Marvel Studios, que es ya una división de Disney, ha hecho una extraña pirueta en su presentación en cine de los personajes de la casa editorial que ahora posee y, tras lo que han llamado fase uno (la introducción de los personajes sueltos que han ido a unirse en esa especie de megacrossover que fue Los Vengadores) inicia la fase dos recurriendo no a su abundante poso editorial (cercenado en parte porque tres de los títulos-franquicias-subuniversos más potentes están en otras manos: a Spider-Man, X-Men y Fantastic Four me refiero) sino a unos personajes relativamente recientes y no asentados en el Nueva York que ha sido habitualmente la capital de los superhéroes.

¿Una jugada arriesgada? Posiblemente. En realidad, una jugada maestra. Uno duda que los Guardianes de la Galaxia (versión 2.0) tengan ningún punto de atractivo incluso para la gran masa de lectores de tebeos, pero ahí está precisamente el quid de la cuestión. Obviando que los contactos con la parte cinematográfica de los cómics son los guionistas de estos tebeos, no podemos olvidar que ha vuelto a abrirse el litigio entre los herederos de Jack Kirby y los actuales dueños de la editorial, el motivo de la sustitución o el cambio de look de los personajes de toda la vida (como ya sucedió con Superman hace unos pocos años) o la anunciada muerte de alguno de ellos: todo por demostrar que esos personajes ya no son los que Kirby creó o co-creó hace cincuenta y pico años.

Tampoco podemos pasar por alto la prueba del nueve, esa que tanto duele: los lectores de cómics son una inmensa minoría en un mar de consumidores. A la productora cinematográfica le da lo mismo llevar a las pantallas un personaje que otro. Todo es hype. Que un personaje tan secundario como Iron Man se haya convertido en un triple (o cuádruple) éxito de taquilla indica ya, desde que comenzó esta historia, que sólo hacen falta un par de buenos actores, una inversión razonablemente potente, mucho humor y mucha publicidad para fabricar un éxito. O sea, lo que viene siendo de toda la vida el séptimo arte. Ojo, pues, a lo que puede ser el futuro de Marvel Studios de aquí a pocos años, cuando los actores envejezcan o se cansen y se tire hacia otros personajes aún más secundarios que estos Guardianes de la Galaxia (versión 2.0)... o se creen otros superhéroes directamente para el cine.

¿Y la película, me dirán ustedes? Pues, violencia aparte, quizá la más Disney de todas las que hemos visto hasta ahora. Los personajes tienen carisma (menos Gamora, ay), y sentido del humor: en realidad, lo mejor de todo son los chascarrillos (a los que imagino que hay que agradecer, por una vez, al doblaje tanto en voz como en traducción) y la interacción entre unos y otros, en especial el tan denostado Mapache Cohete y al simpático Groot.

Sin embargo, la película tiene un argumento lleno de agujeros y sacadas de la manga (¿qué demonios hace la nave de Starlord aparcada allí mismo en el penal espacial?), con momentos de absoluto rubor (el bailecito del principio, ampliamente superado por el bailecito del final), una elección de supervillano (Ronan) que más que miedo da risa (me recordaba a Data), y una exposición de tramas y subtramas que oscilan entre lo confuso y lo tonto. El palimpsesto que se hace sobre Star Wars episodio IV (y algunos otros momentos de la saga, incluido el principio a lo Indiana Jones) es demasiado evidente. El paralelismo con las Bolas de Dragón, tan hábilmente escamoteado en los cómics, es en el cine un handicap añadido.

Mención aparte merece el diseño de producción: la estética es fea y confusa, los diseños de la máscara de Starlord o el mismo Ronan son ridículos, Xandar (el único planeta que pueden usar, me imagino, puesto que todos los demás pertenecen a las franquicias hipotecadas -literalmente- de X Men o Fantastic Four) parece la Expo sevillana, y el cuerpo de Novas es una mera escuadrilla de cazas-T con muchos picos y purpurina.

Eso sí, los niños aplaudían.

Episode 1: Deep Breath
Written by Steven Moffat
Directed by Ben Wheatley

Episode 2: Into The Dalek
Written by Phil Ford and Steven Moffat
Directed by Ben Wheatley
Introducing Samuel Anderson as Danny Pink.

Episode 3: Robot Of Sherwood
Written by Mark Gatiss
Directed by Paul Murphy

Episode 4: Listen
Written by Steven Moffat
Directed by Douglas Mackinnon

Episode 5: Time Heist
Written by Stephen Thompson and Steven Moffat
Directed by Douglas Mackinnon

Episode 6: The Caretaker
Written by Gareth Roberts and Steven Moffat
Directed by Paul Murphy

Episode 7: Kill The Moon
Written by Peter Harness
Directed by Paul Wilmshurst

Episode 8: Mummy On The Orient Express
Written by Jamie Mathieson
Directed by Paul Wilmshurst

Episode 9: Flatline
Written by Jamie Mathieson
Directed by Douglas Mackinnon

Episode 10: In The Forest Of The Night
Written by Frank Cottrell Boyce
Directed by Sheree Folkson

Episode 11/12 Dark Water/Death In Heaven
Written by Steven Moffat
Directed by Rachel Talalay



Encarnó al truhán simpático, vivalavirgen, poco dado a las pendencias. En cierto modo, podríamos decir que creó un personaje a partir del modelo explorado por Cary Grant, cuya vis cómica heredó. Un paisano que lo mismo era un jugador del oeste (en Maverick, papel que alternó con varios primos, uno de ellos Roger Moore), o el conseguidor que a todos nos encandiló tanto en esa joya del cine que es La gran evasión, o su personaje de Jim Rockford, ese detective que parte de Marlowe (a quien interpretó un par de años antes) y que anda siempre entre la vagancia, la picaresca y la astucia.

Fue presidente de los USA celoso de otro viejo presidente, le fue fiel a una viejita con Alzheimer, recibió el apoyo de un pueblo de locos cuando hizo de sheriff, como Wyatt Earp (por segunda vez) recorrió el Hollywood del cine mudo, sufrió una crisis de identidad cuando se enamoró de Víctor sin saber que era Victoria, corrió delante de un dobermann y fue un astronauta jubileta, y hasta recuperó su personaje fetiche haciendo de padre de quien es, en el fondo, uno de sus herederos, Mel Gibson.

Tenía esa extraña habilidad de caer bien y el don de los actores de hacer de sí mismo casi siempre. El olimpo del cine está lleno de actores de raza que hacen del personaje de su vida el mejor de los legados.

Hoy, a la entrada de la playa. Yo con mi camiseta de Star Wars. Un crío de unos seis años, rubio y mellado, la señala. Ni corto ni perezoso, se viene hacia mí y me dice "¡La guerra de las galaxias! ¡La carrera de vainas de Anakin y.... y...". No se acuerda del nombre del malo. Yo tampoco (creo ahora que Sebulba). Y yo, entre risas, le digo "Veo que la Fuerza es poderosa en ti, joven padawan". Y él me dice, nervioso y pizpireto, que tiene dos sables de Darth Maul (uno el doble) y un sable más, y que Disney va a hacer una nueva trilogía. Le digo que yo tengo las naves, los cómics, los posters, y el chaval flipa. Me insiste con Darth Maul y le digo que, para ser rubito como es, tendría que ser Jedi, que parece Luke Skywalker III. Cuando le comento que conozco a alguien que está trabajando en el rodaje de la nueva película, da saltos de emoción. Nos reímos un rato y cuando se marcha, le digo, "¡Que la Fuerza te acompañe!", y él se va tan ufano. Lo dicho: todavía hay esperanza.

2014-06-28

ITV PHONE HOME

Me acerco al lugar donde hacen la ITV. Entro en la oficina. Dos señoritas ante un mostrador. "¿Para pedir cita?", digo. "Tiene que ser por teléfono", me contestan. "Oh", digo. "¿Cuál es el número?". Y la señorita me señala un teléfono rojo y viejo que sólo tiene una tecla. "Llame desde este mismo". Y llamo, pulso el número 2 (el único), y conecto con alguien que lo mismo está en Ponferrada. Y me dan la cita. Surrealismo, tienes nombre de marca España.

2014-06-13

AL FILO DEL MAÑANA



Poco a poco, Tom Cruise sigue demostrando que es el heredero natural de Charlton Heston en el cine de ciencia ficción contemporáneo. Arriesga en la producción, se compromete con papeles que no siempre parecen los ideales para su estatus de estrella, les da su impronta, y suele ofrecer productos de calidad. Otra cosa es que la taquilla le esté dando la espalda a sus últimas propuestas o, caso de esta última e interesante película, parezca que no ha recibido el respaldo que, visto lo visto, parecía inevitable.

"Al filo del mañana" es un cruce entre Tropas del Espacio y El día de la marmota, sí. Basado imagino que levemente en la novela "All you need is kill" del japonés Hiroshi Sakurazaka, luego adaptada al manga y al anime, nos cuenta una historia que hemos visto ya alguna vez, pero lo cuenta con garra y con gracia, con el humor y la tragedia inevitables, con su final feliz (quizá prescindible) y sus buenas dosis de adrenalina. No falta una historia de amor en elipsis, como en elipsis se cuenta (o no) buena parte del camino del guerrero de este relaciones públicas del ejército convertido en soldado a la fuerza (nunca se explica claramente por qué) y condenado, tras su muerte, a repetir ad infinitum el mismo día, las diferentes muertes que lo llevarán, y a nosotros con él, a un proceso de perfeccionamiento hasta la victoria final y la redención contra esos extraterrestres velocísimos cuya función en la historia ni queda clara ni es necesaria.

La película no da descanso. Juega con las iteraciones del momento eterno del despertar del personaje lo justo y suficiente para luego acelerar y jugar con esa aceleración continua. No toma por tonto al espectador y se permite el lujo de variar una y otra vez la propuesta, usando la elipsis como un elemento de la narración más. Y es divertida todo el tiempo.

Sí, cierto, flojea en los últimos minutos. No queda suficientemente dramático el momento de descubrimiento de que no habrá más vidas en ese videojuego eterno que es, son, sus vidas. Se nota que no han querido arriesgarse a contar (como sucede en el manga, que no conozco) lo que parece un secreto a gritos: que Rita es el topo de los alienígenas y que Cage (Kaiji en el original japonés) está condenado a la muerte para conseguir una victoria pírrica que aquí se vende como victoria final.

Buenos efectos especiales, impresionantes los exoesqueletos de esos marines de esta guerra interminable, grandes momentos de acción y simpáticos elementos de humor. Y como cameo, a dos minutos del final, aparece "la mujer". Yo me quedo con ganas de saber más de este mundo, de estos aliens, de este personaje y esta guerra.

2014-06-09

Y VAN ONCE...



Tiene que dar algo de cosa haber iniciado tú mismo la moda de las películas de superhéroes marvelianos-pero-menos que nos invade, que llegue otro y te destroce el chiringuito (aunque tú mismo seas productor ejecutivo), y llegue después otro más y le de mil vueltas a los personajes, al sentido de la narración, a la puesta en escena y hasta al reparto (aunque tú mismo seas productor ejecutivo también). Como existe el karma, las presiones, los compromisos y las ganas de seguir explotando la franquicia, Bryan Singer, el de los sospechosos habituales y tal, vuelve al redil mutante para mostrar una versión muy sui generis de aquellos dos números históricos de Claremont y Byrne, Días del Futuro Pasado, con que nos alegramos las pajarillas los lectores de tebeos de la Patrulla X... hace ya tantos años que ni merece la pena hacer cuentas.

Los dos tebeos, no sé si recuerdan o ustedes pero se lo digo yo con la perspectiva que dan los años y las canas, no son en el fondo sino el epitafio de la saga mutante. Con aquellos dos números maravillosos los autores, a un número (si no me falla la memoria) de despedirse de la serie en su colaboración (Claremont seguiría, claro), quizá sin saberlo estaban cavando la tumba de la continuidad para décadas venideras. Porque al contar aquel futuro que podría ser, en el fondo, estaban dando por agotado el presente de la colección, e hipotecando el futuro de los mutantes, que se verían abocados desde entonces, en sus infinitas colecciones y sus infinitos crossovers, a ese futuro apocalíptico o a variaciones sobre el mismo. Con sus contradicciones, claro. Nadie sabe en realidad qué alternativas se abren o se cierran cuando se viaja en el tiempo.

Y tampoco lo saben Bryan Singer y sus guionistas. La película funciona como todas las películas de los X-Men: una película de Lobezno donde los demás actúan de secundarios para mayor gloria del actor. A estas alturas, evidentemente, no se podía adaptar el tebeo con los verdaderos protagonistas de aquel viaje en el tiempo, y se hace bien en centrarlo en Lobezno. Funciona, en gran parte, como un intento de ordenar las contradicciones que abrió la excelente (y superior a esta en todos los sentidos) X-Men: First Class, aunque para ello tenga que arrasar, literalmente, con el interesante casting de secundarios y centrarse sólo en cuatro de aquellos actores.

Menos claro queda el intento de que pasado y futuro se combinen, que lo que se hace en 1973 tenga efecto en 2023. Y el intento final, donde el director se pasa un pelo con la muerte de los X-Men del mañana (y que no han sido debidamente presentados: son unos tíos raros que están allí, desgranan poderes extraños, destruyen y palman) mientras vemos cómo en 1973 todos sueltan parlamentos larguísimos, no casa. No todas las películas son capaces de mostrar el equilibrio de acciones, donde una no es más importante que la otra y se debe a las demás, que aquella película de ese señor tan denostado, George Lucas y El retorno del Jedi.

La película entretiene, sí, y tiene momentos de sobresaliente. Pero muestra cambios de ritmo que la retienen demasiado. Los personajes principales (Xavier y Magneto, en definitiva) quedaron mucho mejor trazados en First Class, y por mucho que quiera Jennifer Lawrence, monísima ella, sigue siendo una niña buena que no da miedo por muchas capas de azul que le pongan encima.

El gato al agua se lo lleva, y es una lástima porque tendría que haber aparecido más, ese joven "Peter" que ni siquiera es identificado como Quicksilver y que revalida la tesis de que, bien tratado, con la posibilidad que ofrecen hoy los efectos especiales, el tebeo de superhéroes puede todavía sorprender en pantalla. Atentos al guiño que se hace a Wally West (el velocista de la Distinguida Competencia) o quizá a Impulso, cuando vemos que el joven Maximoff (¿su madre se llamará Magda?) acumula galletas, dulces y refrescos azucarados. Hay un error, por cierto, en la apabullante escena donde Mercurio (llamémoslo así aunque no se le llame así, a la espera de ver cómo llaman al personaje -que no al actor- cuando aparezca repetido en Vengadores 2) se calza los walkman y escucha "Time in a bottle", una canción de dos minutos y poco más que es imposible que escuche en una milésima de segundo. Como licencia poética se acepta, vale.

Un par de guiños a Watchmen, el inevitable tip of the hat a Terminator, unos Centinelas muy feos que casi recuerdan a los robots de I, Robot y un final feliz que es imposible en la lógica de ese viaje temporal que nos presentan, muy buenos gags visuales (Lobezno en el control de metales o Magneto en la estación de metro Victor Hugo, el autor de Los Miserables), un Bolivar Trask que no sólo no convence si no que no pega, y nuevos huecos en la continuidad inter películas desembocan, como en las pelis de la competencia que no es tal pero sí lo es, en una escena post créditos donde se nos anuncia que la próxima película será la adaptación (o tal que así) de Age of Apocalypse, donde o se quitan de en medio las paradojas temporales o el final de la franquicia está servido.

Y mientras tanto, algunos aún querríamos ver a Magneto y los demás en la Tierra Salvaje...





Lo acabo de recibir de manos de Manuel Barrero. En cuanto lo devore, tendrán ustedes reseña. El libro, de partida, es bellísimo. Y los autores, de primera fila.

2014-05-31

JUGLAR REGRESA



Abandonado de niño en un monasterio, Esteban de Sopetrán parece destinado a pasar su vida entre monjes, libros y rezos… Pero el destino no quiere que esa sea su vida: no tardará en abandonar el monasterio como escudero de don Fernán y, de manos de su señor, descubrirá que el mundo está plagado de oscuras fuerzas mágicas para las que está dotado de un modo innato. A partir de ese momento, su vida se convertirá en una sucesión de aventuras y desventuras, una búsqueda personal en la que su camino se cruzará varias veces con el de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.

A caballo entre la fantasía y la historia, el horror y la magia, la guerra y el amor, Rafael Marín construye en Juglar una epopeya fascinante en la que lo picaresco, lo mágico y lo épico se combinan a la perfección para reconstruir un siglo XI fantástico e inquietante.



From Manuel Caldas:

Ya está impreso y listo para empezar enviándose en la próxima semana el volumen 1 de las tiras diarias de

TARZAN de Russ Manning
80 páginas en blanco y negro
23.2 x 31.5
18.50 Euros

Se venderá en librerías a finales de mayo, pero si me lo piden a mí recibirán de regalo una cartulina exclusiva (cómo se ve en la foto) y los gastos de correo son gratis.

Como habitualmente, pagamento a través de Paypal (si le sale gratis, hágalo como “personal”/“other” o "Voy a enviar dinero a familiares o amigos"), transferencia bancaria (IBAN: PT50003506660003845690063, BIC/SWIFT: CGDIPTPL; sí el banco les pide más dígitos, añadan xxx) o giro postal (indicando en el motivo: Tarzan 1), no olvidando comunicármelo por e-mail.

Para los que preguntan si la reproducción del material es mejor que la de la edición de IDW, la respuesta es: naturalmente, aunque no mucho, pues la edición americana reproduce las tiras diarias muy bien. Por otro lado, en el primer volumen de las páginas dominicales, que está ya en fase final de preparación, la calidad de reproducción es MUY SUPERIOR a la de IDW.

2014-04-28

BANTHA PUDU NO MORE



Anda el sector integrista del fandom de Star Wars soliviantado porque el nuevo dueño de la franquicia, o sea, Disney, mientras prepara el nuevo bombardeo cinematográfico con que va a hacerse a sí mismo la competencia (al boom supeheroico de la casa me refiero) ha anunciado lo que era evidente a poco que uno dedicara dos segundos a reflexionar sobre el tema: eso que hemos dado en llamar el "universo expandido" no existe en las continuaciones que se preparan.

La sangre de fan defraudado no se convierte en ríos de tinta porque ya todo el mundo escribe online, pero no me extrañaría que acabaran por plantear eso que el fan cree que es su última arma: el boicot. Tal parece que les hubieran robado la infancia.

Y todo porque, en buena lógica, la productora no quiere tener hipotecado el futuro de la franquicia ni la capacidad de sorprender al espectador. Un espectador-target que es muchísimo más numeroso que el espectador-fan. Muchísima más gente ha visto las pelis de SW que la que ha leído las novelas, los cómics, los dibujitos animados o los videojuegos.

Disney sabe la lección. Los tebeos, las novelas, los dibujitos animados, las enciclopedias son bantha pudu: el placebo con el que se entretiene al fan mientras el producto real (el de los cines) queda en barbecho o, como en el mismo caso de SW, se suspende sine díe. Gran parte del fracaso de la primera trilogía (los episodios I al III) se debe a que perdimos, todos, el factor sorpresa. El espectador ya sabía lo que iba a pasar, lo había imaginado mil veces en los veinte años de hiato transcurridos, y lo que le ofreció la imagen no pudo competir con lo que había visto ya mil veces en su mente.

Así pues, no habrá comandantes azules, ni academias Jedi, ni hijos de Han y Leia, ni muerte de Chewbacca, ni clones de Obi Wan o el Emperador.

O sí. Porque al no "respetar" lo que se ha hecho en otros medios el cine puede picar de acá y de allá, a su gusto, mezclando las ideas y los argumentos, sin casarse con nadie pero explotando a placer lo que les interese. Buscando la sorpresa y la espectacularidad, que de eso se trata.

Tener que recordar a estas alturas que El ojo de la mente, la primera franquicia, quedaba ya desautorizada en El Imperio Contraataca, y que la adaptación al cómic que hizo Marvel nunca fue tenida en cuenta en las películas...




Todos estamos de acuerdo en que reiniciar la franquicia con The Amazing Spider-Man fue una tontería. No todos estamos de acuerdo con que la citada película fuera mala: a mí me pareció aceptable y con momentos de buena narración; en algún lugar de esta desatendida bitácora tienen ustedes mis impresiones.

Nos llega ahora la segunda parte. Y por desgracia, ay, se me antoja la peor película de superhéroes que he visto (no cuentan, claro, las que no he visto). Diría que a la altura de la tercera película de la primera franquicia si no fuera porque semejante engendro lo tengo olvidado ya de mi memoria, como sin duda olvidaré este desaguisado narrativo.

Verán ustedes: hay superhéroes y superhéroes. Y luego está Spider-Man. O sea, otra cosa. Un peldaño en la escala evolutiva del superhombre tebeístico desde que lo idearon Stan Lee y Steve Ditko hasta... bueno, hasta la saga del clon, diría yo. No todo el mundo puede ser un figura toda la vida.

Lo que no comprende uno es cómo, si en los tebeos fue un personaje riquísimo, con un plantel de secundarios de lujo, con un magnífico juego de identificación con el lector y un equilibro perfecto entre el melodrama romántico-familiar-escolar-laboral y las hazañas superheroicas, no se consigue trasvasar todo eso al cine. No lo logró Raimi (sí, ya sé que lo tienen ustedes muy idolatrado) ni lo logran ahora. Quizás es que llega demasiado tarde y lo que podría ser Peter Parker/Spidey en las pantallas lo hizo, hace un puñado de años ya, Buffy the Vampire Slayer.

Este Spider-Man 2.B o como queramos llamarlo tiene una buena versión del personaje enmascarado: el muñeco solo canta unas pocas veces, se mueve como imaginamos que se mueve desde los tebeos, no hace falta que se desenmascare cada dos por tres para que nos creamos que las proezas las hace el actor... pero olvida a los secundarios de lujo, olvida las escenas de transición, olvida la gracia inherente a la locura absurda de ser estudiante (o lo que sea) de día y enmascarado de noche, a cambio de contar de manera confusa una historia que ya hemos visto antes: se cambia el supervillano central, que nunca está a la altura... y poco más. Mira que hay buenas historias de Spider-Man por contar, estén ya contadas en los tebeos o se imaginen directamente para la pantalla... pues ni por esas.

Spider-Man, lo vengo diciendo desde hace la tira, es un tebeo de niñas hecho para niños. Y la peli es claramente una peli para el público femenino, en tanto potencia la historia de amor hasta convertirla en un dulce empalagoso. Ya no hay química entre este Peter Parker llorón y morisquetero y esa Gwen Stacy que tiene los ojos más grandes y más redondos que Frodo Bolsón, y que ha dejado de ser una chica encantadora (lo fue en la otra peli) para convertirse en una idiota marisabidilla que se mete donde no la llaman y acaba como acaba.

Es un guión atroz, tan atroz que ni siquiera existe. Las escenas se suceden unas a otras con sacadas de la manga que son de rubor, desde ese Electro que es tontito y se convierte en malo porque le conviene a los guionistas (y que de paso plagia al Doctor Manhattan sin venir a cuento), a ese Harry Osborn que de pronto, albricias, se descubre como el mejor amigo de la infancia de este Peter Parker que vende fotos a un JJ Jameson que no existe. No se tomen ustedes la molestia de descargarse la banda sonora: váyanse a cualquier obra a pie de calle y es más o menos lo mismo.

La peli juega a querer recuperar lo que le interesa de la continuidad anterior y a la vez a partir de cero. Su gran baza, la muerte de Gwen Stacy, es confusa, atropellada y mal contada. Ya se jugó con tirar a Mary Jane desde el puente de Brooklyn en una de las pelis anteriores, así que no se puede repetir la misma escena, sustituyéndola por un campanario irreal que parece más profundo que el cráter del monte del Destino. Y, como el error de las pelis anteriores fue colocar a Mary Jane como asunto amoroso de Peter (porque entonces era lo que existía en los cómics), matar a Gwen aquí, tan rápido, cuando el espectador "de fuera" no ha tenido tiempo de conocerla y encariñarse con ella parece una metedura de gamba importante. Este Peter Parker es más gafe que el de los tebeos, aunque se le muera la misma gente: una cosa es que te quedes sin secundarios en veinte años de publicación y otra que en dos pelis se mueran tu tío, tu suegro y tu novia. Como punto culminante de la acción dramática, insisto, me parece pronto para eliminar a Gwen, aunque todos supiéramos cuál iba a ser su destino: habría que haber esperado a la tercera peli. Aquí son tan tontos, además, que la propia Gwen habla del tema en el discurso de graduación. Pa echarlos.

Por probar, vi la peli en 3D. Y me reafirmo en la idea de que el 3D es una tomadura de pelo que no ofrece tridimensionalidad más que en un par de detalles aislados y que sigue recordando a los dioramas de las postales de nuestra infancia: lo que se ve son capas de imágenes planas. Para colmo, las escenas muy rápidas de acción no se ven un pijo. A menos que te tiren algo contra la cámara, claro.

Amenazan con los Seis Siniestros para la próxima entrega. Visto cómo es el Rino, que parece que se haya hecho la armadura con latas de conservas, creo que me quedaré en casa.




Después de haber querido ver toda la vida cómo continuaba George Wunder "Terry y los piratas" tras la marcha de Milton Caniff, me llega hoy mismo el volumen americano que ha publicado Hermes Press. Es bueno, Wunder: imita muy bien al maestro. Lástima que la edición sea como todas las ediciones de Hermes Press: una mierda.



La verdadera ultimatización del universo Marvel no está en la línea de cómics divergente (y desaparecida), sino en el cine. La nueva versión de personajes que tienen ya sobre sus espaldas tres cuartos de siglo (como el que nos ocupa) no se está haciendo en el papel, sino en las pantallas (de cine, televisión o incluso videojuegos). De esta manera, argumentos y caracteres que los lectores conocemos desde hace décadas se transforman, se ofrecen como nuevos para públicos nuevos. Dejan de ser cómics para convertirse en iconos de otra cosa, una nueva moda, apta para todos los públicos casi siempre, lo que quiere decir para espectadores no freaks, no en el ajo, que es donde está, mal que nos pese, la parte importante de todo este negocio: el dinero que da la mayoría.

Repitiendo a su aire el esquema de crossovers que Stan Lee (y hablo ahora del Stan Lee editor) creó con su pequeña editorial en los años sesenta, el cine que ha absorbido a aquella editorial con problemas económicos y al borde de la bancarrota (recuerden ustedes la suspensión de pagos allá por el año 2000), ha vendido su stock y parece que lo ha hecho bien, en tanto la invasión de los superhéroes marvelianos, desde dentro de la propia empresa reconvertida a productora como de las otras productoras a las que hipotecó antes algunos personajes emblemáticos (Spider-Man, X-Men, Fantastic Four, etcétera) es tan apabullante que no deja tiempo a la sorpresa. Imagino que para el espectador neófito, para el adolescente que se inicia en esa mezcla de melodrama, aventura, efectos especiales y testosterona superheroica debe ser una experiencia única, como lo fue para los que vimos aquello mismo en papel, hace tanto tiempo, de una manera algo más propia y (quizás) más redonda.

Enlazando una película con otra, jugando a los referentes, Marvel Studios ha conseguido crear una sensación de universo más o menos coherente (siguen echándose en falta, claro, los personajes vendidos a las otras empresas), con Nick Furia como eje central y los Vengadores como escaparate más o menos vistoso. Que estrellas de primera fila como Scarlett Johannson o Robert Redford o Robert Downey Jr. se presten al juego es indicativo de por dónde se mueve el mercado. Imagina uno que en España se consiguiera hacer algo así y a ver si alguno de nuestros divinos actores sería capaz de jugar a este juego.

La segunda entrega de las aventuras del Capitán América ejemplifica que el proceso de prueba y error iniciado con Iron Man ha culminado, por fin, en una cinta que puede verse como cine de acción y no solo como el trasvase más o menos acertado de un personaje de papel al cine. Si ya la primera entrega, por lo menos hasta la traca final, conseguía hacer ver que el Capitán América es quizás el personaje que mejor puede funcionar en pantalla (es la única película donde el relato del origen es más interesante que todo lo que viene luego) aquí se abunda en esa misma idea: como en los años sesenta, pero ya ha llovido, Steve Rogers es un desclasado, aislado de su tiempo, un patriota que conserva su integridad (y su liberalismo), y que no solo no entiende los matices del mundo moderno y la tecnología, sino los quiebros y piruetas que ese mundo moderno ha acabado por adoptar con tanto descaro que parece que fueran sus enemigos (en la ficción del cine y en la realidad de nuestras vidas) quienes hubieran ganado la guerra.

La película es una excelente película de acción, quizá la mejor de todas las que se han hecho de los superhéroes hasta el momento: el referente Indiana Jones de la primera película se transmuta aquí en James Bond, y es bueno que el personaje no tenga superpoderes exagerados y lo veamos sufrir, dañarse, sangrar y enfrentarse prácticamente a manos desnudas, con escudo o sin él, a todo el montón de obstáculos que se le ponen por delante, desde un caza armado hasta los dientes a dos docenas de maromos en un ascensor. Si Robert Downey Jr convirtió a Tony Stark en sí mismo, Chris Evans se mete en la piel de Steve Rogers como si hubiera nacido para interpretarlo: es apuesto y desvalido al mismo tiempo, ingenuo y pícaro, duro y tierno. Lo vamos a echar de menos cuando abandone la franquicia... y el abandono de la franquicia se ve a la legua en esta película.

Los guionistas tiran sin disimulo no del Capitán América, sino de aquella miniserie de Nick Furia contra Shield, y la mezclan con la quizá demasiado reciente saga de El Soldado de Invierno. De hecho, la importancia de este personaje en el devenir de la película es prácticamente anecdótica y el argumento podría haberse desarrollado igualmente sin él, en tanto la riqueza de su pasado apenas se insinúa y la tercera película irá en esa dirección. Más adecuado, en mi opinión, habría sido llamar a este film "Capitán América contra SHIELD" y dejar este título para la tercera entrega. Pero doctores (Extraños) tiene Marvel.

La historia de espías, donde nadie se fía de nadie, las escisiones de SHIELD, los malos infiltrados, las persecuciones, la presencia en la sombra del malo malísimo, incluso la versión más o menos moderna de personajes como el Halcón o Arnim Zola es interesante, bien contada, trepidante. Los momentos de pausa no hacen sino revalidar la enorme riqueza emocional que Stan Lee (sí, Stan Lee, no los creadores originales) supo añadir al personaje, creando un ente nuevo que sobrevive hasta nuestros días.

Menos me convence la idea de que en la organización de espías han estado in albis toda la vida, que Hydra inmortal Hydra tenga miles de malosos infiltrados en todas partes. La película habría salido ganando si, en vez de Hydra, nos hubieran presentado, incluso descafeinado, lo que no deja de ser un golpe de estado del Imperio Secreto, o cómo los políticos y sus seguidores actúan no por maldad intrínseca (como parece el caso), sino por eso tan doloroso que experimentamos en la vida real cada vez más: por pragmatismo. Que Robert Redford, con su pasado casi izquierdoso, haga de malo aquí parece indicar que por ahí pudieran haber ido los tiros.

El status quo del universo Marvel cinematográfico queda patas arriba al término de esta película, algo que afectará a la serie televisiva de los hombres de Coulson y que habrá que ver cómo se menciona en la próxima entrega de esta "fase dos" (miedo da la "fase tres") de los personajes marvelianos.

Hay un par de huevos de pascua divertidos. O dolorosos, según se mire. Porque ver cómo Sharon (no sabemos su apellido) acierta en la diana de su blanco como nueva agente de la CIA tiene su aquel, no me digan ustedes...

2014-03-14

PEPE-4



Hay demasiadas ocasiones en que servidor de ustedes no comprende cómo Carlos Giménez no tiene hoy en día la veneración que se merece desde hace décadas. Carlos lo ha dado todo y lo ha hecho todo en el mundo del tebeo, desde la ciencia ficción a la historia, desde el humor a la crónica, desde la sátira periodística a la autobiografía. Y siempre desde su categoría de narrador impresionante, imprescindible, explorador antes que los demás de géneros y recursos dentro del medio. Se nos van los elogios a autores extranjeros, nos escudamos en distinguir tebeo o cómic de novela gráfica cuando Giménez, insisto que desde hace décadas, tendría que ser un referente de todo y para todos. To boldly go where Gimenez has gone before.

La última empresa del genio es relatar en historieta, en cinco álbumes, la biografía de Pepe González, lo saben ustedes. Una aproximación que en ocasiones parece un palimpsesto de su célebre obra anterior, Los Profesionales, donde sólo el nombre de Pepe González figura sin disfraz y donde editores y autores (Toutain o el propio Giménez) aparecen camuflados o con nomenclatura diferente a la del pasado.

La historia de Pepe, así, se nos muestra como una acumulación de anécdotas, momentos vividos, recordados o relatados donde el genial autor de Vampirella demuestra su arte y su incapacidad de orden en el mundo caótico que lo rodea y del que se rodea. Hay muchas risas en los álbumes anteriores, un tanto de repetición machacona al respecto de su enorme valía como dibujante y su falta de interés por muchas cosas.

Pero el retrato se empaña en este último álbum, el penúltimo, donde empezamos a asistir al deterioro físico y personal de Pepe González. Las risas se convierten ahora en un nudo en la garganta: hay tristeza, hay soledad, hay ese sentido inevitable de luchar contra la muerte. Pepe asiste a su decrepitud física, a la vejez, al descuido y la desidia, a la enfermedad y el desorden. Y nosotros con él sufrimos todo eso, como una avanzadilla de lo que también nos esperará algún día.

Giménez no quiere contar el mundo de la noche que al parecer fue también parte indivisible de la historia personal de Pepe González. Quizá no le hace falta. En este álbum permea la idea de indefensión, de desastre inmimente, y ni siquiera un gran desastre: el final que nos aguarda a todos, como ya le ha alcanzado a Truffaut-Toutain en su historia, como le alcanza al mundo de las agencias y las revistas. Las últimas páginas son una reflexión en voz alta, un lamento por la pérdida desde la experiencia y la sabiduría.

Giménez no está haciendo solamente biografía de otro autor. Está haciendo biografía de un medio, de una época, de nosotros.

Está haciendo biografía de sí mismo.



Ahora falta que hagamos un carnaval a la altura.

2014-02-20

ROBOCOP 2014



En el fondo, era inevitable que el único superhéroe del cine de los ochenta que no procedía de los cómics quiera sumarse al carro de los personajes de los cómics que inundan el cine. El problema del nuevo Robocop, que inició de la mano de Paul Verhoeven una larga franquicia que tuvo una no menos larga agonía en varias secuelas, una infausta serie de televisión con actores de carne y lata y otra no menos infausta de dibujos animados, es que veinte años más tarde cuenta más de lo mismo y ni siquiera lo cuenta igual, sino peor.

El Robocop original era una historia intrascendente y algo exagerada que estaba tan cargada de mala leche que resultó profética. Iba limitadita de presupuesto y no tenía más complicación que el mecanismo de un botijo, pero funcionaba muy bien y, en aquellos tiempos de efectos especiales que hoy nos parecen del cuaternario, causaba hasta asombro.

El nuevo Robocop tiene el problema de enfrentarse a aquella película y querer ser un remake, cuando podrían haber asumido directamente lo que la(s) otra(s) películas ya contaron y repetir el experimento con otro policía hecho chiribitas que no fuera ni se llamara Murphy. Porque la película pretende distanciarse y casi lo logra en tanto se dedica mucho más a explorar el dilema humano-robot o el componente ético (y hasta familiar) del experimento que la caza de los malos. Este Robocop de armadura negra se colapsa en seguida, realiza sus detenciones casi off camera, y dedica la última media hora de película a investigar su propia muerte y a llegar a conclusiones detectivescas, localizando al malo, que parecen tan sacadas de la manga que resultan inverosímiles. Todos sabemos que el pobre Michael Keaton es el villano, pero no está bien explicado ni es convincente.

La peli se rodea de al menos cuatro actores que han aparecido en diversas películas de superhéroes: el citado Keaton, el insoportable Samuel L. Jackson, un repulsivo y poco creíble e insuficientemente explorado Jackie Earlie Haley (o sea, para entendernos, el fulano que estaba debajo de Rorschach), y el grandísimo Gary Oldman, que si está inmenso haciendo de malo está todavía mejor haciendo de bueno, y que interpreta al personaje más agradable y mejor logrado de la película.

No lo hace mal el protagonista, aunque su cuerpo blindado no engancha tanto como el original, ni tiene ese peso en movimiento que aquí comunica el sonido. No hay ningún atisbo de crítica social (con la que está cayendo ahora mismo en Detroit, precisamente), y el alcalde y los ricachos no tienen ese reverso tenebroso de la peli original. La violencia es profundamente light: Robocop dispara cargas paralizantes.

Se deja ver toda la primera hora, el proceso de Frankensteinización de Murphy, y empieza a perder fuelle desde el momento, demasiado apresurado, en que el Robocop se enfrenta a tropecientos robots y se los carga. Luego ya el desenlace es puro trámite.

Doctor Q: Manuel Dicenta
Segundo Doctor: Manuel Alexandre
Tercer Doctor: Pablo Sanz
Cuarto Doctor: Valeriano Andrés
Quinto Doctor: Pedro Osinaga
Sexto Doctor: Paco Valladares
Séptimo Doctor: Raúl Sender
Octavo Doctor: Eusebio Poncela
War Doctor: José Sacristán
Noveno Doctor: Jose Coronado
Décimo Doctor: Javier Antón
Undécimo Doctor: Diego Pérez
Duodécimo Doctor: Antonio Dechent


The Master: Pastor Serrador/ Luis Tosar



En estos días en que tengo el blog algo desatendido, porque no tengo nada interesante que contar ni ganas de repetirme y me muerdo la lengua porque no me fío de cómo anda el patio, llega como todos los años el carnaval de Cádiz.

O eso que se le parece cada vez menos y que a muchos gaditanos nos repele cada vez más. Empieza esta noche el Concurso Oficial de Agrupaciones, o sea, el Falla de toda la vida, con ausencias notables, los deberes por hacer, un reglamento que no gusta a nadie, la polémica ya servida porque no dejan acceder a los medios online, y con un montón de días por delante para soportar agrupaciones que no llegarán, muchas de ellas, ni a los niveles de calidad que tienen muchas agrupaciones callejeras, esas que los exquisitos del concurso siguen llamando ilegales.

Tres semanas largas de preliminares donde las emisoras y las teles locales darán la brasa con lo bien que está todo en Cádiz y donde las agrupaciones defenderán las acciones de Gamonal pero ni se les ocurrirá criticar más cerca y donde al final todos correrán a hacerse la foto con el político de turno o a actuar el sábado a la capital andaluza (que ya podía, por cierto, la capital andaluza, esperar a que terminara el carnaval en Cádiz).

Pues eso, que tampoco ando yo con muchas ganas de carnaval, pero como todavía falta un mes, aquí pueden ustedes ir haciendo boca y comentar lo que se les apetezca. Alfred, que anda con menos ganas de Carnaval que yo, ya avisó que colaborará poco. Esperemos que se desdiga y nos entretenga con su sapiencia.

Tataratachín, tataratachero, el Carnaval de Cádiz abre el telón de nuevo.



7. MADE IN AMERICA

Lo que Lee tenía que contar ya lo contó en su momento. Fue capaz de poner la máquina a punto y echarla a andar, lo cual ya es bastante. Si alguna vez dio la impresión de que era un rebelde al sistema, su salida del mercado por la puerta de plata contradice cualquier impresión de que fuera un luchador por la causa como, ahora, se nos vende la imagen de Jack Kirby o se le niega (por ser aún más individualista y facha) a Steve Ditko.

El mérito de Lee quizá esté más en sus funciones como "editor" que como argumentista. Sus magníficos textos y sus exaltados diálogos podrían parecernos hoy superados, y quizá así sea, pero en su momento rompieron moldes y demostraron que había que leer los bocadillos para disfrutar de un tebeo. Los dibujos de Jack Kirby se leen y admiran solos, pero son los diálogos que inserta Lee, los cambios que Lee fuerza, los engaños que Lee escamotea (por ejemplo, la discusión respecto a la cicatriz diminuta de Doctor Doom, según quiere absurdamente Kirby; la personalidad de Green Goblin, un tipo anónimo según exige Ditko), son lo que al fin y al cabo han venido a dar la imagen de la casa, la marca de fábrica.

Es posible que Lee no quisiera o no le dejaran continuar siendo el papá sonriente pero tiranuelo dentro de la casa. Es posible que, fuera ya de la empresa los artistas con los que mejor se entendía y con los que más se peleaba (y a lo peor a los que más ideas robaba), él mismo se diera cuenta de que diez años en el mundo del comic (diez años de entonces, equivalentes a unos dos de ahora) son demasiados, más de una o dos generaciones de lectores. Es posible que, al dictado el género de terror y de kung-fu que se imponía, con el despertar de la Distinguida Competencia y la aparición de títulos más "adultos" y con el marchamo de "cualité" al que desde entonces ha jugado DC a falta de poder desarrollar algo interesante en sus series más señeras, Lee comprendiera que su época como guionista y multipoderoso editor de todos los títulos de la casa había pasado. Una generación de nuevos lectores, dibujantes y escritores necesitaba una nueva generación de editores, y fue entonces cuando Lee se convirtió en el relaciones públicas de sí mismo que hemos aprendido a admirar y a repeler, identificándose quizá sin trasfondo real con la maquinaria que es Marvel (aquello de "el estado soy yo" pero en tebeos), publicitando productos inferiores cuando no horrorosos fuera del género para televisión o videojuegos (nunca cine), donde se saquean sin disimulo guiones de comic-books a los que se altera orden y significado, quizá porque todo vale una vez el tebeo está terminado y cobrado...

Stan Lee ha vendido siempre su imagen sonriente de abuelete insertado en el sistema, de creador millonario, despreocupado y feliz. Sabemos por otros autores que Marvel no los ha tratado bien, o que ha destrozado sus ideas o sus derechos, pero Lee jamás ha dicho esta boca es mía. Si ha tenido algún roce (que debe haberlos tenido, claro) con los "powers-that-be", con la gente que estaba y está por encima, nunca ha levantado la voz por la cuenta que le trae. Y aunque no se hablara ya con Ditko o con Kirby reconozco que jamás he leído más que alabanzas por su parte hacia sus compañeros de fatigas creativas. Quizá en eso, como en tantas otras cosas forzadamente alegres e intrascendentes, Lee no sea sincero. Mucho más que Kirby, casi a la altura del hosco Ditko, Stan The Man sigue siendo un desconocido escondido tras la cortina de humo de su sonrisa de gato de Cheshire.

Me da la impresión de que a Stan Lee nunca le ha importado demasiado el enorme potencial de lo que él y otros han creado; o, para ser más exacto, que no se lo ha tomado demasiado en serio. Y quizá hace bien.

A fin de cuentas, son sólo tebeos.



6. EN LA CRESTA DE LA OLA

Siendo un magnífico escritor, con un sensacional sentido del tempo narrativo y del drama, resulta curioso que los personajes más emblemáticos y significativos del universo marveliano se le discutan o que él mismo reconozca son creación de otros. Es el caso de Estela Plateada, que a pesar de ser creado de rondón por Jack Kirby es "usurpado" por Lee poco después y acaba por ser, junto con Spider-Man, su personaje más característico.

Silver Surfer, dibujado por los hermanos Buscema en uno de los más bellos ejercicios de exhibición anatómica plateada y de poses declamatorias (y de sexo encubierto, ah, Mefisto y Shalla-Ball), constituye el punto álgido de Lee como escritor, y también, curiosamente, su más sonoro fracaso. Cierto que eran tebeos dobles, más caros, y que hubo según confiesan problemas de distribución que dieron al traste con el experimento. Pero a pesar de los maravillosos dibujos y de los hermosísimos monólogos de Estela Plateada el lector no puede desprenderse de la sensación de estar leyendo un peñazo inaguantable.

Estela Plateada es el personaje de Lee llevado al paroxismo pacifista, el quiero y no puedo definitivo, un tebeo adulto como eran los tebeos adultos hace dos o tres décadas, infantil a ratos, profundo sin sonrojo. El marginado definitivo. El mártir absoluto.

Y también el personaje con el que Lee, en más de una ocasión, trata de escapar al Universo Marvel. Ya la novela gráfica (recientemente reeditada) realizada con Jack Kirby se juega a la peligrosa baza de tratar de "aislar" al surfero plateado del resto del universo de papel, en peligroso movimiento que hace que, por ejemplo, los personajes Marvel (y también DC) no valgan un pimiento fuera del género, pues falta el contrapeso de todos los otros personajes y el contexto del universo para darles equilibrio (¡toma nota, Hollywood!).

Cuando Lee inicia la serie del Surfer, lo hace con otros puntos de vista, y son contados los otros superhéroes (Thor, Fantastic Four, Spider-Man) que asoman a sus páginas. Estela Plateada ya había tenido sus más y sus menos con Doctor Doom en la serie de los Fantásticos, pero éste no se ve por aquí ni con lupa. Es Mefisto el malo malísimo de este título. Y, para demostrar que Lee es un chico muy leído que adora la ópera, hasta el Holandés Errante se permite hacer una incursión por sus páginas. Y el monstruo de Frankenstein, en una nueva y tediosa revisitación después de su puesta al día bajo la piel verde de Bruce Banner. Y los badoon como raza extraterrestre-futura no conocida en el universo marveliano del momento.

Silver Surfer es un tebeo extraño. El primer número, donde se narra el origen del personaje, entra en absoluta contradicción con lo contado ya en la serie de los 4F: pues si Norrin Radd ya era noble, bello e idealista allá en su planeta de calvos, antes de que Galactus le diera su capa de barniz titanio, ¿a qué venía entonces su súbito cambio de actitud y su revuelta contra Dios, la "humanidad" aprendida de Alicia Masters, lo injusto de su destierro en la Tierra? O Lee no se acordaba o no le interesaba. Tuvieron que llegar luego otros, claro, y enmendarle la plana, y explicar la amnesia provocada por Galactus al darle los poderes y todo eso. Siempre es bueno tener a los subalternos al quite.

Después del origen cósmico, el resto de la serie es un incesante vagabundeo en busca de respuestas, palabras huecas y metáforas hermosas que a nada conducen (pero dando, ojo, mil vueltas a piruetas sobre vacío como Haxtur), explotando hasta la saciedad el tema de la incomprensión, la falta de solidaridad o la violencia inherentemente humanas. El castigo de reclusión en la Tierra acabará por pesar enormemente sobre la serie, pues Lee jamás llevó adelante ningún paso lógico en las situaciones estancadas de sus personajes, excepto para casar a alguno de ellos, y no es extraño que, agotado en sí mismo el concepto, Estela Plateada volviera a ser un secundario de lujo, ultrapoderoso (que ese pudiera ser otro fallo), relegado a apariciones esporádicas en el título que lo vio nacer. Y tampoco es extraño que, cuando muchos años después volvieran a resucitar la serie, obviaran el bello batacazo de papá Lee y optaran por darle al personaje un matiz spaceoperístico la mar de horroroso, libre de las cadenas impuestas por su pecado de ser hippy bienintencionado y meditabundo en una Tierra que ya no estaba para esas zarandajas.




5. GÉNESIS SIN RUMBO

En la mezcla de lo cotidiano, casi lo cutre, lo romántico, casi lo cursi, y lo épico, casi lo desaforado (y pueden ustedes si quieren quitar los "casi"), Stan Lee y su Bullpen encontraron un filón. Está también, claro, el humor, pero éste se desarrolla más en los comentarios de los superhéroes entre torta y torta con los que el scripter tiene que justificar que anda ahí dentro metido. Las situaciones visuales (y cito de memoria) son escasas, más cosa de Ditko y Kirby que del propio Lee, me parece. Al menos, no es por el sentido del humor por lo que Lee-guionista pasará a la historia, creo, sino por el agobiante afán de trascendencia de sus personajes. Otra cosa, claro, es el Lee-mercader que anuncia su producto desde la "Stan´s Soapbox" y se presenta al público como un colega algo canoso, con peluquín muy bien colocado, capaz de utilizar una verborrea propia con la que no le entiende ni dios... quizás para hacer creer que "está en la onda" de la juventud o la infancia que le sigue y a la que divertidamente alecciona.

Si quieres arroz, toma dos tazas. Si un personaje de comics tiene éxito, adelante con los faroles. A crear otro. Mientras que otros autores sólo serán recordados por una creación (Bob Kane con Batman, por ejemplo; Siegel y Shuster con Supermán; Chester Gould con Dick Tracy), Lee, Kirby y compañía, dignos herederos de gente como Will Eisner y su estudio, dieron en crear un tropel de personajes en pocos años, hasta crear eso que se ha llamado "The Marvel Age of Comics". Todos ellos ya tenían a sus espaldas años de creación de títulos efímeros, de multitud de otros personajes mejos afortunados, y quizá ninguno creyera que los nuevos y extraños, extrañísimos superhombres fueran a durar, tras los palos y hundimientos de la industria del comic-book en los años cincuenta, más de unos pocos meses. Eso podría explicar que los orígenes de los superhombres y hasta la dirección de muchas de las series sean tan débiles, tan oscilantes.

No hay más que ver los cinco o seis primeros años de Marvel para darse cuenta de que ni Lee, ni Kirby, ni Ditko ni ninguno de los demás tenía nada claro qué estaban haciendo. Los argumentos de los primeros tebeos de La Masa, de los cuatro efe, de Thor, son sempiternas repeticiones de los tebeos de monstruos y las invasiones extraterrestres o comunistas. En absoluto, en modo alguno, hay sensación de que se esté creando un "universo" fantástico.

El personaje marveliano ("¿Leeiano?") se va definiendo poco a poco, a partir del esquematismo a veces absurdo de las líneas directrices del tebeo de presentación, el "origen" de unos héroes que, en algún que otro caso (Hombre Hormiga), no tiene empaque para ir más allá de esa historia singular. La ganancia y la pérdida son, ya se ha dicho, parte consustancial a la creación de los nuevos mitos: telépatas paralíticos, ciegos con sentido del radar, forzudos sin belleza y/o inteligencia. Pero pasa mucho tiempo antes de que, por ejemplo, La Masa se asiente como algo más que un mero científico perdido en el desierto que deshace mes sí mes no planes comunistoides, o que Thor se presente como verdadero dios del Trueno y se asuma la mitología escandinava como "real"... o que se revele siquiera el origen de Doctor Extraño como versión tebeística de "Horizontes Perdidos" (muchos referentes marvelianos están en el cine: Ronald Colman es, claramente, Stephen Extraño. Y el no menos olvidado Howard Hughes el inspirador del rancio Tony Stark).

No es extraño que en la orgía creativa que supone el petardazo del Universo Marvel Lee (y Kirby) lanzaran sólo el primer número de una serie y luego dejaran en otras manos, normalmente menos hábiles, su continuación o desarrollo. Y no es extraño, claro, que esas ideas fueran en ocasiones pésimamente desarrolladas, o que algunos de esos personajes no merecieran la pena. Recuérdese, insisto, la creación de Thor, o de Iron Man, o la falta de dirección de los X-Men (pese que a Lee y Kirby aguantaran un poco más en este título), o el fracaso que supuso La Masa en sus seis primeros números antes de refugiarse en otro título y seguir tirando. Tendría que ser la vuelta más serena de Lee y Kirby a algunos de esos títulos (Thor), o la llegada de savia nueva (Roy Thomas, el padre putativo del Universo Marvel, el autor que le da la cohesión y el sentido de evolución conjunta que antes no tenía), lo que recondujera a esos personajes y esos títulos que aún perduran, con altibajos, a veces misteriosamente, hasta nuestros días.

¿Por qué unos personajes son un éxito y otros más o menos se aguantan? Quizá ni Lee pueda explicarlo. Yo tengo una explicación más sencilla. No todos los guionistas (ni todos los lectores) son-somos cirujanos, abogados, multimillonarios, científicos, extraterrestres o telépatas. Pero todos hemos sido adolescentes, hemos ido al instituto, nos ha partido la cara el matón de la clase. El gran éxito de Lee (y Ditko) está en la plasmación cuasi-real de unas situaciones por las que más o menos ha pasado todo el mundo. Por eso, que no por otra cosa, triunfa Spider-Man. Y quizá porque Lee no tiene estudios universitarios, y se queda cojo creativamente cuando Ditko se cabrea y se marcha a otra parte, la serie del Hombre-Araña pega un notorio bajón argumentístico con la llegada de Romita Senior, incluso cayendo por una temporada en manos de Don Heck, y no es revivida hasta la irrupción de John Buscema primero y de Gil Kane después, confinando a Romita a las tintas y a "embellecer" como sólo él sabe el producto. Pero, alardes gráficos aparte, la universidad a la que Peter Parker asiste no es real, no desprende ese tufillo a conocido que desprendía el colegio. Su adolescencia pre-adulta de "integrado" marginado solo a veces, choca de plano con los primeros tiempos de inconformista "apocalíptico" a su pesar. Casi podríamos decir que llega un momento en que Peter Parker, pese al dibujo más estilizado y su integración en una sociedad más "real" donde se abordan de tapadillo problemas "reales", ya no es nosotros, ya no es un adolescente donde se refleja el público como en un espejo, sino un cuarentón o cincuentón llamado Stan Lee al que en más de una ocasión se le nota el peluquín y el plumero en su afán por mostrarse moderno. Una lectura atenta (e injusta) de todos los tebeos de Amazing Spider-Man en orden nos revela eso, que con Ditko la serie parecía tener un sentido de búsqueda y que sin él, con Lee a solas, va a la deriva. Hay momentos magníficos (la llegada de Romita padre fue por la puerta grande guionísticamente hablando; la saga de la tableta de piedra es de las mejores que se recuerdan; la trilogía de las drogas), pero en conjunto no puede dejar de advertirse una especie de laxitud en las aventuras, en las situaciones familiares o amorosas, un estancamiento de Peter Parker en su vida y de Lee en sus guiones.

Y si eso le ocurre al héroe más sencillo de todos, más cotidiano, el que tiene más puntos en común con cualquier lector (insisto, no todos somos neurocirujanos, brujos ni abogados), pues comprueben ustedes con los otros personajes. Y recuérdese lo débiles que son las mujeres creadas por Lee. No hay que remontarse a Hulka para ver dónde el guionista estaba fuera de pie.

Se ha dicho, en mi opinión equivocadamente, que Fantastic Four era el centro del universo Marvel. Quizá lo fuera para Stan Lee, pues a fin de cuentas se trata del primer título de la casa, la primera familia, o que eso pretendiera la editorial. Para los lectores que fuimos, el centro del universo Marvel, la serie de series, el título donde todo encaja y tiene sentido y se relaciona (y nos hace decir aquello de "toma, claro") es The Avengers. Y ese título se convierte en la serie central cuando Roy Thomas se encarga de los guiones. Urge un estudio sobre la figura mítica del Rascally Roy, el primer fan en dejar de serlo, el hombre que es capaz de anudar los hilos e incluso trenzar hacia atrás, hacia la Edad de Oro, el universo Marvel.

Porque Lee, en los Cuatro Fantásticos, apenas si hace ir presentando personajes de forma más o menos descarada para después lanzar o relanzar sus títulos propios. Hoy el Hombre Hormiga, mañana Pantera Negra, después Him, con algún ocasional y repetitivo encontronazo con La Masa por aquello tan original de quién es más fuerte, la Masa o la Cosa, o los pintorescos crossovers entre Vengadores por un lado y Patrulla-X por otro. Es sabido que Lee se equivoca continuamente en los nombres de sus personajes, que no le importa el pasado de Timely-Marvel para lo que está contando, lo que lleva a cometer errores de bulto que luego los "archiveros locos" de la continuidad han tenido las agallas de resolver: Que Steve Rogers se enamorara de una agente Sharon Carter en los años sesenta cuando en los años cuarenta lo hizo de una tal Peggy Carter es casualidad pura, despiste puro, ignorancia pura. Demasiado heavy que se enamorara de su propia hija ilegítima, ¿no? Menos mal que luego llegó Steve Englehart y lo solucionó diciendo que eran hermanas que se llevaban más de veinte años, aunque estuviera traído de un pelo. Y tres cuartos de lo mismo con Rick Jones como sustituto-doble físico de Bucky Barness.

Lee no era demasiado consciente, me parece, de la creación de una supraentidad llamada Universo Marvel, y detalles como estos lo demuestran. Quizá, en el fondo, eso fuera bueno, pues cada serie acaba por tener su propia personalidad diferenciada, sus propios secundarios de postín, y los escasos crossovers que entonces eran quedaban para momentos álgidos, acontecimientos verdaderamente únicos y festivos.

Nada de ese candor, de ese juego descubridor e intrascendente, queda ya ahora.



4. LOVE STORIES

El otro gran hallazgo de Stan Lee es algo más risible, quizá menos trascendente pero igualmente importante. El atractivo del universo marveliano se basa en el cóctel de aventura y melodrama. Es decir, Lee consigue trasladar los ingredientes del "tebeo de niñas" (y no olvidemos su experiencia en los guiones para Millie the Model y otros tebeos románticos) al mundo de la aventura.

Dale Arden fue siempre una boba. Diana Palmer casi lo mismo. Dragon Lady demasiado cañera. Sólo Aleta pudo dar a Prince Valiant el tono justo entre aventura amorosa y realidad matrimonial cotidiana tan ajena al mundo de los comics. Stan Lee toma los tópicos más manidos del tebeo de niñas y los conjuga con su universo desquiciado, logrando interesar en el romance a lectores que, de entrada, son masculinos. Veámoslo: una secretaria enamoriscada de su jefe, un abogado cieguecito; una enfermera loquita por su médico, que es cojo; una adolescente que se pirra por los bellos ojos de un tipo que podría dejarla en el sitio si se quitara las gafas ahumadas; una ciega emancipada que ama a un cacho de roca con mal genio; un profe calvorota y paralítico que tampoco hace ascos a un romance con la pelirroja de antes, que podría ser su hija; un ángel literal que trata de ligar con la misma chavala, que además de maravillosa es única; una chica que no debió de pasar de hacer un cursillo de corte y confección del PPO, enamorada de un científico canoso, estirado y algo despistadete con quien al final acaba por casarse, toma braguetazo; la hija de un militar reaccionario que en vez de enrollarse con un hippy fumador de porros lo hace de un monstruo verde, que para el caso viene a ser lo mismo; un multimillonario gallardo y calavera que masacra vietnamitas con dolor de su corazón y que para que le siga latiendo debe llevar una lata debajo del traje y la corbata, vaya incordio. Y no mencionemos ya los amores y desamores de cierto adolescente con complejo de culpa que no se come una rosca en su vida y que, al final, superado Lee, hasta verá cómo el malo de turno lo deja compuesto y sin novia.

Son topicazos, situaciones salidas de un tebeo de "Azucena" que habríamos arrojado con desgana y choteo a la cara de nuestras hermanas mayores. Pero que, al mezclarse con el olimpo enloquecido de los personajes marvelianos, acaba de redondear el círculo. Porque el abogado cieguecito se toma por las noches la justicia por su mano, en una curiosa negación de todo aquello en lo que debería creer, y se vuelve un auténtico diablo; y el médico cojito se convierte en melenas con casco pero sin moto y vuela que se las pela (y habla con ritmos intraducibles, ay); y el novio de la ciega se lía a dar mamporros y a retorcer farolas como nadie; y el científico despistado sabe de cohetes y de cosas cósmicas y además se estira como el de los chicles Boomer y aunque sea muy serio no veas cómo se explica cuando hace falta.

Y claro, el adolescente que no se comía una rosca, además, tenía problemas de desahucio, de dioptrías, le pegaban los matones del cole y era un empollón de no te menees, y tenía que comprarle medicinas a su pobre tía enferma (porque, para más inri, el chaval era huerfanito de padre, madre y tío), que tenía ataques al corazón o a donde fuera en los momentos más inoportunamente excitantes.

Lo dicho. Melodramas radiofónicos, tebeos de niñas aliñados sabiamente para el consumo de adolescentes con complejo de culpa. Cuando Claremont llegó a la Patrulla X y explotó el rollo de "soy distinto, soy infeliz, pero en el fondo soy bueno, dame una oportunidad, dame algo", no estaba haciendo más que aumentar la bola de nieve que papá Lee había echado a rodar.

Porque, y aquí viene lo importante, todo el cachondeo inevitable de estas situaciones puramente melodramáticas no lo parece. Nos las creemos (¿nos las creíamos?) a pies juntillas. Cualquier otro escritor habría creado un dramón continuado, una soap opera llena de basura, inverosímil, intragable. Pero con Stan Lee nos parecía lo más normal del mundo. Todo era evidente, lógico, apasionante. No podía ser de otra forma.



3. EL GUARDIÁN DE LAS PALABRAS

La conjunción Lee-Kirby fue perfecta. Las máquinas ciclópeas, los villanos bigger-than-life, los dioses nórdicos y sus trasuntos galácticos no podían haber tenido, era imposible, otros diálogos que los que Stan Lee redactaba. Sin esa grandilocuencia, sin ese ritmo puramente declamativo, en ocasiones teatral, ni los 4 Fantásticos ni Thor habrían sido nada. ¿O alguien imagina a Galactus bajando de su nave y diciendo "Eh, colegas terrícolas, vengo a chuparos el coco, dabuten, ¿vale?". Pues eso mismo. Si nos remontamos a los tiempos en que todos eramos unos tiernos adolescentes que escapábamos de los "cáspita", "arrea" y "toma jarabe de palo" de los tebeos españoles (y de los "epa, te pillé, sí" de los de Novaro), no será difícil recordar que gran parte del atractivo añadido de aquellas novelitas de viñetas remontadas eran los diálogos. Los superhéroes Marvel de entonces (y quizá todavía los de hoy, aunque para mí que la versión traducida ahora está demasiado comprimida y llena de giros "juveniles" que no existen en el original), se expresaban de una manera propia, grandilocuente cuando la ocasión lo requería (Thor, Odín, Estela Plateada, Doctor Muerte), pseudocientífica cuando venía al caso (Reed Richards, Charles Xavier), oportunamente goliathesca y barriobajera (La Cosa), intrincadamente ocultista (Doctor Extraño), poéticamente salvaje ("Más fuerte que el mastodonte, más fuerte que el oso gigante, poderoso es Ka-Zar, señor de la jungla"), desenfadadamente juvenil y llena de referencias a la realidad inmediata de entonces (Spider-Man, Daredevil), molestamente maternal (Tía May), y a veces empalagosamente amorosa (Sue Richards, Gwen Stacy, Karen Page). Y angustiosamente existencialista en la mayoría de los casos. Sí, no cabe duda. Stan Lee era un dialoguista excelente.

Hay dos grandes hallazgos que Lee introduce en el mundo de los comics. Coherente con su idea de "superhéroes con superproblemas", y supongo que por tener que rellenar con textos escenas donde unicamente se veía al superhombre solo dando saltitos por las azoteas, Stan Lee introduce por primera vez el "dream balloon" con contenido. Me explico. Hasta entonces, el dream balloon (o sea, el globo con más forma de nube que nunca, con bolitas hacia la boca del individuo para indicar que no habla, sino que piensa) no había expresado realmente pensamientos, sino avisado de las acciones que tal o cual personaje pretendía realizar. En muchas ocasiones, ese dream balloon incluso se realizaba en voz alta (sobre todo en los tebeos románticos, a los que llegaremos más adelante). Con los superhéroes de Lee, esos pensamientos no sólo se referirán a obvias cosas por hacer, sino que reflejarán las tribulaciones existenciales de los personajes. No sólo veremos su ansiedad o su impaciencia por el siguiente combate con el villano del mes, sino sus reflexiones por su situación amorosa, su falta de dinero, los suspensos del colegio, la enfermedad de la tía May, el agobio por abrir los ojos y freir a tu contertulio con un rayo de colores...

Es en estos monólogos donde encontramos la verdadera vida interior del superhéroe de Stan Lee, la medida justa de sus problemas y de su personalidad. Ni Corto Maltés, ni Blueberry, ni el Capitán Trueno ni Flash Gordon han pensado ni piensan como los personajes del Universo Marvel. Es gracias a la sabia utilización del dream balloon por lo que llegamos a saber más de los personajes, a identificarnos mejor con ellos, a sentir que sienten como nosotros. Frente a la frialdad de otros personajes del mundo del comic, los superhombres de Lee se presentan así directamente al lector, sin cortapisas.

Y luego, claro, está el detalle genial de que un personaje mudo, hierático y casi incomprensible como Rayo Negro de Los Inhumanos no sólo no hable... sino que no lo veamos pensar. Eso sí que es entender cómo se define un carácter.



2. EN EL NOMBRE DEL PADRE

¿Es de verdad Stan Lee el padre del universo Marvel? Así lo hemos querido ver siempre. Así se publicita. Así quizá él mismo se considera. De todas formas, los tebeos sólo indican "Stan Lee presents", nada más. Los personajes no le pertenecen a él, sino al emporio Disney. La labor inigualable de Jack Kirby, de Steve Ditko, incluso de Don Heck y tantos otros parece ignorarse, silenciarse. A este respecto, cabe recordar la explicación, a mi modo de ver coherentísima, que John Byrne hace en sus Next Men, explicando por boca de sus personajes que no se puede aplicar la situación del mercado de hoy a la de entonces. Todos estos autores, dibujantes en su mayoría, sabían cuáles eran las reglas del juego en su momento, y no sólo las aceptaban, sino que ni siquiera podía imaginarse una situación distinta. No podemos aplicar a las sociedades esclavistas del siglo XVII nuestra forma de pensar de liberales anti-racistas de finales del siglo XX. No podemos reprochar a Kirby o a Ditko que no se rebelaran en su momento contra las condiciones (sin duda injustas) del mercado. Esa evolución vino luego. Y, sí, es posible, en el camino Stan Lee se aprovechó de algo. Era a fin de cuentas, como dicen, pariente (político y en grado lejano) del jefe.

¿Quién creó el Universo Marvel? ¿Stan Lee o Jack Kirby? Pregunta imposible de responder, quizás. Pregunta que se contesta sola: Lo crearon ambos. ¿O no? Lo crearon ellos dos. Y mucha gente más. Lo creó Steve Ditko, al menos en su parte más comercial y conocida durante muchos, muchos años: Spider-Man ha sido hasta hace muy poco el abanderado de la casa, con mutantes o sin ellos; el icono inmediato.

El peculiar estilo de trabajo inventado ad hoc para la enorme proliferación de títulos de la empresa puede tener algo que ver con todo el lío. Es sabido que Lee y Kirby trabajaban al alimón: conversaciones, apuntes, discusiones, ideas generales para un argumento que luego Jack Kirby contaba a su antojo, en veinte páginas, con espacio de sobra para incluir diálogos y subtramas (entonces, ah, los tebeos tenían muchas viñetas por página). Sobre todo ese trabajo apuntado, ideado, idealizado, Stan Lee incluía los textos, su archifamosa verborrea shakespeariano-bíblica.

¿Lo convierte esto en un mero dialoguista? Difícilmente. Cierto es, y no hay más que ver las fotocopias de los lápices de Kirby (lápices de tebeos que no son de 1961, por cierto) que el dibujante indica al margen qué pasa, qué dice cada personaje, por qué reacciona como lo hace. Y que después, sobre esas indicaciones, saltándoselas a la torera cuando le place, o corrigiéndolas como editor que era, Stan Lee viste el conjunto, le pone las letras, le da ese matiz que sólo tienen los tebeos escritos por él mismo: esa indescriptible e ineludible pátina de emoción.

Está muy claro que Fantastic Four y The Mighty Thor son un trabajo de ambos, y quizá por eso mismo sea tan difícil desentrañar de dónde salen las ideas. ¿Pero son las ideas lo que hacen a un creador? ¿O es su desarrollo? Porque las ideas de muchos de los tebeos están sacadas de medio millar de sitios: la Biblia, Shakespeare, las novelas de ciencia ficción, la cultura judaica, adaptaciones de mitos clásicos, de películas de moda (de todas partes menos, parece, de vivencias, al menos en lo que a Lee respecta). Es en el desarrollo de esas tramas, en el especial cuidado de los personajes donde radica el máximo logro del primer Universo Marvel, en el que se sustenta todo lo demás. Sí, podríamos aceptar que las ideas y personajes fueran de Kirby. Y el colosalismo y el vanguardismo fantacienfífico. Y hasta el tempo del desarrollo. Y que todo lo demás era de Lee.

Pero hay algo que no casa en todo eso (y, antes de que se me acuse de parcial, quiero dejar claro que nada me gustaría más que ver algún día aquello de "Stan Lee and Jack Kirby present"). Hay alguien que no encaja. Steve Ditko.

Porque si, como defienden unos, el único y verdadero creador de Fantastic Four era Kirby, quien además desempeñaba en la casa el puesto de semidiós puro y con puro y con una capacidad de trabajo envidiable, el de dibujante emblema, el símbolo de la primera época de Marvel... si los Fantastic Four los guionizaba Kirby (o los ploteaba en solitario, elijan ustedes el término que quieran)... ¿por qué nunca se le reconoció? ¿Por qué en ninguno de todos esos tebeos se indica que el argumento es de King Jack Kirby?

Y la pregunta del millón: ¿Por qué ese reconocimiento al plotter sí se da con el Spider-Man de Steve Ditko, un artista que no tenía el tirón comercial del otro genio? A partir de los primeros números de la serie del trepamuros (desde el número 25 de forma reconocida en los créditos), se anuncia claramente: Argumento y dibujos, Steve Ditko. Escrito por Stan Lee. Y, como veremos más adelante, en la serie del Hombre Araña se nota clarísimamente la marcha del argumentista y cómo Lee toma las riendas de su co-creación en solitario...

Es más lógico reconocer que se trata de una labor de equipo. Cierto que el tempo lo pone el dibujante, que adquiere con ese extraño (y envidiable) estilo de trabajo una responsabilidad que para sí quisieran muchos "autores" individuales del tebeo europeo, pero la suma de charlas conjuntas, ideas dispares y trabajo por turnos es lo que hace prender la chispa. No sería aventurado suponer que Lee y Kirby fueran tirando uno del otro, en un tour de force endiablado y maravilloso, dando lo mejor de sí mismos en un intento de no quedarse por detrás del compañero.

Reconocemos esto, o no podemos reconocer lo contrario. No se puede, a estas alturas, considerar que Lee es un fantoche y Kirby una víctima. No podemos achacar al maestro dibujante la creación de todo y restarle eso mismo al trabajo del guionista y editor. Eso sería desnudar un santo para vestir otro. Queremos justicia para Kirby, desde luego. Pero el Universo Marvel fue cosa de una inspiración compartida entre varios creadores.

Y me sigue resultando chocante que se quiera adjudicar a Kirby en solitario la creación del universo marveliano... sin advertir que ese universo se basa en gran parte en personajes creados antes por Carl Burgos o Bill Everett. Stan Lee, hay que decirlo y repetirlo de una vez, puede seguir todavía hoy echándole cara al tema y ordeñando para su bolsillo su papel en la participación de un imperio, pero los personajes no son suyos. Son de Marvel. Son de un ente abstracto y saturnil que no tiene remordimientos al devorar a sus hijos.

Un ejemplo de la labor de co-creación, del pulido magnífico que Lee es capaz de dar sobre el tallado en bruto de Jack Kirby lo tenemos en Captain America. Siempre se indica que el abanderado personaje es una creación de Simon y Kirby. Pero eso es cierto sólo a medias. El personaje que se rescata para el nuevo universo en 1964 casi no es el mismo que el anterior (ya había habido, como se sabe, versiones del patriotero Capitán hasta finales de los cincuenta: con guiones de Lee y dibujos de John Romita entre otros, super-fachosos y con otra muerte distinta de Bucky Barness y su sustitución por una chica muchos años antes de Dark Knight). El punto de arranque de las primeras historias del Capitán América es el nacimiento del superhéroe, toda la parafernalia de superpatriota delgadito pero dispuesto a darlo todo por la causa, el ataque de los nazis, la fórmula del supersoldado que se va a hacer puñetas... A partir de 1964, el mito del Capitán América se complementa y se amplía. Ya no será sólo un tipo convertido en bandera para combatir a un enemigo al que sospechosamente se parece, sino un hombre sacado de un bloque de hielo (en bello autohomenaje, gracias a la intervención del otro personaje de la mal llamada Edad de Oro rescatado --en otro número 4 de colección-- por la nueva encarnación de otro héroe clásico; me refiero, claro, a la resurrección de Namor por parte de Human Torch y su intervención casual en el rescate de Steve Rogers del bloque de hielo). No sólo eso: A partir de entonces, el Capitán América es un héroe fuera de su tiempo, un desclasado consumido por las dudas y las contradicciones internas sobre su papel, un superhéroe casi atípico que tiene y no tiene personalidad secreta. Sostener que ese personaje vampirizado y magníficamente puesto al día es el mismo que en su momento crearan Kirby y Simon es, cuanto menos, discutible.

El caso de Lee y Kirby es más similar, me parece, a Simon y Garfunkel que a Lennon y McCartney. Juntos, son pura dinamita. Por separado, se les notan muchísimo más los defectos, o las carencias si se prefiere. Sin el contrapeso creativo de Kirby o de Ditko, Lee se entrega a argumentos repetitivos, a veces penosos, incluso en clara negación de situaciones expuestas anteriormente: Convertir a los padres de Peter Parker en una pareja de espías pseudo high-tech, cuando siempre se había vendido la cotidianiedad casi cutre del personaje como lo más característico de la serie sigue dando grima; se nota que ya Ditko había desaparecido por el foro y Romita padre no daba demasiada guerra creativa. Sin la majestuosidad, los diálogos, la profundidad psicológica de Lee para compensar los excesos visuales y los personajes granguiñolescos de Kirby (o el gélido individualismo de Ditko), esa misma grandiosidad se deforma hasta convertirse en pura caricatura. Personajes kyrbianos como Arnim Zola o el trasunto silversurfero de los New Gods, con los patines de esquí espaciales y la olla a presión Magefesa como casco siguen produciendo rubor.

Un segundo What-If de nuestra realidad es qué habría sido de la saga del Cuarto Mundo si, en vez de haber sido realizada por un confuso Jack Kirby en solitario, hubiera contado con la imposible colaboración de Stan Lee. (¿Un tercer what-if de esas características? ¿Qué habría sido del universo Marvel si no les hubiera dado por recuperar a Namor y enlazar así con todo el pasado de supuesto esplendor superventas --que no de otra cosa-- que luego desembocaría en Captain America y todo lo demás?)



1. LA SOMBRA DE LA DUDA

¿Héroe o villano? ¿Vividor descarado o creador de innegable talento? ¿Aporte insustituible de ideas o ladrón impenitente de las mismas? ¿Guionista y creador de universos o mero dialoguista sobre hallazgos de otros?

Todo eso se ha dicho, y mucho más, sobre Stan Lee. El público lector se divide entre quienes lo aclaman y quienes lo vilipendian. Además, por estas latitudes, donde ser americano y de éxito jamás está bien visto, se le tilda de oportunista, de reaccionario, de perfecto relaciones públicas de sí mismo...

¿Qué es Stan Lee? Quizá todo eso y mucho más. Quizá sea, como usted y como yo, un individuo inclasificable.

Pero el mundo del tebeo de colores está en deuda con él. Y su sombra de gigante todavía se alza sobre sus herederos, sus hijos putativos, todos aquellos que hoy llevan adelante la tarea de sacarle jugo al cada vez más agotado Universo Marvel.

Cierto, sus días de gloria parecen ya muy muy lejanos en el tiempo. La década de los sesenta, los principios escasos de los setenta, parecen mucho más lejanos en el campo del comic que en la música, el cine o cualquier otra manifestación artística que nos ocupa, incluida la televisión. El factor revivacionista o paródico de series llamadas "de culto" como puedan ser Los Picapiedra, Misión: Imposible, Batman, Superagente 86, Star Trek o incluso La tribu de los Brady o La familia Munster se tiñe en los comics de una nostalgia a la que no acceden las nuevas generaciones. Stan Lee es para los que ahora sostienen la industria del tebeo (como también lo son Jack Kirby, Steve Ditko, Neal Adams, Roy Thomas o incluso el propio Chris Claremont, tan posterior y reciente) un desconocido.

Pero Stan Lee, y eso es innegable, hizo historia. Al mismo tiempo que dos guionistas (dos guionistas, no lo olvidemos) reestructuraban todo el concepto del comic europeo en Pilote (y me refiero, obviamente, a René Goscinny y el magistral Jean-Michel Charlier), al otro lado del Atlántico Stan Lee rescataba del hundimiento una industria a través de unos conceptos que, de no haberse producido, darían para especulaciones sin cuento, verdaderos What-If de nuestra realidad.

Si analizamos fríamente lo que Lee consiguió con su propuesta, inmediatamente salta a la vista que poco o muy poco de lo que ofrecía Marvel Comics durante la primera época de su andadura era nuevo. En cierto modo, como harían sus herederos veintitantos años más tarde, Lee hizo en su momento un claro movimiento de "back to the basics", adaptando, transformando o incluso saqueando sin el menor disimulo situaciones y conceptos ya esbozados o incluso explotados por otros autores (y por él mismo) cinco o diez años antes. Si ahora nos escandalizamos y nos echamos las manos a la cabeza (con razón, supongo) al ver las versiones deformantes que Rob Liefeld, Jim Lee y su ralea clónica realizan de los Fantastic Four, Iron Man, Captain America o The Avengers, no podemos dejar de recordar que, en cierto modo, eso mismo fue lo que Stan Lee y Jack Kirby hicieron desde siempre, recurrir a ideas prestadas, desarrollar conceptos agotados, poner al día y disfrazar (nunca mejor dicho) a sus personajes de toda la vida para que parecieran nuevos.

Plastic Man, la primera Human Torch, los Challengers of the Unknown, los tebeos de monstruos, Namor, Captain America, Rawhide Kid, el nombre de Daredevil, el propio Spider-Man... todo o casi todo había asomado ya a las páginas de los comics. Lee les dio la vuelta, los mostró con su lado humano, potenció el melodrama y el tebeo romántico, recurrió a la fantasía y la ciencia ficción y, como por arte de magia, todo eso se quiso ver como nuevo, se respiró como innovador. Frente a la estulticia de los tebeos de entonces y de casi siempre de la Distinguida Competencia, frente al reaccionarismo de la censura y el Comics Code, a remolque siempre del éxito de otros títulos y del cine, el abigarrado y aparentemente caótico universo en expansión que fueron presentando Lee y sus colaboradores tenía por fuerza que cuajar. Otra cosa muy distinta, claro, es que a los críticos eso les guste o no les guste. Pero a los críticos, ya se sabe, parece que lo que no les gusta son los comics.