanso necesitado, para otros era la ocasión de desarrollar una interesante doble vida paralela.
Ninguno de los miembros del contigente terrestre, desde la escalada de tensiones planteada por la exigencia de entrega del sepulcro, se atrevía a alejarse del entorno de la embajada sin protección, sobre todo de noche, por lo que cuando el sol rojo se ponía y el cielo sin estrellas se extendía sobre Oasis como una manta negra todos regresaban inmediatamente a la seguridad relativa del hotel.
Aunque la prensa yueisi no veía con buenos ojos la injerencia terrestre en los asuntos de su acervo cultural, recelando que detrás de todo aquello pudiera haber intereses desconocidos, Greenberg no creía que de momento fueran a tener problemas con los habitantes del planeta. Además, en la oscuridad, bajo los tonos de neón de las calles menos transitadas, delgado y nervioso, casi podría pasar por un yueisi él mismo. Esperaba caminar tan velozmente que sólo dejara tras de sí una estela, el borrón de una ráfaga.
Encontró a Johanssen donde sabía que iba a estar, confraternizando con un par de yueisis de vida alegre en el local de alterne que el socioexólogo le había recomendado encarecidamente. "Confraternizar" era una forma suave de expresar lo que el grueso intelectual estaba haciendo. Las dos hembras yueisis se turnaban para poseerlo, como aves zancudas posadas sobre el lomo de un hipopótamo, inundando las paredes del cubículo que los tres compartían con un caleidoscopio de destellos de colores. Greenberg se preguntó si aquello sería producto de los caprichos de un artilugio sexual o si, en efecto, las sensibles pieles yueisi emitirían fuegos fatuos con los estertores del orgasmo.
No se paró a hacer preguntas. Descabalgó de forma algo brusca a una de las hembras de encima del vientre de Johanssen, indicó a la otra que no tenía que preocuparse con un gesto que esperaba significara lo mismo que en la Tierra, y les arrojó un puñado de monedas, una pequeña fortuna que no iba a necesitar dentro de catorce minutos, a salvo camino de la órbita.
Johanssen lo miró con sus ojillos estrábicos. No eran las costumbres de apareamiento yueisi lo único que había estado probando.
--Magnífico, hombre --rezongó Greenberg, mientras ayudaba a vestirlo--. Puedes pasar a la historia como el primer terrestre con gonorrea galáctica. ¿Quién sabe? A lo mejor hasta te conviertes en el primer varón humano embarazado por un par de mataharis extraterrestres.
--No digas tonterías, Artie. ¿Crees que no vengo preparado? Los anticonceptivos yueisis son de una calidad que...
--Vale, cuéntamelo en otro momento. Tenemos prisa.
Johanssen parpadeó. Sus ojitos azules en ese momento parecían muy pequeños.
--¿Vamos a alguna parte?
--A casa.
Johanssen se debatió contra la pernera izquierda de sus pantalones. Por dos veces, estuvo a punto de estampar su enorme mole contra el suelo.
--¿Por orden de quién?
--Del sentido común. ¿Puedes correr a pesar de esa tripa? Bien, pues piernas a la obra, Marcus.
--No entiendo nada.
--Ya te lo explicaré por el camino. Díle adiós a tus amiguitas. Hasta nunca, chicas. ¡Rápido! O además de la gonorrea y el embarazo te convertirás en el segundo rehén interplanetario de la historia. Y créeme, amigo mío, no me hace ninguna gracia competir contigo y arrebatarte el honor de ser el primero.
* * *
Corrieron como locos por las calles, esquivando transeúntes, derribando tenderetes, provocando la ira de los vehículos, causando colisiones, resbalones, altercados, insultos que no llegaban a comprender y atascos cuyas consecuencias captaron a la primera. A pesar de su volumen, y de su estado de semi-embriaguez, Marcus Johanssen no se quedó atrás y pudo seguir sin demasiados problemas a Greenberg, que corría como un galgo. Tal vez, por causa de su borrachera, el sociólogo no había captado muy bien lo que el reportero le había dado a entender, pero le pisaba los talones como alma que lleva el diablo.
Todavía faltaba una manzana para llegar al hotel cuando la vieron alzarse con rumbo al cielo, el fuselaje blanco convertido en un trazo de tiza contra la noche. La lanzadera había despegado.
Greenberg no se molestó en contener una imprecación. Comprobó su crono. Veintisiete minutos. Dolan les había concedido otros cinco minutos más de gracia.
Y habían llegado tarde a la cita.
Estaban atrapados en Oasis. Greenberg sabía que el balsámico nombre del planeta perdido se convertiría en un puro infierno cuando se desencadenara la Cruzada.
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La ceremonia de bendición había sido corta. Tras la misa de este primer domingo de Adviento, a pesar de la congregación de fieles, Alejandro X se había mostrado escueto. Apenas una mención de pasada a los rumores que corrían desbocados por los cuatro rincones del orbe. El Vaticano jamás se había precipitado, en sus veintiún siglos largos de historia, a la hora de tomar una decisión. La Iglesia todavía estaba sopesando, tratando de digerir la noticia enviada desde el otro extremo de la Línea Coseriu.
--¿Santidad?
El Papa contemplaba la Piazza a través de los cristales a prueba de trazadoras láser de su despacho. Se volvió un instante, lo suficiente para indicar a monseñor Castellani, su secretario, que entrase. Otro religioso, vestido de negro y púrpura, siguió al primero. Tras besar el anillo papal, el arzobispo Ettore Marotta esperó a que el heredero de Pedro en el trono Vaticano condujera la conversación. Alejandro X parecía estar muy lejos de este sitio, perdido en el desierto de un mundo sin estrellas, contemplando el sarcófago que había dado un vuelco a las expectativas de toda la Tierra.
--¿Qué noticias me traes, mi buen Ettore? --la voz del Papa sonaba cansada, ronca. Unos minutos antes, mientras se dirigía a los fieles, había estado cargada de aquella tonalidad eléctrica y apaciguadora a la vez, el marchamo de su pontificado. Pero ahora, a solas con dos miembros de la Curia a los que conocía desde hacía casi cuarenta años, había perdido ese poder. Alejandro X, ante aquellos dos hombres, no era más que Giacomo Vittara, el cura siciliano tocado por la gracia del Espíritu Santo.
--Hemos estado cotejando las imágenes que monseñor Barsini nos ha enviado desde Oasis.
--¿Con la Sábana de Turín?
--Con la Sábana Santa, sí.
--Y los parámetros encajan.
--Con una aproximación del noventa por ciento. Ese hombre cuyo rostro está tallado en la piedra de esa cueva perdida bien podría haber sido, casi con toda exactitud, Jesús Nuestro Señor.
El Papa asintió, los ojos entrecerrados.
--¿Qué posibilidad existe de que todo sea un engaño?
--¿Un engaño, Santidad?
--Sabes a qué me refiero, Ettore. La Iglesia no ha estado tampoco libre de ese pecado. ¿Cuántas reliquias falsas no habrán vendido los pobres frailes mendicantes a lo largo de los siglos? Si se juntaran todos los trocitos de madera atribuidos a la Cruz de Nuestro Señor, tendríamos material de sobra para construir un arca más grande que la de Noé. ¿Es posible que el hallazgo de Oasis sea un artificio, un truco?
--Yo también soy siciliano, Santidad. Pero dudo mucho cómo podría haberse conseguido un golpe de efecto de semejante magnitud --intervino monseñor Castellani--. ¿Quién podría haberse encargado de una cosa así? ¿Con qué objeto?
--La Iglesia tiene enemigos en todas partes, Ludovico. Ahora es un cuerpo sano y fuerte, pero recuerda que hace treinta años se debatía entre la vida y la muerte, arrastrada por los acontecimientos que a punto estuvieron de arrinconarla. ¿Qué nos asegura que todo este descubrimiento no sea una treta, una añagaza para hundir Su santo nombre en el fango?
--Barsini está fuera de toda duda, Santidad.
--No desconfío del bendito Raffaello. Bastante debe tener ya con el peso de su descubrimiento. ¿Se encuentra mejor?
--Según mis informes, ha estado a punto de entrar en estado catatónico un par de veces --contestó monseñor Marotta--. Como si el encuentro de ese sarcófago hubiera supuesto para él una especie de... Revelación.
--¿Y sus acompañantes de ese día?
--El reportero es un hombre íntegro. Ya conocéis su reputación. Su actuación durante la Jihad estuvo fuera de toda sospecha.
--¿Y el sociólogo?
--Es un ferviente defensor de la conservación de una serie de valores éticos por encima del proceso de terraformación de Marte.
--Pero no es creyente.
--No es practicante. Supongo que un hombre tan ocupado como él puede estar exento de preocupaciones teológicas. No creo que esta historia del sarcófago sea invención suya. Johanssen no ama a la Iglesia precisamente, pero es demasiado laxo en cuestiones religiosas para dedicarse a torpedear nuestra fe.
--¿Y el extraterrestre? ¿El embajador yueisi?
--No tenemos demasiados datos sobre él. ¿Pero cómo pudo saber qué aspecto tenía Nuestro Señor? Que sepamos, no hay indicios de que ningún yueisi haya atravesado todavía la Línea Coseriu para visitar nuestro planeta. Y eso habría sido indispensable para cotejar las medidas y los rasgos de la Sábana.
--Además, desde la Jihad, la Sábana no ha estado expuesta al público. Medidas de seguridad --informó Castellani.
--Eso no tiene nada que ver --cortó el Papa, algo brusco--. Hay bibliografía de sobra. Y abundante material gráfico. Si alguien se ha tomado la molestia de hacer una falsificación, no tiene por qué haber recurrido a la fuente original.
--¿Pero con qué fin? ¿Qué sentido tendría para nadie simular el sepulcro de Jesucristo? Si ese fuera el caso, como de vez en cuando sucede con el hallazgo de algún evangelio apócrifo, ¿no habría sido más sencillo situar ese sepulcro aquí, en la misma Tierra?
--En Cachemira --murmuró Castellani, haciendo alusión a la herejía que indicaba que después de su falsa muerte en la cruz, Jesús se había marchado a vivir a ese lugar acompañado por María Magdalena y algunos seguidores.
--Hace apenas dos años y medio que la Línea Coseriu está abierta. ¿Una mente calenturienta idea esa falsificación, planta un sarcófago tallado ad hoc en unas montañas perdidas, convence a un yueisi desconocido contra el que no tenemos ninguna prueba sólo para engañar a la cristiandad? Es demasiado retorcido.
--Y la idea contraria, ¿no lo es?
--¿Que Cristo Nuestro Señor pudiera haber predicado también en otro planeta? ¿Quién sabe? Terminada Su misión entre nosotros, fundada la Santa Madre Iglesia, ¿por qué no empezar en otro sitio? ¿Por qué no ofrecer a los otros Hijos de Dios dispersos por el cosmos el bálsamo de Su Palabra? ¿No fue esa la misión que nos encomendó? ¿Ir y predicar a todas las gentes en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo?
--Entramos en terreno peligroso, mi buen Ettore.
--No entiendo, Santidad.
--Ese predicador sin nombre, ese hombre que tanto parece semejarse al Hijo de Dios, fracasó en su misión. Fue ejecutado, como lo fue Jesús por orden de Pilatos. Pero no dejó una Iglesia cimentada en piedra para que se convirtiera en Su cuerpo místico. como Él hizo. Éfesos, 1:22-23. "Todo lo sometió bajo sus pies y a él lo constituyó cabeza de la iglesia por encima de todas las cosas; la Iglesia es su cuerpo, la plenitud de todo lo que existe".
--¿Qué sabemos de ese predicador?
--Poca cosa, monseñor Castellani. Hace unos dos mil años empezó a predicar en Oasis. Un mundo ateo, por inconcebible que a nosotros nos resulte como hombres de fe, debe ser mucho más difícil que uno donde distintas creencias se disputen los favores de los fieles. Quizá por eso el profeta fracasó.
--Cuidado, Ettore. No des nada por supuesto. Casi estás admitiendo sin querer que ese hombre del sepulcro sea el Hijo de Dios.
--Perdonadme, Santidad. Los datos de que dispongo no me permiten creer otra cosa.
--¿Hay más pruebas aparte de ese sorprendente parecido físico? Durante muchos siglos la Sábana de Turín ni siquiera fue considerada dogma de fe. Todavía hay quien cree que es una falsificación ella misma, pese a la resolución final que Juan Pablo III hizo.
--Lo sé, Santidad. Pero la casualidad de ver repetido el mismo rostro y las mismas medidas físicas de un hombre separado por... ni siquiera sabemos cuál es la distancia real entre la Tierra y Oasis. Sólo podemos medirla por el desfase de horas que provoca la transición. Desfase que por cierto se acentúa para quienes siguen en la superficie de ese planeta. Para ellos han pasado pocos días, mientras que en la Tierra hace ya tres meses que conocemos la noticia del hallazgo del sepulcro. Si no fuera por el descubrimiento de la Línea Coseriu...
--Un descubrimiento casual.
--O un milagro.
--Eso es lo que hemos venido llamándolo desde que esa nave de carga marciana tuvo la suerte o la desgracia de abrir ese portal. Por definición, para la Iglesia milagro no es aquel acontecimiento inexplicable que causa asombro y admiración, sino lo que ese acontecimiento tiene de revelación de Dios y de signo de salvación.
--Como permitir a la cristiandad encontrar la tumba de Cristo al otro lado de ese fenómeno.
--Es posible. ¿Qué otras pruebas has encontrado, Ettore?
--No hay datos escritos. No existen equivalentes yueisis a los Evangelios. Las andanzas de ese predicador desconocido no han sido registradas como la Palabra de Dios. Pero hay algunos datos coincidentes. Era hijo de gente humilde, su sabiduría no se correspondía con la educación que pudo haber recibido dada su extracción social. También se consideraba rey de su pueblo. Y fue torturado y ejecutado antes de cumplir cuarenta años.
--¿En crucifixión?
--No. Nada tan evidente. En la horca. Y un detalle extraño: En la base del sarcófago hay un signo parecido a un pez.
--Cristo era pescador de hombres --susurró Castellani.
--Como luego lo fueron Sus apóstoles. Como lo somos también nosotros --sentenció el Papa.
--No existen peces en los mares de Oasis --dijo Marotta--. Al menos no con esa forma. Las aguas se han vuelto demasiado densas desde hace eones.
--¿Entonces la vida en Oasis no empezó en el mar?
--¿Quién sabe? Tal vez escapó de él. El grado de salinidad de las aguas de ese planeta es más alto que el de nuestro Mar Muerto antes de que se convirtiera en lodo radiactivo durante la Jihad. Pocos seres han podido sobrevivir a ese cambio. Casi se podría andar sobre la superficie de sus mares. Por cierto, no consta que el predicador hiciera milagros.
--Existió hace dos mil años --murmuró Alejandro X--. Después de actuar en la Tierra.
--Si es Cristo --apostilló monseñor Castellani.
--Es Cristo --aseguró súbitamente el Papa. Los otros dos prelados se le quedaron mirando.
Lentamente, Alejandro X se dio la vuelta para contemplar una vez más la Piazza. Las palomas escaparon bajo el tronar de las campanas.
--Había sido anunciado, hermanos míos. Lo estábamos esperando.
--¿La aparición del Sepulcro de Jesucristo en un planeta lejano?
--Eso mismo, mi buen Ettore. Eso mismo. ¿Qué otra cosa crees que indica el tercer secreto de Fátima?
* * *
No existe la casualidad en el plan divino. Alejandro X, el Papa Vittara, lo sabía. Como sabía también que, tarde o temprano, con el atajo de Línea Coseriu o sin él, la Iglesia del futuro tendría que plantearse la posibilidad de encontrar la huella del paso del Creador en otros mundos donde hubiera vida inteligente. El hallazgo fortuito del punto que enlazaba la Tierra con aquel universo de bolsillo, simplemente, traía a reflexión un tema para el que quizás todavía no estaban preparados.
Dios caminaba por las orillas de otros mundos, sembrando Su Palabra, pregonando el milagro de la creación. Quizá en aquellas lejanas estrellas de la Vía Láctea, ahora mismo, Su Hijo, u otros Hijos, sufrían las mismas penalidades que Cristo sufrió por nosotros, sacrificándose por la redención de otros seres. No era inimaginable. No era absurdo. Hacía tiempo que la Iglesia había comprendido que el Pueblo elegido de Dios no se ceñía a una sola raza, a una sola nación. La Iglesia era el cuerpo divino, la congregación de hombres y mujeres de este planeta. Y, desde hacía varias décadas, también de los hombres y mujeres que exploraban tímidamente la Luna y el suelo rojo de Marte. Algún día, como sucedió al descubrir América, como sucedió en lejano oriente y sucedía desde hacía pocos años, con nuevos bríos, en el oriente próximo devastado tras la Jihad, los siervos de Dios tendrían que continuar con Su mandato y llevar a otras estrellas, a otros seres tal vez diferentes, la doctrina para la que habían sido instruídos.
Todo debía seguir un plan meticulosamente planeado. ¿Quiénes eran los hombres, quién era él mismo para comprender la lógica de la mente infinita de Dios? La Iglesia católica de la que él era cabeza y cetro, la monarquía absoluta continuada más antigua del mundo, había sufrido penalidades sin cuento, momentos altos y bajos en sus dos mil cien años de historia. Reformas, contrarreformas, herejías, cismas, periodos de decadencia, renacimientos, guerras santas, antipapas, deserciones.
Ahora él empuñaba el báculo de Pedro. No sabía si era digno de esa tarea, si era buen sucesor de todos aquellos nombres que habían ocupado antes que él la silla gestatoria. Sobre todo, no sabía si era digno sucesor del hombre a quien, como todos los creyentes, había reverenciado en el peor momento posible de la cristiandad. Pablo VIII, el Papa a quien algún día quizá él mismo tendría que nombrar santo.
La Iglesia era hoy, gracias al buen hacer del Papa Ditullio, más fuerte, más amplia que nunca. Católica, es decir, universal. Eterna. Superado el aguijón de la Jihad, había abierto los brazos a otras corrientes, a otras tendencias, a aquellas iglesias cristianas que siglos atrás habían sido consideradas enemigas. Reformado el exterior, el corazón seguía siendo el mismo. Ya desde el Concilio Vaticano II la ortodoxia griega y la divergencia protestante habían sido consideradas congregaciones hermanas y no herejías como antaño. A la comunidad judía se habían enviado palabras de reconciliación y pesar por el antisemitismo del pasado. Y se había expresado la admiración por los valores espirituales de otras religiones. Cuando la Guerra Santa de los musulmanes golpeó con fuerza el mundo de occidente, la Iglesia remontaba a duras penas el bache de sus horas más bajas. El Papa Ditullio, Pablo VIII, tendió la mano, y fue rechazado, arrinconado, considerado un pacifista fuera del momento actual, un anacronismo. La Iglesia condenó la lucha religiosa, pero no participó en ella, a pesar de los millones de fieles que se lanzaron al contraataque para aplastar el grito de justicia islámico, ignorados por el Occidente que salía al espacio cuando el tesoro de sus combustibles fósiles sólo se había convertido ya en un recuerdo. Fueron años de tambalearse al borde del abismo. La Iglesia recibía bofetón tras bofetón, la espalda de sus creyentes, todos henchidos de un celo religioso que Pablo VIII se negó a canalizar, pues lo consideraba confundido, impropio. La Iglesia dejó de interesar a las potencias en guerra, y se alzó como un único pabellón de cordura contra la frialdad de la reacción bélica. Y al final salió fortalecida de la contienda.
La humanidad había sufrido en una guerra de religión cuya magnitud no había tenido igual en la historia humana desde mediados del siglo XX. Los muertos se amontonaban por cientos de millones. Como Caín tras dar muerte a su hermano, los vencedores, los supervivientes se miraron las manos ensangrentadas y se preguntaron qué habían hecho. Y entonces la Iglesia Católica ofreció consuelo, timón y guía, un ancla para la culpa, la redención a aquel terrible pecado.
Quizá Dios, en recompensa, los ponía ahora en otro rumbo. Ya habían sufrido demasiado. La piedra de la Iglesia había capeado el temporal, había hendido las aguas sin resquebrajarse, endureciéndose aún más. Y la Línea Coseriu primero y el hallazgo de aquella tumba en las montañas de Oasis después indicaban un nuevo destino, un recordatorio de la Misión.
Pero Alejandro X habría deseado otros hombros más fuertes que los suyos propios para llevarla a término.
* * *
Las conversiones se producían a millares. Antes incluso de que la Iglesia tomara una decisión al respecto, la humanidad había decidido sobre la identidad del hombre del sarcófago. Era el Hijo de Dios, sin duda. Era Jesucristo. Durante todos aquellos siglos de pugnas y liderazgos, la Iglesia de Roma había tenido razón. Su religión era la verdadera. Aquí mismo tenían la certificación palpable. ¿No había dicho el propio Cristo que Su reino no era de este mundo? ¿No era normal, hasta lógico, que hubiera continuado predicando en otros planetas lejanos? ¿Qué mejor manera había de explicar el milagro de Coseriu, la imposibilidad física de aquel mundo enquistado en la burbuja de su cosmos limitado que comprender que era el punto al que Dios llamaba a los hombres?
La culpa heredada por toda una generación de seres humanos, tras el genocidio producido por la Jihad y sus consecuencias, había encontrado consuelo en el manto protector de los transmisores de la Palabra. Y ahora, para reforzar ese valor, Dios mismo se ponía delante para aclarar las dudas que pudieran albergar los descreídos. Aniquilado el Islam, absorbido el budismo y reducidos a una franca insignificancia decadente el hinduismo y las otras religiones menos extendidas, el cristianismo reunificado bajo la bandera amarilla y blanca del Vaticano era una fuerza imparable, como no habían soñado los primeros apóstoles cuando iniciaron su andadura por las tierras dominadas por Roma.
Dios existía. No había olvidado a los hombres. Y los esperaba, los reclamaba desde Su Sepulcro en el mundo de Oasis.
* * *
El Sínodo extraordinario declaró que el conflicto tenía dos ángulos. Por un lado, aceptada la identidad del hombre del Sepulcro como la del Hijo de Dios Todopoderoso en su encarnación yueisi, el clamor mundial exigía su recuperación, su regreso a la Tierra. Por otro, quizá menos importante para las masas de recién formados creyentes pero indispensable para la sagrada misión de la Iglesia, estaba el hecho de que, siendo Cristo, habiendo quedado interrumpida Su Misión, eran los hombres, Su cuerpo, quienes tendrían que llevarla adelante, para convertir al camino verdadero a las mesnadas de incrédulos habitantes de Oasis.
Prioridad por prioridad, se solicitó a los gobiernos de Oasis la entrega del Sepulcro.
Y éstos se negaron.
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Categorías: Ciencia ficcion y fantasia
Aunque nunca había estado en Marte, el color rojizo y pedregoso del paisaje se lo recordaba. Pero el aire era lechoso, no sonrosado, y el sol que asomaba más allá de la curva del horizonte tenía dimensiones distintas. Hacia poniente, perdiéndose ya en la inmensidad del cielo, la Línea Coseriu competía con el punto encarnado alrededor del cual giraban, un agujero abierto y titilante como no se había visto en este mundo desde hacía miles, quizás millones de años. Más allá de aquella llaga abierta estaba la Tierra, el universo conocido, el imperio del hombre. O lo que quedaba de él.
Arthur Greenberg se secó el sudor de la frente y limpió por enésima vez el polvo de sus gafas. Sentado junto a él en el vehículo de tierra, arrebolado y muy rubio, dormitaba Marcus Johanssen. Al parecer, ser los primeros terrestres en explorar esta parte de planeta no le llamaba demasiado la atención, o meditaba en privado sobre algún asunto del que no hacía partícipe a los otros miembros de la expedición.
En el asiento delantero, junto al conductor nativo, el cardenal Raffaello Barsini mantenía una animada charla propia a la que Greenberg hacía rato que no prestaba atención. Quizá la modorra de Johanssen fuera un subterfugio para escapar al interminable parloteo del sacerdote. Aunque sólo lo conocía desde hacía menos de una semana estándar, Greenberg sabía que el rubio socioexólogo era capaz de eso y más. Y Barsini no era precisamente un conversador interesante.
--Dios escribe recto con renglones torcidos --decía el nuncio, atento a las irregularidades del paisaje, indicando al conductor todos aquellos pequeños obstáculos que pudieran entorpecer el ya de por sí irregular avance del todoterreno, como si en vez de hallarse recorriendo un planeta extraño corrieran un rallye y el sacerdote hiciera las veces de copiloto--. Pero también escribe torcido con renglones rectos. ¿Qué otra explicación puede haber a nuestro encuentro?
Al parecer, incapaces de hallar una explicación coherente al hallazgo del Yamamoto Maru dos años y medio antes, la versión oficial había recurrido al siempre socorrido tema del milagro. Un punto se abre en el espacio donde antes no había nada (donde antes no habían sido capaces de detectar nada, se corrigió Arthur Greenberg), y permite al ser humano en expansión por el espacio encontrar un sol desconocido, un planeta en su órbita. Y vida inteligente en su superficie, parámetros coincidentes en un noventa y nueve por ciento con los de la misma Tierra. Demasiado bueno para ser cierto. Pero aquí estaban, la prueba palpable de que el azar también es parte integrante de la formación de la historia. Durante miles de años los hombres habían fabulado que los planetas de su entorno estaban habitados por toda clase de seres imaginables, hasta que los conocimientos científicos y las sondas lanzadas al éter habían descartado que las otras bolas de arena y gas que giraban al compás de la Tierra en el rosario alrededor del sol contuvieran siquiera agua en estado congelado.
Las enormes distancias del espacio habían convencido a muchos de que jamás contactarían con otras culturas diferentes. Para los hombres y mujeres que poblaban la Tierra dos generaciones antes, el espacio se convirtió no en la última frontera, sino en el primer límite. Por el planeta corrió la idea de que estaban solos en el universo, que pasarían miles de años antes de que las naves que empezaban a arrojar contra las estrellas trajeran de regreso la más leve señal radiada de que algo se movía bajo otras atmósferas, calentándose a la luz de otros soles, rebulléndose entre las aguas de otros mares. Greenberg recordó con cierta sorna que entonces la explicación oficial había sido casi la contraria de la que ahora defendía con entusiasmo de apóstol el cardenal Raffaello Barsini. El ser humano era la primera creación de Dios y su misión, como bien aclaraba el libro del Génesis, era poner nombre a todas las cosas, extenderse y reproducirse más allá de su planeta de origen, plantar su semilla y la Palabra en los otros mundos que el Creador había puesto al alcance de su mano.
Y de pronto, como una fruta regalada, como un vaso para saciar la sed, un pliegue en el tejido del cosmos, olvidado quizá por alguna otra raza primigenia, dejaba entrever un mundo similar a la misma Tierra. Dios compensaba al pueblo elegido por las penalidades que había sufrido dos décadas antes. No cabían ecuaciones físicas o matemáticas. La explicación más simple, quizá incluso la más certera, era el milagro. Greenberg sacudió la cabeza, deseando que ese milagro se hubiera producido veintitrés años atrás, antes de la Jihad, y no ahora, cuando, como el oxígeno para un cadáver, mucha gente saborearía el manantial del nuevo mundo demasiado tarde.
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