—¿Cómo has dado conmigo, amigo mío?
—No sería el buen espía que fui si no hubiera hecho indagaciones. Hace un par de años que supe que estabas vivo y dónde, aunque no esperaba que estuvieras aquí todavía.
—¿Cómo sobreviviste a Argel?
—Sobreviviendo. Penando mucho y aguantando más. Fueron tantos años que he perdido la cuenta de la edad que tengo.
—¿Te la digo?
—Mejor no, así puedo seguir engañándome un poco más. ¿Lograste embarcar en la desbandada?
—No. Me capturaron. Fui esclavo medio año, pero los mercedarios pagaron mi rescate. Pude reengancharme y volver a Europa.
—Para perder esa pierna.
—Podría haber perdido mucho más. No tenemos, me parece, derecho a quejarnos.
—Es posible. Pero con ese aspecto de pirata, yo no me habría quedado a servir en una hostería.
—Ya sabes lo poco que me gusta el mar.
—¿Y la muchacha?
—La conocí cuando yo era esclavo y ella una niña. Me acompañó cuando me rescataron y me esperó hasta que volví cojo y cansado. Los mismos monjes que compraron mi libertad se encargaron de convertirla.
—Una cosa por la otra.
—Una vez más, no me quejo.
—¿Te da el negocio para vivir?
—Siempre se venderá vino y siempre se comerá pan. Sevilla es mucho más, hoy, que un lugar de paso hacia el Nuevo Mundo. Hay tanto dinero circulando que hasta los mendigos son más ricos que los antiguos soldados de los Tercios. Lo sé porque muchos vienen por aquí, atraídos por el nombre y la leyenda. Unos se avisan a otros y no hay noche que no tenga en marcha una partida de naipes o una de dados.
—¿Pagan?
Centellas se encogió de hombros.
—Los que pueden. Los soldados ya hemos hecho suficientes sacrificios. Menos tú, Don Juan. Se cuentan tantas historias sobre tus hazañas que no sabía si estabas vivo o si te habías convertido ya en una leyenda.
—Pongamos que todo es cierto a la mitad. No he estado en todos los sitios donde dicen que he estado.
—Pero sí volviste a los Tercios.
—Por ver si el tiempo volvía atrás, sí.
—Y no volvió.
—No, no volvió. Corrió aún más rápido. Tanto, que cuando me di cuenta había un rey nuevo y enemigos distintos. Supe entonces que tenía que dejar de tomar cotas y esquivar cañonazos.
—Pero no mujeres.
—Las mujeres son una guerra distinta que no mata. Al menos, de momento. Te he traído un regalo.
Eché mano al zurrón y saqué el bulto envuelto en papel encerado. Con curiosidad, Centellas soltó el lacre y las cuerdas que lo sujetaban. La morita, Fátima, había acudido a sentarse a su vera. Al abrir el paquete, Centellas no pudo contener un sollozo.
—Manchado de sangre tuya y mía —le dije mientras el antiguo capitán apretaba el estandarte raído y desgarrado, pespunteado mil veces, de la Compañía del Laurel contra su pecho—. De la sangre de quienes lucharon con nosotros y de quienes pelearon luego. Sangre de héroes muertos.
—Oh, capitán —dijo Centellas, con un hilo de voz, mientras las lágrimas llenaban ríos en los surcos de su rostro—. Ahora sí que esta hostería podrá llamarse del Laurel, como en el tablón se anuncia. No sé cómo agradecértelo.
—Sirve más vino. De la segunda barrica. Y haz correr la voz de que en Sevilla está Don Juan Tenorio y tiene hambre de juegos de naipes y dados. De las mujeres no te preocupes: yo me encargo.

Cruzamos los aceros. Dos, tres veces. En el silencio del claustro, era como si Pavía se repitiera allí dentro. Los estudiantes y clérigos, espantados, veían cómo dos hombres luchaban a muerte. Había fuego en mis ojos, burla en los de St. Croix. Me había vencido en mi terreno, o eso pensaba. Y, en todo caso, había destrozado mi reputación de burlador. No comprendía. Quizá no lo había comprendido nunca. No captaba los matices de la seducción. Engaño, sí; pero entrega. Estafa, también; pero regalo. El burlador es el cerrajero que abre la caja de caudales sin que se noten las marcas de sus dedos en el metal, el saltabancos que te birla la faltriquera mientras está haciendo un juego de manos que te arranca una sonrisa. Un seductor no recurre a la violencia. No la necesita. Es lo que diferencia a un caballero de un patán. Una caricia no puede convertirse en golpe. No en mi caso. No en mi nombre.
St. Croix respondía a mis estocadas con movimientos precisos, sin temerme, sin perder la cabeza ni asustarse. Pero sonreía. Una mueca de burla donde asomaban los dientes del diablo. Jamás había entendido. Jamás había aprendido de mí, más que el momento de morder mi mano. La calma con la que combatía, la serenidad con la que había respondido a mi acusación, sin negarla en ningún momento, aceptando con descaro su pecado, me indicó que posiblemente su forcejeo con Mademoiselle no había sido la primera vez. De mí dependía que fuera la última.
Nunca había usado con él la estocada a la frente. Ese era mi secreto mejor guardado. Supe entonces que había hecho bien, pero no quise emplearla para eliminar a la alimaña que sonreía ante mi enojo, pues sabía que si se libraba de mí en este duelo sin padrinos su padre y su título siempre lo pondrían a salvo: de mi muerte y de la deshonra que a mí me había achacado.
No le di más cuartel. Lancé una estocada hacia su cara, él retrocedió medio paso y cayó en la trampa. Mi espada se clavó en su muslo. Avancé un paso y la giré, abriendo la herida en canal. Le sujeté la mano armada, la retorcí, lo obligué a soltar la espada mientras mi arma destrozaba los músculos de la pierna. Desenvainé la vizcaína, aunque para ello tuve que dejar la espada clavada en su muslo. La hundí en su bragueta, hasta la empuñadura.
La punta salió por debajo del ombligo. Sujeto a mis dos armas como una mariposa al alfiler, St. Croix boqueó algo, herido de muerte, pero incapaz de comprender que hay errores que no tienen solución. Arranqué la vizcaína de sus partes, la alcé hasta su corazón, se la clavé en la boca.
—De nada te sirvió la lengua —le escupí, la cara pegada a su cara—. Y la lengua en la seducción es la llave que lo abre todo.
Gargajeó, escupiendo dientes. La mandíbula se le quebró cuando insistí en la puñalada, subiendo el golpe hacia su paladar, bajo sus ojos. Cuando retiré la mano, St. Croix soltó un bramido y se desplomó como un saco.
Recogí la espada de su muslo destruido. Me di media vuelta. Una docena de guardias me apuntaba con sus ballestas. Nunca podría abrirme paso entre ellos.
—No era eso —sentencié una vez más. Dejé caer la espada al suelo y me entregué a su justicia. Si no es bueno que un padre vea morir a sus hijos, tampoco es agradable para un maestro ver morir a sus alumnos. Y mucho menos por su mano. Pero yo nunca había querido ser maestro de nadie.

El furor de la batalla agranda el corazón y empequeñece la vista. Incapaz de quedarse cruzado de brazos mientras los cuerpos de ejército atacaban y se retiraban, siempre frescos, hurgando las murallas como olas contra un rompiente, Borbón vio cómo los arcabuceros hacían retroceder a sus hombres. Corrió hacia la muralla, ordenando que replicaran al fuego. Tampoco los españoles veían dónde apuntar entre la niebla o la polvareda de las armas. Lucantonio Tomasino, desde la muralla, nos regaba de plomo y muerte. Borbón siguió adelante, ordenando, insistiendo. Del caballo, directamente, se agarró a una escala. Y entonces la sobrevesta blanca se tiñó de rojo y el Condestable se vino al suelo rociando de sangre a cuantos estábamos cerca.
Un disparo de arcabuz le había alcanzado en la ingle. La sangre brotaba como un surtidor de lava incandescente. Entre el metal y la carne, al ver aquel terrible estropicio, todos supimos que estaba herido de muerte.
—¡A Roma! —gritó, con las fuerzas que le quedaban—. ¡A Roma!
Lo levantaron en volandas entre cinco hombres. Lo miré a los ojos. Supe que sabía que no iba a superar esta última herida.
—¡A Roma, Don Juan! —murmuró, expulsando por la boca la sangre que ya no tenía fuerzas para escapar por su herida—. ¡Que nadie sepa que he caído! ¡No todavía!
Monté a caballo mientras él agonizaba. Más tarde me enteré de que aquellos adivinos a los que tan aficionado era le habían profetizado, mucho tiempo antes, que moriría en el asalto de una gran ciudad. Justo es decirlo, por si alguien quiere creer en esas casualidades. No muere ahogado el campesino, sino el marinero. Don Carlos de Borbón sabía que tarde o temprano, en esta ciudad del Papa como en cualquier otra, se cortaría su camino. Es fácil predecir la muerte cuando de ella has hecho el oficio de tu vida.
Entre disparos y explosiones, corrí en busca de un grupo de soldados al que poder sumarme o que quisieran seguirme. Por el sur venía Coloma con ocho mil infantes. Los lansquenetes asediaban la puerta Settimania, los españoles la puerta del Santo Spirito. Repelidas las tropas de Luis Gonzaga desde el Janículo, a mediodía las fuerzas se reorganizaron para atacar de nuevo.
La niebla, en lugar de dispersarse, se había hecho más intensa. Los arcabuceros disparaban a ciegas, contra todo lo que sonara amenazante. Era tan difícil distinguir amigo de enemigo que sólo por los idiomas se guiaban los brazos que regalaban muerte. Un grupo de hombres intentó rebasar una muralla. Al punto los repelieron con pez hirviente, pero una explosión desbarató la defensa: el fuego de los cañones que llegaba desde Sant’Angelo y que no distinguía entre romanos e imperiales.
Reptamos como hormigas sobre las fortificaciones. Tantos caían como rebasaban las murallas. Los defensores se multiplicaban, como si el Papa efectuara con ellos el milagro de los panes y los peces. Pero no podían estar en todas partes a la vez, y los atacantes sólo teníamos que retirarnos de un lienzo de muralla para dejar que soldados de refresco hurgaran en la herida que íbamos abriendo en la piedra. La noticia de la muerte de Borbón no había alcanzado al grueso de ninguno de los ejércitos todavía: de haberse sabido, quién sabe cuál habría sido el resultado del asedio. Confiados en que aún tenían un líder, los imperiales arremetieron con saña. Temerosos de la venganza de ese líder, los defensores se resistían con el afán de ganar tiempo.
Seguí a un grupo de soldados después de darles indicaciones y guiarme a tientas por la muralla. Los disparos se habían perdido en la distancia, pero la excitación del momento no menguaba según pasaban los minutos, sino que se acrecentaba. Pese a la fría niebla, sudaba por dentro. Tenía los nudillos blancos de empuñar cada vez con más fuerza la espada. Yo sabía de matar hombres, pero era la primera vez que lo hacía en batalla. Era una emoción nueva para mí, que vivía de buscar novedades. Un nerviosismo casi adolescente, como el primer beso robado o la caricia al primer pecho: porque entre la muerte a tu alrededor te sabías vivo, y gozabas cada segundo, de cada mota de aire que llegaba a tus pulmones, de cada latido que se agolpaba contra tus entrañas. Era un baile, como el amor lo es. Pero en el amor gozas y no se te la vida en un segundo. Aquí el goce era vivir la vida un segundo más, el reloj de tu cuerpo al límite. Esa es la paradoja del soldado: esquivar la muerte poniendo la vida en juego, como el que en los naipes sabe que perderá la mano, pero insiste en doblar la apuesta.
Atacamos por las puertas del Torrione, llegamos a la del Santo Spirito. Tras el huerto del cardenal Ermellino encontramos la casa que yo recordaba. Entre la muralla, sola, sin defensa. Nos colamos por una portezuela sin que nos detuviera nadie. Avanzamos, los arcabuces cargados. Todavía, nadie.
Y de pronto un enjambre de soldados pontificios nos salió al paso entre la puerta del Torrione y el portón de Lungara. Hubo intercambio de disparos. Los romanos nos superaban ampliamente en número. En aquel pasadizo iba a quedar sellado nuestro destino. Hubo algún enfrentamiento cuerpo a cuerpo, ese momento de duda en que la guerra se convierte en trifulca. Mi espada hurgó en dos cuerpos. Y entonces, desde detrás de las filas enemigas, llegó un grito.
—¡Los enemigos están dentro! ¡Sálvese quien pueda en lugares fuertes y seguros!
Fue quizá el grito cobarde que decidió la batalla, el que cubrió de oprobio a Renzo da Ceri, que no quiso ser héroe en ese día y vivió en la vergüenza durante nueve años hasta que la muerte tuvo piedad de él y se lo llevó haciéndolo caer de un caballo. Nosotros apenas éramos doscientos, ellos nos cuadruplicaban en número. Pero les pudo el miedo. Retrocedieron, despavoridos, mientras los arcabuceros imperiales disparaban contra sus espaldas. El terror se extendió como la pólvora y los defensores abandonaron las murallas, dejando a nuestra suerte la primera defensa de la ciudad.
El brazo me dolía de trinchar hombres. Ni siquiera advertí que tenía dos o tres cortes yo mismo. Me llevé la mano a la boca, pero detuve el gesto cuando vi mis dedos embadurnados de rojo. Todo quedó tranquilo durante un minuto que pareció una eternidad. Respiré hondo. Aquella voz de alarma había intranquilizado a sus hombres para llenar de valor a los nuestros.
Estábamos dentro de Roma, en efecto. Las calles iban a convertirse en ríos de sangre.




Don Juan

Autor: Rafael Marín

Novela histórica. Cartoné 14×22. 976 páginas. 29,90 ¤.

ISBN: 978-84-16961-86-3



DON JUAN TENORIO HA VUELTO.

Don Juan, el saqueador de Roma.

El que burlaba mujeres y espantaba a los curas.

El que se abrió paso hasta Viena y mandó al Sultán la cabeza de Mikhal Oglu como regalo.

El que mataba a los franceses por ternas de hermanos y escapó de la prisión de la Conciergerie en París y de i Piombi en Venecia.

El que hacía soñar a las mozas y añorar a las damas ya vencidas lo que nunca volverían a paladear gracias a sus caricias.

El que sedujo a cien huríes y prendió fuego a la flota de Barbarroja en la misma Constantinopla.

El que conocía el secreto de una estocada invencible y tenía la suerte del diablo en las cartas y en los dados, porque ni ganar ni perder le importaban, sino seguir jugando hasta que desesperara el alba y los gallos ronquearan.

El capitán de la Compañía que solo conocía hazañas y victorias.

Don Juan, el hombre que era mito.

El mito que fue leyenda.



RAFAEL MARÍN (Cádiz, 1959) es profesor, escritor, traductor, guionista y teórico de historieta. Ha publicado más de treinta libros en diversos géneros: Lágrimas de luz y Mundo de dioses en la ciencia ficción; La leyenda del Navegante y La ciudad enmascarada en el fantástico; Detective sin licencia, Lona de tinieblas, Elemental querido Chaplin en el policial; El anillo en el agua y El niño de Samarcanda en la memoria biográfica; Las campanas de Almanzor y Juglar en la novela histórica. Entre sus libros de ensayo destacan Hal Foster: una épica postromántica; W de Watchmen y Marvel: Crónica de una época. Es autor de antologías como Unicornios sin cabeza, El centauro de piedra, Piel de Fantasma o Son de piedra y otros relatos. Marín cultiva un estilo lírico y preciosista donde cada palabra evoca luces, músicas y aromas. Don Juan es su mejor exponente.



Un entrenador de fútbol (o un guionista de Hollywood, según dice William Goldman) sabe que tarde o temprano va a salir despedido por la puerta. Un vocal del jurado del COAC sabe, igualmente, que sea cual sea la decisión final sólo saldrán satisfechos los grupos ganadores, y que habrá mosqueos, insinuaciones, acusaciones y hasta quizá cosas peores por parte de uno o muchos de los que no ganen. Y es que, como en la película Los Inmortales, sólo puede quedar uno. Es la larga tradición del concurso. Ley de vida.

Lo cual no quiere decir, claro, que uno no se enfrente al trabajo (pues trabajo es, aunque no esté remunerado) con la ilusión de cumplir con su deber, que no es moco de pavo. Ni que, sabiendo la que le espera, no asuma el hecho y haga lo que tiene que hacer de la única manera en que puede hacerlo: bien. Eso, precisamente, que el aficionado a la fiesta por antonomasia de Cádiz no sabe... y, según parece, tampoco alguno de los que se someten al escrutinio de cinco personas en el concurso: cumplir las normas que las propias gentes del carnaval han aceptado y redactado. Y es que, como el coronel aquel que interpretó el gran Jack Nicholson en Algunos hombres buenos, ellos nos han puesto en ese muro. Nos necesitan en ese muro.

Juan José Téllez, elegido presidente del jurado (sin voto pero con voz, sensata siempre, libre siempre, tranquila siempre, admirable siempre) fue capaz de reunir un grupo de hombres y mujeres, once en total, con larga experiencia y trayectoria dentro del carnaval: en el concurso y en la calle y en la prensa. Antifaces de oro, gente que ha hecho el carnaval con la risa como única arma, gente que ha estado al pie del cañón durante décadas, gente que ha revolucionado el carnaval desde dentro y desde fuera una y varias veces. De los diez con voz y voto, yo era el advenedizo: no soy experto en carnaval. Soy aficionado a nivel usuario: no conozco en profundidad los nombres y apodos de los concursantes, no me sé sus pedigrís, apenas tengo la experiencia de muchos años de escuchar por la radio, de seguir por la tele, de haberme reído en la calle, de haberme incluso atrevido a salir tres veces, tiempo ha, en chirigotas callejeras, o de haber escrito varias novelas en gaditano y centrado otra más en el carnaval de Cádiz, eso que se lleva tanto ahora. Comparado con aquellos monstruos, yo no era nadie. Y, sin embargo, puede que fuera en parte el vocal (el jurado, que decimos) ideal, porque no tengo lazos con ningún participante, no se me podía acusar de favoritismos, ni de amiguismos. Yo estaba allí, se me antojó siempre, un poco como alter ego de Juanjo Téllez.

Si alguien creía, o cree todavía, que el jurado es un ente malévolo empeñado en fastidiar a unos y beneficiar a otros por mor de antiguas rencillas o ajustes de cuentas, se equivoca: está creyendo en leyendas urbanas que no existen (la otra gran leyenda urbana, que no viene a cuento y de la que no hablaré, son los pantagruélicos menús: créanme, es mentira). Desde el minuto cero, desde las gélidas reuniones previas (y digo gélidas porque fueron esos días de frío polar) comprendí el acierto de Juanjo Téllez al elegirlos. “Tenemos que ser completamente honestos y transparentes en esto”, dijo uno de ellos. “Nos jugamos nuestro prestigio, porque el año que viene podemos volver a ser concursantes nosotros mismos”, dijo otro.

Y lo fueron, doy fe, en todo momento. Lo fuimos, sigo dando fe, en todo momento. Y me siento enormemente orgulloso de haber compartido carpetas, lápices, pan y queso y mucha cocacola y mucho café, muchos apuros, muchas preocupaciones con todos ellos. Los admiré desde el primer momento, he llegado a quererlos y sé que alguno es ya mi amigo (o mi amiga) de por vida. Se forman lazos fuertes allí arriba, allí dentro. Se aprende como no se aprende en otro sitio. Pesa la responsabilidad. He aprendido a ver el carnaval, el concurso, la vida vista desde el carnaval desde otra perspectiva. Y eso gano, y eso me llevo. Creo que esos nos llevamos todos.

Treinta y una noches allí dentro se dice pronto. Y permítanme ustedes que les cuente cómo funciona esto de ser jurado, que parece que la gente imagina a un grupo de supervillanos reunidos en torno a una mesa y con un gato blanco en el regazo haciendo planes para dominar la galaxia. No hay mayor misterio: cinco personas son las encargadas de juzgar cada modalidad. Somos, por tanto, diez vocales. Más el presidente y el insustituible secretario del jurado, junto con el vocal de palco, que no participan en las votaciones. Trece hombres y mujeres con buena voluntad y mucho sentido de la responsabilidad.

Se trata de velar por las normas del concurso, eso que ahora se llaman “las bases” y que todo el mundo sigue llamando “el reglamento”. Un montón de disposiciones que ni la Constitución de 1978. Sólo que, al contrario que la Constitución de 1978, hemos tenido que estudiarlas de cabo a rabo.

Creo que no exagero si digo que las bases son enormemente lógicas. Están redactadas (y creo que corregidas) una y otra vez, siguiendo un proceso de prueba y error a lo largo de los años que, quizá porque hay cosas que cambian de un concurso para otro, pueden llevar a confusión. Desde casi el principio, mientras leíamos y analizábamos como si estuviéramos preparando unas oposiciones, nos quedó claro una cosa: las bases están hechas para atar muy en corto al jurado. Para evitar salidas de tono, injusticias o como ustedes quieran llamarlo: para que, como la mujer del César, parezcamos honrados además de serlo. Son lógicas, lo que no quieren decir que sean siempre justas. Ni que no haya casos que las bases no contemplen y que sean los que luego causen conflicto.

En la rueda de prensa posterior al concurso, como había prometido y a la que se había comprometido por primera vez en la historia del COAC, Juan José Téllez contó las dificultades que hemos tenido, señalando algún contrasentido y algunas propuestas de mejora que, posiblemente, caerán en saco roto. Pero les cuento aquí cómo funciona todo esto.

Se votan, en cada modalidad, la presentación, los pasodobles, cuplés, tangos, estribillos, popurrí y tipo. Cada uno de esos tipos de coplas lleva una puntuación (sobre un total de 100 puntos), donde cada copla de la modalidad puntúa más que las que no lo son (para entendernos, puntúa más el pasodoble en comparsa que en chirigota, más el cuplé en chirigota que en comparsa). Sólo eso. Nada más. No está recogido que se vote la afinación, la música, la riqueza de la letra. Sólo puntos puros y duros. Para intentar evitar que una agrupación “se escape” desde el primer pase, voluntariamente se decide “capar” el porcentaje: hemos decidido empezar, como otros jurados antes que nosotros, por el 80 % de los 100 puntos y luego ir aumentando. Parece, de entrada, buena idea. Pero tampoco funciona.

El problema, claro, es que el jurado vota a ciegas durante todo el primer pase, las preliminares. Llegas, escuchas sin tener una referencia de lo que puede venir luego, anotas tus puntos en una cartulina, se eliminan (con muy buen criterio) la puntuación más alta y la más baja de las cinco, se introducen los votos en el ordenador, se guardan las cartulinas en un sobre que se lacra con la firma del secretario y el presidente, y se lleva al notario (o se las lleva el notario cuando está presente) que da fe de todo ello y lo archiva y queda fuera del alcance de todo el mundo, como tiene que ser. Se vota en el breve espacio de tiempo que media entre el final de la actuación que acabas de valorar y el final de la que viene luego (que suele ser de otra modalidad): treinta minutos. Y ya no se puede hacer nada más. No se puede alterar la votación. No se pueden hacer trampas. Nunca. Al final de cada eliminatoria se suma y se quedan en la cuneta los que no tienen los puntos mínimos establecidos (sean quienes sean y vengan de donde vengan). Y, si hubiera empate, que no lo hubo, se remite al también muy lógico sistema (o sistemas) de desempate establecidos en las normas (o sea, ya saben, en el reglamento).

No hay más. Y esto, que deberían saberlo los participantes y el público en general, es lo que impide tejemanejes. Es lo que evita, en teoría, que se proyecte la sombra de duda alguna sobre la labor del jurado. Que no se consiga disipar esa duda recelosa y malintencionada quizá tiene que ver con la idiosincrasia típica del gaditano, del carnavalero, o del concurso mismo. El COAC parece ser el único concurso del mundo donde el sospechoso no es quien es juzgado, sino el que juzga. El único concurso del mundo donde se vota sobre la marcha y no existe posibilidad de recular y valorar de nuevo lo ya votado. El único concurso del mundo donde el jurado se somete durante semanas al juicio del aficionado, el fan irredento, y las iras y exabruptos de quienes no han quedado satisfechos con su lugar en la clasificación.

Porque, además, hay un problema grave de percepción entre lo que se vive dentro del Falla y lo que se ve por televisión. El aficionado no tiene la obligación de votar cada copla: una agrupación le gusta o no le gusta, es del Barcelona o del Madrid: su gusto es un gusto en bruto, pasional, no medido ni razonado. El jurado tiene que escucharlo todo y votarlo todo, tiene que intentar ser ecuánime. Y llegar, por medio de las matemáticas, a un consenso. Porque los votos se suman. Y quien más suma, pasa, se clasifica, o gana.

El aficionado (y a veces da la impresión de que también el concursante) parece que cree que el COAC es una especie de Champions League. Y no lo es: es más bien un trofeo Pichichi. El gran hándicap (corregido algunos años y eliminado luego por quienes redactan las mismas bases) es que las puntuaciones se arrastran. Es un concurso de regularidad, como dicen quienes defienden el sistema. Por eso, la gran final es ilusoria. Una agrupación puede hacer un pase magistral en la final y no ganar, porque ya parte en desventaja y los puntos de esa noche se sumarán a los ya obtenidos antes. De ahí vienen luego las acusaciones de cajonazo y todas las sandeces que ustedes quieran. Pero las matemáticas no mienten ni pueden manipularse. Sólo pueden pasar cuatro grupos por modalidad a la Gran Final: el resto tiene que quedarse fuera. Lo explico a mis alumnos con un ejemplo que creo que es acertado: Imaginad que tengo cuatro sobresalientes a final de curso y he de dar dos matrículas de honor. Los cuatro la merecen, pero dos se quedarán sin ella: tengo, entonces, que cotejar media por media de asignatura, de curso incluso. Aunque me gustaría que se llevaran la matrícula todos ellos. No hay ojeriza.

Y mientras estemos con eso, el concurso seguirá en las mismas. ¿Propuestas de mejora? Ya se han comentado en otros medios, ya las pidió el presidente en la rueda de prensa. Intentar que los cuartetos, esa modalidad tan difícil, tenga un estatuto de autonomía especial y no se vea sometido a los cuatro pases de rigor, que imposibilitan ocho sketches de media hora con una calidad mínima.. Que se evite el exceso de metacarnaval o el metaconcurso, los chistes pillados de wassap, el humor a costa de la diferencia física o sexual. Intentar que la fase preliminar, especialmente, no se valore con puntos sino como “apto” o “no apto” para pasar a la siguiente ronda (ya a nivel personal, quizá cada eliminatoria tendría que ser así; una liguilla de la muerte donde se fuerce a mejorar de un pase para otro el repertorio).

Y, sobre todo, que la gran final (esa maratón desproporcionada, agotadora, épica y lírica que impone esfuerzos sobrehumanos a todos los que están participando a un lado u otro de las tablas) sea una muestra inaudita de coplas, sin repetir nada de lo anterior y, más que ninguna otra cosa, que sea un kilómetro cero para todos, una tabula rasa donde se enfrenten, como en la final de la Champions que la gente sigue creyendo que es, los mejores en pie de igualdad, sin acumular los goles de las anteriores fases del campeonato.

Problemas habrá siempre, claro. La votación sin números redundaría, una vez más, en las sospechas sobre el jurado. Pero sospechas habrá siempre, por más que el jurado haya demostrado, otra vez, su honestidad, su entrega y su amor incondicional por la fiesta. Así que sería interesante que ese otro ente en la sombra, el “Patronato” (quizás los verdaderos supervillanos de todo esto) lo tuviera en cuenta.

El carnaval volverá de nuevo el año próximo. En realidad, no se va nunca. Otros hombres y otras mujeres se esforzarán durante meses por cantar y expresar su visión del mundo, para hacernos reír y llorar, emocionarnos en suma. Otro jurado diferente los juzgará. Comenzará de nuevo la rueda.

Por mi parte, ahora que mi percepción de este mundo es distinta, me parecerá un carnaval raro, diferente. Echaré de menos tantas noches de apuro y de decisiones sobre la marcha. Y echaré de menos, sobre todo, a mis compañeros de jurado, desde el severo Manuel Rojas, el secretario, capaz de recitar el reglamento de cabo a rabo sin equivocarse, el relojero que se encarga de que todo se cumpla a rajatabla, a los otros once monstruos que compartieron conmigo este mes: Luis Ripoll y su alegría contagiosa, Nandi Migueles y su sapiencia silenciosa, Ana Barceló y su equilibrada medida de las cosas, Josele del Río y su envidiable buen humor, Adela del Moral y su juvenil ilusión, José Luis Suárez y su admirable capacidad para estar siempre en el centro de toda medida, Koki Sánchez y su contagiosa risa en la mirada (y el miedo a la niña del traje verde que algún día será protagonista de una de mis historias), Mariló Maye y su sabiduría enciclopédica, Andrés Ramírez y su grandeza en cien sentidos, Javi Astorga y su incansable ir y venir escaleras abajo. Los echaré tanto de menos como, lo sé, los echará mi alter ego, el inconmensurable Juan José Téllez. Nunca tantos debimos tanto a un tipo con una catadura humana tan alta como mi hermano Juanjo, a quien jamás podré agradecer lo suficiente la oportunidad que me ha dado para enriquecerme como gaditano y como persona.

Los perros dicen guau, los gatos dicen miau, y nosotros decimos...

¡Viva el carnaval!








































Nosotros estábamos en la aventura: en los héroes de melena adolescente y desentuertos viajeros, en la aventura y la camaradería y el mundo visto como algo extraño, ajeno y exótico. Nuestros padres, en cambio, estaban en el TBO. “El TBO de la semana”, como se decía entonces. Aquella cabecera que ya era histórica porque había hecho historia. Ellos habían sido niños de la guerra y no es extraño, visto desde hoy, que la aventura, la violencia, ese glamour por la peripecia los retrajera a sus propios padres y a sus viejos miedos. Porque TBO estuvo allí, y sobrevivió a aquella historia de miedos, y fue capaz no ya de sobrevivir, sino de dar nombre al medio (“Yo quiero un TBO, yo quiero un TBO, si no me lo compras lloro y pataleo”).

Los niños que fuimos, los niños que hoy todavía seguimos amando los tebeos, también leíamos, cómo no hacerlo, la cabecera de cabeceras. También fuimos lectores de TBO. Al contrario de los otros títulos para la infancia de nuestras infancias, TBO parecía dirigirse a todo tipo de públicos, de ahí la afición confesa de nuestros padres. Los niños que hoy somos, más o menos, expertos en todo esto, nos damos cuenta de que en TBO estaba el espíritu de las grandes strips y los grandes suplementos norteamericanos de prensa, hechos para aquí y desde aquí: mientras las revistas Bruguera se basaban en el cachiporrazo, el reflejo satírico luego domado, en la verborrea característica de algunos de sus personajes más icónicos, TBO ofrecía otra visión del mundo, más amable en ocasiones, más pegada a la realidad en otras, pero siempre desde una perspectiva que engrandecía las posibilidades narrativas del medio. Leer TBO, y sobre todo leer a algunos autores de TBO, era asomarse en ocasiones a un test de inteligencia. No había guía para el lector, que tenía que detenerse en la sucesión de cada historia según se fuera desarrollando en las viñetas, a menudo sin texto, un teatrillo de situaciones perfectamente medidas que no desembocaban siempre en la carrera deudora del cine mudo, sino en el gag puro y duro, el final más o menos feliz, la paradoja del momento, el toque surrealista, el chasco de los españolitos que éramos y no hemos dejado de seguir siendo.

En TBO podías detenerte en cada viñeta de Coll y sus náufragos o sus coches deportivos, en cada situación surrealista de Melitón Pérez, en la bonhomía campechana de Josechu el Vasco, en la complicada tecnología de cada uno de los cachivaches del profesor Franz de Copenhague, en los caprichos de ese pequeño sátrapa traído de América (habría sido impensable producirlo aquí) que fuera El Reyecito, en los apuros cuasi-berlanguianos (aunque Berlanga vino luego) de esa familia Ulises donde, antes que en la familia Alcántara, supimos vernos todas las familias españolas.

TBO exigía no sólo la complicidad del lector, sino su colaboración. A la lectura superficial de cada una de sus páginas, al conocimiento de cómo eran más o menos cada uno de sus personajes, se añadía la necesidad de escudriñar el detalle, el análisis de la puesta en escena. Quizá no fuera la revista más audaz, pero sí fue durante muchos años (los años de Coll y Benenjam, de Nit, Urda y Muntañola, y ya en sus últimos tiempos renacidos, de Cuberi, Sirvent, Paco Mir, TP Bigart y Tha) la revista para el lector más inteligente.

Cien años cumple TBO y con su cumpleaños celebramos cien años de tebeos en España. Como los buenos vinos, cada año que pasa, TBO es mejor.

Larga vida a TBO en el recuerdo.

A los tebeos por venir, salud.



(Publicado en Diario de Cádiz el 11 de marzo de 2017, día del centenario de TBO)

La gran novela gráfica de los cómics, Príncipe Valiente, cumple 80 años

por Brian M. Kane

Traducción al español por Rafael Marin


Antes de la televisión, cuando la mayoría de las películas eran todavía en blanco y negro, los cómics de los domingos eran un oasis de color en el mundo gris de la Depresión. Las tiras de cómics más populares impulsaban las ventas de los periódicos a principios del siglo veinte, así que no es de extrañar que sus creadores fueran considerados famosos. La epopeya Príncipe Valiente en los días del Rey Arturo de Harold “Hal” Rudolf Foster apareció en la sección de cómics en color el 13 de febrero de 1937. Antes de Príncipe Valiente, Foster creó el género de aventuras protagonizadas por adultos al adaptar Tarzan como tira diaria en blanco y negro en 1928, a la que siguió la página dominical en color desde 1931 a 1937. Frente a los límites creativos y financieros del trabajo como artista por cuenta ajena, Foster concentró su considerable capacidad como ilustrador en la producción de su propio titulo. El extraordinario esfuerzo consiguió reconocimiento internacional tanto para Príncipe Valiente como para Foster. Hoy, después de 80 años, “Val” sigue siendo una de las pocas tiras de aventuras que se siguen publicando.

Es difícil imaginar el impacto que Príncipe Valiente tuvo en la cultura popular de los años 30 y 40. Cuando comenzó Príncipe Valiente, aún faltaba un año para el debut de Superman en Action Comics 1. Los creadores de comic books de las dos primeras generaciones tienen una gran deuda con Foster. Pueden encontrarse “préstamos” del arte de Foster en el origen de Batman, y en cómics dibujados por Jack Kirby, el co-creador de muchos de los héroes del cine de hoy, incluyendo el Capitán América, Los Vengadores, La Patrulla X y Thor. Lo más importante de todo: Val encarna un código moral caballeresco, creando un estándar ético de conducta que ejemplificaba la verdad, la justicia, y lo que significaba ser un héroe.

Obras capitales como El Hobbit, El rey que fue y será y Las Crónicas de Narnia no existían aún en febrero de 1937. Para cuando se publicó la impactante El héroe de las mil caras de Joseph Campbell, Príncipe Valiente ya llevaba doce años de su propio viaje de héroe monomítico. Sin embargo, al contrario que Campbell, las aventuras de Val incluían mujeres heroicas, fuertes y autosuficientes, debido a la influencia en la serie de Helen, la esposa de Hal. Para los no iniciados, Valiente, un modesto príncipe de Thule, se enamoró y acabó casándose con Aleta, la reina de las Islas de la Bruma. Gracias a Hal y Helen, Aleta se convirtió en modelo a seguir por los millones de mujeres capaces que llevaron las riendas de América durante la Segunda Guerra Mundial, manteniendo a raya a los villanos con su astucia, encanto, inteligencia y, en ocasiones, una daga oculta atada al muslo. Aleta pateaba culos mucho antes de que la princesa Leia, Katniss Everdeen, o la mayoría de las princesas Disney fueran siquiera una idea.

Aunque situado en la época del Rey Arturo, el Príncipe Valiente de Hal Foster era sorprendentemente contemporáneo. Durante la Segunda Guerra Mundial, Val combatió a los hunos, por lo que la serie fue cancelada en los periódicos alemanes. En 1943, Val entabló amistad con un muchacho lisiado que no podía “jugar a los soldados” con los demás niños. Sin embargo, el muchacho recibió ánimos para que afinara sus habilidades para poder ser un día “fabricante de flechas del rey Arturo”. La historia apareció un año después de una epidemia de poliomielitis y 16 meses después de Pearl Harbor, y fue una llamada al servicio para todos aquellos que no pudieron ir a combatir. Después de la guerra, cuando los soldados norteamericanos volvieron a casa, Val y Aleta navegaron hasta el “Nuevo Mundo” y tuvieron un hijo, heraldo del baby boom por venir. Luego, igual que la demografía de la América de los años 50 cambiaba, las parejas multiculturales en Príncipe Valiente se casaron y tuvieron hijos igual que sucedió en la popular serie de televisión Aquí está Lucy.

Príncipe Valiente de Hal Foster no es sólo una serie de aventuras, romances o humor... aunque está sazonada con todo esos elementos. Es una novela gráfica sobre la vida donde la gente se enamora, se libran guerras, los niños nacen y crecen, se rompen corazones, los amigos mueren en batalla, las parejas se casan, e incluso personajes desfigurados y discapacitados, jóvenes y viejos, hombres y mujeres tienen su sitio en este bello mundo creado por Foster. Aunque algunos puedan pensar que Príncipe Valiente es arcaico para los baremos de hoy en día quizás simplemente su claro mensaje “la fuerza por la justicia” está simplemente por delante de su tiempo. ¡Larga vida a Val!

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Brian M. Kane, Ph. D, es autor de la premiada biografía Hal Foster: Príncipe de Ilustradores, y dirige la serie de reediciones Prince Valiant, best seller del New York Times, para Fantagraphics Books.



En breve aparecerá el primero de los títulos de la nueva línea editorial de Dolmen, la Colección Sin Fronteras, destinada a editar los clásicos de las tiras de prensa norteamericanas. Los tres primeros títulos que aparecerán son: Johnny Hazard, Flash Gordon/Jungle Jim y el Príncipe Valiente.

La colección será dirigida por un experto del mundo del cómic en España como es Rafael Marín (servidor de ustedes) y se lanzará en febrero con el primer volumen del Johnny Hazard de Frank Robbins. A continuación, conforme avance el año, la idea sería de la comenzar con otras series como Mandrake o el Hombre Enmascarado.

El volumen de Johnny Hazard constará de 168 páginas en blanco/negro y tapa dura, comprenderá los años 1944 a 1946 y constará de tres tiras por página. La serie, por mucho tiempo inédita en España, nos cuenta las aventuras de Johnny Hazard, un aviador cínico, impulsivo, seductor, simpático, honrado y caballeroso, el héroe perfecto en los paisajes exóticos tras la 2ª Guerra Mundial: Asia, Europa, el norte de África. A la sombra de Hazard surgieron personajes inolvidables como Blueberry, Delta 99, Dan Lacombe, Corto Maltés, James Bond o Indiana Jones. Frank Robbins, su autor y creador, nos ofrece en cada tira una lección de narrativa.

2016-12-28

HOPE


Se ruega al imbécil que no para de colgar su opinión (con spoilers) sobre ROGUE ONE como comentarios allá donde encuentra un artículo abierto, se espere a que aquí el que escribe haga o no haga su propia crítica de ROGUE ONE.

O que se busque una bitácora propia, que es lo más lógico.

El juego escénico de Prince Valiant se compone de alternancias y contrastes: lo épico y lo doméstico, lo trágico y lo humorístico, la poesía y la barbarie. Tanto como el paso del tiempo que es característico de la serie, el viaje que sirve de excusa argumental, de reposo al guerrero que es Foster (en tanto así puede cambiar de estética y de temáticas, pasando de un continente a otro, de una situación a la inversa). El camino es el empuje vital que mueve a unos personajes que viven impulsados por los muchos deberes a los que se deben.

Los tiempos de las grandes gestas, aplacado el ardor juvenil de Val, y con Arn todavía en la recámara (pero Foster, ay, no volvería a ser joven) se solapan con los momentos de grandes viajes y grandes misiones a lo largo de Europa, el próximo Oriente y el Mediterráneo a la espera del futuro regreso de Arn a la tierra donde nació, quizá el último gran esfuerzo épico del maestro. Las aventuras del príncipe Valiente nunca tuvieron un principio y un final claro: se continúan semana a semana, engarzándose a la perfección, ocupando siempre el tiempo que su autor quiere. Y es en ese periplo de semana en semana por mares y desiertos donde Val y sus acompañantes se encuentran, como bien se observa en este nuevo volumen, con la posibilidad de cruzar su historia con otras historias, salpicando la crónica de compañeros de viaje. En el cruce con los personajes que dan vida a la tira durante semanas Foster pasa de la novela-río al relato breve incrustado dentro del opus magnum.

Y qué vida tienen esos personajes, qué asombrosa la capacidad del autor para llenarlos de matices con apenas un par de pinceladas: el despertar al sexo de Diana (un atisbo del que Foster se vale para contar-sin-contar cuál puede haber sido su destino una vez secuestrada y vendida como esclava); la niña ciega que vive engañada en un cuento de hadas; el guerrero harto de guerras que no sabe que busca la paz; el maestro artesano que da suelta a su fantasía desbordante tallando monstruos de escayola; el despreocupado aristócrata que, pese a su inutilidad como gobernante, pasa a la pequeña historia de su tierra; la crítica al engaño religioso... y siempre respetando al que es de raza o creencias diferentes. Cada uno de estos personajes entra en escena, comparte pan y viaje, aventura y peligros, y desaparece en la bruma del recuerdo. Dos de ellos, en uno de los momentos más desconcertantes y hermosos de la serie, de manera literal.

Foster se vale una vez más del formato que ha elegido para narrar su historia y sabe que cada semana de relato puede equivaler a un momento, si le place, o a muchos meses, si es necesario. Así vemos la narración en paralelo del viaje comercial de Val y Arn hacia Tierra Santa y más allá y el exilio de la bella mongola hacia el oeste: sabemos que se cruzarán en algún momento, pero Foster retrasa la acción a su gusto, reforzando cada escena, creando personajes nuevos en cada uno de los caminos, desechando por la propia característica de la historia todos los que Taloon encuentra, y centrándose en el joven griego Nicilos y el joven árabe Ohmed en el viaje de Val y su hijo. Nunca se cuenta qué ha hecho que sea expulsada de su tribu, pero el tono de la serie es lo bastante adulto como para que podamos imaginar que no se ninguna tontería. Sola en un mundo de hombres duros que la desprecian y la humillan, no es extraño que Taloon venga a fijarse en Valiente, ni que los celos a tres desencadenen esa tragedia que Foster, con su sabia manera de colocar los encuadres, ni siquiera relata en directo. Y, por si fuera poco, arrepentido el pícaro Nicilos (una especie de Slith sin alma), ese encuentro en el paso entre montañas y ese final en suspenso que, lejos de dejar al lector chafado, revalida el peso de la narración. Sólo los más grandes son capaces de crear personajes tan vivos y desecharlos a las pocas semanas. Pero es que Foster, lo sabemos desde hace ya décadas, está reflejando la vida a la manera de las grandes novelas de todos los tiempos, y quizá por eso su estatura como autor ha tenido pocos epígonos en el mundo de la historieta, porque a Foster, quién sabe, sólo se le puede homenajear desde la literatura.



INTRODUCCIÓN
º DE UN TIEMPO, DE UN MEDIO

CAPÍTULO 1.
º EL SUPERHÉROE MARVEL Y SU CONCEPTO

CAPÍTULO 2.
º REALISMO Y MELODRAMA EN UN UNIVERSO DE FANTASÍA
2.1 El tiempo.
2.2 Aventura, humor y violencia.
2.3 Amistad y familia como eje del Universo Marvel: sexo y relaciones afectivas.
2.4 La mujer en el Universo Marvel.
2.5 El racismo.
2.6 Conservadurismo e ideas liberales.
2.7 Metafísica y religión.
2.8 Los temas prohibidos.
2.9 La ciudad: Nueva York como centro de un universo.
2.10 Biografía y continuidad.

CAPÍTULO 3.
º MÁS ALLÁ DEL MAINSTREAM MARVEL

CAPÍTULO 4.
º LENGUAJE Y ESTILO DE LOS CÓMICS MARVEL

CAPÍTULO 5.
º STAN LEE: MÁSCARAS Y CRUCES DEL HOMBRE QUE SONREÍA
5.1. La sombra de la duda.
5.2. En el nombre del padre.
5.3. El guardián de las palabras.
5.4. Love Stories.
5.5. Génesis sin rumbo.
5.6. En la cresta de la ola.
5.7. Made in América.

CAPÍTULO 6.
º JACK KIRBY: EL REY DESTERRADO
6.1. El obrero infatigable.
6.2. La década prodigiosa.
6.3. Las caras del héroe.
6.4. El viejo rebelde.

CAPÍTULO 7.
º STEVE DITKO: UN EXTRAÑO ENTRE NOSOTROS
7.1. Autor, autor.
7.2. A es A.

CAPÍTULO 8.
º SPIDER-MAN. EL SUPERHÉROE EN EL ESPEJO

8.1. El superhéroe acomplejado.
8.2. El largo camino hacia la integración.
8.3. ¿Un superhéroe social?
8.4. Con un poco de ayuda de mis amigos.
8.5. ¿Tempus araneam vincit?
8.6. Spider-Man et moi.
8.7. El héroe que fuimos todos nosotros.

CAPÍTULO 9.
º EL UNIVERSO QUE SE COMIÓ AL UNIVERSO MARVEL
9.1. De la exploración al exilio.
9.2. De la experimentación al éxito.
9.3. De la explotación a la extenuación.
9.4. Expediente excelso.

CAPÍTULO 10.
º MARVEL EN ESPAÑA
10.1. Historias gráficas para adultos.
10.2. A un panal de rica miel.
10.3. Una nueva generación.
10.4. Il sorpasso.

CAPÍTULO 11.
º MARVEL DESDE ESPAÑA
11.1. Llamando a las puertas del cielo.
12.2. Go west!

CAPÍTULO 12.
º MARVEL OF THE MOVIES
12.1. Iconos de alquiler.
12.2. Financiación e Imperio.
12.3. Los héroes están en casa.
12.4. Rayos catódicos
12.5. Alicia (Masters) ya no vive aquí.

BONUS TRACKS
BT.1. Nunca diste en el clavo, tigre.
BT.2. Cerrado por liquidación.
BT.3. El hombre que no quería ser Spider-Man
(en colaboración con Carlos Pacheco).

APÉNDICE
º LA REVISIÓN DE LA NOSTALGIA: MARVELS
A.1. Nacen las leyendas.
A.2. Tiempo de maravillas y de cambios.
A.3. El día del Juicio Final.
A.4. Cuando mueren los amores y los sueños.

2016-09-30

CEST MOI

Fui un niño de los años sesenta y de la generación de la tele. Siempre tuve un tebeo en las manos y los sueños que motivan los tebeos en la mente. Crecí leyendo tebeos apaisados de aventuras: los últimos años de El Capitán Trueno y El Jabato, Roberto Alcázar y Pedrín y Pantera Negra. Luego llegaron las revistas: Gaceta Junior, Tintín, Strong y, sobre todo, Bravo, donde conocí los títulos europeos, tan bien dibujados y tan cultos en su documentación gráfica y la plausibilidad de sus historias.

La década de los años setenta me enfrentó a la adolescencia, y en la adolescencia conocí los cómics norteamericanos de prensa a los que algún día tendría que dedicarles un estudio, los nuevos autores españoles que anunciaban el futuro en la revista TRINCA, y aquellas novelas feas en blanco y negro que me cambiarían la vida de lector: los cómics Marvel.

Llegó la democracia y aparecieron nuevos títulos que abracé con ilusión, pero siempre seguí siendo lector de superhéroes, aunque entonces estuviera mal visto y hasta nos tomaran por tontos los de las guerras absurdas entre líneas chungas y líneas claras: quienes amamos el medio no entendemos de etiquetas. Empecé y terminé la universidad, inicié una modesta carrera literaria y maté dos pájaros de un tiro y escribí una tesina de licenciatura (mi especialidad es la Filología Inglesa) dedicada a los cómics Marvel, algo inaudito entonces en la universidad española. Se llamó, algo pomposamente, “Marvel Comics: un universo de creación para una América en tránsito”, y se publicó muchos años después como Los cómics Marvel. Es un libro que conoció dos ediciones y que ahora experimenta una nueva vida, ampliado y complementado y puesto al día. Es este libro que no puedo llamar definitivo, en tanto llevo leyendo y escribiendo y analizando cómics toda la vida y lo dicho y escrito siempre es revisable y se amplía cada mes, con cada título, con cada moda.

He publicado más de una treintena de libros, entre novelas, antologías de relatos y estudios sobre historieta: Lágrimas de luz, La leyenda del Navegante, Juglar, Elemental querido Chaplin, Mundo de dioses o Piel de Fantasma, en narrativa; W de Watchmen, Hal Foster: una épica postromántica en ensayo.

Dirigí una revista de estudios sobre la historieta, Yellow Kid, y he guionizado algún que otro cómic: la serie 12 del Doce, Iberia Inc, Triada Vértice, The Inhumans y Fantastic Four para la misma Marvel Comics. El niño de los años sesenta que creció leyendo tebeos de aventuras, el adolescente que conoció el universo Marvel en la edición de Vértice no se lo cree todavía.

2016-08-17

VÍCTOR MORA



Se llamaba Víctor Mora. Tuvo muchas vidas y nos hizo vivir por vida de otros. De sus vidas reales, nos quedamos con su infancia de niño de la guerra exiliado en un campo de concentración francés, su vida en Francia, su contacto entonces con los grandes clásicos del cómic de prensa norteamericano (que, no hace falta decirlo, fueron y aún son los mejores cómics de todos los tiempos), en especial Prince Valiant, que tanto influyó luego en su obra. Esa vida real, en España, y en Bruguera, por si las moscas, le llevó a usar varios seudónimos. Víctor Alcázar el más popular, el que utilizó, quién sabe si con retintín o por obligación, en la mayor parte de su obra, esa que nos hizo vivir por vida de otros otras vidas.

Los hagiógrafos al uso, quizá los mismos que hoy se avergüenzan de términos como "tebeo" o "historieta" dicen siempre que Víctor Mora fue "novelista y guionista de cómics". Creo que fue, antes que nada, guionista. Y que escribió alguna novela (quizá con éxito, no las he leído, no han llegado, me parece, más allá del terruño barcelonés).

Y es que Víctor Mora fue el guionista de tebeos español por antonomasia. El que revolucionó un género, la aventura, y marcó con su impronta los personajes y títulos que vinieron luego. Él mismo, cierto, repitió una y otra vez el esquema que llevó a la perfección. Pero no hubo durante veinte años personaje del tebeo español (o de la tele, ahí está Curro Jiménez, ahí están Los Paladines, ahí está El Ministerio del Tiempo) que no siguiera ese estilo y ese esquema.

Y el esquema era sencillo, y tiene mucho más mérito porque se produjo en una España triste y analfabeta. Un héroe, un forzudo, un adolescente o un comparsa gracioso. Una dama. La tríada de personajes que quizá empezó con Los tres mosqueteros, que ya existía en el cómic español (recordemos El Capitán Misterio del gran Emilio Freixas), e incluso en el cine marcial de la posguerra (Botón de Ancla).

Mora, sin embargo, fue más lejos. Fue, sobre todo, un magnífico contador de historias. Aportó al tebeo español su cultura de lector de tebeos foráneos, su pasión como lector de libros, su ideología política. Y, contra los personajes motivados por la nada o la venganza, fue capaz de mostrar héroes que sonreían. Héroes que derrocaban tiranos, pero también los perdonaban. Historias que se tomaban en serio, pero contenían humor. Y, sobre todo, suspense. Los tebeos apaisados escritos por Víctor Mora son un ejemplo admirable de gradación dramática, desde las llamadas al lector desde las cartelas al estratégico uso de los monólogos y, en especial, el recurso del continuará. Quienes han leído su obra en las reediciones remontadas de los años setenta o después sólo pueden imaginar la tensión de la espera, semana a semana, para saber cómo se resolvía el embrollo de una trama que, pese a su sencillez, era capaz de mantener en vilo a sus seguidores.

El Capitán Trueno es su héroe más emblemático, el personaje que marcó a varias generaciones y que, por aquello de la estulticia editorial, languideció cuando se hicieron cuentas y se advirtió que era más rentable reeditar en color en vez de continuar creando aventuras (y recordemos cómo se ignoraron los derechos de los creadores durante décadas). Pero ahí quedan también El Jabato, El Cosaco Verde, El sheriff King, Galax el Cosmonauta, Ray 25, Sunday, Dany Futuro, Vendaval, El Corsario de Hierro, Tequila Bang, Las crónicas del Sin Nombre y tantos otros.

Víctor Mora no fue solamente un grande. Fue el mejor guionista de tebeos de nuestra historia. Descanse en paz.

Esta bitácora está en stand-by, suspendida sine díe, reposando o quizá simplemente difunta. Durante doce años largos fue mi casa y la de sus lectores, incluidos esos testigos de Jehová molestos que fueron sus trolls. Fue mi pasatiempo y mi obligación. Pontifiqué de lo divino y de lo humano. Escribí de todo y sobre todo de mí. No gané nunca un céntimo y me lo pasé bien. Hasta que me quedé sin cosas que contar, hasta que decidí que empezaba a repetirme. Me busqué sitio en otros sitios donde una frase brillante equivale a un artículo largo y donde, sí, puedo cerrar para siempre la puerta en la cara a esos testigos de Jehová molestos que son los trolls, la gran desventaja de este sistema o quizá de esta plataforma.

No echo en falta esta bitácora: sigue ahí. Se desperezará cuando quiera y volverá a tomarse el café, o quizá no. Lo que estuvo, está.

Ya no sigue. No está operativa. No sigue la crónica del momento ni de las inquietudes que me despierta este momento. No se extrañen, entonces, si no contesto a sus peticiones de reseñas de libros o cómics: nunca lo hice (lo de cumplir las peticiones) cuando era un pasatiempo y una obligación a diario: no lo voy a hacer ahora. Absténganse, pues, de pedirme publicidad o consejo. Mi voz, que nunca llegó a nadie, tampoco va a llegar a nadie ahora.

Buena suerte, en todo caso. Sigo durmiendo.

2016-04-14

LUNA DE DÍA

Me sale al paso esta mañana. Ni las ocho eran. Cruza la avenida y se abre paso entre dos coches. Baja de estatura, morena, bonita. No tendrá ni treinta años. Bien vestida. Lleva un bolso al hombro que, me doy cuenta más tarde, la delata. Tiene un labio partido, un ojo amoratado y medio cerrado, un pómulo hinchado y sangrante. Como en las películas. Me doy cuenta entonces de qué se trata. Me vuelvo a mirarla y veo que se tambalea: todavía debe de tener más marcas por dentro que por fuera. Se pierde pronto, en la calle de Canelo. No sé si sigue hacia su casa o se dirige a mentir a Urgencias.

Imaginen ustedes que se gastan un dineral infame en comprar los derechos de Star Wars para explotarlos en continuaciones y spin-offs.

¿Qué spinoff harían ustedes primero? Evidentemente, uno con un personaje clave y sobre seguro. Pongamos Han Solo.

Pero no, se sacan de la manga un episodio 3,5 a cuenta de una anécdota (lo mismo equivocada de sitio) sobre cómo un comando suicida roba los planos de la primera Estrella de la Muerte.

¿Una jugada peligrosa?

Tal vez no. Porque si la peli se desarrolla en paralelo al episodio IV, da la casualidad de que tiene una protagonista femenina, una chica aguerrida y rebelde que, a lo mejor, es una agente doble desde el principio o acaba pasándose a las filas imperiales.

No puede ser casualidad ni que sea una chica ni que se desarrolle donde se desarrolla, obviamente.

Cada vez tengo más claro que ese episodio 3,5 que es Rogue One va a servir de puente al episodio 8, y que la chica va a ser la madre de Rey y señora de Luke.

Chica que, si es mala, o si se horroriza ella sola de lo que puede hacer un jedi como hizo Kylo Ren, tiene toda la justificación y la lógica del mundo que se pegue un desmarque y abandone a la niña allá en el quinto pinto.

Piensen, piensen. Lo que se van a ahorrar en exposición cuando Luke cuente que es su padre y quién fue su madre... hablando no de un personaje femenino desconocido, sino de alguien a quien hemos conocido apenas un año antes en una película que es mucho más que un relleno.

Luego les cuento por qué Young Han Solo puede ir entre los episodios 8 y 9.

2016-04-07

ELSEWORLDS TONTACOS

Su padre era médico y trabajaba para la Seguridad Social (con un sueldo de la Seguridad Social). Lo mató un yonqui cuando salían del cine de ver una película de Antonio Banderas. Veinte años después, el joven Bruno Díaz se convirtió... en barman.

La vendedora de zapatos, quizá enamorada en silencio, nunca tuvo valor para decirle a Flash que sabía su identidad secreta desde que descubrió que iba a visitarla cada día no precisamente para verla a ella.


Pedrito Parterre era un zoquete que jamás estudiaba. Ni caso hacía a los tíos que lo tenían acogido en casa. Por tanto, no le interesó acudir a la exposición científica. Se libró de que la pipeta de ácido sulfúrico le empeorara el asma, porque experimentos radiactivos, en el barrio del Chicle, como que no.

En el Imperio Skrull (como en el Imperio Skorpi antes) no existe la moda ni está mal visto el adulterio.

El maestro Stick se pilló un rebote, pero su alumno Mateo Mudo pasó de artes marciales y se buscó un buen chollo empresarial. Del dos iguales a telecinco.

Sus compañeros de la Academia Privada para Jóvenes con Talento jamás supieron que el origen de la fortuna de Waldo Warringón III era el sobresueldo que se sacaba cada domingo en misas, procesiones y triduos.


Esteban Trébol gozaba. Gozaba mucho. Pero jamás se le habría pasado por la cabeza que su relación con su secretaria Diana tuviera tintes sadomasos no veía ningún lazo que lo amarrara.

Lilandra Neramani canta "uy uy uy mi gato" en los veranos de Zahara de los Atunes.

Para Esteban Roger, el Spectrum sigue siendo magia futurista.

Víctor von Doom sabe que el segundo apellido de Anakin Skywalker es Avellaneda.

Wilson Fisk juró no volver nunca más a España de vacaciones. No tenía ni puta idea de quién era ese King Africa con el que lo confundía todo el mundo.

Galactus nunca comprendió que lo consideraran el mal definitivo por su hambre cósmica. Total, lo comido por lo servido... Y en el espacio no hay sonido. Ni olor.

En España, antes de perder el pelo e ir a Eurovisión para que le enseñaran a cantar, Reed Richards no fundó un grupo de justicieros, sino un conjunto musico-vocal. Los Tonis.


El maldito pluriempleo, fruto de sus deudas, fue lo que llevó a cruzar de universo continuamente a Joker para hacerse pasar por el Jester...

En los universos superheroicos, al paso que van, lo único que va a ser inevitable son los impuestos.


La gran paradoja es que Magneto aborrece las lentejas.

Para sacar a hacer sus caquitas a Mandíbulas no basta un recogedor o una bolsa de plástico. Escafandra y traje espacial, que nunca se sabe dónde puede acabar la historia.

No, la Academia de Jóvenes Talentos de Carles Xavier no es concertada.


A las reuniones de la comunidad de vecinos del Edificio Baxter no va ni el tato. Por si las moscas.


Los xenobiólogos aún no han decidido si no existe o si siempre es carnaval en el Imperio Skrull.

Refranes como "la suerte de la fea la guapita la desea" son incomprensibles en el Imperio Skrull.


Es imposible copiar en los exámenes de la Academia Privada de Jóvenes Talentos de Carles Xavier.


Hasta que apareció Shang Chi en su vida, Sir Dennis Nayland Smith fue un gran amigo por correspondencia con Carles Xavier.


El príncipe submarino empezó a sospechar si su madre no habría sido un poquito ligera de cascos cuando vio por la tele su primer episodio de Star Trek.


En realidad, Reed Ricards copió la fórmula del tejido de moléculas inestables de ilustres cowboys como Rayo Kid o El llanero solitario. ¡Qué ajustaditos iban!


Se cambió de bando y reorientó su carrera Natacha Romanova cuando comprobó que ninguno de sus maromos conocidos quería ya casarse.


Siempre le reprochó a su padre el hijo del diablo amarillo que no le comprara otro pijama, ni unos zapatos.

Por culpa de su deficiente educación, Esteve Rogers creyó siempre que la A de su cabeza era de "alférez".

Johnny Lengua Viperina descubrió demasiado tarde que "poner verde a Bruce Banner" era otra cosa...

No es que fuera invisible. Es que los tres machistas de sus compañeros de grupo hacían como si no estuviera.

No se entendían Aquaman y el príncipe submarino el borboteo del agua en sus gargantas era indescifrable.

Se ciscaba en su esmerada educación artistocrática, cada vez que tenía ganas de hacer pis el príncipe submarino.

Nunca le valían las excusas a Flash cuando llegaba tarde a casa.


Las noches de frío, cuanto más se tapaba, más se resfriaba el príncipe submarino.


El capitán Esteve Rogers logró que el Pentágono reconociera que no estaba muerto, lerén. Luego demandó las pagas atrasadas y los ascensos en el escalafón. Hoy vive felizmente retirado en Florida, comentando batallitas bélicas con otros ilustres jubilados que sólo miran nenas mientras él las cata.

Al contrario de su primo de la Distinguida Competencia, el Hombre Cosa jamás dijo una palabra más alta que otra.

Cráneo Rojo se pegaba unos sustos de muerte cada vez que se levantaba a hacer pis por las noches.

Pete Pegatodo fue, de jovencito, miembro del partido nazi. Se largó por patas cuando un desafortunado incidente con un tal Barón Zemo hizo peligrar su vida.

Todo le parecía carísimo al capitán Esteve Rogers...

Se le apetecía tanto al príncipe submarino tomarse un filetito de ternera bien caliente...

Carlos Xavier soñaba en secreto con ser Madama Medusa.

En los karaokes del Gran Refugio, todos los inhumanos se retiran de la competición antes de que participe Rayo Negro.

Mucho se frustraba Daniel Rand, rubito y karateca, cuando sus novietas no le dejaban realizar su práctica sexual favorita.

Incapaz de comprender al ser humano, el Todopoderoso no fue capaz de entender tampoco por qué, cuando visitó Sevilla, lo sacaron en procesión.

Internado en la Modelo, condenado por un crimen que no cometió lo suficientemente rápido, Lucas Puig (né Coppola) se ofreció voluntario para un experimento. Escuchar de seguido horas y horas de rumbita catalana lo dejó cataléptico.

Mientras malvivía en los muelles de San Francisco realizando abortos clandestinos a la espera de un barco que lo sacara de la miseria, el doctor Esteban Extraño no podía dejar de envidiar la fortuna que, haciendo lo mismo en Ciudad Gótica, había amasado su compañero de facultad Tomás Guein.

Whatever happened to Dazzler? Poned La Voz Kids, hombre.

Güilson Fik dirige el crimen organizado andaluz bajo el nombre de El Gallo. En la alcaldía de Morón, precisamente.

A punto de entrar en combate en el barranco del Lobo con un mosquetón oxidado y una bayoneta mellada, el sargento Arensivia reprimió dos lágrimas cuando recibió una postal de su primo Nicolás, que emigró a América con sus padres.

Había una vez un Pinguino Chiquitorl, pecadorrr.

Alfredo Penniguorl fue el primer trabajador altamente cualificado en tener un empleo por debajo de su formación.

2016-03-27

HATER (2)

En el fondo, todo hater es un fascista: intenta imponer su gusto a los demás. Como si a los demás, imbécil, nos importasen tus preferencias.


Me llega esta reseña que me hace de pronto viajar en el tiempo y me llena de agradecimiento como autor:

http://hombredetrapo79.blogspot.com.es/2016/03/el-muchacho-inca-rafael-marin-1993.html

2016-03-23

BATMAN Vs SUPERMAN



Desde hace al menos un par de décadas, los cómics de superhéroes se equilibran en una difícil cuerda floja: por un lado, no pueden perder su origen como entretenimiento infantil derivado en diversión adolescente, y por otro intentan convencer de que son también material adulto. En esa disonancia cognitiva nos movemos los lectores y también los creadores, inseguros de cuál es el auténtico target y mediatizados por las cambiantes políticas editoriales, que dejaron de estar en manos de gente del mismo medio para entregarse a emporios comerciales que tienen otros intereses que superan las páginas de los tebeos.

El cine, que tan rápido quema las ruedas del medio que adapta, sufre el mismo problema. No acaba de encontrar el tono para contar en pantalla los saltos, brincos, piruetas, dramas emocionales y acciones heroicas de los enmascarados con capa. Si, además, se trata con iconos (y ya sabemos que un icono, hoy, es esa figura mediática que todo el mundo cree reconocer a primera vista... sin conocerla, sumando a lo que se ve o no se ve en pantalla su concepción previa de cómo debería o no debería verse), el problema aumenta. Los dos grandes de DC, como el grande de Marvel, pertenecen ya a la cultura popular que los identifica, que quisiera verlos de otra forma o a su forma, todo condensado en dos horas o dos horas y pico de metraje. Tiene que haber emoción, pero también reconocimiento. El espectador, lo hemos dicho muchas veces, no tiene por qué venir del mundo del cómic, pero hay que entretener a unos sin descuidar a los otros. No es tarea fácil: cuando las películas salen oscuras, se les critica que son oscuras; cuando las pelis salen naif, por lo contrario.

Batman vs Superman supone, además, la continuación de una película que también recibió (y sigue recibiendo) sus palos y críticas por la actuación final del superhombre de Kripton (lo cual viene a demostrar que espectadores y críticos no comprenden que los cabos sueltos se amarran en continuaciones, como es este caso... o quizás que a modo de no-prize las acciones criticadas se enmiendan en secuelas y segundos actos). Y, si por una parte continúa la historia de Superman, por otra hace borrón y cuenta nueva (pero continúa a su modo) el tono oscuro y terrible de la anterior trilogía del hombre murciélago.

El resultado es una película seria y oscura, quizá la culminación de lo dark & gritty hasta el momento en pantalla (mucho más, quizás, que las entregas de Nolan, aquí productor). Una película que sirve una vez más como catarsis ante el horror que golpeó a la sociedad norteamericana a principios de este siglo y que nos sigue golpeando a todos los que nos alineamos (con justicia) en ese lado: si el trauma de las Torres Gemelas afectó a los medios y no se aireó hasta 2008 con El Caballero Oscuro, esta nueva entrega incide en lo mismo: el miedo ante la destrucción implacable, la indefensión de la cultura ante lo irracional. No es baladí que el retelling de la destrucción causada en Man of Steel remita en planos, fotografía y polvo a la caída del World Trade Center. La película, en el irreal mundo de los superhéroes, tiene entonces una lectura política (y no olvidemos que Superman, es el "alien", o sea, también el extranjero).

Dos horas y pico de metraje, con una larga exposición hasta encontrar el nudo narrativo y la presentación (o re-presentación) de los personajes conocidos y de los nuevos rostros de los personajes que se unen ahora al universo DCinematográfico ejemplifican los juegos malabares que hay que hacer para que las tres o cuatro pistas en acción sigan llamando la atención del espectador. El centro de la película puede ser el juicio popular a la figura de Superman, pero el protagonista que se lleva el gato al agua es Batman, un Batman maduro, desencantado, cruel e implacable, que por fin ha encontrado en Ben Affleck (¿eh, recuerdan? ¡Lo odiaban todos!) su intérprete ideal. Es un Batman que viene de un pasado de dolores (¿Robin ha muerto a manos de Joker?) y que quizá vive al borde del alcoholismo. Rico, casi mesiánico en su misión contra el mesías de Kripton. Con su ramalazo a lo James Bond (¿por qué hay planos del coche y el páramo que recuerdan a Skyfall?), encarna dentro de la pantalla la reacción de los fans de Superman a la muerte de Zod a manos del alter ego de Clark Kent. Batman/Bruce Wayne ve en el chico de rojo, blanco y azul una amenaza, y decide eliminarla.

Ese leit motiv de la película, que en un tebeo se explicaría en dos viñetas, ocupa casi la primera hora y pico de metraje. La pasión del oscuro Dark Knight no encuentra, quizás, reflejo en la dubitativa actitud de Superman, que aunque comparta título con el murciélago es casi un secundario de lujo. La trama política ahoga un tanto al personaje, demostrando tal vez sin advertirlo que, como bien sabemos los lectores de tebeos desde hace décadas, se ha quedado desfasado en el tiempo (bien le dice Perry White que no estamos en 1938); en ese sentido, Batman sí ha sabido evolucionar y encajar a la perfección, tanto en los cómics como en las pantallas, con las nuevas décadas.

Todo el largo preparativo del enfrentamiento anunciado entre los dos héroes tiene detrás, como bien sabíamos todos, la mano negra de un Lex Luthor juvenil, antipático como antipático es su actor, y cuyas motivaciones no quedan demasiado bien explicadas o no tienen demasiada lógica al ser expuestas. La gran batalla entre los dos superhéroes (con autohomenaje a Watchmen y referencia a La Ilíada incluidos) se resuelve bellamente, sí, aunque la escena carezca de la emoción necesaria, pero la inevitable traca final entre los dos personajes más la estrella invitada y la abominación que es Doomsday olvida la lectura política para incidir muy levemente en la mesiánica, destruyendo de nuevo cuanta piedra y cristal se pone por delante (por más que anuncien que la isla donde se enfrentan está desierta). Los lectores de tebeos, por serlo, no encontramos ya sorpresa en la conclusión de la historia.

Zack Snyder dirige con oficio y hasta con delicadeza, estilizando la narración pero incapaz, por motivos de guión, de encontrar más enjundia a las escenas que provocan el estallido del conflicto. Quizás vimos demasiado en los tráilers, y algún momento de flashforward (all pun intended), si no es una alucinación de Bruce Wayne, nos despistan y nos engañan, pero si el futuro es Batman (que recuerda ahí a Blacksad) contra un ejército de nazis seguidores de Superman, quizá sería conveniente saltar ya al futuro y contarlo.

La película pertenece, ya digo, a Ben Affleck. Gal Gadot, encarnando a Wonder Woman, es un agradable contrapunto a los dos colosos, mucho más cuando va de paisana que cuando encarna a la princesa amazona. Junto a los cameos de los otros tres (¿o son cuatro? Miren el cuadro de Lex Luthor) futuros componentes de la Liga de la Justicia, es sorprendente el poder evocador que tiene una simple fotografía para servir como avance de la película de una Wonder Woman que no será (ni es) exactamente como la de los cómics, pero que, al retrasar en el tiempo su aparición en el mundo de los mortales, para así no convertirla en el Capitán América, promete ser cuanto menos interesante.

Cincuenta años leyendo cómics y no nos habíamos dado cuenta de que las madres de ambos superhéroes se llaman de la misma forma...


Se había quedado sin tabaco. Un enfermero le dio un cigarrillo, pero no tenía fuego, así que Alberto se pasó un rato jugueteando con él entre las manos, hasta que se lo guardó en el bolsillo. Nunca le había gustado el olor de los hospitales, y aunque la actividad a estas horas era tranquila y no había el típico bullicio de enfermos quejándose no dejaba de fastidiarle, y de sorprenderle, cómo un acción imprevista podía arruinarte la vida en un abrir y cerrar de ojos.
Volvió a sacar el cigarrillo y se lo metió en la boca, aspirando el tabaco ya humedecido. La culpa era suya, no del bueno para nada de Ricardo Ramos, se acusó. Si le hubiera dicho que no lo acompañaba, seguro que no habría tenido valor para presentarse él solo en aquella corte de los milagros en busca de un cura que se quitó de en medio en cuanto sonó el disparo, antes de que los demás comensales sujetaran al camarada del bigotito de Hitler y alguien menos bebido que el resto le hiciera un apresurado torniquete a Ricardo en la pierna y mandara al maitre, todavía maquillado de betún, a que corriera al teléfono para avisar a la policía y a una ambulancia.
Llegaron casi a la par, como si estuvieran esperando la llamada. La policía, a tomar declaraciones y a detener a quien fuera preciso. La ambulancia, a meter sin miramientos y con mucho esfuerzo al herido en una camilla y a salir pitando hacia el Hospital General. Alberto se había librado de pasarse las horas declarando ante la policía porque en el fondo no había visto nada, ocupado como estaba en llenar de arroz el plato, y fueron los caballeros mutilados y excombatientes quienes prestaron juramento e informaron a los dos números de la Benemérita. Al parecer, hubo acuerdo común de que en una discusión sobre señoras lo último que se saca es una pistola, que era precisamente lo que había hecho el hombrecito del bigote hitleriano. Alberto, que aprovechó la ocasión para meterse en el dos caballos, seguir a la ambulancia y acompañar a su amigo, apenas tuvo tiempo de ver cómo el detenido tiraba de credenciales y se cuadraba de la manera más marcial que le permitía su pierna ortopédica y todo el alcohol trasegado.
Ricardo dormía ahora, cubierto por una sábana hasta el pecho. Parecía tan tranquilo, como si haberle visto los colmillos a la muerte no significara gran cosa para él, así de inconsciente era. Una bala de calibre pequeño, bien lo sabía Alberto, puede matar igual que una nueve milímetros, pero todos los tontos caen de pie y el disparo de la Astra 200 había hecho un destrozo más llamativo que aparente. Esa misma herida en un hombro, como en las películas, habría permitido al muchachito bueno seguir disparando hasta que no quedara nadie en pie. En la vida real, y en la entrepierna, había sido un aguijonazo suficiente para que Ricardo se meara por las patas abajo y perdiera el conocimiento de puro miedo.
Le había tocado a Alberto lidiar con la más fea hasta que apareciera la guapa. El papeleo. Con tal de que su amigo no se muriera desangrado en el pasillo, firmó cualquier cosa. Siendo un día tranquilo, metieron a Ricardo en el quirófano de inmediato y la intervención apenas duró una hora. O la herida era en efecto de poca enjundia, o el cirujano tenía prisa por salir de guardia y ponerle los juguetes a su querida o a sus hijos.
La guapa apareció al filo de la medianoche, cuando lograron localizarla y darle la mala noticia. Charo. Abrió la puerta con precaución, acompañada de una monja de hábitos blancos y cara de Trotaconventos, y ahogó una exclamación de angustia. Alberto no supo si por ver a su marido inconsciente o por encontrarse con que él estaba dentro sentado. Corrió a la vera de Ricardo y se quedó allí plantada, inmóvil y nerviosa, sin saber cómo interpretar aquel silencio de su respiración entrecortada. Alberto se levantó de la silla, se metió de nuevo el cigarrillo en el bolsillo sin darse cuenta de que se le había roto entre las manos mientras la monja, que no sabía nada ni podía sospecharlo, los dejaba a los tres a solas.
––Dicen que no es grave –murmuró Alberto, la garganta seca––. Si no hay complicaciones, se recuperará en un par de semanas.
Charo no se volvió a mirarlo.
––¿Cómo ha sido?
––Una pelea de borrachos. Ya sabes cómo es él. Se enzarzó en una discusión estúpida y han acabado metiéndole un tiro en la ingle. Un poco más y no lo cuenta.
Charo se volvió entonces. En sus ojos oscuros había un brillo de lágrimas que no habían podido escapar de sus párpados cerrados. Hacía calor en la habitación y se quitó el abrigo con un movimiento líquido y felino, como se había quitado la ropa tantas noches para Alberto. Él contempló la boca carnosa, los pechos generosos, el talle estrecho y las caderas amplias que tantas veces habían soportado su peso entusiasmado. A su pesar, notó los principios de una erección. Era mucha mujer, Charo Moreno, demasiada mujer para un inútil como Ricardo, pero lo suficiente, quizá, para que hubiera estado dispuesto a dejarse pegar un tiro defendiendo una honra que durante más de tres años le había pertenecido a Alberto, a quien consideraba, sin serlo, su mejor amigo.
Se miraron a los ojos, sin hacer ningún comentario, compartiendo el pecado mudo que los había amarrado y ahora los obligaba a alejarse como un par de imanes que huyen, rechazados por el mismo polo. Los dos casados, los dos infelices, los dos entregados a una pasión salvaje que pudo haber acabado con ella en la cárcel y con él quién sabía dónde. Cuántas citas a ciegas, cuántos magreos en los cines, en coches prestados, en la redacción vacía que ahora Alberto llenaba alguna que otra noche de mujeres compradas que no borraban su recuerdo, en hoteles de mala muerte donde no miraban los carnets falsos y, ya cuando el frenesí no tuvo remedio, en la propia casa de Charo, mientras Ricardo trataba inútilmente de redactar un artículo o vender un seguro y dejaba vía libre al engaño. Alberto, que había conocido a muchas mujeres, nunca había conocido a una mujer como Charo. Y ella, que sólo había conocido a dos hombres, no había tenido más remedio que elegir al desgraciado que ahora, en la cama, iniciaba un ronquido tranquilo, como de niño pequeño que espera que los Reyes Magos no se olviden de su regalo.
––Hace mucho tiempo que no te veía, Alberto.
––Va para dos años.
––¿Y los niños?
––Bien, bien. El otro día estuve con ellos en el circo, y hoy habría visto la cabalgata de no ser… de no ser por tu marido.
––¿Y tu mujer?
Alberto se encogió de hombros. Charo comprendió. Se sentó en la silla, cruzó las piernas, y Alberto pudo ver una carrera remendada con tino en la media.
––¿Cómo te va a ti?
––Tirando. Madre y esposa de la misma persona. El día menos pensado seré viuda. O cogeré la puerta y me quitaré de en medio.
––¿Tan mal te va?
––¿Cómo quieres que me vaya? Si es que no hace nada a derechas. No tiene constancia, ni suerte, ni empuje. Pajaritos, sólo pajaritos en la cabeza. Se empeña en ser periodista y no sabe hilvanar dos frases que tengan sentido. Cree que vendiendo enciclopedias puerta a puerta, o Magefesas, o seguros, se hará rico y me tratará como a una reina –Charo rió sin humor ninguno––. Y ahora cree que podrá zanjar todas las deudas que tiene encima cobrando una herencia.
––¿Y no es así?
––¡Y yo qué sé! Ricardo ha nacido para ser el primero en creer sus propios embustes. Lleva toda la vida esperando que se le muera un familiar, un tío abuelo por parte de madre, creo, en Alicante. Para heredar unas tierras. Y el tío abuelo se muere hace mes y pico, le salen sobrinos hasta debajo de las piedras, la familia, que es igual de tarada que mi marido, se lía a mamporros, se dicen de todo, buscan a un abogado aunque Ricardo decía que él lo arreglaba todo por su cuenta…
––Pero no lo arregló, claro.
––Ni siquiera en la familia lo esperaban. No aparecen papeles por ninguna parte. Nada que demuestre quién es el propietario real de las tierras.
––¿Para eso buscaba al cura?
––Se le ha metido entre ceja y ceja que el cura sabe dónde están los documentos.
––¿Y es así? Sabes que yo me fío más bien poco de los curas.
––¿Qué más da? El plazo de presentación de alegaciones termina en un par de semanas. Si no, las tierras pasarán al ayuntamiento del pueblo. Y quien sacará tajada será cualquiera menos nosotros. Y ahí lo tienes, en el séptimo cielo. Cuando pueda salir de aquí, será tarde. Pero te juro que no me quedaré a sonarle los mocos esta vez. Antes, me dedico a la vida.
Alberto extendió una mano, tocó brevemente la mano de Charo. Notó poco la descarga eléctrica. Se puso en pie. Recogió el abrigo.
––Vimos al cura en esa fiesta –dijo––. Si Ricardo no hubiera sido tan impetuoso, o no hubiera estado tan bebido, habría podido hablar con él esta misma tarde. En cambio, prefirió arriesgarse a convertirse en eunuco.
––Para lo que le sirve la hombría…
––Vi al cura un momento, en medio del barullo. Pero si está en Colmenar Viejo, y con un nombre como el que tiene… no creo que sea difícil localizarlo. El dos caballos está aparcado ahí abajo, ¿te importa que lo coja?
Charo alzó la cabeza.
––¿Para qué?
––Si el tiempo apremia, puedo ir a hacerle una visita mañana o pasado. Cuando pase la fiesta y deje organizado el trabajo en la redacción.
––¿Lo harías por él?
––No –Alberto sacudió la cabeza––. Lo haría por ti.
Salió de la habitación. Necesitó inspirar profundamente el fresco de la noche para espantar el olor a desinfectantes y el otro olor más doloroso del perfume de Charo. Miró la hora. Las doce y media. Se había perdido la cabalgata, como ya sabía. Entró en el coche aparcado y le costó arrancarlo. Cerraba los ojos y en las retinas sólo veía la boca de Charo, el cuerpo de Charo, las noches con Charo. Ricardo no lo sabía, pero debía a su esposa las copas que Alberto le pagaba, los favores que le hacía, los capotazos que le echaba. Por una sensación de culpa, posiblemente. Porque había traicionado a un amigo y la vida de siete personas había hecho equilibrios en la cuerda del escándalo y las murmuraciones. Nadie tenía derecho a empezar de nuevo. Los errores se soportan o se expían.
Enfiló la Gran Vía arriba. Casi la una. En Galerías Preciados estarían vendiendo de saldo los juguetes que sus hijos no imaginaban que mañana tendrían.

De esta noche, le sorprendía siempre el silencio. Como siguiendo una especie de toque de queda, a pesar de las luces encendidas en las casas, no se escuchaba un alma en todo Madrid, igual que imaginaba que no se escucharía en toda España. Noche de Reyes, pijamas de felpa y niños con los ojos cerrados a la fuerza, intentando conciliar un sueño que no venía mientras los padres, en la habitación de al lado, trataban de no dormirse y esperaban el momento que no llegaba nunca para sacar los juguetes de los diversos escondites que habían repartido por toda la casa.
Siendo la menor de cuatro hermanos, Silvia llegó demasiado tarde al secreto de esta noche. Descubrirlo fue una desilusión inevitable, pero pasajera. Otras desilusiones tardarían mucho más tiempo en borrarse, si es que lo hacían alguna vez. Recordaba las miradas de complicidad de Juan Carlos, de José Antonio, de Ramiro, y la exquisita parsimonia con que sus padres, cuando ambos vivían, la enviaban a la cama después de obligarla a cepillarse bien los dientes y rezar tres avemarías. Luego, aquel suplicio del frío bajo las mantas, los crujidos de la casa, a veces la lluvia y una vez la nieve contra las ventanas, roces minúsculos que en cualquier otra noche no le habrían llamado la atención y que sin embargo esa noche resonaban como cañonazos y la mantenían despierta y nerviosa. Siempre flotaba aquella amenaza que no entendía del todo: los Reyes no vendrían si los esperaba despierta, o si se asomaba a verlos, a pesar de que ya se habían dejado ver en la cabalgata y un par de veces, en el Casino, habían acudido a regalar a los hijos de los socios algún juguete como adelanto.
Pero no había más remedio que intentar dormir. Se cubría la cabeza con las mantas cuando no lo conseguía, y al amanecer era la primera en la casa que salía al encuentro con la sorpresa esperada. Llegó a pensar que los Reyes debían ser tan ancianos que no sabían leer ya muy bien, porque aunque siempre le traían aquellas cosas que pedía, nunca faltaba algo que no había pedido, y que acababa por encandilarla. A menudo Silvia se preguntaba dónde estaban ahora aquellos Reyes, dónde estaba ahora aquella niña.
Doña Pilar la estaba esperando, como ya sabía. El servicio se había retirado. Ninguno de sus hermanos vivía ya en casa: Juan Carlos trabajaba en un bufete a caballo entre Madrid y Barcelona; iba a hacerse de oro pero al coste de una úlcera, pero era el camino inevitable si quería algún día un escaño en las Cortes. José Antonio estaba trabajando con Lucio Costa en la construcción de Brasilia, y Ramiro, consagrado a la carrera militar, el único que había seguido los pasos de su padre, estaba destinado en la base aérea de Zaragoza, jugando con los modelos a escala real de las maquetas que todavía adornaban su cuarto y que, hasta anteayer mismo, tal noche como hoy, componían su propia lista de regalos.
Un beso en la mejilla de su madre, las preguntas de rigor (“¿Has cenado? ¿Quieres que te prepare algo?”, “No, déjalo mamá, ya me hago yo misma un bocadillo”) y un rato delante del televisor, esa caja mágica que había sustituido en la familia las voces mágicas de la radio. Decían que era el aparato del futuro, que ya había más de cincuenta mil casas con sus receptores de importación, pero de momento a Silvia no le atraía demasiado el invento, quizá porque prefería las pantallas enormes del cine, o porque las horas de emisión eran tan escasas que siempre la pillaban a trasmano. Su madre, sin embargo, se pasaba las horas allí delante, como si estuviera dispuesta a entablar una conversación de un momento a otro con Matías Prats o con Mario Cabré. Tanto mejor. El sonido algo estridente de la pantallita en blanco y negro disimulaba los silencios que se habían abierto entre ambas.
París les había traído un distanciamiento inevitable. Fue la negación de todo en lo que Silvia había creído, el despertar a un mundo adulto que esgrimía las creencias según le convinieran en el momento. Silvia no había podido hacer nada al respecto, y en el fondo hasta lo agradecía. Pero aquella decisión tomada en su favor, sin su conocimiento ni, quizá, su consentimiento, había abierto una brecha infranqueable con su madre. Doña Pilar ya no le había vuelto a preguntar, como hacía casi con ternura cada vez que la telefoneaba algún chico o asistían juntas al cine o al teatro, cuándo la iba a hacer abuela, pese a su juventud, ya que sus tres hermanos no parecían por la labor. Los hombres, ya se saben, pueden casarse tarde. Las mujeres, en cambio, se quedan para vestir santos. No había vuelto a preguntarlo: tuvo la oportunidad, aunque fuera forzada, y prefirió el borrón y cuenta nueva a la vergüenza o la desgracia de por vida. Y no se enteró nadie.
Sobre la mesa, el ABC de ayer, el chiste de Mingote recortado que doña Pilar seguía coleccionando por inercia, porque ya lo coleccionaba en vida su marido. El artículo en primera de Gironella, declarando que aún creía en los Reyes Magos. Silvia se fue a la cama pensando que por desgracia ella no creía ya en esas historias, como había dejado de creer ya en tantas otras. Mañana, al amanecer, no tan temprano como antaño, las dos mujeres solas de la casa se intercambiarían regalos: un collar, un reloj, una blusa, un pañuelo, quizá, ahora que Silvia había tomado la decisión de seguir escribiendo, una estilográfica. No habría sorpresas. Ni tampoco cariño. Ese puente se había roto en París, en la clínica.
Como en los viejos tiempos de la infancia, a Silvia le costó trabajo conciliar el sueño. Pero no por ilusión hacia lo que pudiera traerle el día de mañana, sino por todo lo contrario.






La tasca de Curro Tarantos era un tugurio de suelo de serrín y barra de caoba negra, un territorio mínimo salpicado de mesas de mármol gastadas por el roce de las fichas de dominó y los golpes acumulados de cientos de botellas y de vasos. La cabeza disecada de un toro enorme, bobalicón y astifino, colgaba sobre el espejo que se extendía de una parte a otra de la barra, entre barriles de amontillado, banderines del Betis y el Rayo Vallecano, catavinos y botellas de Centenario Terry, manzanilla La Gitana y Cara de Gallo, anís Machaquito y fino La Ina. Una pata de jamón abierta esperaba el cuchillo en un rincón, rodeada de un rosario de chorizos de Cantimpalo y morcón de Chiclana.
Alberto se sentó en una de las mesas, debajo de un retrato de Antonio Bienvenida y Ernesto Hemingway, y por matar el tiempo mientras Ricardo Ramos llegaba pidió una cerveza Cruz Blanca que Curro Tarantos, antiguo matarife en su Albacete natal, le trajo acompañada de un platillo de aceitunas. El dueño de la tasca ni se llamaba Curro ni se apellidaba Tarantos, hasta hacía cuatro o cinco años había acarreado mármol en la obra del Valle de los Caídos, y decía tener una visión comercial del mundo que provocaba la guasa de la clientela: según él, la visión de España del capital extranjero (y ahí tenía colgadas las fotos de clientes como Orson Welles, Errol Flynn, Frank Sinatra y Cary Grant para recordarlo) era flamenco y toros. Por eso se hacía pasar por andaluz, y mal no le iba el negocio, aunque a pesar de los rostros ilustres y algo achispados de las fotos en blanco y negro de las paredes, estropeadas a veces por el garabato de una firma temblorosa después de un exceso de copas y de cantes, la mayoría de los clientes eran gente del barrio o, como mucho, los monosabios y personal de la plaza de toros que estaba a dos pasos.
––¿Cómo va la crónica de esa España negra, don Alberto? –le preguntó Curro mientras con una mano limpiaba la mesa y con la otra hacía equilibrios con la cerveza y las aceitunas.
––Vamos tirando.
––Mientras no se nos convierta en una España rosa…
––Todo se andará, Curro. Ya no quedan hombres de pelo en pecho.
––Diga usted que sí. Antes, con una buena navaja de las de mi pueblo se resolvían los asuntos de honor. Y ahora todo el mundo tira de pistola o de veneno. No sé dónde vamos a parar.
––Al caos, Curro. Al caos vamos.
Con una sonrisa, Curro Tarantos se retiró tras la barra, tras apuntar meticuloso con tiza la cuenta en la madera negra. Alberto picó dos aceitunas, fuertes y agrias, dio un sorbo a la cerveza. No se sentía cómodo. Debía ser cosa del frío, esa extraña inquietud que se le había metido en el cuerpo en Stalingrado y que lo acechaba todavía algunas veces, como un presentimiento de líos por venir. Tenía demasiada experiencia en la crónica de sucesos, en esa España negra que encandilaba al hombre tras la barra como encandilaba por igual a las ancianas y las porteras, como para temer, más que desear, tener entre manos un caso importante. Que Ceballos no hubiera llamado ya para informar de alguna migaja era sintomático: el chapero muerto era una cosa que podría pasar censura si se utilizaba un vocabulario decididamente oscuro y se daba al tema el conveniente matiz condenatorio. Pero un señorón del Opus ahorcado en la puerta de al lado, con los pantalones bajados y la lengua más flácida que la minga, era algo que se iba a tener que comer con patatas. Aunque hubiera un reportaje que pudiera dejar en pañales a los grandes titulares de El Caso. Compadeció un instante a Josete Guillén, que ahora estaría intentando encontrar el rastro de aquella lotera fantasma que todos decían haber visto, aunque nadie declaraba haber sido agraciado por sus billetes premiados.
Miró la hora. Ricardo Ramos se retrasaba. El frío de la cerveza no hizo ningún bien a su sensación de inquietud. Encontrarse ahora con Ricardo Ramos, con el inútil de Ricardo Ramos, no era lo que más se le apetecía en el mundo. Pero estaba en deuda con él, no lo podía evitar. Lo llevaba a sus espaldas como una penitencia, una cruz camino del Calvario. Ricardo Ramos, tan inútil, tan poquita cosa, tan lleno de grandes ideales y tan dado a los grandes abatimientos. Entrado en kilos, apocado, con el pelo cada vez más escaso. No servía para periodista, no tenía madera, ni la ilusión, ni el ansia; no daba la talla: cometía faltas de ortografía que los linotipistas tenían que corregir con gran cabreo y que él defendía excusando que el tarado que puso las “b” al lado de las “v” en los teclados no entendía ni palabra de español, aunque eso no le libraba de las veces que se comía las haches. Eran incontables las ocasiones en que había que pararle los pies cuando indagaba en un caso y acusaba sin pruebas o metía en líos con la madán a quien sólo había sido testigo casual de un marido maltratador o un butrón a media noche. Siempre andaba a la cuarta pregunta, sableando aquí y allá, dejando a deber las copas en baretos como éste, intentando cobrar electrodomésticos a plazos en visitas puerta a puerta cuando salía de la redacción, demasiado pusilánime para insistir en los pagos y a la vez demasiado gallito para no darse cuenta de cuándo no podía exigir que le atendieran por derecho. Mal perdedor en el mus, forofo del Barcelona en un Madrid donde eso suponía un pecado aún mayor que confesar que habías combatido con los republicanos, era capaz de emborracharse como una cuba a la segunda copa y quedar en evidencia convertido en un pelele y sin embargo tenía sueños de grandeza, ganas de vivir a todo tren, de pasar las vacaciones en Biarritz o Estoril, como las grandes fortunas que admiraba. Podría haber inspirado ternura de no ser tan cargante. Y sin embargo Alberto se desvivía por él. Uno de los grandes misterios de la humanidad era, para él, intentar comprender qué había visto en Ricardo una mujer como Charo.
Llegó a la tasca de Curro Tarantos con tres cuartos de hora de retraso, sudoroso y arrugado, empapado, con los pocos pelos que le quedaban convertidos en un nido aplastado contra la coronilla.
––Un sol y sombra, Currito, anda, que estoy helado.
––Marchando.
Se sentó frente a Alberto, tiritando. Picó la aceituna que quedaba en el platillo y apuró de dos tragos el combinado de coñac y anís que le trajo en seguida el camarero.
––Apúntalo a mi cuenta, ¿quieres, Curro?
––Deja, deja, yo lo pago –intervino rápidamente Alberto, antes de que el otro pusiera mala cara––. Vienes hecho una pena, Ricardo. ¿Dónde te has metido?
––Pinché una rueda y he pasado un quinario para cambiarla: se me jodió el gato. Y encima estaba cayendo el diluvio. Suerte que me ayudó una patrulla de la Guardia Civil de tráfico.
––¿Y te han dejado conducir, en el estado en que vienes? ¿Cuánto has bebido, Ricardo?
El hombre se encogió de hombros, como si no llevara la cuenta o Alberto le estuviera haciendo una pregunta sin sentido.
–– ¿Lo has traído? –preguntó, ansioso, mientras hacía un gesto a Curro para que le sirviera un nuevo sol y sombra. Alberto negó con la cabeza y Curro Tarantos, en contra de sus intereses, le hizo caso.
––No salgo de casa sin él –respondió Alberto, palpándose el bolsillo interior de la chaqueta.
––Pues entonces, vamos.
Alberto pagó la cuenta, se puso el abrigo, esperó mientras Ricardo salía tambaleándose del retrete hediondo. En la calle, mientras se arrebujaban en las bufandas, Alberto tuvo que esperar a que el otro periodista acabara de rebuscar en todos los bolsillos de la gabardina, la chaqueta y los pantalones las llaves del coche, un viejo dos caballos de segunda o tercera mano que se caía en pedazos y que, cuando por fin logró arrancar, escupió una perla negra que fue marcando el rastro por toda la calle.
––Me han dicho que está ahí. En la celebración. El cura que busco –murmuró Ricardo, agarrado al volante con las dos manos y encogido hacia adelante. Alberto tuvo la impresión de que no llegaba del todo a los pedales de puro incómodo dentro del vehículo.
––¿El que se vino de Alicante con los papeles que buscas?
––Ese mismo. Si no se los trajo él, debe saber quién los tiene.
–– ¿Y seguro que sabes adónde vamos?
––Seguro. ¿Por qué lo dices?
––Porque ya hemos pasado dos veces por el mismo sitio, por eso lo digo.
El sentido de la dirección de Ricardo Ramos, se demostró en seguida, estaba a la par de su olfato periodístico. Y de sus dotes de automovilista: Fangio no tenía de qué preocuparse en ese aspecto. Pero por fin, después de dos giros en falso, un semáforo que se saltó en rojo, otro donde se gripó el coche y un momento en el que estuvo a punto de comerse el arcén al calcular mal un giro del volante, llegaron a su destino, un gran restaurante en las afueras de Madrid, especializado en bodas, bautizos y comuniones, algo desangelado y hostil, mitad cortijo mitad casa de campo, un híbrido entre castellano y andaluz. Alberto pensó que quizá Curro Tarantos no andaba descaminado del todo en su apreciación de cuál era la España que los esperaba en el futuro.
Había casi un centenar de coches aparcados en el inmenso terraplén que rodeaba el restaurante, clavados en el barro todavía húmedo tras los días de lluvia. Cuando el motor del dos caballos se detuvo, y Alberto esperó que no fuera por última vez o les esperaba un regreso peliagudo, pudieron escuchar la algarabía de cientos de voces y risas, un estrépito de músicas y vajillas y brindis.
––Mmm, huele bien, y tengo hambre. ¿Escuchas eso? Parece que se están divirtiendo, tus antiguos camaradas –comentó Ricardo, mientras realizaba una maniobra de torsión para salir del coche y trataba, sin éxito, de no hundir los zapatos en el barro.
––Sabía que en la División estuvimos más de cuarenta mil hombres, pero que todos estén aquí hoy es ridículo –dijo Alberto, señalando la proliferación de coches y reparando en que también había dos autobuses en otro lado del aparcamiento.
––¿Tú no sueles venir a estas cosas?
––Yo pegué ya los tiros cuando había que pegarlos.
Cruzaron la explanada y llegaron a la puerta del local. Un par de hombres los detuvieron en la puerta. Vestían uniformes de camarero como si fueran combatientes de las Waffen-SS.
––¿Vienen ustedes a alguno de los dos bautizos? ¿O a la celebración de los yanquis?
––¿Los yanquis?
––Un puñado de americanos de Torrejón de Ardoz. Civiles. Están celebrando el aniversario de las ocho horas laborales y el salario mínimo que estableció un tal Henry Ford.
––Estos americanos, siempre tan adelantados a todo. No, nosotros venimos a lo de la División, ¿verdad, Alberto?
Alberto asintió, sacó el ajado carnet de la División Azul y lo mostró a los dos camareros de uniforme. Como si le hubiera entregado un papel sucio, el camarero miró a Alberto de arriba a abajo. Luego miró a Ricardo, fijándose especialmente en sus extremidades. Cuando pareció cerciorarse de que ambos tenían dos brazos y dos piernas cada uno, cayó en la cuenta.
––Ah, comprendo. Lo siento.
––Pueden ustedes pasar –dijo el otro camarero, extendiendo la palma de una mano enguantada de blanco––. Son veinte duros cada uno.
––¿Pero es que hay que pagar también ahora? Mire que nosotros pagamos la cuota religiosamente todos los meses –mintió Ricardo.
––Es una contribución voluntaria para los huérfanos. Lo dice muy claro la invitación. Que no han traído ustedes, caballeros. Pero si quieren pasar, ya saben… Alberto recogió el carnet, sacó la cartera, contó dos billetes de veinte duros y los tendió al camarero mientras Ricardo se empinaba sobre sus talones y se hacía el tonto o pensaba que, dado su estado más que achispado, quedaba libre del pago.
El interior del restaurante imitaba el claustro de un convento, pero los decoradores incorporados más tarde no habían podido evitar añadir elementos de folklore, un par de vírgenes en mosaico, una reja andaluza algo incongruente allí dentro y una imitación de un pozo con brocal que servía para acceder al sótano donde se mantenían las botellas al fresco. Como contrapunto, una especie de todo vale de la decoración contemporánea, había arcones y sillas de tijera pegadas a las paredes e imitando el estilo castellano recio, envejecidas de manera burda con capas de nogalina.
Cuando entraron en el salón asignado, justo cuando la bofetada de sonido se hizo más fuerte, Alberto reparó en el enorme retrato de Millán Astray que presidía la mesa.
––¿Tú estás seguro, Ricardo, de que esto es un banquete de veteranos de la División Azul?
––Es lo que me dijeron por teléfono. ¿Por…?
––Porque la Legión es una cosa, la División Azul es otra… y esto lo que parece es la corte de los milagros.
Disimulando su sorpresa, Ricardo Ramos comprobó que en efecto a ambos lados de la larga mesa había sentados medio centenar de hombres, algunos con el uniforme de la Legión, otros de paisano, algún que otro marino o con porte militar que no ocultaban los kilos y los años de abandono. A uno le faltaba un ojo, a otro, la pierna. El de más allá tenía amputados los dos brazos y había también un par de hombres sin orejas. Una nariz de cuero negro, como de carnaval, cubría la cara de un hombre delgado y cadavérico. Bajo el retrato de Millán Astray, fallecido hacía cinco años, una banda de seda rojigualda anunciaba la IX Reunión de Miembros del Benemérito Cuerpo de Caballeros Mutilados de Guerra por la Patria. No había ningún cura por ninguna parte.
––Lo mismo es que, como fue capillán castrense, para estas cosas viste de paisano –comentó Ricardo, cruzando el espacio que los separaba de la mesa y ocupando el único sitio libre que quedaba junto a un hombrecillo pequeño con cara de ratón y bigotillo al estilo de Hitler.
––Llegan un poco tarde, ¿no? –se quejó.
––No puedes imaginarte cómo está el tráfico, camarada. ¿Quieres correrte un poquito?
Con expresión de fastidio, el hombrecito se corrió. Alberto, al ocupar el sitio estrecho que le quedaba, comprobó que tenía una pierna de madera. El caballero mutilado que tenía en frente lucía una mano metálica, pero la dominaba con tal perfección que no tenía ningún problema para coger el vaso y llevárselo a los labios. Restos de pollo y arroz cubrían su plato.
––Acabamos de llegar y no hemos comido –le dijo a un camarero que procedía a retirar los platos.
––Pues estamos retirando ya.
––Eso ya lo veo. Pero quedará algo, ¿no?
––No lo sé. Me han dado orden de retirar los platos.
El camarero se dio la vuelta, y Alberto lo siguió con la mirada, boquiabierto, hasta encontrarse con la mirada del hombrecito del bigote hitleriano y la cara de ratón, que los escudriñaba como lo habían hecho los dos ujieres de uniforme en la puerta. Y ahora comprendió que el ex combatiente, como los camareros de la entrada, estaban buscando sus propias mutilaciones que no saltaban a la vista.
––¿En qué cuerpo servisteis vosotros, camaradas? –le preguntó a Ricardo, que acababa de servirse un vaso de clarete en un vaso, sin importarle si tenía dueño o si estaba limpio––. Nunca os he visto antes en una de estas comidas de hermanamiento, y eso es raro.
––¿Raro? ¿Qué quieres decir con raro? ¿Raro por qué?
––Pues que nos he visto ningún año que hemos celebrado el banquete, y yo he asistido a todos, menos a uno, que tuve que operarme de una fistula.
––Pues seguro que en ese fue cuando estuvimos. Somos divisionarios. Mi amigo estuvo en Stalingrado. Yo en la Escuadrilla Azul, al mando del mariscal Wolfram Von Richtofen.
––¿Aviador? ¿Con ese tamaño?
––¿Qué pasa, que del partido nazi sólo te fijaste en Hitler, camarada? Más kilos que yo tenía Göring y llegó a ministro del aire.
Se volvió hacia Alberto para que corroborara su mentira y sacara al menos el carnet de divisionario, pero Alberto, incómodo y fuera de lugar, se había vuelto a insistirle al camarero, que retiraba los platos con parsimonia británica.
––Le habrán dicho que retire los platos porque aquí todo el mundo ha terminado, pero nosotros acabamos de llegar y no hemos probado bocado. Con la hora que es, no nos irá a dejar sin comer, ¿no?
––Yo no decido esas cosas. Tendrá que hablar con el encargado. Mi turno termina dentro de cinco minutos y todavía tengo que recoger los Reyes del SEPU.
––Pues dígame a mí, que me esperan mis tres hijos para ir a la cabalgata.
––¿Tres hijos tiene usted, caballero? Pero serán mayores, ¿no?
–– ¿Por qué van a ser mayores? El mayor tiene todavía siete años.
––Usted disculpe, señor. Puesto que no salta a la vista, había pensado que su mutilación de guerra…
––¿Qué pasa, que no me cree? –a la derecha de Alberto, enfrentado al hombrecito de cara de ratón, Ricardo levantó la voz––. ¿Le he pedido yo a usted acaso credenciales de cómo y por qué está mutilado? ¿Cómo sé que no lo atropelló un tranvía en vez de un obús en Belchite? ¿O le voy a tener que enseñar mi carnet de la Escuadrilla azul?
––Pues sería un buen principio.
–– ¿Es que no se fía usted de mi palabra, caballero?
––No, no me fío. Por no llevar, no lleva usted ni medallas ni sombrero.
––Tranquilo, Ricardo –calmó Alberto––. Voy a ver si consigo que nos pongan de comer aunque sea un piscolabis –se volvió hacia el camarero––. ¿Dónde puedo encontrar al encargado?
––En esa habitación de ahí.
––Voy a ver. Deja de discutir con este caballero, Ricardo, y pregunta a ver si el cura de marras está por alguna parte, que te conozco.
Sin saber si renquear o meterse una mano en el bolsillo para que no lo miraran todos con mala cara, Alberto se levantó y se encaminó hacia la habitación de puertas abatibles que le había señalado el camarero. El murmullo de las conversaciones de la sala, esa mezcla de recuerdos de hechos de armas, canciones marciales, chistes picantes y denuncias de conspiraciones judeo-masónicas y desprecios al amigo americano que celebraba el peculiar socialismo de Henry Ford en la sala de al lado se perdió enseguida cuando entró en la habitación, un anexo dedicado a almacenar y fregar platos. Un tipo alto y delgado, chulesco, con chaleco de rayas y medallón de somelier fumaba un cigarrillo con la parsimonia de Marlene Dietrich.
–– ¿Es usted el maitre?
––Sí. Aquí no se puede entrar.
––Estoy en el banquete de… de los caballeros mutilados –ahora sí se metió la mano en el bolsillo, por si acaso––. Acabamos de llegar. Y están retirando los platos.
––Así es. Hace un rato que se sirvió el café.
––Pero es que ni mi amigo ni yo hemos comido.
––Hay un horario que cumplir, señor, y ustedes han llegado tarde. Lo siento mucho, pero ya hemos retirado el servicio y estamos esperando que lleguen las pelucas y las capas.
–– ¿Cómo dice?
––De los Reyes Magos. En ese bautizo de ahí a lado hay un montón de niños. Primos y hermanos del recién cristianado. No han podido ver la cabalgata, por motivos obvios, pero como los padres son señores de posibles, han organizado una entrega de juguetes aquí mismo. Yo voy a ser Baltasar.
––Pues si trae usted regalos a los niños buenos, recuerde que serán adultos el día de mañana. Como yo mismo. Y no he comido. ¿De verdad que no queda ni siquiera para un bocadillo?
––Como no vaya usted a la cocina…
––De su parte. ¿Dónde está?
––Siga por este pasillo. Una puerta blanca con un ojo de buey.
––No sabrá usted cuál de todos esos caballeros será cura, ¿verdad?
––Me temo que no: todos han comido con la misma ansia.
Alberto echó una mirada hacia atrás. Ricardo Ramos se había puesto en pie y agitaba su cartera ante el hombrecito del bigote a lo Adolfo Hitler. El otro, tan gallito como él, aunque medía la mitad, hacía gestos de desprecio. Durante un momento, Alberto estuvo tentado de darse media vuelta, coger a su amigo por el cogote y arrastrarlo hasta el dos caballos y volverse a Madrid. Pero la broma le había costado ya cuarenta duros, tenía hambre, y seguían sin localizar al sacerdote castrense. Como vio que otros dos caballeros mutilados se levantaban y trataban de sosegar los ánimos, decidió que las aguas iban a volver a su cauce sin necesitar su ayuda. Enfiló el pasillo mientras el maitre empezaba a pintarse la cara de betún.
Llamó a la puerta de la cocina con un par de golpecitos. Sin esperar respuesta, abrió y entró. El interior era un caos de fogones a medio apagar, humo, olores variados, ruido de cacerolas y camareros que iban y venían de un lado a otro y cocineros pidiendo especias y pinches equivocándose al traerlas.
––Aquí no se puede entrar –dijo una mujer gruesa, madura, con un delantal blanco salpicado de amarillo azafrán y una redecilla en el pelo.
––Verá, señora, estoy en el banquete de los caballeros mutilados –ahora no se metió la mano en el bolsillo––, y nos han retirado ya el servicio.
––¿Cómo dice?
––Que estoy en el banquete de aquel salón y nos han retirado los platos, pero ni mi camarada ni yo hemos comido. ¿Pueden servirnos algo? Lo que sea.
––¿Y qué quiere que yo le haga? Si comen ustedes como limas. Han acabado con todo.
––Algo quedará, mujer.
La jefa de cocina señaló unas bandejas apartadas junto al fregadero, no muy lejos de los cubos de basura. Una de ellas contenía al menos el equivalente a dos raciones de arroz con pollo y la otra los restos de una tarta imperial que no había tocado nadie.
––Es lo que queda. Lo íbamos a tirar, pero si lo quiere, puede llevárselo.
Hijo de una España que no hacía remilgos a la calidad de la comida, sobreviviente de dos guerras y una larga década de carestía, Alberto sirvió dos platos de arroz, los colocó en una bandeja recién fregada, apiló los restos de tarta imperial y, tras dar las gracias a la mujer, que se había olvidado de él ya, se dio media vuelta y recorrió de nuevo el pasillo hasta el anexo donde el rey Baltasar estaba asomado al salón.
––Me parece que a estos tipos los reyes de verdad les van a poner carbón esta noche –comentó, señalando con una mano enguantada de seda negra.
––¡Le digo, cabronazo, que no es Silvana Mangano! ¡Es mi señora y se merece un respeto!
Alberto reconoció la voz borracha de Ricardo Ramos antes de asomarse detrás del maitre pintado de betún. Fue entonces cuando supo que no tendría que haber confiado en la capacidad de contención de su amigo. A pesar de que dos caballeros mutilados trataban de impedírselo, Ricardo descargaba un mamporro tras otro contra la cara del hombrecito del bigote, al que tenía dominado contra la mesa, entre un gran revuelo de platos que caían y vasos que saltaban hechos añicos.
El hombrecito quedó despatarrado, agitando levemente al aire una de sus piernas, quizás la ortopédica. Muy ufano, Ricardo se separó dos pasos, se quitó de encima a los otros dos hombres que en vano habían intentado sujetarlo, se alisó la chaqueta y recogió del caos de la mesa la cartera.
––Ale, ya está bien. Asunto zanjado. Esa foto es de mi señora y soy piloto de avión, coronel de zapadores, maquinista de la Renfe y lo que me salga de los cojones. Habrase visto. A lo que íbamos, señores. ¿Hay por aquí un cura, un tal don Remigio, de Alicante, que ahora está en Alarcón?
Hubo un momento de estupor que Alberto aprovechó para volver al salón cargando la bandeja, aunque se le había quitado de repente el apetito.
––¿Un sacerdote, por favor, camaradas? ¿Don Remigio?
––¡Yo te voy a dar a ti sacerdote, hijo de puta!
Todavía desmoronado contra la mesa, en mitad del revuelto de sobras y manchado de vino y arroz, el hombrecito del bigote a lo Adolfo Hitler se incorporó como pudo. Tenía la cara hinchada y amoratada por los golpes de Ricardo, un ojo medio cerrado y le sangraba un labio. En su mano brillaba algo plateado, más grande que una navaja, más pequeña que una pitillera.
El disparo de la Astra 200 se confundió con los gritos de advertencia y con el champán que los americanos descorchaban en recuerdo de Henry Ford. Ricardo se llevó una mano a la ingle, como si de pronto le hubieran dado una patada en sus partes, y la retiró cubierta de dolor y rojo. Antes de que el hombrecillo del bigote de Hitler tuviera oportunidad de disparar por segunda vez, su camarada más sobrio, el del guantelete de metal, le arrancó la pistola de un manotazo.
Ricardo se desplomó de rodillas en el suelo, manchada la entrepierna de sangre y orines. Alberto soltó la bandeja, corrió a su lado y apenas tuvo tiempo de escucharlo murmurar, la voz pastosa, los pelos escasos aplastados contra la coronilla:
––No creí que una pistolita tan pequeña pudiera hacer tanto daño.




Alberto sabía que la policía tenía que andar echando chispas. Dos asesinatos en puertas contiguas, en fiestas señaladas, en un país donde estas cosas no sucedían más que de higos a brevas y sólo en ciertos segmentos de la población: entre vagos, maleantes, rojos, chaperos, quinquis, mercheros y otras gentes de mal vivir. El muchacho de la barra de hierro en el culo sin duda encajaba en el grupo, pero el hombre elegante del anillo de oro quizás no. Con un Jarabo en la historia, lo sabía bien, había más que suficiente: el chivo expiatorio ideal para que los de abajo no se supieran solos al acecho de las maldades del mundo, y para que los de arriba pudieran decir después, sacando pecho, que la justicia era ciega e implacable y que no distinguía de dineros cuando el grado de los crímenes exigía una retribución inmediata.
Y eso sería lo que le estaba quemando ahora mismo a Ceballos y a su equipo, la búsqueda del móvil de aquel doble crimen, la posibilidad de desentrañar una telaraña de vicios y corruptelas que podría traducirse lo mismo en un ascenso que en una reprimenda. Alberto García era perro viejo en el oficio y conocía al dedillo los flecos que tenías que recortar para llegar adonde fuera en busca de un artículo o en busca de un cabeza de turco si eras policía. Había que andar con pies de plomo, en ambos casos porque quienes tenías por encima querían soluciones rápidas, que no hicieran mucho escándalo o que levantaran sólo la polvareda justa para que pudiera publicarse sin tener que soportar los tijeretazos inmisericordes de la censura.
Con todo, en cuatro días, pese al fin de semana, Ceballos había tenido tiempo de averiguar cosas. Y, en ese caso, de llamarlo y darle un par de ideas para redactar el artículo y crear esa curiosidad inquieta que era la razón de ser del semanario. No lo había hecho, lo que quería decir que estaba en albis, más despistado que un esquimal en el Sáhara, o que el curso de la investigación le impedía ponerse en contacto con él y darle, aunque fuera con cuentagotas, esas perlas de información que luego Alberto y los hombres como él convertían en puras pepitas de oro impresas en papel de pulpa.
Llamó tres veces más a la comisaría, en intervalos de media hora, pero el teniente no estaba, ni pudieron decirle dónde había ido, ni en qué ambientes se movía. Josete, con un suspiro, se echó el abrigo encima de la chaqueta de cuadros (y el abrigo no era precisamente poco llamativo tampoco) y se fue a Cuchilleros, donde la gente insistía que rondaba una lotera fantasma. Silvia se quedó encargada de hacer media docena de copias de aquel sorprendente boceto suyo, y aunque no pareció muy conforme, aceptó que, siendo el día que era, Alberto se la quitara de encima hasta el miércoles, cuando por fin pudieran dejar atrás las fiestas y España volviera a la normalidad, y fue el propio Alberto quien, haciendo de tripas corazón, decidió que si Mahoma no iba a la montaña habría que darle la vuelta a la tortilla.
Miró la hora. Las dos menos cuarto. Había quedado con Ricardo Ramos a las tres, en Las Ventas. Maldita la gracia que le hacía tener que esperar a aquel bueno para nada. Pero estaba en deuda con él, en más de un sentido, y ya se había comprometido a acompañarlo. Con suerte, a las cuatro habrían localizado a aquel cura que buscaba y podría volver corriendo, aunque fuera en taxi, para acompañar a los niños y a Inés para ver la cabalgata. Lo mismo el cohete espacial merecía la pena y todo. Si no, el miércoles podría reírse un rato a costa de Josete Guillén y sus paranoias.
Compró un bocadillo de calamares en el bar de la esquina y se lo fue comiendo por el camino, acompañado de un quinto de cerveza que estaba tan fría que le lastimó la garganta. A pesar del frío, quizás porque ya no llovía, la gente había salido a las calles y caminaba presa de un extraño frenesí, entrando y saliendo de los comercios, cargados con paquetes donde podía verse sin demasiados problemas las carabinas de juguete de los niños y las escobas de verdad para las niñas. Terminado el recogimiento del día de Nochebuena y la Misa del Gallo, terminada también la algarabía de la llegada del nuevo año, la gente se zambullía en la Noche de Reyes invirtiendo los pocos ahorros en comprar el cariño de sus hijos. Luego, cuando la cuesta de Enero se hiciera inexpugnable, Dios proveería.
La joyería de Pablo Esteve estaba de bote en bote. Como si, en vez de vender alhajas, las regalaran. Pablo, pequeño, de piernas pequeñas y torso alargado, con su rostro de niño grande y sus ojos celestes de no haber roto nunca un plato, atendía a la clientela con esa parsimonia exquisita de quien sabe que muestra tesoros que no están al alcance de cualquiera. Su hermana Remedios, también pequeña, redonda y mojigata, atendía en el otro mostrador, mientras que el tercer hermano, Antonio Manuel, grande y peludo, con su diente de oro y su tupé teñido de color caoba, parecía fuera de sitio en el negocio familiar, como si prefiriera estar en otra parte, escuchando unos tientos de flamenco o jugándose los ingresos de la joyería en una timba de cartas.
Pablo Esteve mostraba un paño con sortijas a un par de viejas beatas, como el prestidigitador que está a punto de sacar una moneda de entre los dedos para hacerla desaparecer con un chasquido. A pesar del aspecto inofensivo de las dos mujeres, no les quitaba ojo de encima, como tampoco se lo quitaba al joven matrimonio que buscaba unos pendientes de primera para una sobrina recién nacida ni a la demás gente que guardaba cola en la puerta. Fue ver a Alberto y su rostro se desencajó un instante, con un tic involuntario que le hizo temblar la mejilla.
––Don Alberto… ––murmuró, mientras ofrecía un camafeo de plata a una de las ancianas––. En mal momento me pilla usted.
––No va mal el negocio hoy, por lo que veo –dijo Alberto, paseando la mirada por la docena de parroquianos que, al ver que iniciaba una conversación con el platero, le dejaron sitio. Un escalofrío malicioso le hizo comprender que los clientes habían creído que era policía.
––Vamos tirando. Ya sabe usted que cuando no se sabe qué regalar, se recurre a nosotros. Galerías Preciados habrá terminado con todos sus juguetes a las seis de la tarde. A nosotros nos dará aquí la medianoche.
––Venía a hacerte una consulta, Pablo. Si no te importa, por supuesto. Puedo volver en otro momento en que estés menos apurado.
Pablo Esteve cruzó una mirada rápida con su hermana.
––Antonio Manuel, encárgate tú, ¿quieres?
El tercer hermano se separó de la pared y ocupó el puesto del pequeño jefe del clan, quien por si acaso retiró el paño con las sortijas y lo colocó, con esmero, bajo el mostrador transparente de caoba. Luego, Pablo recorrió un par de metros y abrió hacia arriba una parte del mostrador, permitiendo el paso al periodista.
Entraron los dos en la trastienda del negocio, una cueva de Ali-Babá con todo tipo de cachivaches, desde despertadores a armas antiguas, pasando por abrigos, zapatos, libros y cualquier otra cosa que la gente pudiera empeñar para salir de apuros. Las joyas y demás bienes valiosos estaban a buen recaudo, en la caja fuerte oculta detrás de algún cuadro. Los crímenes de Jarabo habían puesto en alerta al sector, y si Pablo Esteve miraba ya bastante por su mercancía ahora lo hacía con más ahínco. Era un hombre escrupuloso que no se fiaba ni de su sombra.
––Usted dirá, don Alberto.
––Me sabe mal molestarte un día como hoy, Pablo. De verdad. Con todo el follón que tienes ahí liado…
––Peor será a partir de las siete de la tarde, cuando termine de pasar la cabalgata. Y dentro de una semana.
––¿Dentro de una semana?
––Cuando la gente que reciba estos regalos venga a cambiarlos por su importe o a empeñarlos directamente –se encogió de hombros el joyero––. Gajes del oficio.
––O ganancia –sonrió Alberto, y encendió un Bisonte––. Me preguntaba si, con tu experiencia, podrías echarme una mano en un artículo que me tiene a mal traer.
––Ya hace tiempo que no me ocupo de esas cosas, don Alberto. No quiero más líos con la policía. Todo lo que vendo y compro es legal, usted lo sabe.
––Tranquilo, hombre, tranquilo. No es nada de lo que imaginas. Ya sé que estás limpio de polvo y paja –mintió Alberto, y rebuscó en el bolsillo interior del abrigo para sacar la fotografía––. Pero necesito de tu experiencia en un asunto.
Alberto le mostró la foto. Indeciso, Pablo Esteve la cogió, la acercó a un foco de luz, se puso unas gafas para el cerca y estudió el primer plano de las manos atadas. Si dedujo por su cuenta que eran las manos de un cadáver, no dijo nada.
––Ese anillo parece caro –dijo Alberto, recalcando lo obvio.
––Un sello caro, sí. Pero no es de mi casa.
––Mucha casualidad sería si lo fuese, Pablo. Pero verás, lo que me llama la atención es esto que se ve aquí –señaló con el dedo la foto––. Parece que tiene un grabado, ¿no?
––Sí. Eso parece.
––¿Podrías identificar las letras? ¿Son unas iniciales, una leyenda, una fecha?
Como si en vez de tener una foto en blanco y negro entre las manos tuviera una joya que hubiera que tasar, Pablo Esteve se llevó al ojo una lupa de joyero y observó con detenimiento el detalle que el periodista le indicaba.
––No. No son unas iniciales. Ni una leyenda. Ni una fecha.
––¿Entonces…?
Pablo Esteve se dio media vuelta, rebuscó en un cajón y sacó unos papeles de cebolla. Encontró el que buscaba y se lo mostró a Alberto: un dibujo sencillo, una cruz latina dentro de un círculo.
––Es un dibujo como éste. El anillo no es mío. Pero esto es lo que se ve tan malamente en la foto. Es un anillo de fidelidad, don Alberto. No hay dos iguales, pero muchos llevan dentro este grabado.
Alberto asintió. Supo inmediatamente lo que significaba. Y supo ya, desde ese instante, que su investigación estaba condenada a complicarse.
––El dueño de este anillo –sentenció el joyero, devolviéndole la foto y guardándose la lupa— no sólo es un caballero de posibles. También pertenece a la Obra.



Si hay algo peor que un lunes de trabajo, es cuando ese lunes de trabajo es además el primer lunes del año, la indicación de que el espejismo de la navidad y los deseos de cambio han sido flor de invierno. De mala gana, tras una noche de mal dormir y discusiones conyugales, Alberto entró en la redacción y, al escuchar tan fuerte la radio, supo que el Ogro no estaba. Como el locutor indicaba el final de una huelga general, comprendió que no hablaba de España, y cuando nombró a los barbudos que seguían pegando tiros en Santo Espíritu, donde se habían atrincherado los últimos reductos del antiguo régimen mientras un tal doctor Urrutia llegaba a la capital para ser presidente del país, ya supo que hablaban de Cuba.
Se quitó el abrigo y la bufanda, se sopló las manos y sacudió la cabeza. Fidel Castro. Nadie tenía claro a qué atenerse con aquel hombre. ¿Un héroe, un villano, un patriota, un aprovechado? El tiempo lo diría. Urrutia, eso estaba claro, iba a durar menos que un pirulí en la puerta de un colegio. Un hombre de paja de Fidel, lo mismo que Batista lo había sido de los puñeteros yanquis.
Molesto por el zumbido de la voz del locutor, bajó el volumen de la radio. Casi inmediatamente, del cuarto de baño, salió Josete Guillén, todavía vestido como un colegial con su pajarita y su chaqueta de cuadros a pesar de sus treinta años largos. A sus espaldas, en la redacción lo llamaban Jaime Olsen. Algo engreído, de movimientos muy veloces, Josete Guillén se las daba de conquistador, y hasta fardaba de haber pasado una noche loca con Ava Gardner. Como medio Madrid, por otra parte. A Alberto le hacía gracia, y como había visto en persona a la Gardner un par de veces, con Mario Cabré y con Dominguín, una vez en Lardis y otra en Chicote, tenía muy claro que Josete exageraba de algo imposible de cerciorar, o que la actriz iba más cocida que de costumbre, cosa que siempre entraba dentro del reino de lo probable.
—Vaya, ahora que iban a hablar de los sputniks vas y me apagas la radio.
—No la he apagado. Están diciendo que va a llover. ¿Dónde está todo el mundo?
—A mí que me registren. El Ogro está en Barcelona. Para lo del premio Nadal. Dice que lo va a ganar una amiga suya y quiere estar mañana presente.
—Si el premio es mañana, ¿cómo sabe lo que ha ganado una amiga suya?
—Porque para eso es el Ogro y tiene sus contactos. Marchena vino, cogió dos recados y se fue corriendo a no sé qué de un robo con escalo en Fuencarral. Matías llamó, que tiene gripe. Huertos llamó que está investigando el caso de la lotera fantasma, y Rubio dice que le sentó mal la cena de anoche y que se va de vareta por culpa de unos mejillones.
—Pues anda que está bien el panorama.
—Tú y yo solos vigilando el fuerte.
—¿No ha llamado Libélula?
—Sí, me olvidaba. Que tiene que ir con su madre a comprar los reyes. O que le faltaban los reyes de su madre. Algo así. Antúnez salió con la moto a recoger algo que tenía que enviar. Unas fotos, seguro.
—Unas fotos, claro. ¿Silvia no ha llamado?
—¿Quién es Silvia? ¿Uno de tus ligues? Te recuerdo que estás casado, Alberto. A cadena perpetua, macho.
—Menos lobos que a ti te gusta una falda más que a mí, Josete. Mi pupila.
—¿Te duele un ojo?
—No el que te va a doler a ti, gracioso. El Ogro me la ha encasquetado. Le tengo que enseñar a ser periodista de sucesos.
—Te acompaño en el sentimiento.
—Bah. La chica vale. ¿Algo en el teletipo que merezca la pena? ¿Han llamado Ceballos o algún otro de la madán?
—La madán estará hoy como para llamarnos a nosotros. Tienen Madrid tomado, por eso de la cabalgata. ¿Has visto las carrozas que tienen preparadas para esta noche?
—A ver si te vas a creer que soy Eugenio. Si las carrozas son esta noche, ¿cómo quieres que las haya visto, alma de cántaro?
Josete sonrió con picardía, se sentó en una de las mesas, hizo un gesto para acomodarse las mangas de la chaqueta de cuadros y silbó entre dientes. Los tenía demasiado separados, pero no le faltaba ningún hueso.
—Uno, que tiene sus contactos también, no te vayan a creer. Hay unas cuantas aparcadas en un bajo de La Castellana, y como saqué al guardia en un artículo, me dejó verlas. Hay una alucinante. ¡Un cohete espacial! ¿Qué te parece?
Alberto se sentó tras su escritorio, le quitó la funda a la máquina, rebuscó entre el puñado de papeles y repasó por dónde había dejado sin terminar los artículos en curso. No fue capaz de aclararse.
—¿Es que me tiene que parecer algo?
—¡Pero si es el tema de moda, Alberto, hombre!
—¿Qué tiene que ver un cohete espacial con los Reyes Magos? ¿Me lo explicas? Al paso que vamos, en las carrozas acabará saliendo ese gordo barbudo del pijama rojo. Papá Noel.
—Santa Claus.
—¿Le han cambiado el nombre?
—Es como lo llaman los yanquis.
—Puñeteros yanquis –rezongó Alberto, e introdujo un folio en blanco en el carro de la máquina—. Quién les habrá dado vela en este entierro.
—Son los dueños del mundo. Como antes lo fueron los alemanes. Y lo mismo mañana lo son los rusos. ¿Sabes qué hacen por la fiesta de Todos los Santos?
—Comerán pavo. Y yo qué sé, Josete. ¿Se matan unos a otros?
—El pavo lo comen en noviembre. En Acción de Gracias. En Todos los Santos, me lo ha contado un compadre que trabaja en Torrejón, disfrazan a los niños de vampiros y los mandan a pedir caramelos.
—Será que se han quedado sin chicle. Tontos del culo, ya te digo. Menos mal que esas cosas nunca las veremos aquí.
—Cualquiera sabe. Ahora todo el mundo quiere fumar rubio, beber Coca Cola y usar camisas “Ike”. No hablemos ya del whisky.
—El whisky lo inventó un escocés, listo.
—Me da igual. Tengo que hablar con el jefe cuando vuelva de Barcelona. Quiero hacer una serie de artículos sobre el tema.
—¿Sobre los niños vampiros? –preguntó Alberto, arrancando la hoja en blanco de la máquina sin haber tecleado ni una línea. Josete estaba especializado en tocar temas extraños y algo esotéricos, desde rituales en cementerios a manchas en la pared con la cara de María Goretti o Fray Escoba, pero a él ese tipo de periodismo no le hacía la menor gracia.
—No, hombre. La carrera espacial. Los rusos colocaron aquella perrita en órbita, ¿lo recuerdas? Y ahora los americanos están acojonados, no vaya a ser que los puedan bombardear impunemente con sus naves en órbita.
—¿Los rusos van a bombardear con perros a los americanos?
—No, joder, que no te enteras de nada. Estamos a las puertas de un nuevo tipo de guerra. La guerra espacial, ahí queda eso. Rusos y americanos partiéndose los morros encima de nuestras cabezas. ¿Cómo te quedas? ¿Qué pasará con las naves derribadas? Caerán en cualquier sitio. ¡Nadie estará a salvo!
—A ver, Josete, que tengo cosas que hacer y no me concentro contigo dando la alarma. ¿Vas decirme de una puñetera vez adónde quieres ir a parar?
—Me han dicho que ya no estás con lo de Jarabo.
—No –gruñó Alberto—. Ya no estoy con lo de Jarabo.
—Pues ya somos dos. Llegamos los últimos a la cola. Necesito ayuda para proponerle al jefe una serie de artículos sobre la próxima guerra espacial. Es algo que me apetece hacer. Todo documentado y científico, ¿eh? Con entrevistas a expertos en el tema. Pero no lo veo muy receptivo.
—Pues insístele.
—Pero es que me pone nervioso, Alberto. Lo veo allí, jugueteando con la pistola, y me dan ganas de hacérmelo encima. Valoro mucho mi vida.
—Una cosa es que se entretenga pegando tiros a la pared, y otra cosa es que le pegue un tiro a un periodista. No lo ha hecho todavía, creo.
—No quisiera ser el primero. Mira, tú tienes mano con él. Combatisteis juntos en lo de la División Azul y yo…
—Combatí yo. A él lo devolvieron a casa más amarillo que un chino.
—Es igual. Sois viejos camaradas. A ti te tiene respeto y si me apoyas…
—No.
—¿Por qué no?
—Porque todo este asunto me parece una chorrada monumental, Josete. Por eso. Deja de escuchar esos seriales de Diego Valor y dedícate a otra cosa, anda.
Josete, picado, fue a replicar cuando sucedieron dos cosas al mismo tiempo. Una muchacha rubia y elegante, con un abrigo blanco y los ojos muy verdes, entró en la redacción. Y sonó el teléfono.





Llegó a casa oliendo a tabaco y a sudor ajenos. Todavía no le llegaba la camisa al cuerpo, pero es que no podía evitar ponerse nervioso cuando estaba delante de ellos. La policía tenía una forma especial de mirarlo y de tratarlo, haciendo que se sintiera culpable de pecados que no se atrevía a cometer ni siquiera en su imaginación.
Doña Obdulia lo esperaba. Preocupada, como siempre, un abrazo y un beso que olían a pan y a colonia de niño pequeño.
—Me tenías ya asustada, Juanito, hijo.
—Por Dios, mamá, que ni siquiera son las nueve de la noche.
—Pero es que hace tanto frío en la calle…
—Tranquila, mamá, tranquila. Además, ¿qué me iba a poder pasar? Si he estado toda la tarde con la policía, precisamente.
—¿Con la policía, hijo?
—Con la policía, sí. Pero tranquila, que es por cosas de trabajo.
—Ay, hijo mío… ¡Si te viera tu padre que en gloria esté! ¡Con lo bien que te podrías ganar la vida haciendo fotos en bautizos y comuniones! ¡Pero no! ¡El niño quiere ser periodista!
—Reportero, mamá. Reportero.
Entró en el cuarto de baño, se lavó la cara, las manos, dos veces. Aquel olor pegajoso a sudor de policía no se le iba de encima. Era como si aún lo estuvieran interrogando, tratando de hacerle desdecirse de lo que ya les había dicho. Y siempre las miradas, las risitas, las insinuaciones. Y no, no quería ganarse la vida haciendo fotos insulsas de niños insulsos, pero cada vez le hastiaba más hurgar en las entrañas de los muertos. Otro tipo de fotografía, otra manera de expresar su sensibilidad artística, de demostrar su valía y hacerle ver a aquellos chulos que se podía reflejar la vida sin creer que toda la vida es una mierda…
—Llamó Rosita –dijo doña Obdulia desde el otro lado de la puerta—. Que la llames para quedar mañana. Que tenéis que dar un paseo por el Retiro.
—Sí, mamá. En cuanto pueda la llamo.
—Ay, Juanito. No la dejes escapar, que es buena niña.
—Se hace lo que se puede, mamá.
—Tienes la sopa en la mesa. ¿Te preparo un vermut, hijo?
—Lo que tú quieras, mamá.
Tomó la sopa con la mirada perdida, imaginándose en otros mundos donde el encuentro con un agente del orden supusiera la seguridad de saber que eras tú el protegido. Y donde no hubiera que esconder las fotos de tu trabajo entre los pechos de una mujer.
—Me voy a revelar, madre. No entres en el cuarto oscuro.
—¿He entrado alguna vez, so tonto?
—Por si acaso te lo recuerdo. Tú sigue escuchando la radio, anda. He pedido que pongan una canción de Machín para ti. Un besito, guapísima. Buenas noches.
Se despidió de la anciana con un abrazo y entró en el cuartito repleto de material fotográfico. Se subió las mangas, sacó del bolsillo del pantalón los tres carretes de fotos. Todavía olían a Silvia, aquel perfume caro y a la vez sencillo, a la intimidad del contacto con su cuerpo.
Apagó la luz. Se olvidó del mundo. A solas con el fruto de su trabajo, el horror de la muerte se fue convirtiendo poco a poco en la maravilla de la ciencia, y luego en el asombro del arte.
Flotando en la disolución, en un mar de sales de plata, el cadáver del ahorcado parecía cobrar nueva vida: los ojos que se abrían, la boca que mostraba la lengua, el anillo de oro que brillaba como un relámpago en la noche.